Pensamiento Crítico

Perú: sentados en un banco de oro

Por Javier Díez–Canseco | SinPermiso | 31 Mayo 2007
Días atrás, la prensa informó que el Perú -aparte de crecer en forma continua en los últimos 7 años- es un gran lugar para hacer negocios con alto rendimiento. En 2006, la rentabilidad de las empresas en el Perú batió su record en 16 años. En promedio, las empresas tuvieron utilidades de 29.2% ese año. Algunos sectores como los proveedores mayoristas y las empresas financieras tuvieron ganancias de 38.7% y 37.5%, respectivamente. Y otras, casi duplicaron las ganancias promedio: Mineras, Petroleras y Agentes de la Bolsa de Valores obtuvieron 53% de ganancia anual. ¿Qué significa esto? Que de cada S/.100 soles invertidos, las empresas –en promedio- sacaron 29 soles con 20 céntimos; los mayoristas y las financieras ganaron entre S/.38.70 y S/.37.50 de cada 100 invertidos; y las que explotan recursos naturales o juegan a la bolsa sacaron S/.53 soles de utilidades por cada 100 invertidos. Con ese rendimiento, las mineras, petroleras y agentes de bolsa recuperarían en menos de dos años todo lo invertido. En 2005 también les había ido muy bien a los inversionistas: sus ganancias promedio llegaron a 21% anual, y las mineras, petroleras y agentes de bolsa, mucho más. En esos 2 años, el promedio de las empresas que operan en Perú, recuperaron más de la mitad de su inversión total. ¡Tremendo negocio: en este cuadro, recuperan en 4 años el total de su inversión y ganan limpio en adelante! ¿Habrá muchos otros países con esa rentabilidad? Pero, como somos un país de paradojas, en este paraíso de ganancias abultadísimas, tenemos a más de la mitad de los peruanos y peruanas en pobreza, la peor educación pública y el presupuesto estatal más bajo por alumno de América Latina, una salud pública en crisis, cerca al 80% de la población trabajadora sin seguridad social –de salud y jubilación- y los salarios promedio en Perú sólo han aumentado 8%, en los últimos siete años. ¿Qué pasa? ¿1% anual? ¿Cómo puede crecer la producción y la riqueza o las remesas de utilidades al extranjero, mientras la miseria y el atraso casi no cambian, y la educación o la salud públicas andan en crisis total? ¿Cómo ganan tanto las empresas –principalmente extranjeras y sus testaferros nacionales- y los trabajadores reciben salarios de hambre y luchan por 8 horas de trabajo, seguridad social, vacaciones, porque los someten a condiciones laborales inhumanas en "servis", falsas "cooperativas de trabajo", contratos de servicios no personales o trabajos simplemente informales? La verdad es que esto no cambiará por arte de magia, ni porque un día despierten dadivosos y regalones los grandes grupos empresariales más ricos. Los derechos de un pueblo y las condiciones de trabajo no los regala nadie, ni crecen como hierba silvestre: se conquistan con la organización y la lucha –social y política- de los pueblos y de los trabajadores, los campesinos, pequeños empresarios y comerciantes. La experiencia y las estadísticas muestran que los salarios crecen cuando los trabajadores están organizados en sindicatos, Federaciones y Confederaciones, cuando reclaman, negocian, luchan y conquistan mejoras. En esas condiciones, los empresarios y el mismo Estado (también empleador) otorgan mejoras y aceptan repartir la torta de la riqueza, generada social y colectivamente, más justamente. Así lo demuestran las luchas de los trabajadores mineros o los de construcción civil, o los trabajadores estatales de salud y educación. Sin esas luchas no mejorarían sus condiciones, porque las grandes empresas no regalan mejores sueldos y salarios. Miren, a pesar de que crecemos los últimos 7 años, entre 1994 y el 2007, los índices comparativos de sueldos y salarios han caído en 8 puntos. ¡En 2007, los trabajadores ni siquiera ganan lo que ganaban 1997! Pero la organización sindical y la lucha de los trabajadores son insuficientes. Porque los trabajadores deben estar protegidos por las leyes y por el Estado. Pero eso depende de lo que digan las leyes y de quien maneje el gobierno y el Congreso, y a qué intereses defienda. Y eso tiene que ver con la política. Si no tenemos una representación política que represente a los trabajadores, a los campesinos, a los pequeños y medianos productores y comerciantes, a los padres de familia que necesitan mejores colegios públicos y mejores hospitales para sus hijos y sus familias, nada cambia. Hoy tenemos un Estado privatizado, que sirve a los grandes grupos empresariales y le garantiza sus privilegios y ganancias exorbitantes, y fuertemente corrupto e ineficiente. Es decir, un Estado que no recupera nuestros recursos naturales para que el país se beneficie de ellos y tenga –de esa renta- dinero para educación, salud, infraestructura, apoyo al agro y pequeños empresarios. Un Estado que aplique una reforma tributaria para que pague más el que gana más y tenga presupuesto para atender nuestras necesidades. Un Estado que responda a la gente, rinda cuentas y actúe con transparencia. Eso exige que el pueblo se organice, social y políticamente, para dejar de ser un mendigo sentado en un banco de oro y asumir la conducción y los cambios en nuestro propio país.