Pensamiento Crítico

La CIA desnudó sus secretos ilegales

Por Mark Mazzetti y Tim Weiner. | The New York Times. Especial para Clarín, de Argentina. Traducción de Joaquín Ibarburu. | 02 Julio 2007
Documentos confidenciales que se dieron a conocer el martes proporcionan nuevos detalles sobre las formas en que la Agencia Central de Inteligencia espiaba ilegalmente a los estadounidenses hace décadas, que incluyeron desde el intento de colocar micrófonos en un hotel de Las Vegas en busca de pruebas de infidelidad hasta la búsqueda de un especialista cerrajero para uno de los conspiradores del Caso Watergate. Las 702 páginas de documentación -que en la jerga de la agencia se conocen como "las joyas de la familia"- constituyen un catálogo de las operaciones internas de escucha, conspiraciones frustradas de asesinato, experimentos de control mental y espionaje a periodistas, de los primeros años de la CIA. Los papeles muestran pruebas sobre paranoia y ocasional incompetencia en momentos en que la agencia iniciaba una serie de operaciones ilegales de espionaje en los años 60 y 70, a menudo en busca de vínculos entre las protestas sociales de esa época con los gobiernos comunistas. Pero también es mucho lo que la documentación deja afuera. Hay extensas partes censuradas, y no se ofrecen detalles sobre muchas operaciones en el exterior que hace años ya revelaron periodistas, investigadores del Congreso y una comisión presidencial que en su momento dio lugar a reformas en las agencias de inteligencia nacionales. En una nota dirigida a los empleados de la CIA, su director, el general Michael Hayden, señaló que la divulgación de estos documentos forma parte del "contrato social" del organismo con la ciudadanía, "a los efectos de brindar a las personas que servimos un panorama de las complejidades de la inteligencia". Hayden comparó las actividades ilegales del pasado y la práctica actual de la CIA, en cuyo carácter legítimo insistió. Sin embargo, la agencia creada en 1947 es blanco de las críticas de quienes objetan las cárceles secretas y los interrogatorios apremiantes que adoptó a partir de los atentados del 11 de setiembre. Especialistas en inteligencia sugirieron que la apertura intentaba distraer a la opinión pública de la controversia actual, y manifestaron su decepción ante la fuerte censura sobre los documentos (la CIA había dicho que tenía que proteger sus "fuentes y métodos".) Tom Blanton, del Archivo de Seguridad Nacional -el grupo que en 1992 presentó el petitorio de Libertad de Información que derivó en la apertura de los documentos-, indicó que en un primer momento había minimizado la información porque contenía muy pocos datos sobre las operaciones de la agencia en el exterior, pero después le resultó sorprendente la magnitud del espionaje interno, lo que él llama la "imitación de la Stasi por parte de la CIA". "Leer esos memos es como sentarse en un confesionario y escuchar a una serie de ex altos funcionarios que dicen, 'Perdóneme, padre, porque he pecado'", declaró Blanton. Las actividades ilegales de la CIA se conocen desde hace algún tiempo. Pero el público nunca vio la mayor parte de los documentos, memos e informes de una agencia que guarda celosamente sus archivos y casi nunca permite que se examinen sus registros. La documentación proporciona sobre todo una historia oscura del clima, tanto en la CIA como en Washington, durante la Guerra Fría y la época de Vietnam, cuando el temor respecto de la amenaza soviética generó una cultura del ocultamiento en la agencia de espionaje. Algunos papeles brindan detalles de la burocracia: correspondencia sobre el reembolso de gastos de papelería, referencias a beneficios de seguros para Howard Hunt, el conspirador de Watergate, y un documento que hace referencia al "alto grado de resentimiento" de los funcionarios de la CIA que tenían que usar el pelo largo para pasar por hippies radicalizados a los efectos de infiltrarse en el movimiento pacifista local y de otros países. Parte del lenguaje de la documentación refleja la jerga lavada de los funcionarios: "acción de tipo gangsteril", por ejemplo, hace referencia a un plan para asesinar a Fidel Castro (ver El plan...). La investigación interna de la CIA sobre las operaciones secretas durante los primeros treinta años de la agencia comenzó en 1973 por orden de James Schlesinger, entonces director de inteligencia central. Schlesinger se indignó cuando supo que se habían llevado a cabo allanamientos en beneficio de la Casa Blanca de Nixon y ordenó que se realizara una investigación sobre operaciones al margen de la ley. Como la documentación se reunió mientras la investigación de Watergate cobraba fuerza, en la misma es palpable el temor de la agencia respecto del grado en que podría vinculársela a los delitos del gobierno de Nixon. Los memorándums internos detallan los contactos de la CIA con Hunt y James McCord Junior, un agente retirado que fue uno de los intrusos de Watergate. Uno, fechado en la primavera de 1972, tiene como encabezado "Hunt solicita un cerrajero". No se sabe qué cerradura trataba de abrir Hunt. Por lo general, los historiadores concluyeron que la CIA obedecía órdenes de la Casa Blanca o de altos funcionarios. En 1967, el presidente Lyndon Johnson estaba convencido de que los gobiernos comunistas financiaban el movimiento pacifista estadounidense, por lo que ordenó a la CIA comprobarlo. En sus memorias, el ex director de inteligencia Richard Helms señaló que Johnson le había dicho: "Quiero que usted siga este asunto y haga lo que sea necesario para identificar a los comunistas extranjeros que están detrás de esta intolerable interferencia en nuestros asuntos internos". Helms le habría respondido que la CIA no podía espiar a los estadounidenses, pero obedeció las órdenes del presidente. La CIA también llevó a cabo una operación de vigilancia nacional cuyo nombre cifrado era Caos, y que se desarrolló durante casi siete años en las presidencias de Johnson y Nixon. Helms creó una unidad de oficiales que se dejó el pelo largo, aprendió la jerga de la Nueva Izquierda y se dedicó a infiltrar grupos pacifistas en Estados Unidos y Europa. La agencia reunió 300.000 nombres de organizaciones y personas, así como extensos archivos sobre 7.200 ciudadanos. Los documentos que se dieron a conocer el martes brindan detalles. En uno se lee que la agencia "reclutó, probó y despachó" al exterior como agentes a "estadounidenses con credenciales extremistas". También utilizó a personas y empresas que tenían vínculos con los pacifistas y los envió a lugares tan dispares como París, Estocolmo, Ciudad de México, Ottawa y Hong Kong. Un documento, titulado "Apoyo extranjero a actividades destinadas a interrumpir u obstaculizar la Convención Nacional Republicana" en 1972, menciona a John Lennon, "un ciudadano británico", al que se describe por haber aportado dinero a un grupo de protesta. Entre los documentos hay una verdadera joya para los entusiastas de la CIA: un par de informes que llevan la firma de James Angleton, el legendario jefe de contrainteligencia que se desempeñó entre 1954 y 1974. Ambos hacen referencia a un programa estadounidense para crear y aprovechar fuerzas policiales extranjeras, servicios de seguridad interna y grupos de contraterrorismo en el exterior. Los papeles explican que la CIA y otras agencias estadounidenses entrenaron y equiparon a extranjeros para el servicio en sus países y, en secreto, en los Estados Unidos. Estos servicios podían contribuir a la política exterior norteamericana mediante la eliminación de comunistas e izquierdistas y la reunión de información para la CIA. Es evidente que los documentos se incluyeron en "las joyas de la familia" porque una parte del programa de abril de 1973 comprendía el entrenamiento de extranjeros por parte de la brigada de explosivos de la Policía del condado Dade, de Florida. Angleton, a quien se apartó de la agencia en 1974 luego de revelarse que había supervisado la apertura de correspondencia privada desde comienzos de los 50, dirigió el programa de entrenamiento en el exterior, mediante el cual se preparó a cientos de miles de policías y militares extranjeros en veinticinco países a principios de los años 60. Pone a la agencia en "terreno peligroso", declaró sobre estas actividades Robert Amory Junior, jefe de la junta de análisis de inteligencia de la CIA durante las presidencias de Dwight Eisenhower y John Kennedy. "Se puede llegar a tácticas del tipo de las de la Gestapo". Algunas anécdotas revelan el grado en que algunos agentes de la CIA se apartaron de la ley. En 1960 se detuvo a un técnico que trató de instalar un micrófono en una habitación de hotel de Las Vegas. La operación se había llevado a cabo por pedido de Sam Giancana, el mafioso de Chicago que en ese entonces colaboraba con la CIA en el plan para asesinar a Fidel Castro (ver página 37). A Giancana le preocupaba que su novia, la cantante Phyllis McGuire, tuviera un romance con el comediante Dan Rowan, entonces dispuso que se lo espiara para "determinar su grado de intimidad" con ella. Hay más. Un memo de mayo de 1973 detalla una operación de escucha de los llamados entre los Estados Unidos y América latina con el objeto de detectar tráfico de drogas. El seguimiento, que estuvo a cargo de una unidad de la CIA llamada División D, se interrumpió cuando el asesor general de la agencia dictaminó que violaba la carta del organismo y que "deben hacerlo organismos adecuados". Otras actividades, si bien legales, habrían resultado embarazosas de haberse conocido en su momento. Un documento revela que John McCone, director de inteligencia central durante la presidencia de Kennedy, autorizó a un avión de la Fuerza Aérea trasladar al magnate griego Aristóteles Onassis y a la soprano María Callas de Roma a Atenas, un favor que dio lugar a preguntas por parte de los medios. Los documentos se compilaron a principios de los años 70 y mantuvieron su carácter confidencial debido al temor de los directores de la CIA a que su exposición pública pudiera causar un daño indeleble a la reputación de la agencia o hasta derivar en su fin. "El efecto de una difusión de 'las joyas de la familia' podía, en el clima imperante en 1973, infligir una herida mortal a la CIA y privar al país de todo el bien que la agencia podía realizar en el futuro", escribió en sus memorias William Colby, un ex director de inteligencia central.

El plan fallido para envenenar a Fidel

Se dijo, se supo y se repitió mil veces, pero como esas buenas historias que hipnotizan a los oyentes, causan el mismo efecto que la primera vez. La desclasificación de los documentos secretos de la CIA conocidos como las "joyas de la familia", el martes pasado -como consignó Clarín-, colaboró para darle otra mano de barniz a la leyenda de Fidel Castro: tal como siempre sostuvo el comandante, la Agencia reconoció oficialmente por primera vez que en agosto de 1960 quiso contratar a un grupo de mafiosos para asesinar al líder de la flamante revolución cubana. Y eso no es todo: apenas llegados a la Casa Blanca, el presidente John Kennedy y su hermano Bob -ministro de Justicia- fueron informados sobre el plan. Según se lee en los papeles que acaban de desempolvarse en Washington, en agosto de 1960 la CIA contrató al ex agente del FBI Robert Maheu para que le diera forma a un proyecto para envenenar a Castro. Maheu, reconvertido en un supuesto lobbysta de empresas con intereses en Cuba, partió hacia Las Vegas con la misión de tentar al mafioso Johnny Roselli con una propuesta que no podría rechazar: liquidar a Fidel a cambio de 150.000 dólares (equivalente a un millón de dólares de hoy), y convencerse de que el gobierno no estaba detrás del plan. El encuentro entre Maheu y Roselli -del que también participó el agente de la CIA James O'Connell, caracterizado como un ayudante de Maheu- fue el 14 de setiembre en el Hotel Hilton Plaza de Nueva York. Roselli no se entusiasmó con la propuesta, pero ante la insistencia de sus invitados aceptó presentarles a Sam Gold, otro capo muy ligado a la "mafia cubana" que hasta el triunfo de la revolución regenteaba varios de los casinos que funcionaban en La Habana. Maheu, Gold y "Joe", uno de sus amigos cubanos, compartieron un primer café en el Hotel Fontainbleau de Miami durante la semana del 25 de setiembre. Semanas después, Maheu se enteró por unas fotos publicadas en la revista Parade a quiénes eran los contactos de la gente que había conocido en Miami: nada menos que Salvatore "Momo" Giancana, capo de la Cosa Nostra en Chicago y sucesor de Al Capone; y Santos Trafficant, jefe de operaciones cubanas de la Cosa Nostra. Dos de los prófugos más buscados por el Estado. El plan comenzó a rodar. Sam Gold propuso asesinar a Castro convidándole una comida o bebida en la que colocaría una píldora venenosa. Para ese último tramo de la operación sugirió convocar a un conocido suyo llamado Juan Orta, un funcionario cubano que en los "buenos tiempos" prerrevolucionarios no rechazaba las coimas que la mafia cubana de Las Vegas le hacía llegar puntualmente, pero que en 1960 tenía problemas de dinero y otro atractivo más importante: accedía personalmente al círculo íntimo de Fidel. Aprobado. La CIA preparó las píldoras, y Joe se las dio a Orta. Pero tras varios intentos fallidos pidió que lo relevaran de la tarea. El nuevo candidato tampoco lo logró. Entonces "Joe" sugirió al doctor Anthony Verona, de la Junta de Cubanos en el exilio. Verona pidió 10.000 dólares para los gastos de organización y otros mil para comprar equipos de comunicación. Pero todos los preparativos tuvieron que suspenderse de golpe, y sus ideólogos fueron invitados a dispersarse de la manera más sigilosa posible. Es que otro equipo de confabulados -tanto o más improvisados que los mafiosos de Gold- había intentado invadir Cuba en una aventura militar, navegando por la Bahía de los Cochinos para desembarcar en Playa Girón. Verona devolvió las píldoras con veneno, y aquí no ha pasado nada. Corría abril de 1961. Según dicen los documentos Bob Kennedy -hermano de John, quien había asumido el poder en enero- sabía del complot, porque luego intervino para impedir que Maheu fuera procesado. El complot llegó a la prensa: Roselli filtró información a Jack Anderson, uno de los periodistas estrella de esa época. Esta semana, la CIA le dio la razón.

La sorprendente conjura contra la glamorosa espía rubia

Por Marcelo Cantelmi, diario Clarín Es el último gran escándalo que involucra a la CIA y tiene, como no podía ser de otro modo, todos los condimentos de una novela de misterio y personajes que parecen caídos de un set de Hollywood: una glamorosa espía rubia, algunos de los periodistas más famosos del país y la cadena de mentiras pergeñadas por el gobierno republicano para justificar la guerra en Irak. Se trata de Valerie Plame, una ex agente de la agencia de 43 años y a cargo de operaciones encubiertas, pero cuyo nombre fue difundido desde oficinas gubernamentales que algunos sospechan que fueron el propio Salón Oval o el escritorio del vicepresidente. Semejante acción implica una violación directa de las leyes que prohíben romper la protección de los agentes secretos y es considerado un delito equivalente a la traición. ¿Por qué semejante golpe? La razón, pero no la justificación, es que Valeire es la esposa de un diplomático prominente Joseph Wilson que desbarató casi involuntariamente una de las mayores mentiras pergeñadas por la administración de George Bush para justificar la guerra, por entonces en progreso, hace poco más de cuatro años, contra Irak. El marido de Plame había viajado a Niger para corroborar si efectivamente ese país estaba vendiendo uranio elaborado a Irak para construir bombas nucleares. El diplomático logró establecer que la información era una patraña. Había sido elaborada con documentos apócrifos que también manejaba una parte de la CIA y la inteligencia británica. Pese al rotundo informe en contra, el presidente norteamericano incluyó el dato como cierto en nada menos que el informe del Estado de la Nación dirigido al país desde el Congreso. Wilson furioso, a los pocos días escribió una columna en The New York Times que se volvió ya histórica. Hace unos meses, durante una sesión especial de investigación en la Cámara de Representantes, la ex agente ya sin empleo, contó el resto de la historia. Recordó con dramatismo la mañana del 14 de julio de 2003, cuando ella y su esposo fueron citados con nombres y cargos en un artículo por el columnista conservador Robert Novak, lo que supuso el fin de su carrera en la CIA. Otros dos periodistas repetirían luego su nombre y su actividad. El episodio es la perla más importante de una cadena que se fue armando especialmente durante el actual gobierno de George W. Bush para intentar que la comunidad de inteligencia confirmara las versiones que las autoridades necesitaban que pasaran por ciertas. El principal embrollo era ligar las informaciones que se habían investigado con temas acuciantes como la demostración de que Saddam poseía armas de destrucción masiva o buscaba tecnologías mortíferas de modo de convencer al Consejo de Seguridad de la ONU, renuente por entonces a respaldar una invasión. Parte de esa estrategia se coronó cuando el mundo, a partir de una denuncia en Italia, supo que la CIA bajo órdenes de la Casa Blanca distribuyó cárceles clandestinas en países árabes. A ellas eran trasladados individuos sospechados de terrorismo, secuestrados donde eran detectados y movidos a lo largo de una red de vuelos que involucraba aeropuertos en toda Europa hasta sus celdas secretas. Fue la forma, aún vigente, de quitar todo seguro legal para los prisioneros, inocentes o culpables.