Pensamiento Crítico

El Che en la vida de los jóvenes cubanos

Por Mileyda Menéndez, Rogelio Polanco y Jesús Arencibia | Diario Juventud Rebelde, Cuba. | 30 Julio 2007
Medio siglo después del ascenso del Che a Comandante, en Llanos del Infierno, un grupo de lectores de Juventud Rebelde subió hasta ese intrincado sitio de la Sierra Maestra para decir, con profundidad y ocurrencia, en qué los acompaña el Guerrillero en su vida cotidiana
Durante las primeras seis horas de marcha, mientras bromeábamos con la tropa dispersa por más de diez kilómetros de ondulantes trillos; cuando maldecíamos el peso de la mochila por la comida, el agua, la linterna nueva, el abrigo innecesario o el romanticismo de un libro que no quisimos dejar en el campamento; pero sobre todo al admirar en silencio el verde y el azul, que parecían no tener fin, nos preguntábamos una y otra vez por qué subir hacia lo desconocido en busca de respuestas que solo están dentro de uno mismo. ¿Qué lenguaje, impulsado por qué resortes, hacía caminar, comunicar, edificar a este grupo tan heterogéneo? ¿Cómo definiría un diccionario la mezcla de edades, profesiones, orígenes y aspiraciones en la vida que aquí se imbricaban? ¿Acaso expedicionarios de un sueño? ¿Tal vez negadores impenitentes de la muerte cotidiana, que secuestra hombres e ideales? Nadie podría explicarlo a ciencia cierta, pero en la pequeña explanada de Llanos del Infierno, a 733 metros sobre la línea del mar, cuando las nubes se apartaron para regalarnos una vista poco frecuente del Pico Real del Turquino, aquellas y otras dudas comenzaron a disiparse. Allí se unieron por hilos invisibles las dos columnas que convocaban esta expedición. Una, la histórica, nació en ese intrincado punto de la geografía cubana, con la designación del primer Comandante de la hornada insurgente. La otra, la Ocurrente, nació en La Habana, en las estribaciones de un periódico Rebelde, y en sus siete años de existencia no ha parado de sumar adeptos, gente necesitada de creer en el mejoramiento humano y de probar que con una tecla puede pulsarse el alma. Allí también, en manos amigas, estuvo Guillermo Cabrera, animador del homenaje, quien, bromista al fin, viajó más ligero que todos, y estuvo Silvio en la voz de un trovador cienfueguero, y estuvieron ustedes, que hoy nos leen, con ansias de seguir trepando nubes.

Ponle comandante

Hace 50 años, un grupo no mucho mayor que los que llegamos esta vez se exponía a la muerte en aras de la vida. Para más dramatismo, el lugar evocaba explícitamente nada menos que El Infierno, y su calificativo de «llanos» era más bien irónico, pues se trataba de un risco medianamente ancho en una escarpada ladera a la que los campesinos han nombrado con mejor tino La Pared. No llegaba aún a ocho meses la estancia de la guerrilla rebelde por esas lomas, asediada por vicisitudes inimaginables: hambre, sed, traición, deserción, heridos, muerte... Así lo confirma el testimonio de Rodolfo Rosabal, de 78 años, quien aún vive en la zona y sufrió en carne propia los abusos de la guardia rural por ayudar a la tropa de Fidel, aquel puñado de hombres sacrificándose para fundar, hace medio siglo, un nuevo destino para la Patria. Varias veces en la historia de Cuba esas circunstancias han rondado nuestro destino, y una y otra vez el dilema ha encontrado la respuesta precisa. Aquel 21 de julio de 1957 la columna Uno, la única entonces, el pilar de la Revolución, paría su primera columna independiente: la número Cuatro, que desde entonces encabezaría el Che. El hecho no ocurrió de forma premeditada o pomposa, sino en la sencillez que imponen estas cumbres ariscas, bajo el techo de guano de un bohío con horcones de cuyá, árbol de dureza probada, puesto que cinco de ellos aún se mantienen en pie. Con el paso fundacional de aquel veraniego domingo, la guerrilla demostraba que era tan fuerte como para comenzar a multiplicarse. Ese ha sido el destino histórico de la Revolución: fundar columnas una y otra vez, multiplicar obras, conciencias, voluntades, revoluciones hasta el infinito. Fue en una carta dirigida a Frank País, como pésame por el asesinato de su hermano Josué, donde por primera vez se utilizó el grado de Comandante para referirse al Che. «Querido hermano: En circunstancias como estas es difícil encontrar las palabras, si las hay, para expresar un sentimiento tal como lo experimentamos en lo más profundo de nuestras almas. Tal vez un fuerte y silencioso abrazo podría sustituirlas y expresar aún más. No pudo ser el abrazo, igual que a ti tampoco te fue posible ver a tu heroico hermano por última vez por estar en tu puesto de combate. «Si el destino nos lo permite, juntos iremos un día a su tumba para decirle a él y a toda esa legión de Niños Héroes que hemos cumplido con esta primera parte de la lucha y que con la misma entereza y espíritu de sacrificio nos disponemos a culminar la obra de nuestra generación, teniéndolos a ellos como fiscales supremos de nuestros actos futuros». La firmaron oficiales del Ejército Rebelde encabezados por Fidel y el Che. El resto de la historia, no por conocida deja de ser profética: «Ponle Comandante», había dicho el líder de la Revolución cuando se le preguntó el grado de Ernesto Guevara. Así se iniciaba la leyenda. ¡Cuán inmenso liderazgo militar y político, cuánta grandeza intelectual y humana había identificado Fidel en el Che para designarlo el primer Comandante del Ejército guerrillero, que ya había llegado a la mayoría de edad solo dos meses antes, en el combate del Uvero! «La dosis de vanidad que todos tenemos dentro, hizo que me sintiera el hombre más orgulloso de la Tierra ese día», escribiría el Che refiriéndose a ese momento de su ascenso, y este es el texto de la placa que subimos a Llanos del Infierno en hombros de la tropa.

«Sueño con volver»

En una de las Teclas de abril de este año, Guillermo Cabrera contaba la anécdota del ascenso del Che y su propia feliz experiencia, años después, al visitar aquel lugar junto al Capitán Descalzo, Hipólito Torres (Polo), guía del entrañable guerrillero. «Sueño con volver, y este año sería formidable hacerlo junto a lectores y tecleros de Juventud Rebelde», escribió en su columna, y propuso un concurso para elegir a quienes tendrían el privilegio de acompañarlo. El tema para competir era un reto digno de las cumbres a escalar: responder en no más de dos cuartillas la pregunta «¿En qué te acompaña Che en tu vida cotidiana?». Tal vez el aluvión de mensajes llegados a sus manos, las numerosas teclas que dedicó al tema y su ambiciosa concepción del trayecto que quería hacernos disfrutar, tuvieron mucho que ver con que su corazón continuara creciendo demasiado en esos meses. Algunos amigos le advertían: «Guille, deja de soñar, mira que te vas a morir en uno de esos viajes», y él sonreía ante sus temores. En definitiva, ¿alguien conoce un modo mejor de despedirse de la vida? A las seis y diez, antes de que el sol nos descubriera, comenzamos a avanzar en pequeños grupos desde Las Cuevas del Turquino, a la orilla del mar, sin saber a ciencia cierta cuánto habría que andar hasta nuestro destino, casi perdido en la maleza por los más de 15 años transcurridos desde la última expedición. Veteranos y novatos en estas lides de desandar las lomas, nos ayudamos mutuamente, siempre al tanto de los rezagados gracias a los guías, que iban y volvían por la extensa columna para brindar mano y consuelo. Su experiencia aportó consejos y evitó accidentes en el resbaloso camino, excepto por una herida en la frente del espirituano Abdiel, cuyo entusiasmo le jugó una mala pasada durante el descanso del regreso en el río. Entre los «nuevos» se distinguió Carlos Alejandro, ya para siempre «Guaracabulla», por venir de ese pueblecito al centro de la Isla, donde el Guille lo sorprendió con la noticia de su premio y con la deferencia de transformarse en su cartero personal para devolverle la misiva. Otro de los bautizados en esta contienda fue Ariel Barreiro, el trovador, quien al abordar el ómnibus era casi un desconocido: su vínculo con la Tecla no pasaba de la lectura ocasional de la tierna columna algún que otro jueves, cuando lograba atrapar el periódico. La Asociación Hermanos Saíz lo convocó a esta aventura y él no dudó en sumarse, sin medir el alcance que tendría. Con el espíritu que le acompañara cuando visitó La Higuera comenzó a subir, guitarra al hombro, pensando en las canciones que llegaría a tocar. Entre risas, nostalgias y algunas lágrimas, Guille escaló también. No en la espalda de uno, sino en el ánimo de muchos. ¿Cómo no perdonarle esa gran broma de morirse antes de la expedición para garantizar su llegada a cualquier precio, burlando a su cansado corazón, a los médicos y a quienes pensaron que esta vez no se saldría con la suya? Pero no fue el experimentado periodista el único duende inquieto en nuestra travesía. El fotógrafo y teclero Félix Arencibia, recién fallecido en la capital, apretó el obturador de muchas cámaras para ayudarnos a atrapar el verdor del camino, el rojo de los pulóveres y el azul del Caribe en la distancia. El lente inquieto de su presencia dibujó con luz el torrente diáfano del río Palma Mocha y hasta la risa y el cansancio de los resbalones; pero, sobre todo, eternizó la fraternidad surgida entre personas que horas antes apenas se conocían por sus nombres. Y por supuesto el Che, de primero, retornó a los «Llanos», que esta vez le supieron a Paraíso. Viajó en el termo argentino de la espirituana Selfa, en el asma del villaclareño Yuniesky, en la barba rala de algunos muchachos y el verde olivo de otros, en los médicos de tres generaciones que custodiaron nuestra retaguardia, en el pincel de Richard y Jorge Luis, sanjuaneros que donaron al Instituto Internacional de Periodismo un lienzo con el rostro solemne del guerrillero internacionalista. También en las palabras hacedoras de quienes leyeron su texto premiado, y en el lema de los niños cubanos, al que hicieron alusión César, el periodista, y Elio Félix, el benjamín de los ganadores, a quien el Che acompaña en el afán de tejer una ronda de todos los países. Luz, una estudiante de Informática, dijo sentirlo en su manera de no quedarse en silencio ante lo mal hecho. Michel, el economista matancero, se refirió al ser mítico que nos visitó en pleno siglo XX, cuando tal vez aún no estábamos preparados para entenderlo. «Lo llevo tatuado en mi vida», resumió la entusiasta capitalina Tania. ¿Acaso no fue cosa de Guevara la rapidez con que el escritor camagüeyano Arcilio llegó de primero hasta la mata de mangos, testigo del ascenso histórico? ¿No iba el Che con Santiago Martí, el camarógrafo de Tele Turquino que trepó la loma con su cámara al hombro y las pesadas baterías a la cintura? Allí estaba: Múltiple, diverso, irreverente. Sin pompa ni formalismos brotó de todos, y se quedó en cada uno.

Nadie se va a morir...

Más que sus dos piernas, dos poderosas razones izaron a Ariel ileso hasta las nubes de aquel sábado. La primera, que no podía caerse de ningún modo, pues su sonora compañera podría sufrir un daño imperdonable, y se trataba de todo un símbolo, regalada personalmente por Fidel tras oírlo cantar con una guitarra desvencijada. La segunda, que cualquiera podía, humanamente, decir «no llego», a sabiendas de que su carta, su tributo, su bandera, seguirían en manos de otros hasta la cima. Pero la música es caprichosa y no cambia de dueño, y como «vale la canción buena tormenta», Ariel debía desafiar a sus músculos para premiarnos con el valor de su garganta. Nadie duda hoy que el recuerdo de los Llanos no sería tan intenso sin Las sillas de Silvio, que nos invitaban a nunca descansar; sin la «agonía de la prisa» que hizo cambiar teclados por tinta y papel para atrapar la magia del momento: «En la punta del Amor viaja el Amigo / en la punta más aguda que hay que ver/ esa punta que lo mismo cava en tierra / que en las ruinas, que en un rastro de mujer. / Es por eso que es soldado y es amante, / Es por eso que es madera y es metal / Es por eso que lo mismo siembra rosas / que razones de bandera y arsenal...». Y casi sin puente visible, todos nos vimos cantando la segunda, rotunda pieza, Preludio de Girón: «...Nadie se va a morir, menos ahora / que esta mujer sagrada inclina el ceño./ Nadie se va a morir, la vida toda / es un breve segundo de su sueño./ Nadie se va a morir, la vida toda / es nuestro talismán, es nuestro manto./ Nadie se va a morir, menos ahora / que el canto de la Patria es nuestro canto...», para vivir la increíble coincidencia de nuestras voces emocionadas con la llegada de la Gilda y el resto de la impedimenta, que desató la euforia y espantó la amenaza de la lluvia. Ayudada por varias manos, pero integérrima en sus ganas de llegar, esta profesora de seis décadas irrumpía con abrazos para todos. Quería decirnos tanto que en los primeros minutos solo pudo hablar con lágrimas. Sin Ariel, además, el aire no hubiera llenado de armonía nuestros pulmones en el dulce e insondable momento de esparcir en la tierra las cenizas del Genio, acero y plata para abonar las palmas en el borde de aquel risco, mientras de la guitarra se escapaba un arpegio. Leer lo escrito, escuchar los testimonios inverosímiles y regresar al escenario natural de los combates solo puede acercarnos muy tímidamente a lo que fueron aquellas épicas jornadas. Pero es esa también una manera de abonar la memoria. Por eso la profe Gilda llegó a la cumbre a despecho de cualquier pronóstico, para llevar una carta de Antonio Guerrero en nombre de quienes sufren en el nuevo infierno, y numerosos marcadores de la Red de Solidaridad que ella coordina desde la CUJAE, junto a su esposo Julián, iniciativa en la que toman parte universitarios de muchos países. Arriba era la meta, sin pensar en obstáculos. Su regreso en el mulo que generosamente facilitara un campesino desató el buen humor de los andantes y hasta nos pareció un gracioso guiño de aquel argentino que tantas veces prefiriera ese medio de transporte para recorrer la Sierra. Luego, en la noche del domingo, otra sorpresa renovaría sus lágrimas: mientras tratábamos de ponernos al tanto de los últimos sucesos de los Panamericanos, el radiecito de Nevalis nos dejó escuchar cómo Julián, el esposo de Gilda, les contaba a los Cinco, desde el programa radial de la periodista Arleen Rodríguez, las peripecias de nuestra juvenil expedición.

«Guille-rrileros» siempre

Cada día de la Patria está preñado de fechas fundacionales. Dicha grande la de un pueblo que puede caminar por sobre un lecho de epopeyas inolvidables. Medio siglo de cotidiana lucha va dejando su estrago en la conciencia, pero no hay otra ruta hacia el mañana. Solo impidiendo que la maleza se robe esos caminos, abonados con sangre campesina y guerrillera, haremos tierra fértil de la memoria. Sin ella, tarde o temprano el futuro se desploma. Cuando la profe Gilda tenía diez años, Fidel ponía al Che la sencilla y colosal estrella de Comandante. Elio Félix, a quien nadie pudo arrebatarle el privilegio de «dejar camino atrás y buscar las nubes», como describe él su obstinada marcha, más apurada mientras más arisca se hacía la pendiente, tiene ahora 11 años. Cuando sus nietos asciendan hasta Llanos del Infierno —tradición que no se perderá, al decir de Amaury Quintana, segundo secretario de la UJC en la provincia santiaguera—, tal vez Elio Félix pueda acompañarlos, y quién sabe si allá arriba, para ascenderlos al grado máximo de lectores, les regale un ejemplar amarillento pero sin duda imperecedero, de Regalo de jueves, y les cuente la historia de una Tecla que fue columna de papel a la par que desandó montañas y unió almas en sus peñas, sin importar edad, distancia o credo. Puede que entonces ellos también descubran la alegría de ser «guille-rrilleros» para conocer los caminos de la historia, que van directo al corazón del hombre, o para que otras generaciones no se olviden de transitarlos cuando quieran encontrarse a sí mismas, siempre listas a marchar, adarga al brazo, «hacia otras tierras del mundo que reclamen el concurso de nuestros modestos esfuerzos».

Palitroques, yaguas y coincidencias

Recorrido del grupo de lectores hacia Llanos del InfiernoLa tropa, dividida en dos guaguas, llevaba dos Ariel, dos Elio, dos Yennis, dos Carlos y dos Javier, uno de ellos con la doble coincidencia de conformar, con Haydé, la única pareja de hermanos de la expedición... Dos tecleros llegaron en botella hasta Santiago de Cuba para sumarse a la expedición: Orlando, de Ciudad de La Habana, y la tunera Nieves, que perdió el nombre para convertirse en «La Bala», bautizada así por El Cañón, el teclero andante. Las personas de mayor edad tenían ambas 60 años: El Cañón y la capitalina Gilda, profesora de la CUJAE. Al llegar a los Llanos nos esperaban dos tarjas de sendas expediciones anteriores, realizadas 15 y 20 años atrás. Lo que sí no tenía «repuesto» en este viaje eran las ruedas de la Yutong 2970: cuando faltaban solo 80 kilómetros para la capital debimos pedir una prestada porque se reventó uno de los neumáticos que tan guapos se habían portado en la carretera sureña de Guamá, mordida de mar y acribillada a piedras por las lomas en buena parte de sus más de 150 kilómetros. En muchos meses, la palabra «palitroque» desatará la risa de cada uno de los expedicionarios de esta travesía, la mula no será noble animal, sino río pedregoso donde despojarse del fango y el cansancio, y los caramelos, un manjar bendito, que además de alejar cualquier desmayo levantan la moral y pesan poco. Durante la bajada, muchos estuvimos dispuestos a cambiar el alma por una yagua, y nos hacíamos trampas infantiles para no descansar hasta la próxima lomita. En ese momento resultó muy útil distraernos con algunas frases célebres de la aventura, que regalamos a nuestros lectores: —Rosy (después de salir del baño del Conejito, en Nueva Paz): ¿Dónde estamos? —¡En un baño! —le respondió el custodio. —Moro (desplomado al llegar al pico de la loma y ver el alboroto de los demás): Caballero, dejen la bullita y hagan un descanso yoga, que lo que nos espera pa’ bajo es mucho. —El Cañón (mirando al Moro): ¡Óyeme compadre, tú sí estás «despechingado»! —Nieves (segunda mujer en llegar) ¡Llegó la bala!... pero sin pólvora, caballero. —Rodolfo Rosabal (único vecino de aquellos parajes, cuando le preguntaron cuántas veces había subido a los Llanos): ¡Uff, una repilotá!... Imagínense: todos los días.

El genio en la mochila

Por César Gómez Chacón

No puedo más. Las gotas de sudor me corren impúdicas desde la cabeza hasta los pies, entran saladas y sucias en mi boca. De los hombros ni hablar, llevo la mochila cargada de dolores. Controlar la respiración, como me aconsejaron, inhalar fuerte por la nariz y soltar el aire por la boca. No me sale, me estoy ahogando dentro de mis propios pulmones. Lo peor: regresan los retortijones de estómago, otra vez no, por favor. Miro hacia arriba: el sol abrasa, me ciega, apenas diviso una palma, allá pegada a las nubes. Miro hacia abajo. Ahí está Ariel, el trovador cienfueguero. Jadea como animal herido; suda tanto como yo, pero ahí va, con el doble de esfuerzo: lleva la mochila colgada delante y la guitarra a la espalda. Hace rato no dice una palabra, ya no hablamos: tratamos de ahorrar fuerzas para respirar, para seguir. Cuando teníamos más ánimo, cuando todo parecía puro turismo revolucionario, nos sentamos en una piedra, él le dio tres patadas a su cigarro, mientras yo me comía un caramelo, y filosofamos un poco. ...Locos, estos tipos estaban totalmente locos. Mira que meterse dos años en estas lomas, muchas veces sin comer; y si aparecía la comida, había que cargar los sacos de arroz, de azúcar... más las ametralladoras, las municiones, los heridos. Iban como sonámbulos a la sombra de la luna, o de la espesura del monte. Debían ocultarse de las avionetas de la tiranía, y combatir metro a metro, bala por bala, riachuelo por riachuelo, bebiéndole cada gota al rocío de la madrugada. Tú sabes lo lejos que está La Habana de aquí. Nosotros vinimos por la Ocho Vías en las Yutong, y nos metimos un montón de horas, merienda, refrescos y pomitos de agua incluidos. Hasta mochilas nuevas nos dio la gente de la UJC; y más que menos todo el mundo trae buenos tenis, botas... Pero ellos, que andaban medios descalzos, lo seguros que estaban de que un día bajarían al llano, atravesarían el país entero, a pie, a caballo, en camiones, en lo que fuera... y a tiro limpio le ganaban la guerra al ejército de Batista. ¿Y el Che?... Con asma y sin sus medicinas, te lo imaginas caminando por estas lomas, con este calor tan poco argentino. Por él estamos aquí... y por el Guille también. ¿No sabías de él hasta ahora? Seguro leíste alguna vez su columna en Juventud Rebelde, la Tecla Ocurrente, uno a veces no se fija en los nombres... Los caramelitos están feos pero son un vacilón, un poquito de azúcar para el ánimo. Miel no, es demasiado caliente y tengo el estómago reventado. Y tú fumando... cómo vas a cantar allá arriba viejo... bueno... primero hay que llegar allá arriba... Guarda pulmones... El Guille, Guillermo Cabrera Álvarez, así se llamaba, se llama. Era un fuera de serie. No tenía familia, porque ellos se fueron y él se quedó. Así que se inventó la suya propia, que éramos todos nosotros. Comenzamos siendo sus compañeros de trabajo, sus alumnos, sus lectores; o gente que se encontraba por ahí, y le contaban sus problemas. Eran montones en la época cuando él llevaba la columna Abrecartas en Granma. Venían a verlo, o le escribían desde todo el país. Lo veían entonces como el defensor de sus derechos, frente a indolentes y burócratas. Y él investigaba con una seriedad tremenda, porque a veces lo querían tupir, no eran ciertas las quejas; y él no paraba hasta llegar al fondo, entonces se enfrentaba con cualquiera. Pero su virtud era unir a todos, hacernos suyos sin distinción alguna, no importaba si eras ministro, camionero, futuro cosmonauta, o ex cualquier cosa; para el Guille éramos simplemente «flacos», «feas» y «poetas». A algunos les ponía apodos más personales: «voz de mandarina», «lluviecita», y las «feas», que eran muchísimas, llegaron a tener sus propios números, «la fea 23», «la fea 35»..., cada quien sabía el suyo, pero no los demás, era como un secreto con él. A mí a veces me llamaba «gusano de izquierda», al principio no me gustaba, luego entendí que lo hacía cuando yo me ponía demasiado protestón, criticón... Agua, alcánzame el pomito que está allá atrás en mi mochila, ¿lo ves?... Ese mismo, el otro es de refresco, pero lo guardo para más allá. Mira el reguero de mangos comidos, esta gente que va delante dejó la mata pelada. Já. Si me como un mango ahora me voy del aire... El Guille convirtió su oficina de director del Instituto Internacional de Periodismo José Martí en una especie de confesionario colectivo. Siempre estaba acompañado por alguien, por todos nosotros que caíamos de «flay», a cualquier hora del día o la noche, en busca de un consejo, de una frase de aliento, o de un buen «cocotazo» a tiempo. Él sabía cómo dártelo. No importaba si pasabas días sin verlo. Él se comunicaba con todos. Yo todavía no me he atrevido a borrar nada de lo suyo de mi correo electrónico, que es muchísimo. Lo mismo te mandaba un chiste, un poema de amor, o una declaración del MINREX. Un día recibí una carta de despedida. Decía que se iba de Cuba, a incorporarse a una guerrilla, en un país que no especificaba. Leí aquello y me quedé pasmado. Yo sabía que era un guevariano del carajo, tenía unas fotos lindísimas del Che en la oficina, pero aquello era demasiado para un hombre infartado y operado del corazón. Comencé a llamarlo a todos lados, para tratar de atajarlo a tiempo, hasta que al fin di con él. Trató de restarle importancia, pero lo sentí preocupado. Me confesó que yo no era el único que lo había llamado esa noche. Resulta que él había enviado una de esas cosas graciosas que circulan por ahí; pero el chiste estaba al final, en una foto adjunta (que a muchos de los destinatarios nunca nos llegó), donde se veían un montón de mujeres bellísimas, con fusiles y ametralladoras al hombro, y un pie de foto que decía: «esta es la guerrilla a la cual me voy a unir»... Al fin otro arroyito. Agua fresca para el pomo, para la cabeza, para todo el cuerpo, me la echo toda por arriba, ¡rico!... Martí era un fuera de serie también. Lo del arroyo de la sierra más que el mar, es una verdad más grande que estas montañas. El Guille sabía muchísimo de Martí, y era una enciclopedia de Hemingway, y del periodismo de ambos. El periodismo era su razón de vivir, y Guillermo jugó tan al duro su papel defendiendo la profesión, que Fidel le puso «El Genio». Ya te imaginas, un Genio bautizando a otro. El Comandante llegaba a los plenos de la UPEC, y lo primero que preguntaba era: ¿dónde está El Genio?, y el Guille se ponía rojo como un tomate. La calva todita se le enrojecía. Él era el tipo más modesto del mundo, pero en el fondo aquello le encantaba. Fidel sabía, y pudo comprobarlo muchas veces, que Guillermo Cabrera era una fábrica de buenas ideas, de esas que parecen locas al principio, pero que son absolutamente realizables. Y el Jefe vacila eso; mira que encontrarse con otro parecido a él. Uno sentía como que lo retaba, pero el Guille le subía la parada; y Fidel se la volvía a poner más dura, y de nuevo él respondía... Aquello era fascinante, porque todo el mundo sabía que si el Guille se comprometía con el Jefe, él cumplía. Fue así como convirtió el Instituto de Periodismo, de algo inexistente, de una casona maltrecha en el Vedado, de un montón de sillas viejas y casi vacías, en una institución nuevamente prestigiosa, moderna y provechosa, para periodistas y otros profesionales de Cuba y de muchas partes del mundo. Oye, ¿dónde está el famoso farallón, compadre?, la pared esa que dicen que uno le pasa por el lado. ¿Después es que viene la lomona grande, no?... ¿No será ésta? ¿Tú estás seguro de que ésta no es la grandona?... Agua, quiero más agua, vamos a parar un segundito... Lo de la Tecla Ocurrente, fue la obra cumbre del Guille. Convertir su columna semanal en Juventud Rebelde, así de estrechita, en todo un suceso social, es algo increíble. Eso hay que estudiarlo. Los «tecleros» se multiplicaron por toda Cuba, y hasta fuera de ella. Las tertulias de los ocurrentes empezaron en el «hueco» del Instituto de Periodismo, y se extendieron por todo el país, era una especie de huracán mensual de espontaneidad, inteligencia y amor. El Guille ponía los temas, él los inventaba o alguien se los sugería: lo mismo se hablaba del libro preferido, que de los abuelos, las palabras que más y que menos te gustaban, o del epitafio que cada quien querría para sí... Había que ver aquello, gente que recorría cientos de kilómetros para no faltar. Lo de Guaracabulla fue una de sus últimas ocurrencias. Dijo: vamos a celebrar el aniversario de las tertulias en el mismo centro del país, y en el mismo centro del año, o sea, el primero de julio de este 2007, a las doce del día. Y el tema sería, precisamente, el centro de la vida de cada quien. Los que fueron cuentan el Guille no dijo cuál era el suyo, cosa extraña porque él siempre participaba, pero nadie le preguntó. La gente lo respetaba mucho. Imagínate, que unos minutos después de concluida la tertulia, cuando ya estaban almorzando, él comenzó a caminar entre las mesas, a conversar y reír como si nada, y de repente cayó. Fue todo. No hubo manera de revivirlo. Mira, le hemos metido mucho coco a lo que pasó. No hay dudas de que él lo planificó todo. Era tan genio que escogió la mejor manera de morirse. No recuerdo quién lo dijo, pero el centro de la vida del Guille éramos todos nosotros, por eso no quiso hablar en la tertulia, por eso se nos entregó así. Escribieron una crónica esa misma noche, y se predijo lo que sucedería: «los genios jamás se van, los genios no desparecen...» Vaya, creo que estoy hablando solo, el trovador se está quedando atrás. Hay un descampado, un llanito, menos mal... Pero que va, ahora el sol me da recto en la mollera. Dónde rayos metí la gorra... Y El Genio no se fue. Aquello que parecía el final, era solo el comienzo. Nadie quiere que la Tecla muera, y mucho menos que las tertulias desaparezcan. Así que ahí andamos exprimiéndonos la cabeza entre todos, para encontrar la solución. Pero yo creo que el Guille nos cantó la jugada, porque cada vez escribía menos en la columna, y hablaba menos en las tertulias: dejaba que nosotros lo hiciéramos por él; nos enseñaba, de esa manera, que la Tecla era cosa de todos, no de él solamente. Fue así como nos trajo hasta aquí. Porque otra de sus geniales ocurrencias había quedado inconclusa. En este año del aniversario 40 de la muerte del Che, el Guille prefería homenajearlo un día como hoy, en el mismo lugar donde 50 años atrás se sintió «el hombre más orgulloso de la tierra», cuando supo que Fidel lo había nombrado Comandante. El Guille sabía que todos los tecleros querrían subir a Llanos del Infierno, y por eso inventó el concurso en el periódico: ¿En qué te acompaña El Che en tu vida cotidiana? Respondieron 334 personas de todo el país. Y los ganadores recibieron el premio más anhelado: ahí van, sudorosos, enfangados, extenuados. Vamos tras el Che. Lo mejor es que Guille aseguró que también subiría, una vez más, a ese lugar mítico y casi olvidado por todos. Nadie sabía cómo, porque con sus más de 60 años, y enfermo como estaba, aquello parecía una locura más, pero ya sabemos que El Genio siempre se las arregla para cumplir lo prometido. Muchos aún no lo saben, pero aquí viene con nosotros, subiendo estas lomas. Sus cenizas, su «polvo enamorado», cómo él mismo gustaba citar a Quevedo, viaja feliz dentro de la mochila de alguien. Guille que era tan aventurero, que una vez bajó en camilla, infartado, de estas mismas montañas, ahora viene subiendo en una mochila, quieres simbolismo mayor... Tengo que parar otra vez. Esta loma no tiene fin. Mi corazón late demasiado rápido, pero tengo que seguir. Si no llego cómo escribo de todo esto. Traje la agenda y el bolígrafo desde La Habana, aquí los tengo empapados en el bolsillo, pero solo escribí seis líneas cuando salimos en la Yutong. Recuerdo que nos pusimos a jugar a descubrir los nombres de las películas, dos bandos, uno por cada hilera de asientos, y me sorprendió que siendo personas tan distintas, y que muchos nos veíamos por primera vez, de pronto estábamos tan unidos. Fue ahí cuando comprendí que lo primordial entonces no era escribir, sino vivir a plenitud cada minuto de esta oportunidad única... ¿Estoy hablando... o acaso vengo pensando en todo esto? ¿Estaré delirando?... Ya no me doy cuenta, no sé siquiera si el trovador me escucha. Parecemos dos almas en pena. Creo que somos los últimos, delante, hay como 70 personas, ¿somos 80 en total no? Qué bochorno, caballo, la mayoría ya debe haber llegado, llevamos como cinco horas subiendo, y decían que eran tres. ¿Y la palma, dónde está la palma?... Ahora es el momento del refresco, la mitad para cada uno, hermano... De nuevo trepo, o sea, intento cinco o seis pasos más, y no sé si me siento o me caigo, da lo mismo. Los palitroques en la mochila deben estar hecho talco. Total, lo menos que quiero es comer, cargué las latas por gusto, y cómo pesan. Lo que me queda de agua es literalmente una tierrita. Por suerte se me han detenido los cólicos, el sanitario santiaguero pasó por mi lado hace un rato, y me alcanzó una guayabita verde, que me comí de un tirón. Santo remedio, como diría El Guayabero... Me vuelvo a parar, miro hacia abajo: ¡la palma! ¿Cuándo nos pasó por el lado? Entonces no era el final. Me duele hasta la vida. Ahora sí que ya no puedo más... me voy a caer... No voy a llegar nunca. Che, Guille, me rajé... ¿Voces?, ¿oigo voces? Estoy soñando. ¡¿Me fundí?!... ¡No, no son reales!... Espérate, sí... Son ellos, ¡son ellos!... ¡Llegué!, ¡¡¡Ariel: llegamos, coñoooooo!!! Todo pasa demasiado rápido. Cuánto de místico hay en este pedacito de Cuba, a no sé cuantos cientos de metros sobre el nivel del mar. Aquí se juntan las cosas, las voces, la gente; todo se mezcla: la historia convertida en leyenda, y ambas devenidas realidad; un llano que no es llano, y sí infierno y paraíso a la vez; un lugar que casi no existía, y de repente es demasiado importante, demasiado pequeño para tantos latidos juntos. No lo creo, Gilda también está llegando. Yo pensé que no lo lograría. Increíble esta mujer, es mucho más coraje que sus 60 años. Ella dijo que no defraudaría a su esposo, ni a sus alumnos de la CUJAE, y lo cumplió. Muchos la sostuvieron, la ayudaron, pero ella dio sola hasta el último paso. Claro que la aplaudimos. Tania le da un beso, y ambas se abrazan exhaustas y emocionadas. Los miro a todos. Todos nos miramos sin decir nada: Rosi, Daily, el Yuni, Javier, las dos Yeni, Maggy, Ileana, Martín, Rene, los pinareños, los espirituanos, los santiagueros... nuestros tecleros queridos, la gente entrañable del Instituto, de la UJC y de Juventud Rebelde... Rostros cansados, que descubren las más bellas sonrisas. Entonamos a toda voz el himno de Bayamo, que retumba una vez más en estas montañas invictas. Polanco dice cosas importantes y hermosas, de esas que solo pueden improvisarse en un momento como este. Ariel, mi compañero de subida, por fin canta, sudor, guitarra y todo corazón. Pudo cantarnos algo suyo, pero sabe aquilatar el momento, y nos recuerda con Silvio, que «el que tenga buen camino tendrá sillas/ peligrosas que lo inviten a parar»... Y, entonces le seguimos todos todos: «nadie se va a morir menos ahoooora»... Ponemos finalmente la tarja al Che, que trajimos desde allá abajo. Y esparcimos las cenizas del Guille, que caen felices sobre la hierba, en los árboles, en cualquier parte... Es inevitable esconder las lágrimas tras el sudor, porque los ojos lo traicionan todo y lo impregnan todo de esta mezcla de dolor y felicidad. Es entonces cuando me doy cuenta. El Che nos está mirando, y se está sonriendo, y lanzando alguna palabrota de aliento, medio argentina, medio cubana. Y es el Guille quien le responde, sonrojado, pero decidido, como cuando hablaba con Fidel: «Ahí está mi verdadera guerrilla. Mírala, es mi columna de rebeldes de estos tiempos. Ellos vinieron aquí a buscarte, y a dejarme a mí. Pero ya les tengo otra ocurrencia: solo mi polvo enamorado quedará en este paraíso de palmas y montañas. Yo también me voy con ellos, me voy dentro de todos ellos: mis feas, mis flacos, mis poetas».

En lo que más parece Che un sol es en que nos habita debajo de la piel para toda la vida

Juventud Rebelde publica una selección de los mejores trabajos del concurso ¿En qué te acompaña Che en tu vida?, convocado por el aniversario 50 en que Ernesto Guevara fue ascendido a Comandante por Fidel.
Parece ser que el inquieto y soñador Guillermo Cabrera Álvarez no partirá jamás de Juventud Rebelde, a despecho de su reciente desaparición física. Él sigue emprendiendo aventuras y confiándonos misiones para que volemos bien alto, por encima de la mediocridad y la ramplonería de este mundo. Una de sus últimas encomiendas fue el concurso que convocara vísperas de su muerte, desde esa Tecla Ocurrente suya que ha movido un país, con una pregunta que resultó motivación muy entrañable y filosa: ¿En qué te acompaña Che en tu vida cotidiana? Y tal insinuación desató un vendaval de introspecciones, que hizo trabajar a los jurados como mulos de una carga espiritual preciosa. El privilegio de quienes revisamos y sopesamos ese cargamento, fue constatar la multiplicidad de motivos y estilos con que se manifiesta esa inmanencia del guerrillero e insurgente conductor de nuevo mundo y de hombre nuevo, en el tejido social cubano, incluso en jóvenes y niños que no coexistieron con él pero sí le conocen en lo esencial y trascendente. De entre más de 400 muestras, fueron premiadas 30, pero cada cubano tiene su versión de cómo el Che anda respirando fatigosamente entre nosotros, en cada victoria y en cada fracaso, alertándonos de los mismos enemigos externos y de nuestras propias vulnerabilidades. He aquí entonces una selección de los trabajos laureados, cuyos autores, en premio ascienden hoy hasta Llanos del Infierno, en la Sierra Maestra, el sitio donde Ernesto Guevara de la Serna fuera ascendido a Comandante por Fidel hace exactamente 50 años. Y todo será silvestre, con espíritu de guerrilla, como lo había previsto Guillermo.

¿Seremos como el Che?

Conservo nítida la primera vez, debo haber tenido como seis años, cuando se me vino abajo mi vida de niño ejemplar. Raúl Mesa y yo nos escapamos del aula, y la única forma encontrada, para salvarnos del castigo del profesor, fue inventar una mentira urgente. En mal momento. La sentencia pública de aquel cayó como un rayo: los dos mentirosos seríamos condenados a no recibir la pañoleta de pioneros en el acto escolar del domingo siguiente, donde estarían presentes nuestros padres. La recibiríamos, sí, pero en solitario, algún día después. Mesa pareció no inmutarse, pero yo lloré amarga y sinceramente durante toda la semana, con la cabeza escondida debajo de mi almohada de niño becado. Al final no sucedió. O el profesor nunca pensó en hacer firme su amenaza, o tal vez se le olvidó... No importa. Recibí la pañoleta en su momento, y una lección para toda la vida: me cuesta un trabajo enorme mentir. También quedó algo bien claro en mi pequeña conciencia infantil: un niño que le miente a su maestro no podía, de ninguna manera, ser como el Che. Convencido por aquel profesor, y por mi ingenua y previsora mente infantil, durante muchos años llevé en secreto el peso de aquella convicción: a pesar de todos mis esfuerzos, de todas las buenas notas, de las escuelas al campo, y otras hazañas de mi vida estudiantil, en lo más profundo de mi sinceridad, esa que consiste en no engañarse uno mismo, me decía una y otra vez que yo nunca podría llegar a ser como el Che. Luego, con el paso del tiempo, de los libros y de las muchas entrevistas a sus más allegados compañeros, conocí al Che dirigente en revolución, al hombre intransigente con lo mal hecho, al Ministro que no aceptaba privilegios ni prebendas; conocí al fin, con alegría, al enemigo número uno de la burocracia y la indolencia, al jefe exigente, en primer lugar consigo mismo. Entonces no lo comprendí bien, pero el Che comenzaba a seguirme de cerca. Yo no lo sentía pero ahí estaba, intentando, muchas veces infructuosamente, hacer también de mí el hombre nuevo del siglo XXI. Como era de esperarse, el siglo XXI y los 40 se me juntaron el mismo año. Fue tal vez la madurez tardía, si es que alguna vez llegó; tal vez los tiempos duros del período especial, si es que ya pasaron; o tal vez (casi seguro) los golpes de la vida, y todos aquellos que están ahí para dártelos al primer descuido... Lo cierto es que un día tuve clara otra decepción: me había endurecido. El Camilo-jodedor cubano que alguna vez pretendí ser, tampoco había resultado. Hay cosas de las que no se escribe en los currículos, ni se preguntan, qué lástima para la doble moral, en las planillas de la burocracia: no alcancé la virtud de la adulación barata, ni de la hipocresía a conveniencia; no soporto las cosas mal hechas, o medianamente hechas. Desde mi más temprana juventud supe que en la mejor de las obras siempre hay problemas subyacentes. Ignorarlos, ocultarlos, o pretender justificarlos, no los hace desaparecer de la realidad, sino dejarlos crecer como la mala hierba, hasta poner en peligro la obra misma. Juro que adoro y venero el genio martiano sobre las manchas del sol y los desagradecidos, pero repudio la mentira justificativa, más aún en boca de mediocres y oportunistas; de aquellos que se esconden en posiciones extremistas, poses de «sinceros revolucionarios» y consignas de ocasión. No puedo —ni lo intento— evitarles el látigo de mi mayor crudeza, o el cascabel disonante de mi más exquisita ironía. Por todo ello, Che, viejo, me gané hace mucho, y llevaré con orgullo, hasta donde sea, hasta la victoria siempre, mi medalla de pequeño inmaduro, y mi diploma de gran autosuficiente, glorias inequívocas de la mentalidad atrofiada de aquellos, y de estos otros, algunos sobrevivientes, y vueltos a nacer, temibles insectos de la burocracia cotidiana. Che querido, Guevara felizmente inalcanzable: perdóname por no haberlo entendido antes, pero creo que al fin, de alguna manera, logré ser un poquito como tú.(César Alfredo Gómez Chacón. Ciudad de La Habana)

Los salticos de la vida

Hace alrededor de diez años escalé el Pico Turquino sin la adversidad del hambre, sin la contradicción del sueño, pero siempre me hizo falta mi pierna derecha, allí donde no estaba ella, pensé en el Che, en lo difícil que debe ser subir esas sierritas con asma. El asma es un bicho malo, que acobarda al más fuerte y redime al más astuto. Y puse cada uno de mis bastoncitos y llegué arriba, con un frío endemoniado y unas ganas terribles de estar en la salita de mi casa en short mirando la telenovela, pero de forma irreductible estaba el Che luminoso, que luchó por tierras hermanas, sacrificando cada hora de sudor y sangre por la vida futura. Desde entonces comencé a correr en cuanto maratón y MarHabana, algunos sin compromiso ni previo entrenamiento, otros con la cantaleta histórica de doña Mirtha (mi mamá) que puede persuadir al más pinto y distinto que estás en el camino errático, con el tiempo toda la familia se ha unido, mi hermano en el apoyo, mi hermana de camarógrafa, mi papá de taxista y anda de seguidor de mis pasos de maratonista mi sobrino. Nada, que ya esto se ha vuelto toda una fiesta familiar. Me tatué en un hombro la imagen del Che y corre conmigo, pienso que no vale la pena hacerlo solo, su estatura y presencia eran indispensables. (Alexander García Sánchez. Ciudad de La Habana)

Hoy me percato que Che fue él

Personalmente a mí no me gusta llevarlo en un llavero, sino en las pequeñas acciones cotidianas. Me gusta que Che me acompañe, por ejemplo, cuando voy a comer, saber que me he ganado el pan de cada día honradamente, o cuando proponen un trabajo voluntario para chapear las áreas verdes de mi escuela trato siempre de llevar un machete o una pala de mi casa para que perdure la limpieza y no la chapucería, pues la escuela tiene pocos medios para hacer ese trabajo; imagino que me mira cuando me siento cansado y me exhorta a un esfuercito más; a veces cuando me da el asma por el cambio de tiempo y se pone rebelde al spray de Salbutamol me digo: Caramba, las que pasaría Che subiendo una loma en la Sierra con una mochila y un fusil al hombro. (Ariel Obregón Leyva. Holguín)

Nunca logré verte sobre un pedestal

... en la secundaria, portaba en el bolsillo un sello con tu nombre. Así me acompañaste el día que conocí a mi primer amor y en los mejores momentos a su lado. Gracias a ella me hice rockero y comencé a asistir a las peñas de rock donde, por encima de cualquier banda, se admira tu figura. Por esa senda seguí hasta que un día me compré un pulóver con tu imagen, sabiendo que no te gusta para nada el culto a la persona, y sintiendo algo que aunque no sabía realmente qué era, notaba que era mucho más que deseos de rendirte culto, porque nunca logré verte sobre un pedestal, ni quise venerarte como un ser superior. Y es que sencillamente te veo en mucho de lo que soy y en mucho de lo que quiero ser: primero porque comprendí lo que significa querer ser como tú. Porque te llevo en el deseo de conocer mi tierra en todo su ancho y a toda su gente, y porque como tú soy un soñador y eres mi fe en que los sueños pueden ser realizados y aun luego seguir soñando... (Roberto López Portal. Sancti Spíritus)

Mientras el mundo esté patas arriba

El Che es una imagen diaria en mi vida, esto se desprende de una premisa simple: debería ser una imagen diaria en la vida de todas las personas que conocen algo de su historia mientras el mundo esté patas arriba. Está en mis ganas de superarme a mí mismo, en mi rebeldía ante todo lo injusto, en la decepción y el asco que me provocan la conducta de algunos de mis semejantes, en mis ganas de explorar y conocer más allá de las fronteras impuestas por las circunstancias, en la lógica exaltada de mi poesía. El Che es el centro de gravedad al que gravitan muchos de mis defectos incambiables, es la regla (incomesurablemente grande) con que quisiera ser capaz de medirme siempre, es la respuesta lista ante el argumento absurdo que esgrimen siempre los que se rinden: el imposible, es el conocimiento exacto y absoluto del precio de amar al prójimo como a sí mismo que la Biblia no nos explica, es la fe de los ateos en que un mundo mejor es posible, es la fuerza de los que coincidimos en que no es solo posible sino absolutamente necesario. Es en fin, la batalla siempre perdida de querer ser como él, que solo ganaré el día que pueda morir luchando por sus ideales. (Eduardo Ramírez Cruz. Holguín)

A la hora de criar a mis hijas

Me acompaña a la hora de criar a mis hijas, me recuerda que no basta con saber qué decir, ni con saber qué hacer, lo más importante es hacer eso que sabemos. (Gisela González Izquierdo. Ciudad de La Habana)

mensajero de una igualdad inminente

Porque soy una mujer imperfecta, porque tengo ganas de vivir mis ideas tengo derecho a idealizar a quien desee, mas no solo por eso estudio su vida y lo mantengo bien presente sino porque así tengo un ángel de la guardia en mi conciencia que cuida el vaivén de mi vida y las recaídas de mis decisiones y actos, pues llevo 19 años de vida actuando a mi antojo y cometiendo errores, pero, cada vez que tengo presente al Che, se eleva más elevado el muro de los buenos procedimientos, porque me detengo a pensar en el bien de los demás y a mi lado, y soy prácticamente incapaz de abandonar o herir a alguien, me convierto en la persona que quiero ser y me siento realizada en aspectos que quizá algunos no entiendan, pero son necesarios para continuar el camino en mi vida y son inherentes a mi personalidad. No pretendo cambiar el mundo, pero si la visión de muchos fuera como la del Che, o por lo menos al actuar ante los acontecimientos de la vida, pensáramos más en que no estamos solos y que por consiguiente los demás tampoco, entonces serían diferentes los noticieros y los periódicos, porque como emisores de una verdad muchas veces espeluznante, se convertirían en mensajeros de una igualdad inminente. (Kirenia García Pérez. Villa Clara)

FARO, DERROTERO, GUÍA

IV
Mano que toma la mía si el camino se oscurece eres Presencia que crece, faro, derrotero, guía, transgresor de la utopía tú no conoces la muerte ni hemos echado a la suerte el futuro que se augura cuando nos lleva segura «tu mano gloriosa y fuerte». (Yanet Medina Navarro. Pinar del Río)

Desde mi existencia de cubano de a pie

Desde mi pequeña estatura de ser mortal, desde mi existencia de cubano de a pie, cada día se lo debo a San Ernesto de La Higuera, al Comandante Guevara, Fúser, o simplemente el Che, las tres letras que utilizamos los que lo amamos para simplificar una idea encarnada. Quizá por eso tiene tantos nombres. Cuando me despierto en las mañanas, cuando debo tomar decisiones difíciles y trascendentales, cuando trato de ver más allá de lo que mis ojos y entendimiento pueden concebir, siempre viene a mí una y otra vez la misma interrogante, el mismo acertijo entregado por los druidas que nos habitan dentro: ¿Cómo lo haría él? Antes que todo, el Che me dejó una lección: no hay nada imposible para el hombre, y me enseña diariamente a ser laborioso como hormiga, fiero como león, humilde como la tortuga, indetenible como halcón. Me enseña a cometer errores y rectificarlos, a pedir perdón, y a pensar en nosotros antes que en mí. Me acompaña para que cada día sea mejor persona, y de esa forma sumando millones a seguir su ejemplo, también el mundo sea mejor. (Helmis Michael Diéguez Hernández. Matanzas)

Parte de nuestra propia vida

Antes pensaba que el Che era una imagen, un poco de historia, uno de esos tantos héroes. Pero no, he comprendido que el Che es una figura de todos los tiempos, que no solo está con nosotros cuando hablamos de él o cuando lo vemos. El Che está siempre con nosotros. Es parte de nuestra propia vida y de nuestros propios sueños para el futuro. El Che me acompaña cada vez que regreso a la escuela, desde que comienzo a atravesar la avenida y comienzo a ver, a lo lejos, su rostro. Con cada paso voy acercándome más a él que nos recibe con boina y fusil. Y estoy con él todos los días, pues está dondequiera. Unas veces paso y lo saludo. Otras me siento y conversamos; otras paso y ni hablo ni saludo pero sé que está ahí, acompañándome y guiándome. (Carlos Alejandro Rodríguez. Villa Clara)

Nos habita debajo de la piel

Desde aquellos «Pioneros por el comunismo» de primer grado, Che anda y desanda conmigo. Hasta en el inusitado paraje del desamor, me ha dado las fuerzas suficientes para no maldecir a una mujer ni de arrepentirme por haberla besado. Creí alguna vez que para ser como él había que tener abundante cabellera y barba casi al descuido. Los macheteros parecieron ideales, los operadores de combinadas y los tractoristas. La zafra, el campo de batalla ideal para blandir aquella adarga que solo años después pude entender mejor en las manos de Don Quijote. El guajirito del batey no entendía por qué ningún caballo de su infancia de llamaba Rocinante. ¿Por fuertes y musculosos, porque los molinos de viento eran solo para halar agua? La foto del guerrillero sobre un mulo y el tabaco terciado en los labios lo incitaron a montar uno muy «Bandolero». No tardaron las caídas continuas. Así debía ser pues nadie aprende a ser Che sin caerse repetidas veces. Uno lo que no puede es quedarse en el suelo. El asma ni se me ocurrió inventarla para no tener que curarme con aquellos remedios de mi abuela a base de tripas de güira y miel de abejas. Los tabacos, ni soñarlo. Era mi abuelo quien los torcía bajo la exacta cuenta de sus dedos. Los libros sí andaban por doquier gracias a un tío maestro. ¡Ni radio ni televisión pero aquellos libros respiraban: Che en Bolivia, Che en África! Angola, el internacionalismo, el deber, la osadía, ¡el no estás en la lista!... las lágrimas de mi madre... Ya no se trata de seremos, sino de somos como el Che. Entonces para Moa. La fábrica de níquel no podría tener otro nombre: Ernesto Guevara. Demetrio Presilla, el enorme ingeniero Presilla dándole la mano a uno, la misma mano de saludar al Che. Surgió la convocatoria para un contingente de emergencia productiva. El estímulo sería subir al Turquino. ¡Por fin la Sierra Maestra! Qué suerte, por la ruta del Che: Buey Arriba, La Otilia, Pata de la Mesa, El Alto de Conrado, California... El Capitán Descalzo. ¡Y andaba descalzo de verdad como los náufragos del Liguria en la isla de Salgari! Podemos ser aventureros y estar enamorados de remate. Conocer el mundo con la universidad en la mochila. Un modo de ser como el Che con la adarga al brazo. Los hijos, la casa, la familia, una profesión. Imposible seguirlo en todo. Aunque ambos somos de carne y hueso, él es un ejemplo. Regalaba a mis amigos un preparado de alcohol para jugar dominó en horario de trabajo: ¡caballeros, el Che nunca hubiera hecho esto! “Ah, compadre, tú siempre con lo mismo, si el bárbaro estuviera vivo jugaría en nuestro equipo. Quizá, porque en los trabajos voluntarios nos pegábamos de verdad y si la producción andaba atrasada podían contar con nosotros 24 horas seguidas. Ni treguas ni rendiciones. Estudios consecuentes, poesía, el polvo, miedos, riesgos, el tableteo de unos labios contra otros... «el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor». Tratar al menos de ser fiel, raigal, solidario, alegre, individuo, estoico... profundo al menos como si el mar y el Che se jugaran el planeta a las luces más azules. Igual que ese Turquino donde un hombre solo puede arriesgarse de muerte para salvar sus ideas. En lo que más parece Che un sol es en que nos habita debajo de la piel para toda la vida. (Arcillo Rainel Peláez Conde. Camagüey)

No se acaba la magia

En la juventud queremos llamarlo Ernesto, como a un amigo cercano, con la confianza que caracteriza a los cubanos y con la inocencia y el sano irrespeto que caracteriza a la juventud, no queremos que sea el Che de los periódicos ni de la historia, queremos que sea el Ernesto que nos acompaña, al que pedirle un consejo, de quien seguir el ejemplo, pero sin hipocresías ni falsas adulaciones, sin el membrete de su nombre en el brazo ni en la camiseta, es algo más íntimo, más personal, es quizá el amigo que falta en la adolescencia y que tanto se necesita. Cuando somos adultos cambia la perspectiva pero no se acaba la magia. Lo seguimos llamando Ernesto o Che, según lo que queramos consultarle, si es algo personal o algo de trabajo, si es algo que solo nos concierne a nosotros o le concierne a todo el país. Le consultamos nuestros pequeños problemas personales, nuestro trabajo, nuestra familia, cómo enfrentar un problema particular con nuestros hijos y en ese momento es el mismo Ernesto de la juventud, más maduro, como mismo hemos madurado nosotros. Le comentamos también los problemas del país, muchas veces avizorados por él desde hace muchos años, y entonces es el Che, tratando de averiguar cómo hubiese actuado en una situación determinada, qué hubiese recomendado de haber podido hacerlo. Y seguimos creyendo que siempre tiene razón, que su visión, que siempre estuvo matizada por un realismo inusual, nos puede seguir ayudando en los momentos difíciles. (Magali Duarte Ginorio. Ciudad de La Habana)