Pensamiento Crítico

Nuestro Brasil, y el de los otros

Por Paulo Kliass | Revista SinPermiso | 16 Mayo 2007
Es fundamental no crear ilusiones a partir de la nueva etiqueta. Investment grade significa poco en términos de un proyecto de desarrollo económico dirigido hacia la mayoría y portador de una sociedad menos desigual. Quienes sigan las noticias y las columnas especializadas en materia económica y financiera habrán notado que, a los largo de las últimas semanas, ha aumentado bastante el número de referencias a la posibilidad de que Brasil sea finalmente clasificado como investment grade por las agencias internacionales de clasificación de alternativas de inversión. Pero, al final ¿qué significa eso? O sea, ¿cuáles serían las consecuencias de tal hecho para el desempeño de la economía brasileña? Y, principalmente ¿cuáles las implicaciones de ese eventual cambio para una recuperación de las décadas perdidas en términos del desarrollo del país? En primer lugar, vamos a la definición. En portugués [como en castellano; N.T.], la expresión podría ser traducida como “grado de inversión”. Es decir, se trata de un nivel en la escala de clasificación que las empresas de consultoría económica utilizan para “catalogar” una multiplicidad de alternativas existentes en el espacio de las inversiones planetarias. Esos indicadores buscan ofrecer un cuadro sintético de las posibilidades consideradas. En última instancia, se presenta para el cliente una combinación de: 1) grado de riesgo de la inversión; y 2) rentabilidad esperada de la misma. En términos generales, en el cuadro de la sofisticación contemporánea de los mecanismos de aplicación de recursos financieros, cada vez más son susceptibles de verificación, en la práctica, los preceptos teóricos sobre el comportamiento del capital. Entre ellos, la conocida relación entre el grado de riesgo de la operación y la tasa de retorno esperada de la misma. Dicho de otro modo, la relación entre el plazo de aplicación y el grado de rentabilidad de la operación. Así, en uno de los límites del espectro de alternativas estaría la inversión más segura y estable en títulos emitidos por el Tesoro de los Estados Unidos, que rinden un poco más del 2 por ciento al año, mientras que en el otro extremo estarían opciones como las empresas de diamantes operantes en el África austral, o las que comercializan armas en regiones en conflicto bélico o vinculadas al narcotráfico en América Latina o Asia. Como el grado de riesgo de las tres últimas opciones es elevadísimo, sobre todo si las operaciones rebasan los límites de la legalidad, la rentabilidad de los recursos empeñados en la operación es también muy elevada. Por otro lado, además de identificar y analizar la operación en sí, las empresas de consultoría ofrecen una visión más amplia del contexto de la inversión. O sea, un retal que puede ser sectorial (el tipo de área o actividad económica en que se halla la opción en cuestión) o regional (en qué zona del mundo), llegando al detalle del país. Asimismo, se considera la naturaleza de la inversión: por ejemplo, si se trata de instituciones públicas (tesoro nacional, empresas estatales, etc.) o de inversiones privadas. A pesar de este amplio espectro de clasificaciones que abarca desde el “riesgo máximo” hasta el “riesgo mínimo”, hay un área recomendada, sin mayores preocupaciones, para inversiones de clientes con cierta aversión al riesgo más alto. Cruzado el umbral de esa área, ¡ufa!, entonces los potenciales clientes pasan a encarar la alternativa con buenos ojos. Y a esa área, justamente, en la jerga financiera internacional se la conoce con el nombre de investment grade. Es importante recordar que, aun si Brasil como país y como espacio económico todavía no alcanza ese nivel, algunas grandes empresas brasileñas (parte de ellas, hoy, no tan “brasileñas” en realidad) ya han obtenido la certificación por las empresas de consultoría. O sea, a pesar de operar en un universo que los analistas consideran todavía no apropiado, en los padrones de los centros financieros internacionales empresas como Petrobrás, Vale Do Rio Doce y Embraer son consideradas como investment grade. Es interesante observar que, a pesar de la reciente privatización de estas últimas, todas traen su origen de la empresa estatal, y consiguieron construir su imagen, su reconocimiento internacional y su capacidad tecnológica gracias a tal condición. Por otro lado, además de una gran solidez, ofrecen la garantía de una actuación exportadora de largo plazo en mercados estratégicos a nivel mundial. Es decir, una renta asegurada en dólares y otras divisas internacionales. De un lado, materias primas esenciales como el petróleo y los minerales. Del otro, exportación competitiva en el sector de la aeronáutica y sus componentes. De esa forma, siempre que algún agente operador del sistema es consultado acerca de la oportunidad de ofrecer un préstamo, comprar acciones o invertir operaciones relacionadas con esas empresas, la primera palabra tiende a ser positiva. “Yes, ¿why not? They are investment grade” [Sí, ¿por qué no? Son investment grade; NT] Uno de los aspectos que fastidia mucho a los que se baten por la conquista de tal sello (investment grade) calificador para la economía brasileña en su conjunto, y no sólo para algunas empresas aisladas, es la verificación de que otros países del llamado BRIC [grupo formado por Brasil, Rusia, India y China], por ejemplo China y la India, ya lograron tal certificación. Y allí comienza a desfilar una larga lista de “argumentos” para reclamar la supuesta incoherencia de las agencia clasificadoras. En realidad, un lamento difundido sobre hechos y números que ellos reclaman como positivos, en tanto la mayoría de la sociedad brasileña lo vivió en su propia carne como un período de enormes sacrificios. Vamos a ellos. El Brasil cumplió totalmente durante las últimas dos décadas los programas de ajuste estructural impuestos por el FMI y las demás instituciones financieras internacionales. Brasil privatizó e internacionalizó una red estratégica esencial de empresas públicas en el área de la energía, los transportes, las telecomunicaciones, la minería, el sistema financiero, entre otros. Brasil incrementó el grado de su apertura económica, con aumento de exportaciones e importaciones. Brasil liberalizó la cuenta de capitales, con la adopción de reglas flexibles para la entrada y salida de capitales externos. Brasil pagó su deuda con el FMI anticipada y no depende de contrato formal con esa institución. Brasil está acumulando valores récord por el nivel de sus reservas monetarias. Brasil viene generando superávit fiscal durante los últimos ejercicios, transfiriendo al sector financiero más del 4 por ciento de nuestro PIB en forma de servicios de la deuda pública. A trancas y barrancas, Brasil ha mantenido el primer lugar en el campeonato mundial de tasas de interés. Brasil ha ofrecido, de hecho, amplia autonomía a la autoridad monetaria para la determinación de la tasa de interés, teniendo como presidente del Banco Central, durante los cuatro últimos años, al ex presidente mundial del Bank of Boston. ¡La vida es dura! Ni por ésas. Luego de haber cumplido a rajatabla la lección, muchas veces hasta ofreciendo más que solicitado, el buen alumno no recibe la recompensa por su esfuerzo. Y lo peor es que no alteró siquiera un milímetro los elementos esenciales de su política económica, por lo menos hasta hoy. Continúa prevaleciendo incomprensiblemente la lógica financiera sobre la lógica de la economía real e industrializadora. Todavía se impone el liberalismo fracasado y desubicado, en detrimento del desarrollo tan urgente y necesario. Antes de cualquier mal entendido: nada en contra de que el Brasil pueda alcanzar la condición de investment grade. Muy por el contrario: recursos de otra naturaleza, no solamente el especulativo y de corto plazo, pasarán a estar más tranquilos en nuestras playas. Uno de los elementos determinantes en esa transición de comportamiento de los “tomadores de decisión” es la llamada credibilidad. Hoy en día, a fin mantener el flujo de recursos a cualquier costo, ofrecemos una tasa de interés todavía más elevada para compensar el riesgo país (que a pesar de haber caído mucho, todavía es considerado alto). En caso de que nos sea ofrecido el ingreso a esa zona más noble de las alternativas de inversión, podríamos pasar a ofrecer tasas menores. Sin embargo, lo fundamental es que no se alimenten nuevas ilusiones con la nueva etiqueta que muchos se empeñan en ostentar orgullosamente en el pecho y en el bolso. Investment grade significa muy poco en términos de proyecto de desarrollo económico orientado hacia la mayoría de la población y portador de una sociedad menos desigual. La China y la India lo han conseguido aunque mantienen una sociedad a ejemplo de la nuestra, con desigualdades socio-económicas flagrantes. Por ejemplo, ambas tienen serios problemas en el mundo del trabajo, como la explotación de la mano de obra de niños y el desprecio de las normas básicas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) – como ocurre también aquí en nuestro propio ombligo: el 40 por ciento de la economía está fuera del amparo del Código laboral brasileño, con trabajo esclavo y trabajo infantil. Tal vez el nuevo escalón no tarde en llegar. El capital vendrá, las inversiones llegarán. Pero eso no puede significar, de manera alguna, la continuidad de una estrategia explícita y de chantaje implícita, adoptada hasta ahora, de postergar la construcción de una sociedad más justa, democrática y republicana. Uno de los mayores peligros del bom mocismo [expresión brasileña que apunta a la preeminencia del relativismo en usos y costumbres; NT] cotidiano es que lleva a olvidar las razones por las que las fuerzas progresistas buscan el poder. En vez de sentar las bases de los cambios estratégicos, se contentan con mejoras cosméticas de corto plazo. (**) El autor, Paulo Kliass es un analista político que escribe regularmente en la revista brasileña Carta Maior.