Pensamiento Crítico

Los garífuna, un pueblo olvidado

Por Paola Hurtado | elPeriódico, de Guatemala. | 14 Mayo 2007
Los garinagu (plural de garífuna) surgieron como grupo étnico en Saint Vincent, isla de las Antillas Menores. Son descendientes de esclavos africanos (náufragos y fugitivos de Nigeria) y fueron acogidos por indígenas caribeños. Posteriormente se mezclaron con los colonizadores franceses y otros esclavos africanos . Las tensiones surgieron a finales del siglo XVII, cuando los ingleses llegaron a la isla y emprendieron acciones bélicas para la conquista. En 1796, los ingleses tomaron el control y deportaron a más de 4 mil garífunas a Roatán (isla de Honduras), en donde los españoles permitieron su entrada a cambio de que trabajaran para ellos. Los negros caribeños se dispersaron por Honduras, Belice, Guatemala y Nicaragua. En 1802, el garífuna Marcos Sánchez Díaz llegó a territorio guatemalteco y en 1806 se asentó el pueblo al que llamaron Gulfu Iyumou (la boca del golfo). En 1831, durante el gobierno de Mariano Gálvez, se fundó políticamente Livingston. Se considera que en el mundo viven cerca de 300 mil garífunas. Después de Honduras -con 100 mil -, la población más numerosa radica en Estados Unidos (más de 4 mil). Livingston tiene 37 mil habitantes, de los cuales 3 mil 900 se identifican como garífunas. Entre sus principales problemas está la falta de empleo y escasa preparación académica. El mayor reconocimiento internacional para los garífunas ha sido la declaración de la Unesco en 2001, que reconoció su lengua como un Patrimonio Oral Intangible de la Humanidad. Existe una discriminación que viven día a día los garífunas, la cual va más allá de que siempre los encasillen en la categoría de futbolistas, bailadores de punta o damas de compañía. Tiene que ver con lo que no los creen capaces de ser, tiene que ver con los espacios que les han vedado y que comienzan a abrírseles... tiene que ver con el trabajo de Mario Ellington, un habitante de ese rinconcito llamado Livingston, y quien desde adolescente se enfrentó al dilema de "ser garífuna y quedarte en tu pueblo o ser profesional y perder tu identidad". Mario Ellington Lambe no solo es de los pocos garífunas que ha llegado a ocupar un cargo en la administración pública, sino el primero que alcanza un puesto de alto nivel en el Gobierno central. Hace dos semanas, este porteño de 37 años, poco dado a las camisas formales y los trajes con corbata, fue nombrado Viceministro de Cultura y Deportes. Trabaja en la capital de lunes a viernes y el fin de semana, siempre que puede, vuelve a su añorado Livingston, Izabal. Es la misma dinámica que mantiene desde que decidió salir de su pueblo, cuando terminó el sexto primaria para buscar un futuro distinto: llegar tan lejos como se pudiera, pero con una cuerda elástica atada al tobillo que siempre lo regresaría a sus raíces y al lugar por el que querría trabajar, su Livingston. La vida de Mario Ellington en aquel apartado que abraza al Caribe, poblado por uritiña (negros, en garífuna), empezó como la de casi todos los lugareños: nacer en un hospital de Puerto Barrios, la cabecera departamental, pero asentar la fe de edad en el pueblo, la matriz de la comunidad garífuna en Guatemala. No es una historia de penurias y limitaciones la que cuenta cuando recuerda que creció con su abuela materna, quien se dedicaba a la agricultura y a la venta de pastelitos de piña y pan de coco en las calles. Como manda la costumbre garífuna, los primeros hijos se crían con la abuela. La diferencia con Mario es que fue hijo único y su madre emigró hacia Estados Unidos cuando él tenía 5 años. Ella es una de los más de 4 mil garífunas que actualmente viven en el país del norte. Livingston está poblado por viejos y niños. La generación de en medio, los jóvenes y los adultos, no se ve en el pueblo. Casi todos han emigrado ya sea a Puerto Barrios, a la capital o a Estados Unidos para buscar fortuna o, en la mayoría de casos, tan solo trabajo. Mario escogió la segunda opción. Después de terminar los básicos en la cabecera, viajó a la capital para estudiar bachillerato, y al graduarse se inscribió en la carrera de Derecho, en la Universidad de San Carlos. Traía desde Izabal el "mal hábito" de andar reuniendo garífunas. Desde que tenía 15 años, se le ocurrió que quería formar un grupo de muchachos de Livingston. Se llamó "Despertar Garífuna Sánchez Díaz" –en honor al fundador de Livingston–. Era una agrupación que buscaba la reivindicación del pueblo garífuna, retomar su identidad y sus expresiones culturales. Había en aquellos años, rememora Mario, un dilema al que se enfrentaban los muchachos de Livingston: ser garífuna o profesional. En 1985 se contaban unas 30 personas que habían concluido sus estudios a nivel medio fuera del pueblo, a costa de dejar por un lado sus costumbres caribeñas. El grupo que lideró Mario Ellington quiso enfrentar ese monstruo de dos cabezas. Los muchachos comenzaron a recopilar su historia y sus tradiciones y se interesaron en escudriñar su religiosidad. Abrieron una escuela no formal para los niños de Livingston en donde les ayudaban con sus tareas de la formación oficial y los instruían sobre la cultura garífuna. También promovieron que el 26 de noviembre fuera declarado el Día Nacional de los Garífunas, en honor al 26 de noviembre de 1831, cuando se fundó el pueblo de manera oficial. Al dejar Izabal para estudiar el bachillerato, Mario fundó la filial de Despertar Garífuna en la capital. Se le unieron muchachos que ensayaban los domingos en el Paraninfo de la Usac que recorrieron Guatemala, Belice, México y Estados Unidos con sus presentaciones de música y danzas, y grabaron sus propios discos. Tuvieron una gloriosa aparición en Campiña, el popular programa de televisión de Canal 11 que se sintonizaba los sábados en todo el país. Aunque años después Mario Ellington dejó la junta directiva de la organización, su paso por el grupo fue un escalón para presidir en 1995 la recién formada Organización Negra Guatemalteca (Onegua), la cual formaba parte de la Organización Negra de Centro América (Onec). Ya graduado de abogado y notario, fue nombrado Comisionado Presidencial Contra la Discriminación a principios de la administración de Óscar Berger y en abril de 2007 asumió como primer Viceministro de Cultura y Deportes. Mario Ellington está casado, también con una garífuna, y es padre de cuatro niños, dos de ellos gemelos. Con excepción de él, todos viven en Livingston y ahí residirán el tiempo que sea posible, mientras él pueda viajar cada fin de semana a Puerto Barrios y contestar, cada vez que le preguntan en dónde vive, "en el Barrio San José, Livingston, pero trabajo en la capital".

Discriminación solapada

¿Para qué formar una organización negra? ¿Contra qué discriminación se enfrentan los garífunas y qué defendió Mario desde su puesto de Comisionado? ¿Qué tiene que rescatarse de la cultura de los porteños? Esas son las preguntas cuyas respuestas no podrían salir mejor que de la boca de Mario y explicarse con sus propias palabras. ¿Cuál fue la bandera de lucha de Onegua? ¿Qué buscaban? – El desarrollo integral del pueblo garífuna, la reivindicación de nuestros derechos, la lucha contra la discriminación, el impulso de proyectos educativos. ¿Hay discriminación en Guatemala hacia los garífunas? – Sí, claro. La discriminación estructural afecta a todo el país, principalmente a los pueblos indígenas, pero también a nosotros. Cuando hemos tenido una educación que no es incluyente, que no da participación, que ignora nuestra propia historia, los principios y valores culturales de cada pueblo, eso es exclusión. ¿No es más exclusión que discriminación? – Es discriminación con diferentes aristas. En realidad es racismo. Un racismo, sin embargo, que no lleva, por ejemplo, a que a un negro le impidan la entrada a una discoteca de moda, como ha sucedido con indígenas que visten su traje regional. – Eso es lo de menos Pero es lo más notorio. Son acciones que miden hasta que punto llega la discriminación: entre la comunidad garífuna, en cambio, vemos que una mujer fue Miss Guatemala y otra está en la lista de las más sexies de América Latina. Pueden parecer signos superficiales cuando lo relevante es que tengan la oportunidad de entrar a la universidad o de encontrar un trabajo, pero no podemos ignorar la diferencia. – Y estoy de acuerdo con eso. Pero nosotros vivimos otras formas de racismo. El año pasado, cuando todavía era Comisionado, vine a la capital un domingo, desde Puerto Barrios, con pantaloneta y sandalias, y fui a un centro comercial. Fue impresionante el movimiento de seguridad que desperté . Y uno se da cuenta pues (se ríe), que la jefe de seguridad del comercial le dice a los guardias: "solo quedate observando, no hagás nada", cuando era obvio que se estaba refiriendo a mí... También hay otras formas de discriminación "positiva", un falso-positivo. Cuando he entrado a trabajar a un lugar, los empleados me reciben con alegría porque creen que les voy a reforzar su equipo de fútbol, que les llegó un buen portero. Y ni siquiera me preguntan si juego fútbol. ¿Y juega fútbol? – Ni siquiera sé patear. Pero, en cambio, si voy al Registro General de la Propiedad y me formo en la fila de notarios, siempre me invitan a formarme en la del público, porque no creen que yo sea abogado. O sea, puedo ser un portero, pero no puedo ser un notario. En los puestos de registro nos detienen los policías y nos preguntan de qué país somos, ¿por qué no podemos ser guatemaltecos? ¿Qué pasaría si fuera mujer? – Es peor para la mujer negra. Se asume que deben saber bailar... que son sexo fácil. Pero esto es lo menos importante. Hablemos de la discriminación institucional: por primera vez, en 200 años de sistema político en Guatemala, hay un viceministro garífuna. ¿Por qué? Es hasta ahora que se están abriendo espacios, no solo para los garífunas sino para los pueblos mayas. Tendrá mucho que ver con que antes no tenían la preparación. – Pero también con los espacios que se fueron abriendo desde Onegua, la Coordinadora de Organizaciones de Pueblos mayas de Guatemala (Copmagua) y la Comisión Contra la Discriminación, que permitieron la visibilidad de los pueblos mayas y de la negritud en Guatemala. En esta lucha por la reivindicación, indígenas y garífunas somos parte del mismo movimiento. ¿Y cómo se manifiesta esa visibilidad? – Usted me está entrevistando ahorita, por ejemplo. Tenemos un Día Nacional del Pueblo Garífuna, ocupamos algunos cargos públicos desde donde podemos tomar decisiones: un integrante de Onegua es Director del Departamento de Educación en Izabal; la Subgerente del Instituto de Fomento Municipal es garífuna y también el Presidente del Fondo de Desarrollo Indígena Guatemalteco (Fodigua). ¿Cuántos profesionales garífunas con título universitario hay en Guatemala? – Unos 25, y aunque no todos emigran a Estados Unidos, ninguno se queda en Livingston. Ahí solo viven ancianos y niños. Los jóvenes salen a buscar trabajo, porque en Livingston no hay. ¿Cuál puede ser su aporte en estos en ocho meses que quedan de gobierno? – Desde que estuve en la Comisión, con el apoyo de Onegua y otras organizaciones garífunas, se propuso la idea de crear un instituto de la cultura garífuna para el desarrollo, así como existe la Academia de Lenguas Mayas, el Fodigua, la Defensoría de la Mujer Indígena. Desde finales de 2004 le presentamos el proyecto al Vicepresidente. Su sede estaría en Livingston y promovería el desarrollo integral del pueblo garífuna. Ya tenemos identificados los programas y las áreas de trabajo. ¿Podría paliar la fuga de jóvenes del pueblo? – Sí, la mayoría de los proyectos que contempla son socioproductivos que generan fuentes de ingreso. Es paradójico, ¿sabe?, porque siempre me opuse rotundamente a que este proyecto viniera al Ministerio de Cultura, porque temía que se "folclorizara", y ahora estoy acá, dirigiéndolo... ¿"Folclorizar"? – Sí, que solo lo vieran desde la expresión de la danza y la música, y no de lo básico, del tema socioproductivo. ¿No es la cultura garífuna para la mayoría de guatemaltecos precisamente eso, un "folclore"? – Lamentablemente sí. Nos conocen por nuestra danza, música, puerto, fútbol. Que no es malo, pero los garífunas no solo pensamos en recreación, pero creo que esta percepción, por fin, está cambiando.