Pensamiento Crítico

Comerse a los niños

Por Umberto Eco | Diario La Nación, Chile | 27 Mayo 2007
Acusar a herejes, judíos y enemigos en general de comerse a los niños es un lugar común en la historia de la intolerancia racial y religiosa, y desde hace tiempo nadie le presta atención. Los últimos ejemplos se encuentran en la habladuría de que los comunistas se comen a los niños. En la "Crónica de Nuremberg", donde se registran los acontecimientos más importantes que sucedieron en el mundo hasta 1493, hay un grabado dedicado al martirio de San Simón niño, al que, por razones rituales, los judíos mataron en Trento y que posteriormente se convirtió en objeto de culto popular hasta que Pablo VI decidió que se trataba de una leyenda que no tenía ninguna base histórica. Ahora ha salido un libro, y de un israelí, donde se demuestra que el asunto de los judíos que mataban a los niños cristianos no carece de fundamento, y naturalmente se ha producido un gran debate. Digo inmediatamente que no tengo la competencia historiográfica necesaria para apurar si las fuentes que usa el autor son fidedignas, y que la cuestión no me trastorna particularmente porque siempre han existido en el curso de los siglos personajes que conciernen, más que a la historia de las religiones, a las de la siquiatría, y que se han dedicado a cultos más o menos satánicos, incluidos algunos buenos hijos de cristianos italianos que hace poco, con la excusa de Satanás, han asesinado a unos cuantos amigos suyos, por lo cual, así como existen locos criminales italianos, franceses o malayos, no es inverosímil que hayan existido locos criminales judíos. Lo que me interesa, en cambio, son algunos recuerdos de lecturas mías. En el "Arte poética", Horacio habla de lamias que comen niños y luego devuelven sus cuerpos aparentemente intactos, pero vaciados en su interior; Ovidio, en "Los fastos", de mujeres-pájaro que desangraban a los niños. En el edicto de Liutprando (727 d.C.) se consideraba a las brujas como demonios que se dedicaban a robar niños para chuparles la sangre. En cuanto a los judíos que se comen a los niños, en uno de los cuentos de Chaucer (siglo XIV) hay un seráfico mozuelo que se dedica a cruzar el barrio de los judíos cantando alegremente "O alma redemptoris mater" y suscita la rabia de los malvados judíos: "¡Oh, pueblo judío! ¿Os parece bien que un muchacho como éste deba andar por donde le plazca, mostrándonos su desprecio al cantar canciones que insultan vuestra fe?". Entonces, los judíos contratan a un asesino que, un día que el inocente pasaba por allí, le corta el cuello y lo tira a un pozo seco. "¡Oh, condenada raza!", comenta Chaucer. Y revela que "con el cuello cortado, esta gema y esmeralda de castidad, este brillante rubí de entre los mártires, empezó a cantar ‘Alma redemptoris’ con voz tan fuerte que todo el lugar resonó". Aquí tenemos el origen, cien años antes, de la historia de San Simón niño. ¿Sólo los judíos mataban niños? No, también los herejes cristianos, y he aquí uno de los documentos más célebres al respecto, el de Miguel Psello (siglo XI), que en "Sobre las actividades de los demonios" aparentemente describe algunos herejes de sus tiempos, pero atribuyéndoles delitos que la tradición patrística había adscrito a los heresiarcas de los primeros siglos, paulicianos, ebionitas, estrationitas, maniqueos y gnósticos en general: "Por la noche, cuando se encienden las velas y nosotros celebramos la pasión, ellos llevan a una cierta casa a las jovencitas que han introducido a sus ritos secretos, apagan las lámparas porque no quieren que la luz sea testigo de las inmundicias que sucederán y desahogan la propia depravación sobre quienquiera que esté a mano, aunque sea la hermana o la hija. En efecto, están convencidos de que, de este modo, complacen a los demonios al violar las leyes divinas que prohíben el connubio con quien lleva su misma sangre. Una vez acabado el rito, vuelven a casa y esperan que hayan pasado nueve meses: llegado el momento en el que deberían nacer los sacrílegos hijos de esa sacrílega semilla, vuelven a congregarse en el mismo lugar. Tres días después del parto, arrancan los miserables hijos a sus madres, cortan con un cuchillo afilado sus tiernos miembros, recogen en copas la sangre manada, queman a los recién nacidos cuando aún respiran y los arrojan a la hoguera. Luego, mezclan en las copas sangre y ceniza, con lo que obtienen un horrendo brebaje con el que ensucian comidas y bebidas, a escondidas, como quienes vierten veneno en el aguamiel. Ésta es su comunión". Más o menos en la misma época, en la crónica de Raúl Glaber, se habla de asesinatos de niños –pero esta vez por hambre, y probablemente era verdad–, y de sacrificios de inocentes abundan las actas de los procesos a las brujas, no tanto en la Edad Media, sino más bien en época moderna y hasta por lo menos el siglo XVIII. En fin, acusar a herejes, judíos y enemigos en general de comerse a los niños es un lugar común en la historia de la intolerancia racial y religiosa, y desde hace tiempo nadie le presta atención. Los últimos ejemplos se encuentran en la habladuría de que los comunistas se comen a los niños. En Italia, todos creen que es un chiste que Silvio Berlusconi usa para los necios, pero todavía hoy se encuentran en Internet sitios "teo-con", en el sentido francés del segundo término, donde, partiendo del principio de que en China consideran que la placenta, e incluso la carne de los fetos, tiene capacidades terapéuticas, se sigue sosteniendo que los comunistas chinos se comen a los niños. ¿Es posible? ¿Y sigue habiendo comunistas en China?