Pensamiento Crítico

España: El malpago de la migración

Por Antonio Peredo Leigue | 14 Mayo 2007
Talvez sería preferible que nos digan: "sudacas, no los queremos aquí". Así por lo menos suenan las condiciones que, cada vez, aumentan en rigurosidad para acceder a la visa de ingreso a España. No importa que de allí provenga la lengua que nos une a los latinoamericanos. Resultan falsas las declaraciones de las "Cumbres Iberoamericanas". Pedirle 700 dólares como mínimo a un sudamericano que va en busca de trabajo, es un insulto. Como parecen insuficientes los 500 anteriores para detener la ola migratoria, ahora elevan el monto a un promedio de 80 dólares diarios. Se exceptúa a quienes portan pasaporte diplomático, salvo que vistan ropa autóctona. El desarrollo que vivió Europa en el decenio anterior, motivó una creciente migración desde todos los rincones del planeta. Árabes y africanos, latinoamericanos y asiáticos llegaron a Alemania, Inglaterra, Italia, Francia y España; no fueron menos atractivos los países escandinavos ni los de Europa Central. Entonces se alabó el bondadoso sistema social de aquellos países que permitió y hasta promovió el reagrupamiento familiar: si un obrero extranjero quería reunirse con su familia, se le facilitaba el traslado de su país de origen, incluyendo enseres especiales. Pero, las crisis cíclicas del capitalismo son ineludibles. La sobreoferta de bienes de consumo provoca la reducción de personal en la industria y el comercio, los obreros extranjeros son los primeros afectados y el resto lo hace la xenofobia siempre latente en los círculos de poder. Se acabó la época de bonanza y, por tanto, terminó el bondadoso sistema social. No es casual que, los derechistas, estén retomando posiciones en los gobiernos de Europa. Es más: los mismos gobernantes socialdemócratas asumen posiciones conservadoras para intentar retener el poder, aunque se han resignado a ser pronto sustituidos. Eran los años ’40 del siglo recién pasado. Para nosotros no eran vascos, gallegos, catalanes, andaluces o madrileños; eran españoles que lo habían perdido todo y se vinieron por miles, con una mano delante y otra detrás. Desde el río Colorado hasta la Patagonia se esparcieron sin encontrar restricciones y más bien recibidos con los brazos abiertos. No tenían papeles; ¡cómo pedirles papeles si huían de una dictadura! No se les pidió dinero; ¡venían hambrientos y en harapos! En todos nuestros países, los aduaneros y la policía tenían orden de facilitarles el ingreso. Aquí, en estas tierras, vivieron y prosperaron durante los años grises y tristes de la dictadura franquista. Panaderos acá, lecheros allá, actores, industriales. Fueron trabajadores, tanto como los sudacas en España. Se quedaron aquí, sus hijos crecieron y fueron latinoamericanos; ustedes, allá, no les reconocen calidad de españoles. Algo más: cuando llegaron hace 65 años, ¡nada más que 65 años!, ya habían transcurrido 450 del llamado descubrimiento y la explotación de nuestras riquezas sin retribución ninguna. ¡No era el momento de echarles en cara la avaricia de los conquistadores! Los acogimos sin restricciones ni susceptibilidades. En España construyeron su prosperidad en corto tiempo, una vez que terminaron con el franquismo. Lo hicieron contando con mano de obra barata, de inmigrantes. Avanzaron, teniendo a mano materia prima a precios convenientemente reducidos. Bastaría recordar que el estaño cayó abruptamente de 6 dólares la libra fina, a menos de 1 dólar; lo mismo ocurrió con muchos metales y productos agrícolas. Llegado al punto alto de la expansión económica, comienza la recesión que se expresa en reducción de personal, concentración del capital y política conservadora. Este es el fenómeno que está produciéndose en el conjunto de Europa. La siguiente movida, en forma ineludible, es la expulsión de los inmigrantes. Más aún: se erigen muros de concreto y espino en tierra, barreras en aeropuertos y guardia marina en las costas. ¡Todo ciudadano de país pobre es ilegal, hasta que demuestre lo contrario! Una respuesta de igual a igual, no es posible en este momento. La migración europea a nuestro continente es reducida y sólo tiene condición turística. Alegar la doble nacionalidad, es acercarse mucho al ruego, con el que sólo se obtiene limosna; algo así como: vamos a trabajar con ustedes para que no haya abuso en la imposición de las restricciones. La respuesta está en el valor de nuestras materias primas. Aunque rápidamente ha subido el precio de éstas, por razones obvias, podemos caer una vez más en el círculo vicioso de gozar el bienestar momentáneo que nos arrastrará, de forma ineludible, a otro periodo de migración por razones económicas. Por tanto, debemos industrializar tales recursos y comenzar a manejar el mercado internacional con nuestras propias reglas. Se ha dicho muchas veces que ese es el camino. Sin embargo, todo se ha reducido a discursos que no se cumplen. La forma de hacerlo es unir esfuerzos. Las posibilidades se halla en la formación, primero de la Comunidad Sudamericana de Naciones, cuyas bases ya se implementan en el ALBA-TLC, en el Bancosur y en otras muestras de apropiación de nuestra riqueza, tanto tiempo entregada a la rapiña transnacional. Posiblemente debamos sufrir aún los dolores del retorno de nuestros compatriotas. Pero, aparte de una obligación, será una recuperación que enriquecerá a nuestros países.