Pensamiento Crítico

Ética y política, ¿reñidas entre sí?

Por Arnaldo Córdoba y Enrique Dussel | Diario La Jornada, México. | 09 Julio 2007
Dos prominentes filósofos e intelectuales mexicanos, Arnaldo Córdoba y Enrique Dussel, analizan algunos aspectos sobre la relación entre ética y política. Ambos, reaccionan a otro escritor mexicano, y los tres, publican habitualmente sus opiniones en el diario La Jornada. La cita que mereció la controversia, ha sido escrita por José Agustín Ortiz Pinchetti, en su columna Contra el Maquiavelismo, como parte de su reflexión al regreso a su país después de una estadía en Italia. Esta es la cita: "Es cierto que un político puede ser eficaz e inmoral simultáneamente, pero las violaciones a la ética no perdonan ni a los políticos. No existen dos esferas separadas: la política está sujeta a los principios de la ética, como cualquier otra actividad humana. El comportamiento corrupto, desleal, traicionero y tortuoso es signo de decadencia, no de habilidad. Lo más atractivo de la propuesta de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) consiste en sujetar el noble arte de la política, única alternativa a la violencia, a principios claros respetados impecablemente: no robar, no mentir, no traicionar. Un político eficaz para gobernar o para conducir a un pueblo puede ser bueno o malo, pero tendrá que ser hábil y astuto. No basta con ser recto, pero si no es recto pagará las consecuencias"). Y estos son los dos artículos de Córdova y Dussel:

De la ética y la política

Por Arnaldo Córdova

La política, vista desde afuera, es una cloaca pestilente y nauseabunda y es probable que haya muy contadas personas en el mundo que no estén convencidas de ello. Y creo que los políticos son los primeros que lo creen y lo saben, con la diferencia de que a ellos simplemente les tiene perfectamente sin cuidado. Pero buena parte de ellos sabe lo que los demás no saben o fingen no saber: que si bien la política es un mundillo tenebroso y siniestro en el que lo normal es que todos cometan contra los demás todas las traiciones, todas las deslealtades y todas las iniquidades que se les pueda ocurrir, también es cierto que la política es la actividad especializada que permite luchar por el poder del Estado (o de cualquier organización), alcanzarlo, ejercerlo y conservarlo. La política tiene muy mala fama (y muy bien ganada). Creo que fue el Tejón Garizurieta quien en los años cuarenta la definió como "el arte de darle por el culo al que está abajo y de ponerle la misma región anatómica para que haga lo propio al que está arriba". Todos los norteamericanos, casi sin excepción, ven en la capital de su país, Washington, una auténtica Babilonia de corrupción, vileza y traición. Claro que lo es, pero es también el cerebro de la nación y el asiento del mayor poder mundial y ha llegado a serlo, precisamente, por las mismas razones por las que a los gringos se les congela el espinazo de tan sólo pensar en que deben hacer un viaje a esa ciudad para realizar algún trámite obligado. Por razones de elemental supervivencia, los políticos deben saber estar bien dotados y armados para enfrentar toda clase de traiciones, deslealtades, engaños, tortuosidades, golpes bajos, maldades o seducciones (Gordillo dijo que eso le había pasado con Madrazo) e incluso hipnotismos que les pueden hacer sus contrincantes y hasta sus contlapaches. Y todos saben también que, en su momento, deben estar decididos para hacerles lo mismo si es que eso les produce un mejor posicionamiento o alguna ventaja. Saben, finalmente, que por esas razones nadie va a la cárcel y, si bien es cierto que puede pagar un costo si alguien lo descubre o lo expone en público con pruebas, después no pasa nada, porque no se trata de ningún delito, aunque sí de muchísimas faltas a la moral y a las buenas costumbres, pero tampoco eso está penado por la ley. Mi querido amigo José Agustín Ortiz Pinchetti anda preocupado por esos problemas. Su punto de vista es que es absolutamente inadmisible que un político sea todo lo que hemos visto que es (creo que, por lo general, puede ser peor). Hace unas semanas me hizo una entrevista desde Florencia, Italia, para que le dijera qué pensaba del tema, comenzando por lo que escribió Maquiavelo al respecto. Creo que no le gustó lo que le respondí, porque en su columna tan rudamente titulada "Contra el maquiavelismo" de hace dos domingos escribió lo siguiente, dándome un severo coscorrón: "Es cierto que un político puede ser eficaz e inmoral simultáneamente, pero las violaciones a la ética no perdonan ni a los políticos. No existen dos esferas separadas: la política está sujeta a los principios de la ética, como cualquier otra actividad humana. El comportamiento corrupto, desleal, traicionero y tortuoso es signo de decadencia, no de habilidad". José Agustín se refiere a dos respuestas mías. Me preguntó si Maquiavelo aconsejaba ser desleal, traicionero o tortuoso. Yo le dije que en realidad el Secretario Florentino no es que aconsejara al príncipe (al político) ser desleal, cruel, traicionero o falso; lo que él buscaba saber es lo que un príncipe hace para tener éxito, para triunfar en la lucha política, independientemente de sus métodos o de sus recursos. Maquiavelo no daba consejos, aunque lo parezca, sino descripciones de lo que el buen político hace para ganar. También me preguntó si Maquiavelo constató que los políticos de su época se portaban en forma desleal, tortuosa o traicionera. Le contesté que eso no le interesaba, sino ver cómo triunfa un príncipe en la política y estudiar la acción política exitosa del modo más objetivo posible, sin orejeras éticas o religiosas. El nunca juzgó a los príncipes de su época para saber si eran buenos o malos; esto le tenía sin cuidado. También le dije a mi querido amigo que estoy convencido de que la ética no va con la política: es otra esfera de la vida de los hombres en sociedad. Si metemos a la ética con la política vamos a acabar corrompiéndola y adulterándola. Y a la política la vamos a acabar pervirtiendo hasta hacerla totalmente infuncional. Maquiavelo independizó a la política de la moral, para poder entenderla; Kant independizó al derecho de la moral, asimismo, para poder estudiarlo como tal. La ética no nos sirve para hacer política ni tampoco para estudiarla. De otro modo, acabaríamos sin ver ni saber nada tanto de la ética como de la política. La sentencia de José Agustín en su citada columna es flamigerante: el que viola los principios éticos la paga. Pues, con todo respeto para mi amigo, yo no veo que Salinas haya pagado por no respetar los principios de la ética; tampoco veo que Zedillo, ni Fox, ni Gil Díaz, ni muchos otros hayan sufrido tal punición. La Gordillo, que es una violadora contumaz de los principios de la ética, sigue vivita y coleando. Madrazo pagó sus tonterías, no su falta de ética. Calderón fue poco ético, pero ganó finalmente la Presidencia de la República. A los corruptos no se les castiga, me dijo José Agustín. Yo le respondí que sí se les ha castigado, cuando los agarran en flagrancia, si bien habría que agregar que no los castigan precisamente por corruptos, sino, parafraseando a don Luis Cabrera, por pendejos. La política es así. Estoy pensando en qué diría Salinas de Gortari si alguien le preguntara si él piensa que es éticamente bueno. O si se le preguntara a la Gordillo qué es la moral para ella y a tantos otros. Probablemente dirían, con el Alazán Tostado, Gonzalo N. Santos, "la moral es un árbol que da moras o sirve para pura chingada".

La ética y la normatividad política

Por Enrique Dussel A.

Han aparecido en La Jornada artículos de J. A. Ortiz Pinchetti (3 de junio, 2007, p. 18. col. 4) y de Arnaldo Córdova (17 de junio, 2007, p. 19: "De la ética y la política"). Es la primera vez que entraré en una conversación de este tipo, pero debo hacerlo por ciertos juicios vertidos por Arnaldo, amigo (lo encuentro y nos saludamos frecuentemente en la Facultad de Filosofía) y muy respetado intelectual (¿quién no ha leído La ideología de la Revolución Mexicana?), juicios que me llevan a escribir estas cortas líneas que, estoy seguro, acrecentarán nuestra amistad. En sustancia, Arnaldo contra Ortiz Pinchetti, escribe: "estoy convencido de que la ética no va con la política: es otra esfera de la vida de los hombres [...] Si metemos a la ética con la política vamos a acabar corrompiéndola y adulterándola [a la ética]. Y a la política la vamos a acabar pervirtiendo hasta hacerla totalmente infuncional". Desde ya no entiendo cómo puede "pervertirse" a la política si es que desde el inicio la definió como "una cloaca pestilente y nauseabunda" (es decir: ¿cómo puede pervertirse lo ya pervertido?). Además, si la política no tuviera cierta normatividad (reglas que obligan éticamente) dejaría de existir como tal: todos harían lo que les plazca, se instauraría el caos y la sobrevivencia de ese grupo sería imposible. Ese enunciado es contradictorio, irracional. ¿Sería posible una política en la que todos mintieran, robaran, mataran...? Hegel decía que la limosna no se podía universalizarla, porque pidiendo todos limosna, y no trabajando ninguno, no habría quien pudiera dar limosna y no habría nada que dar (porque antes habría que haberlo producido con el trabajo cotidiano éticamente disciplinado). Un sistema político donde todos son siempre inmorales es imposible. Si no es posible: ¿cuáles son las condiciones éticas mínimas para que sea posible? Aquí Arnaldo estaría ya en problemas. Hay, entonces, que comprender primero que la "ética" de ninguna manera se corrompe "metiéndose" en política, porque si se corrompiera al "meterse" en cada campo práctico (la política, la economía, la pedagogía, la familia, etcétera) no serviría para nada. Su función, exactamente, es ser subsumida en cada campo práctico para instaurar dentro de ellos un régimen normativo que los haga posibles, y no contradictorios. También la economía sin ética se hace imposible. Sobre la imposibilidad del capitalismo, por estar fundado sobre la injusticia (un acto éticamente perverso) del no-pago (robo) del plusvalor, Marx desarrolló su crítica al capitalismo. Lo que demostró paciente y científicamente es que en el largo plazo el capitalismo caería en una crisis final, por contradicción. Por ahora, vemos los efectos negativos creciendo exponencialmente: destrucción ecológica, pobreza de la mayoría de la humanidad, etcétera. Los efectos del no cumplimiento de los principios normativos (que son los principios éticos subsumidos en cada campo como principios normativos de la política, de la economía, de la pedagogía, etcétera) es la destrucción de los individuos y la sociedad, que terminan por corromperse. No es que Salinas de Gortari pague singular e inmediatamente sus actos perversos. Se trata de algo más profundo. Son las comunidades las que se corrompen, y con ellas los individuos en el largo y mediano plazos, algunas de manera singular y en el corto plazo, pero estos últimos pueden ser las excepciones de la regla. Estando en Oslo, en casa de uno de los miembros del Tribunal del Premio Nobel de la Paz, me indicaba que Noruega no necesitaba el petróleo del Mar del Norte. Era un país sin deudas, de alto desarrollo, sencillo, de elevadísimos impuestos pagados por los ricos religiosamente, de un régimen de propiedad privada pero de uso social, primer lugar en el desarrollo mundial en la tabla del PNUD de las Naciones Unidas. Hay tanta seguridad que las casas no tienen rejas; los vidrios de las ventanas son su protección... contra el frío. Es un pueblo con una convicción subjetiva ética que rige como normatividad política. El efecto positivo: su enorme desarrollo. En cambio, entre nosotros las elites del poder, desde la conquista de Cortés, por la "colonialidad del poder", aprendieron a clasificar a los seres humanos por su "blancura": los criollos arriba, los mestizos después, y al final los indios y los esclavos. Una sociedad desigual, sin justicia y sin ley que se deja ver en la expresión cínica: "¡Hecha la ley, hecha la trampa!" Nadie tiene convicciones éticas. Cada uno se vende al mejor postor (las elites a las metrópolis de turno). Una sociedad así es extremadamente vulnerable, débil, fácilmente dominable. Los de "afuera" pueden comprar a cualquier político, unos más caros, otros menos, pero todos tiene su precio. Si los principios éticos no son subsumidos en la política constituyéndose en principios normativos esa sociedad no tiene futuro. Hoy "abriremos" Pemex a los que roben los recursos naturales del pueblo, y mañana, cuando la pobreza crezca, los que nos arrebataron esos recursos dirán (bajo la responsabilidad de Reyes Heroles hijo): "¡Ustedes, por pendejos, no supieron defender sus recursos; no los íbamos a defender nosotros!" Y los ricos acumularán temporariamente más riqueza en un país de pobres, del que terminarán por emigrar ante la creciente inseguridad. Esto acontece cuando la política ha olvidado los principios éticos. Continuemos la reflexión del tema ya comenzado. En primer lugar habrá que describir la ética de tal manera que pueda entenderse por qué la política, bajo pena de desaparición, debe necesariamente subsumir los principios éticos. La ética, no simplemente de los valores, de la ley, de las virtudes, sino una ética de principios, es la que, dicho sencilla y resumidamente, viene a subsumir y superar el comportamiento de los instintos de los animales. Los animales, específica o instintivamente, saben cómo comportarse para sobrevivir. En la especie homo las instituciones van remplazando las acciones instintivas para transformarlas en obligaciones sociales. Esas obligaciones, en su conjunto, se codifican en la ética. La revolución urbana neolítica en Mesopotamia nos muestra esas colecciones en el Código de Hamurabi (los hay desde el 2500 a. C). Sin dichos códigos la vida multitudinaria de las primeras ciudades habría sido imposible; era cuestión de vida o muerte. Un principio universal de esta ética sería una obligación (no optativa, sino necesaria, repito: "de vida o muerte") que podría enunciarse de la siguiente manera: "¡Debemos producir, reproducir y desarrollar la vida humana en sociedad, en última instancia de toda la humanidad!" Este principio (véase el capítulo uno de mi Etica de la liberación) vale para todas las culturas, en todas las ocasiones. La política, como el despliegue del poder en un campo específico (el "campo político"), subsume o incorpora ese principio general o abstracto de la ética y lo transforma en el principio material de la política: "¡En política debemos todos luchar por producir, reproducir y desarrollar institucionalmente (por la ecología, la economía y los diversos niveles culturales) la vida de los ciudadanos, superando el nacionalismo y teniendo a toda la humanidad como última instancia!" (véase la tesis nueve de mi librito 20 tesis de política). Este enunciado es un principio ético transformado en político, y como político es esencia de la misma política, define el fundamento del poder político, de la acción estratégica, de las instituciones políticas. No es una normatividad externa, es intrínseca, política, y además la propone igualmente N. Maquiavelo (que no es nada "maquiavélico", en el sentido cotidiano de la palabra según Popock y tantos otros). Si no se cumple ese principio la política se viene abajo, desaparece, entra en contradicción: la sobrevivencia de la comunidad política no podría sostenerse, sería aniquilada, simplemente moriría. De la misma manera, el principio ético de validez ("Es válido todo acuerdo alcanzado por una participación simétrica de los afectados") (la tesis 10 del librito citado) es subsumido en la política como principio de legitimidad (o democrático), que se enunciaría: "¡Debemos alcanzar todo acuerdo por la participación simétrica e institucional de todos los ciudadanos, en último término, de toda la humanidad!" Si no hay simetría o igualdad no hay legitimidad, si hay poca simetría hay poca legitimidad. Este principio, que permite al político alcanzar la máxima legitimidad (que es lo que constituye la fuerza unitiva del poder), le permite igualmente no usar la coacción y gobernar con el apoyo del pueblo. Este es el efecto positivo del uso normativo del poder (la importancia de la ética en política, entonces). Cuando la coacción, que puede ser legal, no está fundada en el acuerdo subjetivo de los ciudadanos, del pueblo, se vuelve represión, como en la actualidad en México. Cuando el gobierno cree ser la sede del poder (la comunidad política o el pueblo es la única sede del poder; el gobierno en las instituciones ejerce delegadamente dicho poder; véase la tesis 2 de mi obra 20 tesis de política) se corrompe -en el sentido ético y político- (como indica Karl Marx en famoso texto sobre el fetichismo del poder), y cuando usa la violencia contra el justo derecho del pueblo que ha sido excluido de los acuerdos (es decir, dicha acción es ilegítima), se torna dominación, represión. Nuestros héroes (Hidalgo, Morelos, Juárez, Zapata) fueron políticos de clara conciencia ética de la normatividad política. Subsumieron los principios éticos como políticos y no fueron llevados por el caos o la corrupción de los procedimentalistas o los cínicos, que creen sólo en la fuerza para ejercer el poder autoreferente, es decir, vacío. Esos héroes no dieron su vida por procedimientos o por el afán de un desmedido ejercicio del poder, sino que la dieron fraternalmente por personas, por principios universales.