Pensamiento Crítico

Felipe Calderón y el fantasma de la ilegitimidad

Por Carlos Fazio | Agencia Prensa Latina. | 17 Septiembre 2007
A nueve meses de haber iniciado su mandato constitucional como presidente de México, la legitimidad de Felipe Calderón sigue en entredicho. La fractura nacional generada por el proceso electoral de julio de 2006 persiste, y el nuevo régimen ha dejado asomar su rostro autoritario, la censura incluida. Calderón está marcado por la sombra de que su llegada a la residencia oficial de Los Pinos se debió a un gran fraude de Estado. La oposición encabezada por el líder centroizquierdista Andrés Manuel López Obrador sigue considerando que es un mandatario "espurio" y el déficit de legitimidad ha ahondado la polarización en México. El pasado 1 de septiembre, cuando Calderón acudió al Palacio Legislativo de San Lázaro a rendir su primer informe de gobierno, se libró una batalla central en torno a su legitimidad. El jefe del Ejecutivo no pudo evitar el pleito con los legisladores de oposición. No tuvo fuerza para ello. Tradicionalmente, en México, el 1 de septiembre es "el día del Presidente". El día de un viejo ritual que en los últimos años ha devenido circo, en medio del desprestigio de la figura presidencial incubado durante el mandato de Ernesto Zedillo y profundizado en el de Vicente Fox. Para ganar la pelea por la legitimidad, Calderón necesitaba que el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y sus aliados del Frente Amplio Progresista (FAP) lo reconocieran como presidente legítimo. O al menos, debía intentar dividirlos para que una parte lo reconociera, y de lograrlo, aislaría más a López Obrador. Arropado por los legisladores de su partido, Acción Nacional (PAN), maniobró en ese sentido, pero no pudo. Luego de varios días de arduas negociaciones, Calderón entró al Congreso, pero un numeroso grupo de legisladores, que representan a 15 millones de votantes, le hizo el vacío; se fueron de sala. En el momento de la verdad, la supuesta disputa entre "reformistas" y "aventureros" al interior del PRD, profusamente alentada desde el gobierno y los medios masivos, no tuvo el resultado esperado por los operadores políticos del calderonismo. El PRD no se dividió. La fuerza simbólica de esa ausencia en el Palacio Legislativo de San Lázaro no podía despreciarse, y el viejo ritual no pudo escenificarse. Perdió Calderón, ganó López Obrador. No obstante, la jornada arrojó otro saldo negativo desde el punto de vista republicano. Apareció la censura de un poder del Estado a otro. Según la Constitución mexicana, el Presidente de la República debe entregar su informe de gobierno en el recinto legislativo, donde la tradición marcaba un acto faraónico signado por un discurso de varias horas del titular del Ejecutivo. Esta vez, en función de los acuerdos alcanzados por los negociadores oficiales con las oposiciones del FAP y el Partido Revolucionario Institucional (PRI), Calderón debía entregar el informe a la presidenta de la mesa directiva de la Cámara de Diputados, y retirarse. Previa a la llegada del mandatario al Congreso, la presidenta de la mesa directiva de la Cámara, Ruth Zavaleta, del PRD, en un acto de desconocimiento a Calderón como Presidente legítimo, anunció en un mensaje dirigido a sus pares, que procedería a retirarse de la tribuna porque no podía aceptar recibir un documento "de quien proviene de un proceso electoral legalmente concluido, pero cuestionado en su legitimidad por millones de mexicanos". Sin embargo, la Presidencia de la República dejó fuera de la transmisión en cadena nacional la intervención de la diputada Zavaleta. Es decir, adoptó una decisión atrabiliaria, regresiva y autoritaria, y la censuró. No quería que la población escuchara la palabra maldita del sexenio: ilegitimidad. Para ello, el Ejecutivo contó con la complicidad del duopolio de la televisión privada, Televisa y TV Azteca, quienes también bloquearon la emisión, mientras otros canales, nacionales e internacionales, difundieron las escenas evidentemente prohibidas por una decisión política. En lo que configuró un insulto y un supino menosprecio a la inteligencia individual y colectiva, el secretario de Gobernación, Francisco Ramírez Acuña, atribuyó el hecho a una "falla técnica". Sin embargo, la maniobra y su explicación como un "error" fue considerado por los partidos de oposición y algunos comentaristas como un acto burdo, patético y pueril. Al fin de cuentas, la maquinación exhibió un lamentable error de cálculo. La mordaza televisiva tampoco cumplió su objetivo y la impostura gubernamental tuvo un efecto boomerang, ya que en pocos minutos las palabras de la diputada opositora estaban dando la vuelta al mundo. Incluso, se habló más del affaire Zavaleta que de lo dicho por el propio Calderón. Y lo peor es que el problema de fondo sigue ahí. En el período que arrancó en julio del año pasado y llega hasta nuestros días, el titular del Poder Ejecutivo ha estado aislado. Adonde va llega rodeado de militares y casi no hay acto público donde su legitimidad no sea cuestionada. Las protestas y el descontento en su contra no cesan siquiera en el extranjero. Nueve meses después de la toma de posesión, el pleito de Calderón con la oposición sigue y el fantasma de la ilegitimidad lo acompaña a donde vaya. Todo eso, en un país fracturado y cada vez más militarizado. (**) El autor es un prestigioso articulista de la prensa mexicana.