Pensamiento Crítico

Guatemala: la paz trajo consigo el terror

Por Andrés Cabañas | Revista Pueblos | 18 Mayo 2007
Se puede ser alegre y optimista entre el marasmo y la violencia. Se puede continuar trabajando por la unidad en medio de la desarticulación y las divisiones. Claudia Samayoa, filósofa y trabajadora de derechos humanos, joven a pesar de su dilatada experiencia como luchadora social, analiza el complejo y a veces desesperanzador presente de Guatemala. Hablar de Claudia Samayoa es hablar de una trayectoria larga como defensora de derechos humanos. ¿Cómo te defines tú misma? Me defino como una persona que desde niña adquiere conciencia de la realidad de Guatemala y trata de hacer algo para modificarla: aportando al movimiento revolucionario cuando era adolescente; apoyando a mis alumnas en educación en derechos humanos; como estudiante universitaria en la lucha por el derecho a la educación; como militante del Partido Guatemalteco del Trabajo 6 de Enero, en la opción por la reforma política. Me ubico en la búsqueda de alternativas y distintos métodos y mecanismos no violentos de transformación de la realidad, a partir de la lucha por los derechos económicos, sociales y culturales, los derechos de la niñez y la juventud, los derechos de la mujer, hasta finalmente aterrizar en los derechos civiles y políticos, que ha sido la última expresión de esta lucha de mi niñez. En los siete últimos años de mi vida me he dedicado de lleno a defender a los defensores de derechos humanos y a tratar de desnudar y, de ser posible, erradicar las estructuras clandestinas y poderes ocultos que inhiben la construcción de un Estado de Derecho y a la larga la posibilidad de la vigencia de los derechos económicos, sociales y culturales. En este tiempo de lucha y sobre todo desde la firma de los Acuerdos de Paz, ¿percibes avances o retrocesos en la situación de los derechos humanos? Los Acuerdos de Paz hay que analizarlos de forma multidimensional. Si los vemos desde el punto de vista del derecho a la vida, la perspectiva es profundamente pesimista: ha habido grandes retrocesos. Desde el momento en que hoy mueren más guatemaltecos que en 1996 por arma de fuego y los niveles de pobreza son mayores que antes de la firma de la paz, podemos decir que el derecho a la vida ha sufrido mucho. Pero debemos profundizar el análisis y ver elementos de avance. Si bien es cierto que mueren más guatemaltecos, la razón de la muerte es distinta, ya que no nos estamos matando por razones ideológicas, raciales o religiosas. Eso quiere decir que en Guatemala todavía creemos en la posibilidad de trabajar juntos y construirnos como nación. Otro elemento a tener en cuenta es que los Acuerdos de Paz generaron una cultura política de diálogo, de construcción participativa de propuestas. La sociedad civil generó al menos ciento veinte propuestas de cambio del Estado y sus instituciones, y si bien es cierto que pocas se llevaron a la realidad, esto se tradujo en una serie de conocimientos y saberes sobre el Estado, sobre todo en lo local, ya que lo nacional está tomado por poderes de otra naturaleza. El mayor aporte de los Acuerdos de Paz son estas capacidades locales de verse en lo estatal, de construirse participativamente, que no existían antes. Esta ciudadanía la ves ejercitándose en las consultas populares, que no son vinculantes pero logran superar diferencias ideológicas, sectoriales y territoriales. También hay que valorar ejercicios ciudadanos de preocupación por la seguridad que se distancian de enfoques de mano dura. Estos avances evidentemente no niegan los grandes retrocesos. ¿Cuáles son? Hemos retrocedido por ejemplo en la libertad de defender los derechos humanos, el derecho de defender derechos. Que hoy defensores de los derechos más variopintos estén viviendo en un clima de terror es uno de los grandes retrocesos. Otro retroceso es la efectividad del acceso a la justicia. En 1994, ocho de cada cien procesos judiciales que ingresaban por homicidio tenían sentencia firme. Hoy solamente tres tienen investigación. Estos son retrocesos a pesar de los cientos de miles de dólares invertidos en la reforma del sector justicia y en las fuerzas de seguridad y se deben al reingreso de mecanismos de corrupción, principalmente en el Ministerio Público y la Policía Nacional Civil, que han echado al traste las reformas iniciales. Otro aspecto a analizar son las ausencias de los Acuerdos de Paz, aquello a lo que no dimos suficiente importancia. En primer lugar, no aprovechamos los primeros años después de la guerra para discutir el modelo de nación. En segundo lugar, y ahí debemos reconocer nuestra responsabilidad como líderes sociales, no pusimos la atención necesaria a la depuración del Ejército, ni siquiera a sus reformas. Dejamos la seguridad en manos del Ejército y del Estado, del sector especializado. Otra ausencia son los procesos de memoria, justicia y resarcimiento, que siguen siendo considerados como un apéndice, no como elementos centrales ni parte de la discusión del poder. Incluso están ausentes del discurso de la izquierda. Solo aparecen en el debate cuando es necesario entrar en controversia con Ríos Montt, pero no hay un pronunciamiento de fondo sobre la importancia de la memoria, la justicia y el resarcimiento en la construcción de un proceso de paz. Lo anterior es en cuanto a la construcción de institucionalidad, uno de los grandes componentes de los Acuerdos de Paz. El otro componente, la resolución de las causas estructurales que dieron origen al conflicto armado interno, ni siquiera se ha tocado. ¿El gobierno del Frente Republicano Guatemalteco es un parteaguas en el retroceso de la situación de los derechos humanos? Hay síntomas antes de ese momento, por ejemplo el asesinato de Monseñor Gerardi en 1998 y el fracaso de la Consulta Popular para las reformas constitucionales en 1999. Pero son síntomas, no necesariamente momentos de retroceso. Si hubiéramos actuado de otra forma hubiéramos podido revertir la situación. El parte aguas del retroceso institucional lo colocó el gobierno de Portillo, a través de varias medidas. Una, el nombramiento de Ortega Menaldo y Jacobo Salam Sánchez como asesores, que implica el ingreso de las mafias del crimen organizado, más precisamente el narcotráfico, al ejecutivo. Dos, la reforma de la Ley de la Policía Nacional Civil, PNC, como mecanismo para lograr el ingreso a la PNC de agentes depurados de la Guardia de Hacienda y de la propia Policía Nacional. Esto ocurre en el primer mes de gobierno de Portillo. A esto se añade el retiro de una serie de oficiales del Ejército, aplaudida por algunas organizaciones de derechos humanos, que realmente significó la depuración de oficiales de la línea institucional, impulsora de los Acuerdos de Paz, por oficiales afines a Ortega Menaldo. A partir de aquí se genera una dinámica legislativa que desmantela la legislación de los Acuerdos de Paz o empieza a desdibujar las reformas institucionales. La desestructuración del Estado se amplía a todos los ámbitos, incluso el Instituto Guatemalteco de Turismo. No queda institución sin corromper. ¿Qué sucedió después de la derrota electoral del FRG? El proceso continuó y la desestructuración resultó beneficiosa para otros poderes. Lo que fue bueno para el crimen organizado durante la época de Portillo resulta bueno en la actualidad para los poderes fácticos. Una institucionalidad democrática no conviene a aquellos que están acostumbrados a beneficiarse de la utilización de mano de obra barata y del trabajo semiesclavo. De esa cuenta no se pudo revertir la desinstitucionalización. Por ejemplo, te das cuenta de que en el Congreso no se ha logrado legislar la Ley de Armas, pasan malas propuestas de combate a crimen organizado, porque hay muchos factores de poder interesados en mantener un Estado que beneficia a algunos, que funciona igual de bien para el crimen organizado que para los poderes fácticos tradicionales acostumbrados a formas autoritarias. Este estado de cosas se consolidó durante los últimos cuatro años. Con respecto a la continuidad de prácticas de violencia y mecanismos de desestructuración del Estado, mencionas en un reciente artículo el retorno del concepto de enemigo interno como paradigma de seguridad, durante la actual administración. ¿Qué diferencias existen entre este concepto ahora y durante el conflicto armado? Durante el conflicto armado predominó el modelo anticomunista. Por lo tanto este era el enemigo interno, aunque en la práctica resultó ser un concepto ambiguo. Hoy, el nuevo marco de la Doctrina de Seguridad Hemisférica generada por Estados Unidos, plantea como enemigo a combatir un modelo más difuso todavía. La seguridad se enfrenta a una serie de amenazas, como el crimen organizado, el narcotráfico, además le añades el elemento de la mara, a la misma altura del crimen organizado, y el movimiento social radicalizado, también como elemento ambiguo. Si vas a los documentos de la PNC y buscas lo que es la mara, termina siendo una persona joven, pobre, de apariencia indígena, que vive en zonas urbana marginales o con poco acceso a recursos y que puede tener tatuaje. Resulta que la mara es entonces cualquier joven sin acceso a oportunidades. Lo que estás generando como enemigo interno es, así, una persona pobre. El concepto se convierte en un mecanismo de control social para evitar posibles explosiones y conflictividad social. Este concepto no es nuevo ni guatemalteco, sino globalizado. En Brasil se habla por ejemplo de la criminalización de la pobreza. Mencionaste antes la reforma de la justicia como aspecto clave de los Acuerdos de Paz. ¿Qué otros aspectos fundamentales deberían recuperarse y ponerse en práctica? El desarrollo rural, que pasa por el Catastro y por la certeza jurídica. Es clave dar alternativas de desarrollo en el ámbito rural que alivien la presión sobre las áreas urbanas y corrijan la inseguridad alimentaria y la miseria. Según un reciente reporte, los índices de mortalidad materno-infantil siguen subiendo. Son superiores a 150 muertes por 100.000 nacidos vivos... Sí, 153 muertes, cifras que dan vergüenza. Otro tema pendiente es la impunidad del pasado. Si nuestro país no aborda el genocidio vamos a seguir reproduciendo la violencia, con el feminicidio, con la ejecución de personas estigmatizadas, sin poder avanzar. Por ejemplo, cuando las Patrullas de Autodefensa Civil regresaron a sus casas nadie se preocupó por su tratamiento posterior. Tampoco de los Kaibiles, que estaban entrenados para violar. ¿Qué paso con los 16.000 efectivos anuales que pasaban por la Escuela Kaibil? ¿Cuál es su mentalidad ahora? No hubo tratamiento psicológico, no hubo justicia en este punto. Un último aspecto fundamental es la lucha contra el racismo. Las elites gobernantes siguen pensando que gran parte de la población guatemalteca está compuesta por seres inferiores sobre los cuales se puede decidir. Con respecto a las muertes de mujeres, Guatemala es una sociedad profundamente racista y violenta donde siempre ha habido asesinatos de mujeres. ¿Qué nuevos elementos observas en el feminicidio actual? Es cierto, la violencia contra las mujeres es un continuo en la sociedad guatemalteca, no es nada nuevo. Lo que sí ha habido son rupturas en el continuo para el agravamiento. Una ruptura se da entre 1981 y 1983, cuando la Comisión de Esclarecimiento Histórico muestra que hubo un patrón de violencia sexual: se elevan las torturas, se secuestran mujeres embarazadas, se produce violencia con carácter "ejemplificante". En ese periodo, una de cada cuatro muertes violentas fueron cometidas contra mujeres. Es decir, la guerra en el cuerpo de la mujer. Otra ruptura del continuo se da desde 2001 hasta la fecha. En este periodo, el tipo de muerte que empieza a verse es similar a la que vimos entre 1981 y 1983: "ejemplificante", donde se tortura, se cometen mutilaciones y violaciones sexuales. La ausencia de investigación, la ausencia de tratamiento de la escena del crimen e incluso la ausencia de buenos reportes de la morgue nos impide decir cuántas mujeres están siendo violadas exactamente, pero es un porcentaje muy alto. Es cierto que hay más de 5.000 asesinados cada año en Guatemala, 4.000 de ellos son hombres. Pero al hombre le pegan dos balazos y ya está. Las mujeres son torturadas y violadas. ¿Qué efectos tiene esta violencia contra las mujeres? Si a la mayoría de víctimas les pasa esto de noche, la mayor parte de ellas tiene entre 17 y 23 años y el común denominador es que trabajan o estudian fuera, lo que está pasando es que les están diciendo: ya no trabajen, ya no estudien, es peligroso. El feminicidio es una expresión de la sociedad ante una mujer que toma su rol. Se está ejercitando una acción deliberada, porque finalmente las mujeres fuimos protagonistas en la construcción e impulso de los Acuerdos de Paz y la violencia lo que hace es retrotraernos al hogar. Esta situación tan dura, con nuevos y viejos paradigmas de seguridad, se produce en un momento de desarticulación del movimiento social. ¿Qué tan preparadas se encuentran las organizaciones populares para enfrentar la violencia? Yo diría que poco preparadas y demasiado ensimismadas en sus propios dilemas y sus propias angustias. El movimiento social está golpeado por el conflicto armado y por las dinámicas de descomposición generadas por una política contrainsurgente que ejerció las operaciones psicológicas de terror. Durante la etapa de cumplimiento de los Acuerdos de Paz el movimiento social se "onegeiza" como necesidad de supervivencia. En este proceso se entra en dinámicas de conflicto entre ONG y movimiento social. Por fin, el liderazgo que impulsa el proceso de paz, al no ver resultados, se desgasta y en lugar de enfocar su lucha hacia quien impide el avance, empieza a buscar enemigos en lo interno. Se da un proceso caníbal y "desgastante". Ha habido enormes discusiones que buscan culpables donde no están y se olvidan de que el problema es ajeno. Los llamados de unidad tienen pocos resultados, lo que no implica no seguir luchando por ella. En esta escenario complejo, ¿cuál es tu secreto para trabajar en medio de la violencia y continuar manteniendo la esperanza? En buena parte, creer en el ser humano. Yo soy católica, y eso me hace creer en la persona y en su capacidad de ser mejor y poder cambiar. Además creo en la fuerza transformadora de la no violencia. La semilla del cambio está en la más oscura de las negaciones y de la negatividad. Siempre que acompaño el acto más terrible de agresión contra un defensor recuerdo que esa persona no habría sido atacada si no es por lo valioso de su actividad, porque está haciendo algo muy bueno. En lo más oscuro de la violencia siempre está el poder transformador del amor.