Pensamiento Crítico

«Me hice un aborto ¿y qué?»

Por Erika Montecinos | Suplemento Domingo, del diario La Nación, de Chile. | 23 Mayo 2007
En México, grupos de mujeres celebraron la reciente despenalización del aborto por parte del Congreso. Alejadas del debate moral y religioso, distintas mujeres en Chile se atreven a contar su cuento. Historias en las que no hubo presión, no hubo sentimientos de culpa y convencidas que optaron libremente por este camino. Hasta hoy no se arrepienten. Está atardeciendo camino a Rancagua. Tres amigas conversan de distintos temas en el auto, pero la tensión se nota en el aire. Marina -que en ese entonces bordeaba los 35 años- está firme en su decisión. Su mejor amiga no quiere tener hijos porque no está en su proyecto de vida, eso es todo. Llegan a esa casa de los alrededores de la ciudad. De inmediato sale una mujer que ni siquiera da su nombre y se limita a decir que su profesión es la de matrona. Sin miramientos y con una actitud fría y distante le entrega el precio: "Son 280 mil pesos", le dice. Marina se los entrega, quiere que pronto acabe todo. "Para mí se presentó como un problema cuando supe que estaba embarazada. Estaba en un momento muy importante de mi vida y no fue una alegría precisamente cuando lo supe", cuenta Marina, quien hoy tiene 47 años y es comunicadora social. La sala estaba limpia, la indumentaria que vio sobre una mesa también. La señora, de unos 65 años de edad, sólo le pidió que se recostara rápido sobre la camilla preparada para la ocasión y que se relajara. En esto no hubo anestesia ni nada parecido para paliar el dolor. Y lo sintió. Pero, afortunadamente, no tuvo hemorragias y pudo cicatrizar pronto. Al salir de ahí, pasaron a una residencial para reposar. Sólo en ese momento se relajó de la tensión e irrumpió en llanto. "No fue por lo que había hecho, sino porque había estado semanas dándole vueltas a la idea y fue una liberación", rememora. La decisión, de todas maneras, la vivió como un conflicto. "Pensé que el niño iba a ser culpable de mi futuro", reflexiona. Su compañero, en ese entonces, era artesano y no quiso involucrarse mucho en el tema. Cuando Marina le comunicó que se había practicado el aborto, se alejó y terminó la relación. En Chile, no hay cifras claras de cuántos abortos se producen actualmente, pero algunos estudios de investigación, como el de la Federación Internacional de Ginecólogos y Obstetras, sitúan al país con las más alta tasa de abortos en América Latina, con 40 mil al año. Según el organismo, en Chile la tasa de abortos es de 50 por cada mil mujeres en edad fértil. Estos números rebasan largamente a los de Alemania, Bélgica y Holanda, países donde esta práctica es legal y en los que, según el estudio, las tasas de aborto son menores a 10 por cada mil mujeres. Aunque oficialmente los abortos informados en el país son 40 mil, la llamada "cifra negra" de abortos se eleva a los 160 mil, según los expertos. Las estadísticas oficiales reflejan sólo los registros de mujeres que son arrestadas por practicar el aborto, las que mueren tras un aborto clandestino y las que acuden a hospitales producto de una complicación.

«El remedio»

Marianela Donoso, de 46 años, no quería que su hija tuviera a ese niño porque, según ella, estaba muy joven para cambiar el proyecto de vida que le tenía preparado. Pero se encontró que su hija, de 27 años, estaba decidida a tenerlo. Así recordó cuando en una oportunidad decidió hacerse un aborto porque no quería educar una vez más otro hijo sin apoyo, como le había ocurrido con los anteriores. "Además, a éste no lo deseaba, como sí me ocurrió con los dos mayores", cuenta. Confiesa, eso sí, que durante años estuvo muy mal por esta decisión. "Iba todos los días a la iglesia a rezar y pedir perdón", relata. Cuando decidió interrumpir el embarazo, estaba estudiando contabilidad y recordaba que había jurado no tener más hijos. Al enterarse, comenzó a hacerse "el remedio" con hierbas y otros menesteres, pero nada de eso dio resultado. "Entonces, a mi marido le dieron el dato de una señora que había trabajado con una matrona en Valparaíso", indica. Marianela confió en esta persona, que tuvo un buen trato y que después de tratarla, en una habitación con poca iluminación, la mandó de vuelta a la casa sólo con una toalla higiénica y con la advertencia de que la llamara si había algún tipo de hemorragia. Dejó pasar un par de meses más sin problemas, hasta que se dio cuenta que seguía preñada. Regresó donde la misma mujer, quien le dijo que tal vez eran gemelos y le había quedado uno adentro. "Cómo iba a creer eso; tal vez me hubiese muerto por envenenamiento de la sangre. Y como no tenía a nadie más, intenté nuevamente con ella y fue muy doloroso, porque todo estaba muy avanzado", cuenta. Su culpa fue desapareciendo cuando se enteró de algunas agrupaciones de mujeres en Valparaíso, como Católicas por el Derecho a Decidir. "Yo soy profundamente católica, pero cuando conocí a estas agrupaciones comencé a superar la culpa, sentí que me había liberado de toda esa carga religiosa y moral. Fue una decisión costosa, pero no me arrepiento".

El dolor físico

Lo que más recuerda Verónica, de 39 años, es que pasaba por un momento muy difícil en materia económica cuando tomó la decisión la primera vez, hace diez años. No tenía entre sus planes la llegada de un hijo. "Sólo pensé que no era el momento", recuerda. El dato lo conoció por amigas que le soplaron que había una señora y su hija que eran matronas por calle San Pablo. Pidieron prestados los 350 mil pesos para interrumpir el embarazo. Era una tarde de invierno, hacía frío. La sala, ubicada en un subterráneo, era oscura, sólo estaba iluminada con una ampolleta roja. El proceso fue rápido pero doloroso. "Quedé muy adolorida y la partera me recetó unos antibióticos para aliviar el dolor. Creo que no lo volvería a repetir sólo por ese malestar físico", dice. Sin embargo, lo repitió hace un año. En otras condiciones y con la seguridad que ahora no eran los problemas económicos los que la aquejaban, sino sus proyectos de vida y la edad. Tampoco fue fácil pagar los 450 mil pesos que costaba la operación. En esta oportunidad, la matrona -de carácter dulce, describe- le exigió realizarse exámenes para evaluar su situación física. Pagó más, le aplicaron anestesia y el lugar escogido fue en la oficina que ocupa realizando trabajos de contabilidad. Al parecer, la anestesia "no le tomó bien", dice, y sintió fuertes dolores en su nuca que la hicieron pensar que en ese momento iba a acabar en la posta, reclutada, interrogada y presa. "Sentí miedo por eso y porque de verdad vi la muerte cercana", añade. Verónica reconoce que orientaría a una amiga a optar por interrumpir su embarazo, pero le diría que antes tratara de realizarse exámenes, "porque para mí fue muy arriesgado".

Años de debate

La historia del aborto en Chile ha tenido una fuerte discusión durante décadas. En la interrupción voluntaria de un embarazo hay una condena similar en todos los sectores sociales y políticos, pero el debate se ha centrado fuertemente en el denominado aborto terapéutico, aquel que es practicado cuando está en peligro la vida de la madre. Hasta el 15 de septiembre de 1989, este procedimiento estaba permitido en el país, pero al finalizar la dictadura, una ley derogó el artículo 19 del Código Sanitario y estableció que la interrupción del embarazo sería prohibido en todas sus formas. De esta manera, Chile se convirtió en uno de los Estados que castiga este procedimiento, junto al Vaticano, Colombia, El Salvador, Haití, República Dominicana, Andorra y Malta. Su discusión en el resto del mundo ha sido diferente. En 1920, la Unión Soviética fue el primer país en el mundo en legalizar el aborto, aunque años más tarde, bajo el régimen de Stalin, se prohibió nuevamente para motivar al crecimiento poblacional. Después le siguieron Gran Bretaña y, posteriormente, Japón. En Chile, en el año 1991, la diputada PPD Adriana Muñoz presentó un proyecto de ley en la Comisión de Constitución, Legislación y Justicia que intentaba reponer lo que durante 70 años existió en la legislación como el aborto terapéutico. Sin embargo, éste quedó archivado. En el año 2003, la diputada, junto a sus colegas Isabel Allende, María Antonieta Saa, Guido Girardi, Enrique Accorsi, Arturo Longton y Carmen Ibáñez, presentaron un proyecto similar que se encuentra en trámite. "Lo que ha atrasado el debate son puros prejuicios. Lo han satanizado; este es un problema que existe, y así no solucionaremos nada. Además, no se trata de promover el aborto", plantea. Lidia Casas, abogada de la Universidad Diego Portales y autora del libro "Mujeres procesadas por aborto", cuenta que sólo en 1973, antes del golpe de Estado, se discutió la forma de disminuir los abortos clandestinos; "incluso, en el mismo hospital Barros Luco se practicaban de forma terapéutica. Después del golpe comenzó a darse otro proceso, donde se plantea la prohibición absoluta del aborto sin permisividad". Muchos años después, una vez derogado dicho cuerpo legal, la bancada de la UDI propuso atenuar las penas a una similares en caso de homicidio y que la mujer pueda conmutar su pena con trabajos voluntarios en organizaciones pro vida. También se encuentra en trámite. "Nadie quiere pelearse con la Iglesia, pese a que todas las organizaciones internacionales han planteado que las leyes chilenas son muy restrictivas, e incluso lo han calificado como una violación a los derechos humanos", agrega la profesional.

La culpa

La antropóloga de la Universidad de Chile Mónica Weisner explica en su investigación "Aborto inducido en Chile" que las motivaciones entre grupos de mujeres de nivel socioeconómico bajo y alto son distintas. "La de sectores populares sabe que se ocupan elementos seguros para abortar en clínicas privadas, pero no tiene los medios. En cambio, la de nivel alto lo realiza en mejores condiciones. Toma la decisión no por problemas económicos, ni tanto por desconocimiento, más bien por control social, por realizar sus aspiraciones o terminar sus estudios. Es otro tipo de impulso", concluye. En su estudio recogió muchas impresiones de mujeres que habían abortado y que eran católicas. El discurso religioso, moral y de culpabilidad fue casi una constante en sus entrevistas. "Creo que el discurso se torna culposo cuando la decisión no proviene de la mujer, sino que se enfoca como una presión", puntualiza Lidia Casas. En eso está de acuerdo Marina. Para ella, ser madre es una carga social muy fuerte. "Para las mujeres pareciera que ahí estuviera su desarrollo pleno. El no querer tener un hijo también es una decisión válida", cuenta. Agrega que no es culpa lo que siente, sino incómoda por la hipocresía que se cierne alrededor del tema. "Yo aborté después de pensarlo bastante y opté por no tenerlo, así de simple. No recibí presiones, no tengo un cargo de conciencia y jamás pensé que me iba morir". Pese a que no está de acuerdo con la interrupción del embarazo, la diputada Adriana Muñoz indica que comprende a las mujeres que optan por esta vía; "pero mi juicio es contra las sociedades. Ser madre acarrea costos sólo para la mujer y se queda en un callejón sin salida. Desde el punto de vista social, lo comparto; pero desde el moral, no", subraya.