Pensamiento Crítico

La Mezquita Roja

Por José María Pérez Gay | Diario La Jornada, México. | 22 Julio 2007
Una manifestación de extremistas islámicos violentos -que exigía la puesta en práctica de la sharia o ley islámica en Pakistán- escapó del control de las autoridades y, en un abrir y cerrar de ojos, dio comienzo una batalla con ametralladoras calibre 50 y misiles tierra-aire contra las fuerzas de seguridad paquistaníes cerca de Lal-Masjid, la Mezquita Roja. La policía federal paquistaní sostuvo desde un principio que los violentos pertenecían al movimiento Harktul-Jihad-e-Islami -prohibido en Pakistán- señalado como un eslabón más de la cadena internacional Al Qaeda. Los clérigos y sus estudiantes islamistas radicales se atrincheraron en la mezquita, donde se encontraban más de mil 800 personas, incluso mujeres y niños; tomaron a muchos fieles como rehenes y los usaron después como escudos humanos. Ningún medio informativo supo bien a bien qué exigían; la madrasa Jamia Hafsa (escuela coránica femenina) se encuentra a un lado, un edificio más en las construcciones de la mezquita y era -hasta dónde se sabe- un nido de muyahidines (militantes de la guerra santa). Los hermanos Abdul Aziz Ghazi y Abdul Rashid Ghazi ocuparon las instalaciones de la Mezquita Roja, contaban con un verdadero almacén con armas de todo género y un sinnúmero de combatientes; la batalla cobró el miércoles las primeras 30 víctimas, en su mayoría inocentes. El general Pervez Musharraf, presidente de Pakistán, resistió los dos atentados suicidas ocurridos la semana pasada en la frontera noroccidental, el malogrado ataque a su avión y después, sin pensarlo dos veces, ordenó la intervención de los cuerpos élite del ejército. Al día siguiente, Aziz Ghazi -el líder de la mezquita- intentó escapar del cerco disfrazado con una burka, el vestido tradicional de la mujer musulmana, los oficiales del puesto de control advirtieron el engaño, arrestaron Aziz y, al mismo tiempo, mil 200 estudiantes depusieron las armas. Sin embargo, su hermano menor, Rashid Ghazi, opuso una enconada y sangrienta resistencia. El martes 10 de julio el ejército avanzó estrechando el cerco y Rashid Ghazi murió combatiendo en los sótanos de la madrasa. Las fuentes de la BBC en Islamabad calculaban 286 muertos, otra masacre más en la peligrosa frontera con Afganistán. La Operación Silencio, como el gobierno pasquistaní llamó al asalto a la mezquita, dejó además una cantidad desconocida de mujeres y niños heridos y muertos durante los ocho días de la batalla. La primera parte de la Operación Silencio concluyó el domingo 8 de julio; la resistencia en el interior de la mezquita roja -y en los sótanos de la madrasa- era menor al caer la tarde, su capacidad de fuego casi había desaparecido y las fuerzas de seguridad pusieron en marcha la segunda y última parte de la maniobra: "la demolición y limpieza". "Controlamos prácticamente todas las instalaciones de la Mezquita Roja y la escuela coránica, ahora están retirando los cadáveres de los muertos en combate", aseguró el portavoz del Ejército, general Wahid Arshad. "Tras 24 horas de intensos ataques, el poderío militar y el bloqueo demolieron la fe de los estudiantes radicales amotinados desde hacía una semana, quienes como habían anunciado el primer día, lucharon hasta la muerte como auténticos shahid (mártires)." Por su sensibilidad y su estilo de vida Rashid Ghazi era, al parecer, un paquistaní proccidental. Había estudiado relaciones internacionales con las mejores calificaciones en la Universidad de Quaid e Azam de Islamabad, hablaba tres idiomas a la perfección, fue director general en el Ministerio de Educación y, unos años más tarde, representante de su país en la Organización de Naciones Unidas para la Ciencia, la Cultura y la Educación (UNESCO). Todo eso se había ido a finales de los noventa, barrido por el ventarrón de la violencia que comenzaba a estremecer a Pakistán. No es incomprensible, pues, que alguien se pregunte ahora por qué ese gran viraje en la vida de Rashid Ghazi. A principios de 1998 su padre Abdullah Aziz -director de la mezquita y de la madrasa- cayó en el patio de la Mezquita Roja traspasado por la ráfaga de una metralleta disparada por un militante de uno de tantos grupos islámicos rivales. Su hermano ocupó el puesto de su padre y nombró a Rashid "el segundo" en la jerarquía de la Mezquita Roja y, desde entonces, ambos juraron venganza. Los últimos ataques revelan cada vez más que los muyahidines que lanzan bombas, o se vuelan por los aires con una carga de dinamita en el pecho, son cada vez menos los militantes de Al Qaeda; en cambio son cada vez más los shahid (mártires) que han pasado unos meses y de modo fugaz con los grupos islámicos radicales antes de convertirse en informantes y terroristas. En La nueva red Al Qaeda (Hamburgo, 2006), Yassin Musharbash, colaborador del Spiegel online, experto en informática y operaciones de seguridad, afirma que éste es el caso de los cuatro muyahidines (voluntarios internacionales) que llevaron a cabo los atentados en Londres; sólo dos de ellos habían vivido tres o cuatro meses en la madrasa de Pakistán, los otros dos eran médicos de profesión establecidos en Londres. Musharbash ofrece una suerte de agenda instantánea 2020 de la red del extremismo islámico violento resultado de la correspondencia intercambiada con los nuevos líderes de Al Qaeda, ante todo y sobre todo con el número tres de la organización, Saif al-Adl. Yassin Musharbash está convencido de que los estrategas de Al Qaeda imaginan su estrategia en largos y ciegos ciclos de tiempo. El primer período sería El despertar: abarcaría del año 2000 a 2006, de modo más preciso: a partir de los preparativos y los ataques del 11 de septiembre -en Nueva York y Washington-, la invasión armada de Irak, los atentados en Bali, Madrid y Londres. Según Saif al-Adl, el resultado de la primera etapa fue un éxito indiscutible. Estados Unidos habría caído en la trampa al invadir Irak, el mundo islámico ha despertado -sobre todo en el Magreb- y la furia musulmana es ahora incontenible. "El campo de batalla se ha extendido; los Estados Unidos y sus aliados se han convertido en un blanco más fácil y cercano. El mensaje de Al Qaeda se ha escuchado en todo el mundo." A partir de 2006, el segundo periodo abarcaría la destrucción del régimen del general Musharraf y, por tanto, la afganización del territorio. El tercer periodo se llama Abrir los ojos -de 2007 a 2010-, los estrategas del islamismo radical esperan concentrar sus acciones bélicas en Israel, Siria -los cuadros combatientes se encuentran ya en Irak- y Turquía. En el cuarto periodo -entre 2010 y 2013- se habría alcanzado la desaparición de los regímenes árabes, odiados y corruptos, el aumento de la capacidad de fuego de Al Qaeda, el ataque masivo a los campos petroleros, la cohesión última de la comunidad islámica, mientras los estadounidenses derrotados abandonarían Irak y un ciberterrorismo masivo debilitaría su poder económico. En el quinto periodo -entre 2013 y 2018- se lograría por fin el establecimiento del gran Califato -el arco geográfico de Marruecos a Indonesia con mil 300 millones de musulmanes-, el poder de Occidente habría desaparecido en el mundo del Islam, Israel reducida a cenizas y los ejércitos islámicos combatirían contra los infieles. ¿Qué podemos decir de esta visión apocalíptica? La agenda 2020 es, sin duda, un manifiesto del delirio de grandeza. La realidad es otra. Al Qaeda no provocará la tercera guerra mundial, ni mucho menos la lucha final entre las civilizaciones cristianas y musulmanas. Al Qaeda no es la primera organización terrorista que se ha propuesto fines inalcanzables, y sin duda predica una utopía religiosa que sirve de combustible a la imagen del mundo que tienen los yihadistas. Sin esa utopía sería muy difícil, casi imposible, reclutar shahid (mártires) dispuestos a morir; la utopía de Al Qaeda no sólo es una meta, sino también una justificación moral y religiosa. Sin embargo, Musharbash está convencido también de que la nueva guerra virtual tendrá lugar en el ciberespacio: "E-yihad contra cruzada-ciber". Existen ya miles de sitios en Internet -tanto islámicos como occidentales- en lucha constante por descifrar al enemigo y evitar ser descifrados. El 17 de junio de 2004, Tim Redd se dio cuenta de que la página Web de su compañía de mediciones topográficas, en Silicon Valley, había sido ocupada por los hackers de Al Qaeda. Al principio pensó que se trataba de una broma de mal gusto; después, al ver que le habían colocado un video de excelente calidad, donde aparecía Paul Marshall Johnson, secuestrado en Arabia Saudita y rehén de Al Qaeda, alarmó de inmediato a la FBI. Por el otro lado, los hackers cruzados occidentales también existen. Jon Messner logró entrar, en 2003, a la página web de Yusuf al-Uyairi, uno de los líderes islámicos, depositar un virus y dejar un mensaje: "Asesinos buscados por el gobierno de Estados Unidos". Bajo la estricta vigilancia del ejército, dos días después de su muerte en el asalto a la Mezquita Roja, miles de personas asistieron, el jueves 12 de julio, al funeral del clérigo Abdul Rashid Ghazi, en Rojhan Mazari, una ciudad en el centro de Pakistán. Su cuerpo fue trasladado en helicóptero y se permitió que Abdul Aziz, su hermano, viajara con el cadáver y pronunciara las oraciones. La voz del muecín se escuchó a lo lejos y cientos lloraron su muerte. Aziz, líder máximo de la Mezquita Roja, detenido por el ejército paquistaní cuando intentaba escapar enfundado en una burka, como cualquiera de las mujeres musulmanas, se encuentra acusado de subversión y traición a la patria. Los familiares de Rashid habían pedido al gobierno del general Pervez Musharraf que su cuerpo fuera enterrado en Islamabad, a un lado de la tumba de su padre; esa había sido su última voluntad. Sin embargo, el Ministerio del Interior negó la petición; su tumba podía convertirse, sin duda, en un lugar de culto. Aunque el vértigo islámico no es nuevo en Pakistán, la matanza en la Mezquita Roja fue, al parecer, producto de la negligencia y la omisión del mismo general Pervez Musharraf; sus Servicios de Información Militar habían advertido, afirma The New York Times, que los militantes islámicos y las guerrillas de neotalibanes avanzaban por zonas tribales y que, de no tomar medidas urgentes y terminantes, podían ocupar los centros nucleares del país. Los neotalibanes afganos incursionan cada vez más en territorio paquistaní; una cadena de montañas inexpugnables -el Waziristán- que atraviesa un territorio con 2 mil 600 kilómetros de frontera común, desde China y las estribaciones del Himalaya hasta los desiertos de la frontera con Irán. Rudyard Kipling, el escritor inglés, describió esa región con perfecta maestría en su novela El hombre que quiso ser rey. Musharraf, un aliado imprescindible de Washington en la lucha contra Al Qaeda y su líder, Osama Bin Laden -al parecer oculto entre el Waziristán paquistaní y la frontera afgana- se encuentra atrapado ante las masivas manifestaciones populares de protesta antiestadounidenses y sus deberes o compromisos con el Departamento de Estado en Washington. Su mandato expira el 15 de noviembre y ha confirmado que se presentará a la relección en septiembre; una suerte de ritual parlamentario en que varios partidos sostienen por mayoría su candidatura. A principios de abril, sometió a Mohamed Chaudry, presidente de la Suprema Corte de Justicia, a una investigación porque había puesto en duda el carácter constitucional de la relección. Musharraf es un invencible defensor del estado de derecho, siempre se atiene a la legalidad que él mismo ha instaurado. "Yo no he despedido a nadie. Todo es según la legalidad. El Consejo Judicial admitió un expediente-acusación contra el señor Chaudry, la investigación se encuentra en proceso aunque no se trata de un juicio" -dijo Musharraf-; "sólo que mientras dure el procedimiento Chaudry verá restringidas sus funciones". Pakistán tiene 150 millones de habitantes y sólo tres o cuatro mil salieron a la calle para protestar contra el autoritarismo, los cuerpos de la policía ensangrentaron entonces las calles de Islamabad. Pervez Musharraf nació el 11 de agosto de 1943 en Nueva Delhi; tras la división del continente indio, en 1947, su familia se mudó a la ciudad de Karachi, en la nación recién fundada: Pakistán. Su padre, diplomático de carrera, fue nombrado cónsul en Turquía, frecuentó los colegios cristianos de San Patricio en Karachi y el Instituto Forman en la ciudad de Lahore. Después de ingresar a la Academia Militar participó en la segunda guerra indo-paquistaní, el año de 1965; en el fragor de los sangrientos combates, luchó por conquistar el territorio de Cachemira y se le distinguió con la gran medalla del valor. A mediados de 1971 combatió otra vez en la guerra contra la secesión de Bangladesh, el antiguo Pakistán Oriental. Su experiencia en las dos guerras lo llevó a presidir el Alto Mando del Ejército de Pakistán. En octubre de 1999, Musharraf dio un golpe de Estado incruento contra el gobierno de Nawaz Sharif. A partir del 20 de junio de 2001 se convirtió en Presidente Constitucional de Pakistán. «Musharraf hizo un rentable negocio geopolítico», escribía el Frankfurter Allgemeine, «con el 11 de septiembre y la guerra contra los talibanes en Afganistán». Hamid Karzai, presidente de Afganistán es, para Musharraf, un fantasma de mala sombra. Karzai es el otro aliado incondicional de los Estados Unidfos, ambos se disputan sus privilegios. "Los que no hacen nada contra el terrorismo, como Hasmid Karzai, son los que critican a los que luchamos como nosotros" --dijo Musharraf--, "que tenemos 80 mil hombres en 2.600 kilómetros de frontera. Y los que dicen que el Servicio de Información Militar Paquistaní es un Estado dentro de otro Estado, y que ayudamos a los Talibanes, porque queremos un Afganistán débil, mienten con todo cinismo". Musharraf sostiene que no desea un Afganistán débil, ni le interesa convertir a esa nación en un protectorado, hay un hecho: Karzai está perdiendo la guerra contra los neotalibanes. Bin Laden y el mullah Omar, el jefe de los talibanes, se hallan escondidos en las montañas de Afganistán; Musharraf se niega a creer que hayan pasado a Pakistán, "pero nadie lo puede asegurar, le dijo al Times de Londres, "todo es un juego de adivinanzas. Y tampoco es verdad, como se ha publicado, que hayamos firmado un acuerdo militar con los talibanes en Waziristán; firmamos un acuerdo con jefes tribales y religiosos de la región, para que no dieran refugio a los talibanes. Porque ésta es una lucha no sólo militar, sino política, y esa es la guerra que ha ido perdiendo Karzai". Musharraf, artífice de la cuerda floja, no admite ni desmiente que la presencia de Estados Unidos en Irak haya sido un cataclismo para la región, insiste en que no hay más camino que las negociaciones, una conferencia con Irán y Siria, que permita superar la violencia suicida de los propios iraquíes, vuelva invisibles a las tropas estadounidenses y se firme un acuerdo de paz. Una retirada intempestiva es, para Musharraf, inimaginable, porque dejaría un torbellino de inestabilidad que se extendería como una marea incontenible por todo Oriente Medio. Si Irán es el siguiente objetivo militar de Estados Unidos, Musharraf no descarta los horizontes más sombríos. "Nos afectaría a todos" -declaró a Le Monde-,"también a Pakistán, el sectarismo religioso volvería a tomar el poder, la operación contra el chiísmo iraní la sufrirían por igual los sunitas -la mayoría religiosa de Pakistán. La mayoría de mi pueblo es antiestadounidense, y ese sentimiento nacional se ha acrecentado y se acrecentaría aún más. La alianza estratégica de Pakistán y Washington juega con los naipes del rechazo y la amenaza, una política que ha servido muy bien a Musharraf durante una década. Sin embargo, no sólo es el rechazo y la amenaza. Musharraf tiene un as poderosísimo en la manga: el poder nuclear de Pakistán. Cuando en marzo de 2006 el presidente Bush firmó en Nueva Delhi un acuerdo de cooperación nuclear con India que -por decirlo así- certificaba el poder nuclear hindú, declaraba sin decirlo que el poder nuclear de Pakistán era cuando mucho tolerado. Pakistán, la única nación musulmana que posee armamento nuclear, toma una importancia decisiva en nuestros días. "Palestina es el conflicto del conflicto, el corazón de todos los conflictos que conmueven al mundo islámico" -dijo Musharraf-, reivindicar los derechos palestinos es reivindicar los agravios al Islam". La matanza en la Mezquita Roja ha revelado que un político tan represor y diestro como Pervez Musharraf no puede contener, ni mucho menos derrotar a la furia destructora del Islam extremista y violento. Los atentados suicidas se multiplican en la frontera con Afganistán. El sábado 14 de julio, 24 soldados paquistaníes murieron y otros 34 resultaron heridos en un ataque a un convoy militar en la región de Waziristán del norte, una fortaleza neotalibán en la provincia de la Frontera Noroccidental, donde según el Servicio de Información Militar Paquistaní, se han reagrupado los contingentes de Al Qaeda. En El perdedor radical, ensayo sobre los hombres del terror, Hans Magnus Enzensberger nos pone en alerta: "La forma más pura del terror islámico es el atentado suicida. Ejerce un poder de atracción irresistible sobre el perdedor radical, pues le permite dar rienda suelta a sus delirios de grandeza. Nadie puede decir que es un cobarde. El valor que lo caracteriza es el valor de la desesperación. Su triunfo consiste en que no se le puede castigar, pues el mismo se encarga de hacerlo. El video reivindicativo de Al Qaeda tras los atentados de Madrid de marzo de 2004 lo revela con toda claridad: "Vosotros amais la vida, nosotros amamos la muerte, y por eso venceremos".