Pensamiento Crítico

«Y nos odiaremos los unos a los otros, por ser tantos»

Por Antonio Caballero | Revista Semana, Colombia. | 17 Septiembre 2007
Las noticias que lee uno en la prensa seria son cada día más espeluznantes. No me refiero a las de la politiquería nacional, departamental, municipal y veredal colombiana, con su carga de muertos; sino a las que tratan del destino de la vida en este planeta. Lee uno, por ejemplo, que la última ostra viva del mar del Norte, no de criadero industrial sino de aguas abiertas, fue pescada en 1970. Hace treinta y siete años fue capturada la última ostra que había nacido libre, y no en cautividad. Y se la comió alguien. Y eso no es todo. Lee uno también que, en vista de que las gacelas del Serengeti se están extinguiendo a causa de la desaparición de los pastos por la sequía, van a empezar a criarlas por clonación (y transgénicamente injertadas con frambuesas monocotiledóneas) en las llanuras de Utah. Que todas las abejas se están muriendo por enjambres enteros en la zona templada del hemisferio Norte porque las ondas electromagnéticas de los teléfonos celulares les desconciertan el radar biológico y no encuentran el camino de vuelta a sus colmenas: caen exhaustas de fatiga en pleno vuelo y con ellas se acaba la polinización de las flores, y se acaban las flores, y se acaban las cosechas. Que ya no quedan tigres en Siberia, ni rinocerontes blancos en Birmania, ni ranas venenosas en las selvas del Darién, ni tiburones martillo en las aguas de los mares del Sur, ni ballenas azules en la Antártida. ¿Ballenas azules? Cómo van a quedar, si ya se acabó el plancton marino del que se alimentaban. Se acabaron las algas del océano, las medusas, los corales, los calamares gigantes, las esponjas, los arenques, las sardinas. Hace unos meses, a fines del invierno, la flota anchovera del Cantábrico echó anclas definitivamente porque se constató que se habían acabado las anchoas: sólo quedan las que ya estaban en latas de conserva. Se están acabando los pájaros, los caracoles de jardín, las mariposas. Todavía sobrevive un oso panda en el zoológico de Viena, y queda un cóndor en el escudo de Colombia, al lado del cuerno de la abundancia. Todo lo demás se acabó ya, o está acabándose, salvo las cucarachas. Y los seres humanos, claro. Porque la raíz del problema es la multiplicación desaforada de nuestra especie. El resto -el cambio climático, la desertificación, el descongelamiento de los polos, la contaminación, el agotamiento del agua dulce- es sólo consecuencia del crecimiento de la raza humana. Como a la ostra aquella, nos lo hemos comido todo. Pero de esa causa ha dejado de hablarse desde hace ya bastantes años. Se pintan los efectos con tintes apocalípticos: incluso se usa la palabra 'apocalipsis'. Pero hace ya decenios que nadie menciona la expresión 'explosión demográfica'. No la mencionan ni las derechas ni las izquierdas: las derechas porque temen parecer (ante sí mismas) faltas de fe en Dios, y las izquierdas porque (también ante sí mismas) temen parecer faltas de confianza en el progreso. Lo cual, en ambos casos, es de una frivolidad insensata. Pero la raza humana es insensata justamente por eso: por frivolidad. Somos seis mil millones. Hace sesenta años, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, éramos la mitad. Para el 2050, según los cálculos de la ONU, seremos más de nueve mil millones. Y digo seremos porque para entonces yo tendré apenas 105 años, y gracias a los avances de la ciencia estaré divinamente, rodeado del amor de mis bisnietos y mis tataranietos. O de su odio. Vaya uno a saber. Con razón: lo propio de los tatarabuelos es estar muertos, en vez de seguir ahí tan anchos, comiendo y bebiendo y ocupando espacio. Pero, como decía, gracias a los avances incontenibles de la ciencia no moriremos nunca, y sumados a nuestros descendientes seremos tan numerosos "como las arenas del mar", según la insensata promesa del Génesis. Seremos más los vivos sobre la tierra que todos los que han muerto en el curso de las edades y están sepultados bajo la tierra. (Un problema aritmético para los reencarnacionistas). Y nos odiaremos los unos a los otros, por ser tantos. Porque son muchos los que anuncian, e inclusive denuncian, la erosión, el desgaste, la destrucción de los recursos naturales con el argumento de que su consecuencia será el fin de la raza humana, cuando lo que sucede es que la multiplicación excesiva de la raza humana es su causa. Y se preocupan por imaginar cómo afrontar las consecuencias: cómo evitar las guerras que la escasez provocará, y que matarán gente; cómo paliar las hambrunas; cómo controlar las pestes; cómo ablandar la cólera de Dios (que es, en la enumeración tradicional, el cuarto terrible jinete del prometido Apocalipsis). La Unicef, la organización de las Naciones Unidas para la infancia, acaba de anunciar con regocijo que los niños están muriendo menos que antes, a un ritmo, dicen, de diez millones menos cada año. Regocijo prematuro: esos niños sólo han superado las enfermedades infantiles para poder llegar con vida a la edad de matarse los unos a los otros en la guerra. El verdadero desafío no consiste en cómo conseguir que mueran menos niños, sino en cómo lograr que disminuya la humanidad tomada en su conjunto sin que para ello sea necesario recurrir a la fuerza: a la guerra, al hambre, a la propagación de la peste, o a la llamada "cólera de Dios", que es la estupidez humana. En el momento actual ya sobra por lo menos la mitad de la humanidad. Estamos, pues, maduros para una reaparición de una Peste Negra como la que en el Medioevo acabó con más de un tercio de los seres humanos entonces existentes, hombres y mujeres, viejos y niños, ricos y pobres, gordos y flacos. Porque, como cantaba en sus Coplas Jorge Manrique: "...a Papas y Emperadores y Prelados igual los trata la muerte como a los pobres pastores de ganados". De la destrucción de los recursos naturales tienen más responsabilidad los ricos que los pobres, los gordos que los flacos, naturalmente, porque consumen más. Consume cien veces más agua y envenena cien veces más el aire un niño obeso de Miami o de Hamburgo que un niño escuálido de Calcuta o de Río de Janeiro. Pero es ingenuo pensar que es posible conseguir que los ricos se morigeren y adopten por ascetismo voluntario los hábitos de consumo de los pobres. Lo que sucede es lo contrario: que los pobres se esfuerzan por conseguir tanto como los ricos. Y en cuanto a la reproducción, estamos viendo lo que sucede en la China: después de decenios de plegarse (por la fuerza, claro está) a la política del gobierno que prohibía a las parejas tener más de un hijo, la población que empieza a enriquecerse compra, mediante el soborno, el privilegio de tener más. En otras partes del mundo son los propios gobiernos los que incitan mediante subsidios al crecimiento demográfico. Y las Iglesias, en primerísimo lugar la Católica, lo fomentan también mediante su falazmente llamada "defensa de la vida". No es defensa: es ataque. De ahí saldrán las guerras y las pestes del futuro. Unas guerras y unas pestes, y unas hambrunas y unas cóleras de Dios, que ya alguien está preparando. Sin decirlo, por supuesto: para que no lo interrumpan. Por eso es necesario, y es incluso una obligación ética, discutir abiertamente el problema demográfico: para que no le dé una solución expeditiva y drástica ese alguien que está usurpando a escondidas el papel de Dios. Y que es, sin duda, ese mismo señor gordo sin identificar que sale en las películas de James Bond fotografiado a contraluz mientras toma decisiones tremendas y acaricia amorosamente a un gato.