Pensamiento Crítico

Elena Poniatowska, la biógrafa de los héroes populares

Por Silvina Friera | Diario Página/12, Argentina. Desde Ciudad de México. | 24 Septiembre 2007
Callecitas angostas, empedradas, pintorescas, alejadas del ruido de la ciudad de México. Hay que caminar por Chimalistac hasta dar con San Sebastián y disfrutar de esa zona de enlace entre los barrios de Coyoacán y San Angel; de sus casas con plantas que parecen adheridas a las paredes y que apenas dejan entrever las ventanas o los balcones. Para llegar a la puerta de la casa de Elena Poniatowska hay que atravesar un bellísimo jardín. Es el mismo caminito que el domingo 3 de abril de 2005 hizo el entonces candidato de la izquierda mexicana, Andrés Manuel López Obrador, para pedirle a la escritora que colaborara en la campaña. "¿Por qué yo, si no sé ni organizar mi casa?", le preguntó, sorprendida. Aunque "la princesa roja", como la llama su familia europea por su origen noble y su preferencia hacia el socialismo, confiesa que no sabe arengar a las masas ni tomar la palabra en un mitín, aquel ofrecimiento le cambió la vida. Desde entonces se vio envuelta en una frenética actividad que ella ha resumido con el verbo "hablar". Habló con pequeños empresarios, obreros, estudiantes, médicos, enfermeras, intelectuales. A pesar de que se educó en un ambiente familiar acomodado y "reaccionario" ("mi madre odiaba a Zapata", recuerda), su trabajo como periodista y escritora está en los antípodas de ese linaje conservador y de derecha. La escritora baja las escaleras con una velocidad envidiable, como si fuera una joven (de 75 años) que hace gimnasia todos los días. Con pantalón y chaqueta azules, más oscuro que el azul Frida Kahlo que impera en el frente de muchas casas de la ciudad, la escritora y periodista sonríe con todo su cuerpo y se acomoda en uno de los sillones del living, frente al cuadro en el que plasmó, al pintar un campo verde amarillento con árboles y plantas, la idea de felicidad que le transmitió su madre, Paulette Amor. Invita a tomar café y sólo se ofusca y se distrae cuando escucha que el teléfono suena a cada rato. "Por favor, diga a todos que la señora no está, que salió", le pide a su empleada. Ahora sí, la autora de El tren pasa primero (Alfaguara), novela por la que acaba de recibir el Premio Rómulo Gallegos, se aparta de la cotidianidad doméstica para charlar sobre esta novela, que al principio intentó ser una biografía sobre el líder ferrocarrilero oaxaqueño Demetrio Vallejo, protagonista de la gran huelga ferrocarrilera de 1958-1959, que fue violentamente reprimida por el gobierno mexicano. La novela le dará pie para explayarse sobre la profunda escisión que hay en el país (la mitad de los mexicanos considera como presidente legítimo a López Obrador y no al actual presidente, Felipe Calderón) y sobre el rol de las mujeres en la política, de Eva Perón a Margaret Thatcher. El nombre de la senadora y candidata presidencial, Cristina Kirchner, rebota en ese living rodeado de libros y mullidos almohadones blancos bordados con flores o gatos. "Ahora, ustedes tienen la posibilidad de tener una mujer en el poder, vamos a ver lo que ella aporta", señala a Página/12. Poniatowska repasa el imaginario de los ferrocarriles, acaso con nostalgia porque ahora en México ya no hay más trenes de pasajeros. "La locomotora vencía el aire, la gravedad, era el progreso sobre rieles, la esperanza, la modernidad, el futuro, ¡ah el futuro! Los ferrocarrileros resoplaban con él, lo impulsaban con la fuerza de su voluntad, repetían: ‘La Revolución Mexicana se hizo en tren, para ganar Pancho Villa volaba locomotoras y puentes’", se lee en las primeras páginas de la novela. Para Trinidad Pineda Chiñas, el protagonista inspirado en Vallejo, el tren era su otro yo, "lo más real en su vida". La primera palabra de Saturnino Maya, otro de los personajes, fue "tren", y la única materia memorable era la ferroviaria. –¿Cómo fue el proceso de escribir una novela a partir de una biografía que no terminó? –Tuve la suerte de entrevistar a Demetrio Vallejo y a muchos ferrocarrileros que estuvieron presos en el negro Palacio de Lecumberri, que era la cárcel de entonces. Algunos huelguistas habían pertenecido al Partido Comunista, muy perseguido en México, que por cierto entre sus fundadores tuvo a un norteamericano (Bertram David Wolfe); otros pertenecían a partidos obreros y socialistas. Primero quise hacer una biografía, cuando Demetrio vivía. Yo le iba leyendo lo que había escrito, como una niña que está haciendo su tarea, y levantaba los ojos y veía que se estaba durmiendo. Entonces me dije que si él se estaba durmiendo lo que había escrito era una porquería (risas). Y lo guardé desde 1959 hasta 2005, cuando decidí volver sobre el tema. –¿Y qué la impulsó a reincidir? –Los ricos siempre tienen amanuenses, tienen quienes escriban sus biografías, le pagan a un escritor más o menos bueno para que escriba sobre sus vidas. Pero sobre los héroes populares se escribe muy poco. Un día le pregunté a un estudiante si sabía quién era Demetrio Vallejo: "Ni idea", me contestó despectivamente. Entonces pensé que no era justo ni con Vallejo ni conmigo misma. Yo tenía dos chicos chiquitos y había ido muchas veces a la cárcel a entrevistarlo y pensé que no podía tirar por la borda todo ese esfuerzo. Aunque para escribir la novela no utilicé mucho del material de las entrevistas, sobre todo esas partes en donde Vallejo echaba muchos de esos discursos de la vieja izquierda que para mí son soporíferos. Decidí escribir una novela sobre el movimiento ferrocarrilero, pero inventando la historia y los personajes con libertad. –En su obra de ficción, pero también en los ensayos y crónicas periodísticas, aparece una preocupación de fondo: los problemas sociales de México. ¿Qué explicaciones encuentra a este interés sistemático? –Haber escrito esta novela se lo debo a mi tarea como periodista. Le debo muchísimo al periodismo, yo meto mucho de lo que observo en las novelas porque todo pasa a través del tamiz de la mirada. A mí me interesan los problemas sociales quizá porque no nací en México, por el hecho de llegar aquí a los nueve años y de encontrarme con una realidad para mí totalmente nueva, habiendo vivido antes en París y en el sur de Francia. Vi cómo la gente no tenía las mínimas condiciones de vida –en París no tenía conciencia de esta injusticia–, y esto me golpeó y me hizo entrar en una realidad que era desconocida para mí. –¿En los años cincuenta había más esperanzas que ahora de que se pudieran revertir las injusticias sociales? –Había una fe muy grande, pero también la hay ahora, por ejemplo en el plantón que hubo durante cincuenta días en el Palacio Nacional. Cuando se presentó el informe presidencial, el 1º de septiembre, había una manta enorme en el Zócalo que decía: "Manuel López Obrador, presidente legítimo". El hecho de que la mitad de los mexicanos considere presidente a otro que no es el presidente habla mucho de la libertad de cada quien, de la libertad que ejerce cada individuo en México. –¿Qué consecuencias tiene que el 50 por ciento de la ciudadanía considere ilegítimo al presidente Felipe Calderón? –Hay una gran escisión en el país, una gran desesperación de la gente pobre, y una confrontación que puede sonar muy simplista, pero que es real, entre los empresarios, los ricos, la gente que usó su dinero para ganar las elecciones –porque las elecciones se ganaron por dinero– y la gente que tenía puesta toda su fe y esperanza en Andrés Manuel López Obrador, que sigue viajando por todo el país y ya ha visitado más de 700 municipios. La mitad de los mexicanos considera que López Obrador es su presidente, están a su lado, luchando con él, y esto jamás se había visto en el país. Nunca se han hecho tantos actos de reclamo a otro presidente, que supuestamente se dice legítimo. Nunca habíamos visto a una mujer como Ruth Zavaleta, presidenta de la Cámara de Diputados, que dice que no puede recibir el informe del presidente de la República simplemente porque no lo considera presidente. Es una mujer joven que tiene una gallardía que no habíamos visto antes en la cámara. Seguramente, la tuvo Belisario Domínguez, pero le cortaron la lengua. Belisario Domínguez se paró frente a Victoriano Huerta y le dijo: "Usted está mintiendo". Estos gestos ennoblecen la política y le dan a México una gallardía que no ha tenido. –¿Cómo es actualmente el sindicalismo mexicano? –El sindicalismo fue cooptado por un líder viejo, Fidel Velázquez, que ya murió, y que tuvo a todos los obreros al servicio del gobierno. Era lo que se llama un sindicalismo blando, y casi todos los líderes sindicales se volvían senadores de la república, lo cual era una anomalía. ¿Qué diablos tenía que hacer un líder sindical en el Senado? Los muy limpios, como Demetrio Vallejo, se cuentan con los dedos de la mano. Claro que Trinidad, el Vallejo que Poniatowska recrea libremente en la novela, está lejos de la perfección o el ideal, por más épica que haya sido la lucha de los ferrocarrileros y de sus mujeres, que paralizaron al país. La semblanza del ferrocarrilero que traza la escritora en la novela dista de los cánones de la hagiografía. "Me gustan los seres imperfectos, no me interesa la vida de los santos", precisa. Y vuelve sobre el tema de los reportajes que le hizo a Vallejo en la cárcel y por qué usó tan poco de ese material en la novela. "Vallejo me había dicho que no había tenido mucha vida sexual, lo cual no era verdad porque él era un chaparrito muy caliente, que se enamoraba muy fácilmente de las mujeres." –¿Por qué esa izquierda tradicional era tan pudorosa? –Bueno, había mucho miedo al sexo en los años cincuenta, pero también se decían cosas muy crueles, como que las mujeres comunistas confundían la palabra camaradería con la cama. Las mujeres de los luchadores políticos siempre tienen vidas muy sacrificadas y dolorosas. –¿Algunas de las mujeres de la novela serían feministas sin saberlo? –No, no creo. En México el feminismo tuvo un arribo muy, muy tardío. Hubo muchas mujeres ferrocarrileras, nada más que yo no tuve la suerte de encontrarme con ellas. Era una época de represión en la que las mujeres no decían con facilidad "soy ferrocarrilera", porque si hasta a los hombres se los miraba con desconfianza, mucho más a las mujeres. –¿Qué le aporta la mujer a la política? –Bueno, ahora ustedes, en la Argentina, tienen la posibilidad de tener a una mujer en el poder, Cristina Kirchner, vamos a ver lo que ella aporta. Pero las mujeres en la política, en general hasta ahora, han seguido los patrones de conducta que dictan los hombres. No creo que Margaret Thatcher se haya ocupado de las mujeres, creo que fue la canciller de hierro y que fue tan dura como podría haber sido cualquier hombre en el poder. Indira Gandhi y Golda Meir también, no fueron sus cualidades femeninas las que resaltaron. –¿El poder "masculiniza"? –No creo que el poder masculinice, simplemente hay unos cánones que las mujeres respetan. Al contrario, creo que las mujeres juegan mucho con su feminidad cuando llegan al poder. Hay que pensar en Eva Perón, sus pieles, sus joyas, sus peinados, su sonrisa... todo estaba hecho para seducir al pueblo, y lo sedujo y lo seducía. Y el pueblo la quería ver como una princesa de cuentos de hadas. Suena el timbre de la casa y Poniatowska se sobresalta. "Uy, es la hora –dice–, seguro que es Jesu." Jesu es la actriz mexicana Jesusa Rodríguez, con quien viene trabajando muy cerca de López Obrador. "Tenemos una reunión", se excusa la escritora, pero ofrece los últimos cinco minutos de su tiempo, tironeada por sus ganas de seguir hablando y sus compromisos políticos. "Estoy organizando mis papeles porque no me quiero morir y dejarles a mis hijos todo este desorden", cuenta, y mira hacia las escaleras, hacia la planta alta de su casa, donde debe estar ese desorden que tanto la preocupa. "Quiero hacer una limpieza general y partir más ligera. Princeton me ha pedido mis archivos, también la Universidad de Stanford, aunque creo que me voy a inclinar por Princeton. Y después me sentaré a escribir otra novela, de la que llevo unas sesenta páginas, pero hace mucho que no trabajo en ella, desde que empecé a colaborar con López Obrador." –¿Qué significa para usted un tren? ¿Con qué imágenes lo asocia? –Me da una sensación de poderío el hecho de subirme a un tren, además siento que el tren está hecho al ritmo de mi propio cuerpo. A los 21 años pensaba que iba a venir un señor bellísimo y que me iba a dar un beso en el tren, o que iba a ir al carro comedor y que alguien me iba a enamorar. –¡Cuánto romanticismo! –Es que había visto muchas películas románticas con trenes (risas). Me parecía maravilloso el mecimiento del tren, ver por la ventanilla las estaciones, las sombras pasar por las noches, las maletas. Todo lo que veía me parecía de una inmensa poesía. El tren tiene una poética personal que no la tiene el avión.