Pensamiento Crítico

¿Por qué fracasó el socialismo soviético?

Por Ariel Dacal Díaz | Revista Temas, Cuba. No. 50-51: 4-15, abril-septiembre de 2007. | 30 Julio 2007
Amplia y diversamente abordado, el tema de la transición cuenta con varios estudios de caso que se enmarcan, de un lado, en las transformaciones dentro del sistema capitalista mismo, dando cuenta, fundamentalmente, de modificaciones de regímenes dictatoriales a democráticos. De otra parte, se ubica la cuestión del llamado tránsito del capitalismo al socialismo, igualmente estudiados con amplitud. En este segundo grupo se destaca el intento de crear un «socialismo soviético». Este último presenta características muy particulares, por ser la experiencia de origen para la asunción política de tal tipo de transición y haber sido un referente casi obligado para el resto de los intentos. De ahí su consabido interés para las ciencias sociales. Al mismo tiempo, dado que el ensayo soviético terminó, resulta más factible inquirir acerca de él por su condición de proceso históricamente concluso. El intento de transición a una sociedad socialista, en oposición a las estructuras productivas e ideológicas del capitalismo, tuvo en el proyecto soviético y en la posterior Unión de Republicas Socialistas Soviéticas (URSS), el ensayo más extendido en correspondencia con el tiempo que abarcó, su alcance fronterizo, su estructuración productiva, política, ideológica, militar e internacional, y su resonancia post mortem. Desde el estallido de octubre, los acontecimientos soviéticos han sido una recurrencia en los espacios del pensamiento y de la política. La incursión en las etapas y temas de esta historia ha estado impregnada de una evidente polarización ideológica. Aun cuando el corolario final de ese intento de tránsito a una sociedad no capitalista fuera la pérdida de una preciosa oportunidad para socavar las bases del dominio burgués, repensar, comprender y, sobre todo, asumir las características del proceso de transición soviético en su conjunto brindan elementos imprescindibles para explicar lo que ha acontecido en Rusia desde 1991, y para configurar las alternativas anticapitalistas que demanda el siglo XXI. Cualquier pretendido emancipatorio que parta de los límites del capitalismo para su realización debe revisar, una y otra vez, las formas, circunstancias, aportes y desfalcos de esa experiencia. Los noventa años que nos separan de octubre de 1917 son el camino más sólido andado por y para el socialismo. Desestimar esta premisa histórica y política en la lucha anticapitalista es un anuncio de futuros fracasos. Tal significación es el punto de motivación principal para estas páginas, en las que se desarrollan algunas ideas y se esbozan otras, no desde el sosegado e «imparcial» recuento histórico, sino a partir del compromiso político que gana sustancia desde el abordaje científico del proceso en cuestión, y permite enmarcar los análisis y conclusiones, así como destacar legados del proceso de transición soviético al socialismo. Además, se trata de la antesala histórica que permite conocer los orígenes, tendencias y potenciales resultados del proceso de restauración capitalista que sucede en los países del espacio postsoviético. Para ordenar las reflexiones, es pertinente plantear las problemáticas siguientes: ¿quiénes detentaron el poder en la Unión Soviética? ¿Se puede hablar de ruptura con el proyecto bolchevique? ¿Cuáles son las razones del fracaso histórico de la transición soviética al socialismo?

«La clase imprevista»

Como toda experiencia de la sociedad humana posterior a las comunidades gentilicias, el componente vital que explica la edificación de instituciones, normas de conducta, códigos ideológicos y las propias estrategias políticas, es la relación dominador versus dominado, que emana de la contradicción entre las clases que compiten o cohabitan en una época histórica determinada. Este criterio, como recurso metodológico, permite acercarse con mayor certeza al proceso soviético, sin desestimar las tensiones que impuso a los marcos teóricos sobre las relaciones de clases. Recordemos que como parte de las clases contendientes dentro de Rusia, antes de las revoluciones de 1917, la burguesía nacional se desarrolló muy tardíamente, con mucha lentitud, y subordinada a las potencias imperialistas del momento, sobre todo Francia, Inglaterra y Alemania. En esa lógica, la revolución de febrero de 1917 propició a la burguesía la posibilidad de disfrutar de algo que había sido incapaz de hacer. En realidad, no había en Rusia una base social burguesa capaz de asimilar, aprovechar y mantener esa oportunidad, máxime cuando existía una pujante clase trabajadora y sobre todo un movimiento revolucionario, lo cual atribuyó un matiz muy relevante a los dos procesos revolucionarios de 1917. (1) Por su parte, la clase obrera rusa —minoritaria, pero con una vanguardia bien organizada— no se encontraba suficientemente desarrollada y madura para el ejercicio del poder y para la ejecución de las medidas que emanaban de este. Los hechos acontecidos durante varias décadas develaron, como veremos más adelante, que la dictadura del proletariado, explicada por Lenin en El Estado y la Revolución como dominación de clase, no pudo ser realizada como dictadura por el proletariado y se convirtió, andando por las interioridades de su propia historia, en una dictadura del Partido, que conduce para el proletariado. Dentro del cuadro socioclasista ruso, el campesinado era la clase más numerosa, lo que impuso una fisonomía contradictoria al Estado obrero surgido tras la Revolución, e hizo entender a los dirigentes de la emancipación la necesidad de contar con ella para mantenerla en pie. La burocracia tuvo un papel definitorio. Se debe partir de que el estrato burocrático no es privativo del socialismo. En el caso ruso, tuvo sus orígenes —consolidados y tipificados— en el período zarista, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Con la centralización absolutista, creció numéricamente el sector de los funcionarios, así como su importancia, debido a su utilidad para el ejercicio de la dominación. La copiosa burocracia que se arraigó en la estructura política devino una de las características del Estado zarista y una herencia para el Estado soviético, forzado a incorporar individuos del anterior aparato gubernamental para cumplir funciones técnicas y especializadas en las nuevas estructuras. Con ellos, se asumía la mentalidad zarista que, lógicamente, no se podía superar por un decreto revolucionario. A finales de 1920, el número de funcionarios del Estado había pasado de poco más de 10,000 a la astronómica cifra de 5,800,000, que sobrepasaba en cinco veces la de los obreros industriales. En agosto del mismo año, 48,400 antiguos oficiales zaristas se habían alineado como especialistas militares en el Ejército Rojo. (2) Al final de la guerra civil, muchos de ellos ocuparon diversas responsabilidades políticas y administrativas, trasladando a sus funciones la formación militar de ordeno y mando. A partir de esta realidad, Lenin insistía en calificar a Rusia como un Estado obrero con fuertes deformaciones burocráticas. Explicó el fenómeno como una excrescencia parasitaria y capitalista en el organismo del Estado obrero, nacida del aislamiento de la Revolución en un país campesino, atrasado y analfabeto. (3) Desde esta lógica, José Stalin fue el rostro más visible de la burocracia y, a su vez, el estalinismo, como tipificación del socialismo soviético, resultó el modo de la ruptura con el proyecto bolchevique. Ambos fueron, en principio, resultado y no causa de los desenlaces de la Revolución. Después, el estalinismo se convirtió en causa estructural y sistémica del fracaso soviético. El proceso burocratizador tuvo sus orígenes en el inicio mismo de la revolución, pero su consagración como sector dominante en la sociedad tuvo lugar en la década de los años 30. Las reglas, la jerarquía, la especialización, hacen del grupo burocrático un estamento carente, casi en lo absoluto, de creatividad. La costumbre de consultar a una instancia superior —convertida prácticamente en norma— destruye toda posibilidad de iniciativa de los funcionarios, que solo cumplen misiones técnicas. La dinámica mimética que genera esta tendencia respecto al jefe diseminó por toda la Unión Soviética pequeños dictadores intermedios que eliminaron gradualmente a sus rivales mediante el halago y adulación a las autoridades superiores y la imitación de sus métodos. Al estallido de la Revolución, los cuadros políticos bolcheviques no eran numerosos. A pesar del crecimiento numérico de la membresía del Partido, la calidad de sus cuadros no tenía similar correspondencia. Progresivamente fueron ascendiendo a los principales cargos administrativos figuras de relieve secundario dentro de la revolución debido, entre otros factores, a que muchos viejos combatientes de la vanguardia perecieron durante la contienda civil o se separaron de las masas al ocupar cargos de menor relevancia; otros se acomodaron a las nuevas condiciones de poder. Este aspecto es parte del proceso de degeneración del proyecto bolchevique. Tras la muerte de Lenin se abrieron las puertas del Partido a una nueva hornada, conocida como «la promoción Lenin». El resultado fue que se ahogó el núcleo revolucionario con individuos de los más diversos orígenes sociales y sin una preparación política acorde con las tradiciones de los bolcheviques. Estos individuos fueron moldeados por los hombres del aparato, que habían sido elegidos a dedo por Stalin, quien desde 1919 encabezó el Comisariado del Pueblo para la Inspección Obrera y Campesina, desde donde controló el movimiento de cuadros durante varios años. Esto le permitió tener bajo control puestos y figuras claves. Baste decir que de 75 a 80% de la militancia del Partido se había afiliado después de 1923, y solo 1% de los miembros tenía su afiliación antes de la Revolución. (4) La burocracia soviética, que devino «clase imprevista» (5) respecto al papel antagónico entre el proletariado y la burguesía, se privilegió del poder estatal y administró la propiedad pública beneficiándose de ella. Es cierto que sus miembros no poseían capital privado; pero al no recibir control por el resto de los sectores sociales, dirigieron la economía, extendieron o restringieron todas las ramas de la producción, fijaron los precios, articularon el reparto, definieron el destino del excedente, dominaron el conocimiento y su divulgación y controlaron los medios de producción de ideas. De este modo mantuvieron el partido, el ejército, la policía y la propaganda que los sustentaba, lo cual permitió su reproducción durante décadas. (6) ¿Mediante qué códigos de cultura política dominó la burocracia soviética? Las masas que ejecutaron la Revolución en 1917 portaban la mentalidad de la servidumbre, sin ninguna experiencia democrática, y el desarrollo de la conciencia del proletariado —clase llamada a encabezar la Revolución— era patrimonio de un pequeño número de hombres y estaba relacionado más con un «adelanto» del campo de las ideas que con las condiciones histórico-materiales que hicieran más abarcador este tipo de conciencia. Las masas rurales —la mayoría en ese momento— eran portadoras de los elementos más conservadores, afianzados en el alto nivel de analfabetismo existente, materia prima valiosísima para el adoctrinamiento. Por su parte, la burocracia usurpadora fue otro ejemplo histórico de cómo los vencedores incorporan la mentalidad de los vencidos, algo previsto por Lenin. En este caso, heredaron como códigos de la dominación el control absoluto, el elitismo político, la idea de que la «muchedumbre» no sabía ni era capaz de dirigirse, por lo que necesitaba una figura que sintetizara los destinos del país. Uno de los rasgos más apreciados por el ciudadano promedio de Rusia respecto a sus dirigentes es la imagen de hombre fuerte, capaz de enfrentar con determinación las dificultades cruciales del país. Como norma, dentro de la URSS se desvinculó la responsabilidad de la figura máxima respecto a los problemas, creando un ambiente místico a su alrededor. Junto a esto, en el imaginario social se impuso el criterio de que las capas intermedias de los dominadores eran las responsables del estado de cosas existente. En el contexto ruso, este hecho tuvo gran significación, como lo demuestra el estallido revolucionario de 1905, donde se quebró la legitimidad del zar frente a las masas, tras varios fracasos de reivindicaciones que partían del supuesto de que los funcionarios públicos cometían excesos no conocidos por el zar, y que contravenían sus decisiones. Como similitud histórica, a fines de los años 80 la arremetida contra la figura de Stalin tuvo una función similar en la deslegitimación del régimen. Durante el período soviético, el ejercicio político de la burocracia fue una negación del intento bolchevique, que concebía nuevos códigos respecto a la política y la participación de las masas, no solo como fuerza motriz en la explosión subversiva, sino también —con el carácter revolucionario de los soviets— como elaborador, ejecutor y controlador de las decisiones, lo cual se expresó en que de órganos espontáneos de lucha de las masas, adquirieron funciones de Estado. Con el advenimiento del estalinismo, tales principios fueron destronados y la oportunidad de lograr la participación política de las masas —incluyendo los mecanismos de movilización, real y autónoma— fue cercenada. En ese proceso, las organizaciones políticas y de masas sufrieron una considerable atrofia. Lo que aconteció en Rusia después de la Revolución, resultado de sus propias circunstancias, fue el advenimiento de un nuevo sector dominante basado en el poder del Estado en lugar del dinero y de la propiedad; sus integrantes se vieron a sí mismos como los nuevos hombres del poder —en un sistema no capitalista, pero sí marcadamente elitista— desconectados por completo del control de las masas, las que, dadas las encrucijadas de esta historia, no fueron el sujeto político de su propia emancipación.

Del bolchevismo al estalinismo

Cuando se aborda el intento de transición soviética, es recurrente encontrar una diluida frontera, en el mejor de los casos, entre las prácticas políticas de Lenin y de Stalin. No se trata de un asunto secundario, ni de un detalle histórico que invite a la precisión. Delimitar esta frontera implica, esencialmente, distinguir entre un proyecto político revolucionario dentro de los complejos avatares de la Revolución rusa y las prácticas conservadores que las mismas complejidades históricas delinearon como alternativas. Esta necesidad no emana de diferencias formales entre una figura y otra, sino del deslinde de concepciones y prácticas distintas desde un escenario histórico común, respecto a cómo fundar la nueva sociedad, el papel de la inteligencia colectiva y la creación política, en el intento de subversión estructural y cultural que supone la transición al socialismo. Respecto a la significación de Vladimir Ilich Lenin, se han tejido los más variados contrapunteos. Sin detallar los que, por obvias razones de clase y con diferentes formulaciones, tergiversan las virtudes históricas del genio bolchevique, resultan diversas las tendencias de quienes validan su legado. En este grupo se encuentran apologéticos que continúan embalsamándolo, defensores que intentan la objetividad necesaria en el balance de su pensamiento y obra, nostálgicos que buscan, a casi un siglo de distancia, las soluciones a los problemas de hoy y de mañana en su pensamiento, etc. Consíganlo o no, a todos les cabe el mérito de intentar enmarcar la utilidad revolucionaria que representó la vida de Lenin en el eterno intento de cambio de la sociedad humana. Pero existe una tendencia que si bien puede incluirse en este lado del debate sobre el jefe bolchevique, es nociva. En ella se intenta ver la historia de la URSS como una continuidad, como etapas de un mismo proceso, sin rupturas más o menos violentas. Lo contradictorio de esta postura es que no emana de burócratas en el poder que necesitan legitimarse con la evocación de continuidad respecto al proyecto fundacional, sino de honestas personas desconcertadas con los resultados de la oportunista conversión formal de la burocracia en burguesía a partir de 1991. La más desoladora señal está en homologar a Lenin con su sucesor, Stalin. El daño que causa este error valorativo es mortal. O peor, es funcional a los intentos de descrédito del pensamiento y la obra de Lenin, tan necesario a la burguesía para consolidar su hegemonía. Dada la reiteración de esta falsa vinculación, retomamos el pretérito intento por deslindar a Lenin de Stalin mediando apuntes sobre el pensamiento y obra de uno y otro. Si bien el estallido bolchevique concebía nuevos códigos respecto a la política, con el advenimiento del estalinismo la burocracia aplicó como códigos de dominación el control absoluto. El líder de Octubre destacó: Es necesario tener presente que la lucha exige de los comunistas que sepan reflexionar. Es posible que conozcan perfectamente la lucha revolucionaria y el estado del movimiento revolucionario en todo el mundo. Sin embargo, para salir de la terrible escasez y miseria lo que necesitamos es cultura, honestidad y capacidad de razonar. (7) Contrariamente, la naturaleza autoritaria de la burocracia soviética frenó las pretensiones democráticas que representó el proyecto bolchevique. La falta de participación real, de espacios cívicos de contrapartida y control del poder, afectó todos los niveles de la vida social: desde el funcionamiento económico hasta las cuestiones étnicas. Bajo el pretexto de ser guía de la sociedad, el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) se convirtió, en manos de la burocracia, en una maquinaria que frenó, desvirtuó y violentó el acto de creación política iniciado por Lenin al frente de los bolcheviques. Los nexos tentativos entre Lenin y Stalin se encuentran en que este último, aprovechando algunas condiciones creadas en vida del líder revolucionario, desvirtuó el sentido de la dirección partidista hacia el totalitarismo. Lenin había organizado el Partido bolchevique para dirigir a los obreros, no para domarlos o subyugarlos. La conversión del aparato partidista en un instrumento de control en manos de la burocracia fue un proceso definitorio en el decurso de los acontecimientos y de los sentidos históricos asumidos por esta para la transición «socialista». La Revolución removió todas las zonas de la sociedad rusa: las instituciones, las normas, las ideas, los valores. En ese movimiento telúrico, el Estado obrero concedió amplios derechos jurídicos y políticos a los ciudadanos como la legalización del divorcio y el aborto, la eliminación de la potestad marital, la igualdad entre el matrimonio legal y el concubinato, etc. A partir de 1926, bajo el régimen de Stalin, se instituyó nuevamente el matrimonio civil como única unión legal. Más tarde se abolió el derecho al aborto, junto con la supresión de la sección femenina del Comité Central y sus equivalentes en los diversos niveles de organización partidaria. En 1934, se prohibió la homosexualidad, y la prostitución se convirtió en delito. No respetar a la familia se convirtió en una conducta «burguesa» o «izquierdista» a los ojos de la burocracia. Los hijos ilegítimos volvieron a esta condición, que había sido abolida en 1917, y el divorcio se convirtió en un trámite costoso y pleno de dificultades. (8) El mecanismo sutil, paciente e integral de reformulación y regresión utilizado por Stalin para hacer infértiles los progresos de Octubre alcanzó, en primer orden, a las instituciones detentadoras de violencia, las que igualmente se hicieron funcionales a los nuevos intereses. En sus orígenes, el Comité de Seguridad del Estado (KGB) (9) tuvo como objetivo combatir la contrarrevolución, los sabotajes y la especulación, objetivos de legítima defensa frente a la oposición reaccionaria que generó la Revolución; pero esas lógicas motivaciones iniciales se modificaron progresivamente con el ascenso de la burocracia al poder, hasta convertirse en el órgano preservador de los intereses del Estado burocrático, cuyo objetivo fue eliminar la oposición de las propias fuerzas revolucionarias. El Estado obrero necesitaba su propia institución armada para defender sus intereses, máxime por las agresiones, que no se hicieron esperar, de catorce países al unísono. Para ese fin fue creado el Ejército Rojo en enero de 1918. Como nuevo concepto, la política de los dirigentes bolcheviques estaba abierta a constante debate, en el cual los uniformados tuvieron un papel importante. Naturalmente, el ejército profesaba las mismas ideas del Partido y el Estado. Pero la institución armada no escapó a la arremetida reaccionaria de la burocracia, la que de inmediato comenzó a transformarla en defensora de sus intereses, arrancándole progresivamente la esencia popular que le dio origen. La medida que refleja con mayor claridad este proceso fue el decreto que restableció el cuerpo de oficiales, un golpe demoledor a los principios revolucionarios que originaron esta institución armada, uno de cuyos pilares fue, precisamente, la liquidación de ese cuerpo, dándole jerarquía al puesto de mando, que se ganaba con capacidad, talento, carácter, experiencia, etc. El cuerpo de oficiales veló entonces celosamente por la «pureza» y fidelidad de los uniformados al «Partido» y al «Estado socialista». De igual manera, se fue apagando el espíritu de libertad y debate que había en las filas del Ejército, en estrecha relación con el criterio de que «ningún ejército puede ser más democrático que el régimen que lo nutre».(10) Entre los elementos más sensibles está la ruptura de uno de los principios básicos del programa bolchevique, por el cual los sueldos de los más altos funcionarios no debían sobrepasar la media del salario obrero. Bajo el período de Lenin, el diferencial máximo de salario se mantuvo en una relación de 1 a 4, rango que el propio Lenin calificó de «diferencial capitalista». La regla que impedía que los funcionarios del Partido Comunista recibieran un salario mayor que el de los obreros calificados, conocido como el «máximo del Partido», fue abolida el 8 de febrero de 1938. Para 1940, cuando un obrero ganaba 250 rublos mensuales, un diputado recibía 1,000, un presidente de República 12,500 rublos y el presidente de la Unión 25,000 rublos en igual período.(11) Para los años de la perestroika, existía el conocido «abastecimiento especial», lo que elevó el nivel adquisitivo de los miembros de la nomenclatura muy por encima de lo percibido por un obrero o un ingeniero. En 1921, debido a la entrada incontrolada de nuevos miembros al Partido, Lenin desarrolló una «purga» interna que implicó la expulsión de 200 000 militantes. Su objetivo era difundir las tradiciones e ideales de Octubre, fuertemente amenazados por el ingreso de individuos que se montaron en el carro de la revolución con poco desarrollo político. Esta «purga» no tuvo nada en común con los crímenes de Stalin, ni con la paranoia colectiva que este impuso en la URSS. No hubo policía secreta, juicios políticos, ni mucho menos campos de concentración. En el proceso de conformación de los marcos estalinistas del régimen soviético, la recomposición del partido resultaba vital. Varios datos brindan con claridad las coordenadas de esas transformaciones: entre 1930 y 1934, el partido dejó de ser de facto una organización obrera; en 1930, los obreros representaban 49% de la militancia; en 1934 esta proporción había caído a 9,3%. Junto a este proceso, se produjo el control casi monopolista del partido por la «clase de los directores». En 1923, solo 23% de todos los directores de fábricas soviéticas eran miembros del partido; en 1936, la cifra se acercaba a 100%.(12) Esto fue una constante. Para 1986, la proporción de obreros miembros del Partido era menor de 30% entre los 19 millones de militantes del PCUS. La austeridad y la ética, emanadas del compromiso con las masas, que caracterizaron a los bolcheviques, quedaron progresivamente inutilizadas por las huestes estalinistas. Los dirigentes bolcheviques permanecían cerca de los obreros y los campesinos, caminaban por las calles sin escoltas y hacían caso omiso a las jerarquías. Cuando se consideran las condiciones de lujo y privilegios que la burocracia estalinista fue creando para sí, aislada de la población, protegida detrás de muros de seguridad o custodiada por numerosos guardaespaldas, podemos entender mejor la diferencia ética que entrañó el proyecto bolchevique y la decadencia estalinista. El relacionamiento internacional del Estado soviético durante décadas dio la razón a los temores de Lenin, quien había previsto, basado en hechos que tuvo que enfrentar en sus últimos meses de vida política, el peligro de que «el gran ruso» heredado de los años de dominación y explotación zarista permaneciera en la política del nuevo Estado con la consecuente degeneración del internacionalismo que estaba llamado a realizar la URSS. Señalaba Lenin: En tales condiciones, es natural que la libertad de separarse de la unión […] sea un simple pedacito de papel incapaz de defender a los no rusos de la embestida de ese hombre realmente ruso […] ese opresor que es el típico opresor ruso. No hay duda de que los obreros soviéticos y sovietizados, que constituyen un porcentaje ínfimo, se ahogarán en ese océano de la canalla gran rusa chovinista como una mosca en la leche.(13) El hecho real, a pesar de lo que aparecía en la Ley de leyes y otras regulaciones, implicaba la imposibilidad de afirmar que las repúblicas que conformaban el Estado soviético coordinaran sus actividades con el Centro, sino que se subordinaban directamente a Moscú. Stalin no hizo sino nombrar desde arriba a los responsables políticos. Las élites de las repúblicas, aunque arribaran a posiciones de determinada importancia, escasamente podían obtener puestos relevantes a nivel de la Unión, donde el predominio ruso llevaba el peso fundamental. El jefe de la Revolución rusa prestaba especial interés a los conceptos emanados de la práctica política frente al tema de la Unión: Una cosa es la necesidad de unirse contra los imperialistas de Occidente, defensores del mundo capitalista. En eso no cabe duda alguna […] Otra cosa es cuando nosotros mismos caemos, aunque solo sea en cuestiones de detalles, en actitudes imperialistas hacia las nacionalidades oprimidas, socavando así nuestra sinceridad de principios, toda nuestra defensa de principios de la lucha contra el imperialismo.(14) Como corolario de estos apuntes diferenciadores, el propio Lenin, conocedor de la influencia de las personalidades en los procesos históricos, anunció la incompatibilidad de Stalin con el máximo cargo político de la URSS. Stalin es demasiado rudo, y ese defecto […] se hace intolerable con el puesto de secretario general. Por eso propongo a los camaradas que piensen una manera de relevar a Stalin de ese cargo y designar en su lugar a otra persona que en todos los aspectos tenga sobre el camarada Stalin una sola ventaja: la de ser más tolerante, más leal, más cortés, y más considerado con sus camaradas, menos caprichoso, etc. Esta circunstancia podrá parecer un detalle insignificante. Pero creo que desde el punto de vista de protegernos de la escisión […] es un detalle que puede adquirir una importancia decisiva.(15)

Sustituir no es superar

La lección capital del fracasado intento estalinista estuvo en no comprender que de lo que se trata no es de sustituir al capitalismo, sino de superarlo. La institucionalidad económica y política del socialismo realmente existente difería en sus formas de la capitalista; los preceptos ideológicos rompían de tajo con los promulgados por la beligerante burguesía, los cánones artísticos fueron contestatarios en la forma, los asideros culturales se pretendieron diferentes; pero en la integración orgánica de estos espacios del entramado social no se fundó una subversión del capitalismo. Faltó la cualidad distinta (instrumento de la revolución eficiente y perdurable): la superación del régimen burgués y su hegemonía. Por tanto, la idea de que la revolución es el exterminio total de la vieja sociedad condujo a perder la necesaria referencia y conexión entre lo viejo y lo nuevo. El proyecto de cambio no puede erigirse sobre quimeras ni buenas intenciones; es importante sopesar el estado real de las circunstancias en el enfrentamiento con la sociedad capitalista, y hacer uso del apoyo científico en la conformación de pronósticos, lo que implica romper con la tendencia al acomodamiento insustancial del saber (16) o, dicho de otro modo, a convertir la mediocridad en virtud. En la esfera económica, el desafío de la construcción del socialismo está en lograr una mayor productividad del trabajo, al imponer, con el desarrollo de la técnica, bajos precios a las mercancías como modo de erosionar al capitalismo. En esa dirección, la superación de la sociedad capitalista implica el pleno dominio de la ciencia burguesa, de su capacidad generadora de riquezas, y en ningún caso su negación dogmática, ni desatender, en esa práctica, la herencia científico-técnica de la sociedad humana. Trotski avizoró que la Unión Soviética estaba más amenazada por una invasión de productos capitalistas a bajos precios que por una intervención militar. Esta tesis tuvo su validación, por una parte, en el caso extremo de la Segunda guerra mundial, cuando el país puso en función su potencialidad de contingencias y logró la victoria con el épico esfuerzo del pueblo; sin embargo, en ningún caso soportó la avalancha de productos a bajos precios que llegaron a mediados de la década de los 70, cuando comenzó a abrir su economía a Occidente. En los debates respecto a la significación de la Unión Soviética como modelo de desarrollo socialista para los países atrasados, se argumentaba su capacidad para industrializar el país durante los años del régimen de Stalin. Este criterio desatiende que la posibilidad de construir, en pocos años, muchas fábricas del tipo más moderno estaba asegurada, por una parte, por la alta técnica del Occidente capitalista; y por otra, por el régimen de plan económico. En este dominio se asistió a la asimilación de las conquistas ajenas y no a la creación de nuevas condiciones y potencialidades en tanto modelo de desarrollo viable para una economía periférica y anticapitalista. Desde finales de la década de los 20, el modelo económico soviético frenó la especialización y la introducción de nuevas técnicas, lo que impidió un uso racional de los recursos. Debido a la estructura vertical y voluntarista que se impuso al proceso productivo, el desarrollo de un sector iba en detrimento del otro, sin la debida integración entre ellos. En este esquema, las unidades productivas, lejos de ser autónomas, eran presas de la desmedida primacía de los criterios políticos sobre las necesidades económicas (otro punto de ruptura con los preceptos iniciales). Dos datos ayudan a comprender lo que significa la idea anterior. A la altura de 1987, el país contaba con 3,6 veces más ingenieros que los Estados Unidos; pero con una productividad del trabajo comparativamente desfavorable. En igual período, fabricó 801 millones de pares de zapatos de cuero y los Estados Unidos solo 290 millones. No obstante, en este país no había escasez de zapatos, las tiendas ofrecían variedad y calidad, acompañadas de precios accesibles. En la Unión Soviética, formalmente había también muchos zapatos, pero en realidad nada digno de comprarse.(17) Cada nueva sociedad nace de lo edificado por la anterior y la supera. Para Trotski, esa era una de las dificultades fundamentales de la soviética, pues esta tenía «que resolver los problemas de la producción y de la técnica que el capitalismo avanzado [había] resuelto [hacía] largo tiempo». Partiendo de esta premisa, no podía hablarse, como hacían los dirigentes del Kremlin, de una etapa socialista en el proceso soviético. Como resultado, la Unión Soviética presentaba una estructura comercial propia de países subdesarrollados. Era exportadora de materias primas y combustible e importadora de productos industriales y de alta tecnología, rasgos que sin duda la colocaban en una posición desfavorable según la correlación de fuerzas del mercado mundial, y la hacían dependiente de otras potencias. Se calcula que en 1986 la Unión Soviética había acumulado una deuda externa próxima a los 41 mil millones de dólares. Aparejado a ello, la utilización, en general, del salario igualitario suprimió el estímulo individual en la producción de bienes y servicios, lo que representó un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas y a la postre influyó en la socialización de la pobreza. No comprendieron que el socialismo, lejos de suponer la pobreza, implica eliminarla. Durante el período soviético, las estadísticas referentes a los salarios estuvieron embozadas por una densa bruma, lo que resultó contradictorio al tratarse de un «Estado obrero», y de estar este tema en la médula de los intereses vitales de los trabajadores. Los datos permitirían un análisis objetivo de esa situación; por paradójico que sea, eran más accesibles en cualquier país capitalista, amén de los intereses de clase que justificarían otra cosa. En resumen, hubo un estancamiento de las relaciones de producción capitalistas, no su superación, en nombre de estructuras y relaciones productivas que supondrían la existencia del socialismo, incluso cuando se hubiera propiciado la coexistencia de estructuras mixtas. Dentro de este esquema, los obreros continuaron disociados de los medios de generación de riquezas. No se convirtieron en dueños reales de estos, debido a que los elementos burocrático-administrativos los mantuvieron distanciados de la propiedad efectiva. En esa dinámica, la nueva organización de la producción, pretendida como socialista, tuvo un carácter formal. La adulteración del objetivo socialista estuvo en identificar la estatatización de la propiedad con la socialización, limitándose así la complejidad y profundidad de lo que Marx había entendido como superación del modo de producción capitalista. (18) Esas verdades fueron más poderosas que los logros, también muchos, en aspectos sociales concernientes al nivel educacional, de instrucción, los avances en salud y seguridad social, así como en los resultados en la actividad científica. La producción de alimentos, viviendas, vestidos, además del tiempo libre fueron proporcionados a la población en menores niveles que los países occidentales, bajo la concepción de los mínimos que permitía el modelo; a pesar de lo cual los niveles de distribución social fueron superiores y se alcanzaron resultados no vistos con anterioridad en la historia, gracias a los beneficios de la economía planificada. Pero de lo que se trata es de distribuir la riqueza, no la pobreza. Por tanto, la bondad y novedad de un mecanismo de distribución social no sirve de mucho cuando está desconectado de la generación social de recursos que lo hagan operativo y lo validen. En esa contradicción funcional entre la pobre generación de riquezas y, por consiguiente, su deficiente distribución, estuvo la base del socialismo «de carencias» que tipificó al modelo soviético. En materia política no se superó al capitalismo. No se dio paso a un mecanismo más eficiente de participación ciudadana en la toma de decisiones en los distintos espacios de realización, ni siquiera en el debate respecto a la conformación de estas. El modelo autoritario aplicado en la Unión Soviética y su expansión mimética a otras experiencias, obnubilaron el intento de un verdadero poder del pueblo, no ya como fuerza motriz en la toma del poder, sino como sujeto activo en su reproducción. La monopolización del poder por el Partido-Estado negó los avances que, mediante sus luchas, los oprimidos habían logrado dentro del capitalismo en diferentes niveles y períodos, incluida de modo imprescindible la propia experiencia de los soviets, que pasaron de órgano espontáneo de lucha de las masas a adquirir funciones de Estado. La lenta muerte de Octubre comenzó cuando los soviets pasaron a ser un espacio decorativo dentro del sistema político soviético. Con el advenimiento del estalinismo dichos principios fueron destronados y la oportunidad de lograr la participación política de las masas —incluyendo los mecanismos de movilización, real y autónoma— fue cercenada. En ese proceso, las organizaciones políticas y de masas sufrieron una considerable atrofia que generó un tipo específico de cultura política entre los ciudadanos soviéticos en general, y entre los trabajadores en particular. Como esencia del déficit democrático de esta práctica, el esquema de un solo partido capitalizó un concepto único de verdad que no tenía canales reales de interrogación con sujetos políticos ajenos al propio partido. En el proceso de tergiversación de la práctica política inicial de los bolcheviques, de interlocutor con mayor desarrollo ideológico real, legitimado y desarrollado, el PCUS pasó a ser censor y árbitro. (19) La conversión de la necesidad en virtud, como temió Rosa Luxemburgo, explica el tránsito del partido único de medida coyuntural (1921) a rasgo esencial del sistema consagrado constitucionalmente. Como elemento distintivo del modelo político soviético desde la etapa de Stalin y hasta los últimos años de existencia de la Unión Soviética, el sistema requirió una extrema supremacía del Partido Comunista, mediante la supresión de todas las fuerzas sociales que no estaban controladas y subordinadas a él, o al menos de sus posibilidades de acción. El Partido fundió en su actividad práctica al aparato administrativo y sus instituciones, se hizo del gobierno y cumplió las funciones de este, razón por la cual se le conoce como el partido-Estado. En la sociedad política y civil no hubo una instancia de carácter masivo fuera del alcance del partido-Estado; todas eran reproductoras de sus dictámenes políticos y seguían al pie de la letra sus directrices, sin que hubiera el más mínimo asomo de presión o contraposición al sistema. Indiscutiblemente, fueron dispositivos efectivos de control político, en vez de funcionar como fuerzas autónomas de la sociedad civil. Se violentó de manera errática y costosa la función social del partido y el Estado dentro de la sociedad en edificación. Esta práctica dio como resultado que durante las décadas de poder estalinista, los órganos y las instituciones estatales se convirtieran en simples ejecutores de las directrices centrales sin ser responsables de lo que sucedía en el proceso productivo y político; de ese modelo afloró el autoritarismo de «los de arriba». El PCUS fue un instrumento de control social. El tema de pertenecer a la organización política no solo era necesario a quien pretendiese hacer «carrera política», sino a todo ciudadano que aspiraba, desde el más diverso puesto profesional, a ascender y tener éxito en la rama en la que laboraba. Puestos de trabajo, cargos, reconocimientos y otras valoraciones que debieran estar sujetas a la calidad profesional, al talento, al aporte social, eran cautivos de la pertenencia al partido, y a la tenencia del «carné», lo que sin duda favoreció, en muchos casos, las ventajas de la mediocridad y el oportunismo frente a la virtud y el talento. En resumen, los elementos esenciales del modelo político erigido por la burocracia soviética fueron: a) la centralización estatal extrema; b) la deformación de la función del partido en la sociedad; c) la capacidad de decisión sobre todos los aspectos de la sociedad en manos de una reducida élite; d) la inmovilidad de los conceptos, dada la atrofia del pensamiento social crítico; y e) la anulación de los criterios divergentes, incluso mediante la violencia. Por tanto, tampoco en materia política superó al capitalismo. Una muestra de ese catastrófico desatino fue intentar diluir la individualidad en un colectivo cada vez más abstracto, con marcado irrespeto hacia lo distinto, esquematizar un modelo de ciudadano recio, inflexible, como si un hombre nuevo pudiera realizarse por decreto. Todo esto tuvo de fondo una concepción demasiado simplista del hombre, que ignoraba completamente la psicología y sus modificaciones en atmósferas diversas. Otra prueba aberrante de esta práctica fue el espíritu de autocrítica —otra deformación del ideal inicial— a la que se sometían individuos e instituciones. Siempre y en todas partes, la autocrítica se limitaba a los organismos de ejecución de la escala inferior, los que se vituperaban como indignos de los organismos superiores de decisión. El método era efectivo, pues distrajo durante décadas la atención a los problemas estructurales y de principios que presentaba el régimen, y ponía en manos de las masas la «solución» a problemas de baja escala, más bien a solucionar consecuencias mientras las causas permanecían intocables. La unidad poder-verdad que tipificó al régimen soviético tuvo nefastos resultados. La falta de diálogo y de construcción conjunta, en lugar de las cuales prevaleció la revelación de justezas en el discurso oficial y la adecuación de los planteamientos que lo sustentaban, trajeron como consecuencia un profundo resentimiento hacia valores antes compartidos, desesperanza en la posibilidad de influir en el cambio, y apatía desmovilizadora. Tampoco se trata de asumir el debate como vehículo de escape en espacios periféricos a las decisiones políticas, sino como revelación de las distintas aristas de la verdad, entendida como proceso permanente de penetración en el complejísimo mundo social contemporáneo y su transformación. La cultura sin participación se atrofia y genera contradicciones contraproducentes a las posibilidades de cambio del sistema. En los años 80, la experiencia soviética tuvo como corolario que la población supiera lo que no quería, pero no lo que quería. Se desató una fuerza destructiva que, lejos de cobijar la reflexión y el diálogo, se convirtió en lo que algunos sociólogos catalogaron como «histeria colectiva». Después de la muerte de Lenin no solo su cuerpo fue embalsamado (símbolo nefasto de lo que fue luego la Unión Soviética), sino su pensamiento, que se enclaustró en manuales en aras de adoctrinar a las masas analfabetas rusas. Consecuentemente, el marxismo se desnaturalizó y se esgrimió como una doctrina rígida, inmutable, justificadora más que aclaradora. El pensamiento social se metió en una camisa de fuerza, impidiendo la confrontación con otras corrientes (de modo científico) y el propio enriquecimiento de las teorías desarrolladas por Marx. Se cercenó el carácter científico de la teoría —valga decir, su inmanencia— y se asesinó el espíritu de la Gran Revolución de Octubre. Pensar de otra manera era un peligro para los privilegiados del «socialismo soviético». Su dirigencia no solo reveló incapacidad para mantener con vida el espíritu revolucionario en el proceso de enfrentamiento a las circunstancias históricas en que interactuó, sino imposibilitó cualquier vestigio de pensamiento divergente, crítico, desafiante de la autoridad. Por esa razón, como ha señalado Jorge Luis Acanda, «la consigna de la libertad de pensar de otra manera le era indigerible». (20) Mientras la lógica del capitalismo se manifiesta en la concentración de la propiedad en pocas manos, a la par que socializa los sueños de alcanzar la prosperidad aun a quienes viven en las peores condiciones, es un hecho que, sin omitir su contralógica, devela eficiencia en el ejercicio hegemónico de la clase que sustantiva el sistema. Sin embargo, en la experiencia soviética se socializaron los bienes materiales y se privatizaron los sueños, (21) de ese modo se redujo a un grupo de personas la capacidad de construir la alternativa social. Una visión de conjunto de las razones hasta aquí expuestas conduce a concluir que no existió una sustitución cultural en el nuevo sistema, pues no superó los aspectos distintivos del capitalismo circundante, ni superó lo que, paralelamente durante varias décadas, iba aconteciendo en Occidente como reflejo del desarrollo integral de la sociedad. Más bien predominó un sentimiento de anhelo y mimetismo por aquello que, producido fuera de las fronteras del país, implicaba mayor nivel de elaboración y de desarrollo, tanto en el ámbito material como espiritual. La imposibilidad de las autoridades soviéticas de detener el bombardeo cultural dirigido desde Occidente fue un elemento que caló en los intereses del ciudadano corriente, en esa necesidad de consumo limitada por años, que se convertía en una alternativa no solo material, sino ética. Por otro lado, la propia dirigencia sentía esa tentación, y sus niveles de consumo diferían de lo que el discurso oficial apuntaba. Este tema se presenta desde los orígenes mismos del poder burocrático, cuya élite hizo un cambio de ropaje formal, pero en esencia mantuvo el espíritu ostentoso, acaparador y excluyente de la burguesía, y aspiraba, con recelo campesino, a los modos de vida del citadino occidental. Otra de las lecciones fundamentales del proceso soviético fue que ninguna fuerza puede monopolizar el know how de la Revolución, ni poseer una infalible capacidad valorativa sobre cada expresión revolucionaria. El nivel de desarrollo de Rusia, la práctica revolucionaria en sí misma y la propia necesidad mundial de la Revolución, invalidaron la pretensión de construir el socialismo en un solo país (al menos a la usanza estalinista). La experiencia de la política exterior soviética, en general, derivó en que los intereses de la revolución internacional y los intereses nacionales de la Unión Soviética se fundieran, lo que produjo importantes costos al movimiento emancipador y a la propia idea de la revolución socialista mundial, como único modo previsible de subvertir al capitalismo global. En el plano teórico, intentaron homologar lo más posible las revoluciones posteriores con lo sucedido en Rusia, forzando similitudes, aun en los detalles, en procesos que diferían sustancialmente; lo cual, sin dudas, roía e inmovilizaba la teoría y la práctica de las revoluciones. En cualquier caso, quedó demostrado que se puede comenzar la revolución socialista en un solo país, pero no concluirla en esas condiciones. Sin dudas, las experiencias particulares son el nutriente constante para el proyecto emancipador global a partir del objetivo de eliminar el dominio burgués en todas sus dimensiones. Aunque se establecieron nuevas estructuras económicas, nuevas tendencias políticas y éticas, de manera relativamente programadas, no hubo una sustitución histórica real. Esto hizo posible que, al menor descuido de los «preservadores del régimen», las fuerzas del capitalismo, subyacentes por décadas, vieran la luz y se adueñaran del poder político para cambiarlo todo a su alrededor. En realidad, el modelo soviético no solo fue incapaz de revertir el sistema antagónico, sino también de resistir a su desafío económico y tecnológico. El cambio de las formas institucionales, la simulación de valores nuevos en el discurso patentizador, y el recurso evocativo del porvenir como hecho, validaron el criterio de que «es infinitamente más peligroso confundir el presente con el futuro en política que en gramática». (22) Al ubicar la experiencia soviética en el pretérito, intento por establecer una sociedad libertaria, desde la modernidad se divisa la disyuntiva —como lo destacó Hal Draper— entre socialismo desde arriba y el socialismo desde abajo. Se trata de una de las claves explicativas del fracaso soviético que merece una mayor atención, no asumida en estas páginas más que como enunciado. El propio Draper apuntó que «la historia del socialismo puede leerse como un continuo, pero repetidamente fallido esfuerzo para liberarse de la vieja tradición de la emancipación desde arriba», (23) de lo cual dio cuenta la quiebra del potencial de los soviets frente al partido único de la burocracia. Desde este punto de vista, la lucha por el socialismo —que implica no la sustitución sino la superación del modo de producción capitalista— adquiere una demanda histórica inmanente: el socialismo desde abajo contra el socialismo desde arriba, una exigencia más verificable a la luz del acontecer estalinista. En otros términos, los trabajadores rusos en particular y los ciudadanos soviéticos en general, dado el mecanismo sistémico erigido en su nombre, no fueron los creadores de su propia emancipación. (24) A la vuelta de la historia, como resultado totalizador del sistema y la concepción estalinistas, se reiteró la conducción política en nombre de los oprimidos, sin la participación directa y creciente de estos. Marx develó este problema como un desafío esencialmente revolucionario: Los trabajadores del mundo han esperado durante demasiado tiempo que algún Moisés les conduzca fuera de su cautiverio. Tal Moisés no ha llegado ni llegará. Yo no os sacaría de él, aunque pudiera, pues si pudierais ser sacados, también podríais ser llevados de nuevo a él [como sucedió a partir de 1991 en la URSS]. Yo aspiro a convenceros de que no hay nada que no podáis hacer por vosotros mismos. (25)

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El socialismo soviético posterior a Lenin no fue una alternativa válida, articulada y viable al capitalismo, porque la burocracia usurpadora no era, ni podía serlo, portadora de una ideología superior, de un proyecto cultural, entendido como instrumental quirúrgico para realizar la nueva sociedad o crear las condiciones para lograrla. Esta es una de las claves históricas que explican el fracaso de la transición soviética al socialismo. Los hombres que se hicieron del poder no eran los comunistas reflexivos y cultos que Lenin previó como materia prima imprescindible para afrontar y vencer el gran reto histórico que Rusia asumió en 1917. En realidad, su práctica política constituyó una ruptura con ese principio. Estos hombres, paulatinamente extendidos en la sociedad y convertidos en el sector dominante, resultaron un subproducto de la revolución y revelaron su incapacidad para timonear la historia rumbo a la creación del socialismo. Los trabajadores rusos fueron despojados del poder que habían alcanzado desde sus luchas; su participación política no se hizo efectiva. Para la burocracia resultó necesario el proceso de restauración capitalista comenzado en 1991 como modo de mantener sus privilegios, en lugar de promover la articulación de mecanismos efectivos para el control de los trabajadores y la participación política de la población que atentaran contra sus intereses. Nunca se ha visto un proceso histórico en el que los sectores dominantes hagan una revolución contra ellos mismos. Los trabajadores rusos sufrieron una enorme atrofia política por los años de la dictadura de la burocracia, caracterizada por la incapacidad para articular sus propios intereses mediante la organización consciente y poder realizar una revolución política desde abajo. Las condiciones que dieron origen a la Revolución de Octubre, si bien se han modificado en sus formas, no han desaparecido, y el capitalismo muestra su incapacidad para resolverlas. A pesar del resultado final y las encrucijadas del intento, la experiencia soviética no está conclusa, pues la necesidad de cambio social radical desborda con creces los límites ruso-soviéticos. Sigue en el orden del día la revolución anticapitalista, y más concretamente la revolución socialista. El fracaso de esta experiencia, originalmente emancipadora, no significa en modo alguno que, en otras condiciones históricas y con otros factores objetivos y subjetivos, el resultado del proyecto socialista será el mismo, y mucho menos da crédito a la falsa convicción del carácter inviable de cualquier intento de sustituir el capitalismo por el socialismo. (26) No obstante la posposición de la transición al socialismo que los acontecimientos de la URSS imponen para Rusia y el resto del mundo, queda en pie el subversivo camino iniciado con el proyecto bolchevique, que subsiste bajo los escombros de la dictadura burocrática. En 1922, Lenin profetizó: Puede ser que nuestro aparato estatal sea defectuoso, pero dicen que la primera máquina de vapor también era defectuosa. Incluso no se sabe si llegó a funcionar, pero no es eso lo que importa; lo importante es que se inventó. No importa que la primera máquina de vapor haya sido inservible, el hecho es que hoy contamos con la locomotora. Aunque nuestro aparato estatal sea pésimo, queda en pie el hecho de que se ha creado; se ha realizado la invención más grande de la historia; se ha creado un Estado de tipo proletario. (27) Notas 1. Christopher Hill, La Revolución rusa, Edición Revolucionaria, La Habana, 1990, p. 18. 2. Ted Grant, Rusia, de la revolución a la contrarrevolución, Fundación Federico Engels, Madrid, 1997, p. 108. 3. Ted Grant y Alan Word, Lenin y Trotski, qué defendieron realmente, Fundación Federico Engels, Madrid, tomado de www.engels.org. 4. Ted Grant, ob. cit., p. 118. 5. Término tomado del artículo de Alexei Goussev, «La clase imprevista: la burocracia soviética vista por León Trotski», tomado de www.herramienta.com. 6. El análisis respecto al tema de la burocracia tiene una de sus aristas más polémicas en sus vínculos o su autonomía respecto a otras clases. Para algunos autores, la burocracia no podía convertirse en elemento central de un sistema estable, pues solo era capaz de traducir los intereses de otra clase. En el caso soviético, se balanceaba, según este criterio, entre los intereses del proletariado y el de los propietarios. León Trotski fue uno de los mayores exponentes de esta visión. Por otro lado, algunos autores afirman que la burocracia no expresaba intereses ajenos, ni oscilaba entre dos polos, sino que se manifestaba como grupo social consciente, según sus propios intereses. Milovan Djilás es un referente importante para esta segunda visión, específicamente en su obra La nueva clase. 7. Vladimir I. Lenin. «Informe Político al undécimo congreso del Partido», La última lucha de Lenin. Discursos y escritos, 1922-1923, Pathfinder, Nueva York, 1997, p. 65. 8. Adriana D’Atri, «Un análisis del rol destacado de las mujeres socialistas en la lucha contra la opresión y de las mujeres obreras en el inicio de la Revolución Rusa», tomado de www.rebelión.org, 20 de octubre de 2003. En el artículo «Una gran iniciativa», Lenin da cuenta del sentido revolucionario de estas medidas como uno de los avances más importantes de la Revolución que validaban su rumbo comunista. 9. Hasta la muerte de Stalin, los servicios secretos de la URSS funcionaron con distintos nombres: Cheka, GPU, OGPU, NKVD, KGB, MGB. En 1953 se fusionó el MGB (Ministerio de Seguridad del Estado) con el MVD (Ministerio de Asuntos Interiores) y tomó el nombre de Komitei Gosudarstvennoi Bezopasnosti, la conocida y temida KGB. 10. León Trotski, «¿Qué es y adónde se dirige la Unión Soviética?», La revolución traicionada, Pathfinder, Nueva York, 1992, p. 184. 11. Suzzane Labin, Stalin el Terrible, Editorial Huapes, S.A., Buenos Aires, 1947. p. 136. 12. Ted Grant, ob. cit., p. 398. 13. Vladimir I. Lenin, ob. cit., p. 204. 14. Ibídem, p. 210. 15. Ídem. 16. Dolores Vilá Blanco, «Las reformas y su lugar en la transición al socialismo», en Teoría sociopolítica. Selección de temas, t. I, Editorial Félix Varela, La Habana, 2000. 17. Abel Aganbeguian, «El ser humano y la economía», Socialismo: Teoría y Práctica, n. 4, Moscú, abril de 1988. 18. Jorge Luis Acanda, Sociedad civil y hegemonía, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2002, p. 264. 19. Fernando González Rey, «Acerca de lo social y lo subjetivo en el socialismo», Temas, n. 3, La Habana, julio-septiembre de 1995. © , 2007 20. Jorge Luis Acanda, ob. cit. 21. Frei Betto, «Mística y socialismo», Casa de las Américas, n. 185, La Habana, 1991. 22. León Trotski, ob. cit., p. 49. 23. Hal Draper, «Las dos almas del socialismo», tomado de www.marxists.org. 24. En el primer párrafo de los estatutos escritos por Marx para la Primera Internacional se lee: «La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos» y este es el primer principio del conjunto de su obra. Citado por Hal Draper, ob. cit. 25. Ibídem. 26. Adolfo Sánchez, «¿Vale la pena el socialismo?», El Viejo Topo, n. 172, Barcelona, noviembre de 2002. 27. Vladimir I. Lenin, ob. cit., p. 70.