Pensamiento Crítico

¿Quién es Hillary Clinton?

Por Barbara Ehrenreich | Revista Sin Permiso. Traducción Daniel Escribano. | 02 Julio 2007
Una teoría que funciona como una suerte de culto cargo entre algunos liberales americanos es que tras el semblante suave y sonriente y la gruesa gasa de obviedades yace una ardiente feminista liberal, presta, cuando haya acumulado, por fin, poder suficiente ―a saber, en su segundo mandato como presidenta― para revelarse y salvar el mundo. Si algo consigue la exhaustiva biografía de 600 páginas de Carl Bernstein, A Woman in Charge: The Life of Hillary Rodham Clinton, debería ser la eutanasia de esta conmovedora ilusión. Hillary Clinton fue siempre una tecnócrata moderada, tirando a centrista. A lo largo de su vida ha pendulado hábilmente de un bando a otro en cuestiones clave ―la pena de muerte, por ejemplo, o los derechos para mujeres pobres y niños― al tiempo que conservaba su propia rectitud, garantizada supuestamente por su metódico dios. En el relato de Bernstein el misterio de Hillary se explica en gran parte por su turbulenta relación con Bill. Ella era una joven bastante guapa, pero torpe e inconstante; él era un semental sexualmente magnético, brillante y ambicioso y, siguiéndole a Arkansas, ella parecía haber arrojado por la borda su futuro como abogada de alto perfil del sector público en Washington. "Mis amistades y familia pensaban que había perdido la cabeza", menciona Bernstein que dijo. Insiste en que la suya es, o fue alguna vez, una profunda conexión sexual e intelectual y que les empujó a su "viaje" político compartido. Pero fue una relación irreparablemente zarandeada por el priapismo compulsivo de Bill, que parecía poner a la joven Hillary en furia permanente, pero que, perversamente, también los ataba cada vez más estrechamente. En la inestable molécula que solemos llamar Billary, él era el id y ella el supergo, un rol en que ella se regocijaba claramente aun cuando la emponzoñaba de resentimiento. Como expone Bernstein, los devaneos de Bill sólo incrementaban el poder de ella en la relación, puesto que, como estrella política ascendente, necesitaba una esposa elegante y leal y públicamente apoyada por su marido para eludir a la prensa. Cuando entraron a la Casa Blanca en 1993, con el escándalo de Gennifer Flowers en los talones, la aparentemente comprensiva Hillary estaba en la cumbre de su poder, ansiosa de asumir la "copresidencia". En el relato de Bernstein, noblemente esforzado por la justicia, el comportamiento inicial de Hillary como primera dama era pasmosamente arrogante. Desdeñaba a la prensa, se indispuso con el personal de la Casa Blanca, atacó a su íntimo amigo Vince Foster (que respondió suicidándose) y horrorizó a Al Gore por exigir el despacho del ala oeste, suite tradicionalmente reservada para el vicepresidente. Solicitó rango ministerial y, cuando fue desautorizada, insistió en dirigir los esfuerzos de Clinton en la reforma sanitaria, a pesar de las objeciones de la secretaria de Salud y Servicios a las Personas, Donna Shalala, no menos feminista que Hillary. El intento de Hillary de crear un sistema nacional de seguridad social ―que emprenderá de nuevo como candidata a la presidencia― fue un desastre en todos los sentidos. Procedimentalmente lo estropeó al realizar la planificación en condiciones de extremo secretismo, sin preocuparse siquiera de localizar a los congresistas potencialmente partidarios ni del habitual adorno populista de los escasos mítines urbanos televisados. Lo que Bernstein omite es su renuncia descontrolada al tipo de sistema de pagador único que tienen los canadienses, que ha generado un infumable ladrillo de 1300 páginas de legislación que apenas si hay quien pueda comprender. El fondo, inadvertido por Bernstein, es que, a pesar de las acusaciones derechistas de "medicina socializada", su plan habría mantenido el enseñoreamiento de la muerte de que disfrutan las mayores aseguradoras privadas en materia de salud en América. Ahora la desventaja en el equipo Billary iba a ser, más que del superego, de Hillary. Revelaciones sobre su implicación en un oscuro acuerdo territorial en Arkansas sugiere un conflicto de intereses entre su anterior papel como primera dama de ese estado y un abogado del bufete Rose de Little Rock. El verdadero escándalo es que hubiera trabajado para Rose, que representa a las tristemente célebres empresas antiobreras Tyson Poultry y Wall-Mat, pero Bernstein no menciona nada de ello. Pronto Hillary, enfrentada a la posibilidad de una acusación criminal, se vio obligada a adoptar un estilo más suave y mimoso. Escribió una libro intitulado It Takes a Village, sobre la importancia de los niños, conocido sólo por su ñoñez y la espuria pretensión de que su familia de origen había sido idílica. Vistió de rosa para una rueda de prensa que ofreció en la Biblioteca Rosa de la Casa Blanca, de la que Bernstein describe cortésmente su "calma sobrenatural", a pesar de que la impresión que ofrecían sus párpados cayendo y su lenta voz era de sobremedicación. Habiendo fracasado con su duramente obtenida cartera de sanidad y sitiada por la prensa por sus sórdidos tratos en Arkansas, Hillary empezó a contorsionarse para obtener ayuda de la moderna curandera Marianne Williamson. En comparación con los escándalos de la Casa Blanca durante la era Bush, el acuerdo del territorio de Whitewater era microscópico ―nadie murió ni fue torturado― y seguramente la "enorme conspiración derechista" ha contribuido a mantenerlo vivo. Pero, como escribe Bernstein, lo que lo ha magnificado sobremanera fue el propio modelo de Hillary de "mentir jesuíticamente, evadirse y…maniobrar de forma obstruccionista". No estaba acostumbrada a estar equivocada ―lo que era el trabajo de Bill― y admitirlo sencillamente no figuraba en su repertorio. Se necesitó a Monica Lewinsky para devolver la ventaja de Hillary dentro de su matrimonio y, con ello, su autoestima. Aparentemente crédula de las profesiones de inocencia de su marido, asumió la dirección de su defensa en la Casa Blanca y, asombrosamente, empezó a explorar la posibilidad de presentarse para el Senado en el estado de Nueva York en el mismo momento en que el Senado electo estaba votando la impugnación de Bill. Pero incluso en este momento de crisis extrema ―para su matrimonio tanto como para la presidencia― no pudo resistirse a declarar a un consejero familiar que "mi marido puede tener sus faltas, pero nunca me ha mentido". Bernstein, siempre caballeroso, comenta solamente que "esta declaración habla por sí misma". La mayoría de mentiras que Bernstein documenta a lo largo del camino son inconsecuentes en la situación y huecos en el pasado. Pero Bernstein interrumpe la biografía algo abruptamente después de la elección de Hillary al Senado, donde se distinguió por ayudar a que se aprobara un estatuto para la prohibición de la quema de banderas. Para un pedazo actual y harto más inquietante de mendacidad, debemos recurrir a otro nuevo libro sobre Hillary, Her Way: The Hopes and Ambitions of Hillary Rodham Clinton, de Jeff Gerth y Don Van Natta Jr. Como candidata a la presidencia, Hillary ha clamado repetida y confundentemente que no votó autorizar la guerra en Iraq, sino sólo darle a Bush la autoridad para llevar a cabo la guerra si lo decidía. Lo que no menciona es que votó en contra de la enmienda a la resolución bélica, propuesta por el senador Carl Levin, que habría exigido al presidente volver al Congreso si los esfuerzos diplomáticos fracasaban. Peor, ha eludido la cuestión de si realmente ha leído alguna vez el texto entero de 2002 "Nacional Intelligence Estimate", que fue ofrecido como causus belli a pesar de sus errores en el tema de las supuestas armas de destrucción masiva de Saddam Hussein. "Si no se molestó en leer los informes enteros de la inteligencia", observan Perth y Van Natta, "no hizo los deberes suficientes para la decisión que ha definido como más importante de su vida. Si los leyó, eligió construir argumentos para justificar su voto por la guerra que no se sostenían en la información disponible". Desde que lanzó su candidatura, los demócratas antiguerra le han suplicado que admita que cometió un error sobre Iraq, cosa que se niega a hacer terca e incluso infantilmente. En definitiva, la cuestión de quién es Hillary parece casi algo antropomórfica. Seguramente, ha amado, reído y sufrido de las formas humanas habituales, pero lo que hemos olvidado es una elegante y bien patrocinada máquina de buscar poder encajonada en un reluciente caparazón de rectitud. Ya ha gozado de considerable poder, tanto como senadora cuanto como "copresidenta", y, por las formas en que lo ha ejercido, le ha reventado. Lo que los mayoría de americanos necesita, después de quince años de crímenes presidenciales de alta y baja intensidad, es limpiarse las manos de toda tipo de actividades sórdidas, sangre y demás fluidos corporales, y encontrar por sí propios un presidente que no sea ni un Clinton ni un Bush. (**) Barbara Ehrenreich es una periodista norteamericana que goza de gran reputación como investigadora de las clases sociales en EEUU. Esta actividad investigadora le ha ocupado toda su vida desde que se infiltró disfrazada de sí misma en la clase obrera que recibe salarios de miseria en su ya clásico Nickel and Dimed [Por cuatro chavos], un informe exhaustivo de las enormes dificultades por las que pasan muchos estadounidenses que tienen que trabajar muy duro para salir adelante. Luego, años más tarde, repitió la operación centrándose en la clase media, pero esta vez, para su sorpresa, no acabó trabajando de incógnito entre trabajadores, sino que básicamente tuvo que tratar con desempleados sumidos en la desesperación de haberse visto apeados del mundo empresarial. El resultado de esta reciente incursión es otro libro, más reciente, Bait and Switch. The (Futile) Pursuit of the American Dream. [Gato por liebre. La (fútil) búsqueda del sueño americano].