Pensamiento Crítico

«Somos guevaristas, socialistas y somos revolucionarios»

Por Martín Piqué | Diario Página/12, Argentina. | 08 Octubre 2007
El escenario y la tarima de madera estaban en medio de un inmenso espacio abierto enclavado entre sierras verdes. Era el aeropuerto de la ciudad. Nadie habría imaginado que ése era el lugar ideal para el cierre del encuentro mundial Ernesto "Che" Guevara. Estaba lejos del centro, la mayoría de los participantes debían caminar muchas cuadras y no había suficientes autos ni micros que pudieran transportarlos. Era un escenario a trasmano, no se explicaba mucho su elección. Salvo que a pocos metros se encontrara el Mausoleo del Che, un caserón construido sobre lo que fue su tumba –en realidad otra fosa común de las tantas con las que se construyó la historia latinoamericana– hasta que sus restos fueron trasladaron a Cuba hace ya diez años. Hasta ese sitio tan alegórico llegó Evo Morales en un helicóptero del Ejército. El presidente boliviano recibió regalos, escuchó discursos y siguió con atención las letras de varias canciones en homenaje al Che. Si alguien esperaba que pusiera distancia con la figura del guerrillero ahora que es jefe de Estado, Evo volvió a sorprender. "Estoy segurísimo de que habrá muchos repudios a mi presencia aquí. Pero no tengo que ocultarlo. Somos guevaristas, somos socialistas, somos revolucionarios", declaró. Siguió una estridente ola de vítores y aplausos, pareció un reconocimiento por haber tomado cierto riesgo. Evo llegó con su ya conocida chomba –un saco negro de cuello Mao y motivos incaicos– y una camisa a cuadritos. Lo acompañaban sus ministros Luis Echazú (Minería), Alfredo Rada (Gobierno) y el vocero Alex Contreras. Sobre el palco lo recibieron el titular de la Fundación Che Guevara, Osvaldo "Chato" Peredo, y el embajador de Cuba en La Paz, Rafael Dausá Céspedes. Sobre el pasto lo vivaban sus simpatizantes, los militantes del MAS que portaban la multicolor bandera wiphala, y una nutrida delegación de extranjeros, sobre todo latinoamericanos. "Se siente/ se siente/ Evo presidente", cantaban los partidarios del MAS. Algunos habían venido de La Paz, donde el partido de Evo tiene una hegemonía indiscutida. El panorama es muy distinto en la zona del Oriente, donde está Vallegrande. Aquí es fuerte el opositor Podemos, como también la cruzada por la autonomía para Santa Cruz de la Sierra. Como trasfondo del reclamo, está la pelea por el manejo de los recursos naturales –gas, petróleo– que abundan en esta región. Evo quiere garantizar su control por el Estado para impulsar con ellos la distribución de la riqueza. La oposición quiere lo contrario. "De nada serviría un presidente indígena si no recuperáramos los recursos naturales –dijo ayer Evo desde el palco–. En el año 2005 Bolivia apenas recibía trescientos millones anuales como regalías. Hoy, gracias a la modificación de la ley de hidrocarburos que ha costado sangre, disponemos de dos mil millones. ¡Es el cambio!", argumentó. Luego hizo un balance similar con las reservas internacionales de Bolivia. "Antes de asumir teníamos 1700 millones de dólares. Este año vamos a tener 5000 millones. ¿A dónde iba el resto de la plata? Se la quedaban unas pocas familias y los organismos internacionales", denunció. Antes de que hablara Evo fueron desfilando invitados de toda América latina. Pasaron el Movimiento Sin Tierra de Brasil; el abogado paraguayo Martín Almada –que descubrió los archivos del Plan Cóndor de su país y ayer criticó muy duro al gobierno argentino por los seis campesinos paraguayos que permanecen detenidos en Marcos Paz a la espera de su extradición–; los militares cubanos y ex compañeros de Guevara, Rogelio Acevedo y Leonardo Tamayo (Urbano); los cantautores Daniel Viglietti y Santiago Feliú. En algo bastante infrecuente en estos actos, el presentador se animó a hacer algunas bromas y lo hizo con una buena lectura de la oportunidad. "Urbano sigue sabiendo cómo escapar de las emboscadas", comentó luego de que el cubano fuera obligado a hablar en público cuando no lo tenía previsto. Evo festejó la ocurrencia con una leve sonrisa. Además de las ovaciones a Evo, desde la multitud surgieron muchos aplausos al uruguayo Viglietti y al cubano Feliú. El primero hizo delirar (lo cual no es muy fácil) a los campesinos del Altiplano con su clásico "Dale la mano al indio". Eléctrico como siempre, Feliú obligó a que le pidieran un bis y cantó "Mi mujer está muy sensible": "Soy yo que no me canso de quererte más", entonó para emoción de muchos presentes.

Un recuerdo iluminado del Che en La Higuera

Por Martín Piqué, desde La Higuera, Bolivia.

Las linternas se distinguen desde lejos, los focos se menean como bichitos de luz que se consumen en el aire. La noche está llena de estrellas pero no hay luna, las sierras agregan otras sombras de una altura intimidante. El poblado que recibió al Che vivo el 8 de octubre de 1967 y lo devolvió muerto un día después está en completa oscuridad. La Higuera no tiene energía eléctrica. Los visitantes que van llegando se guían por el ruido que hacen las piedras al caminar. La única iluminación proviene de las pocas linternas que se trajeron desde Vallegrande; más adelante se escuchará el ronroneo de un grupo electrógeno que alimenta los tres faroles del escenario. En medio de la negrura más espesa, los recién llegados se la rebuscan para llegar hasta la famosa escuelita en la que mataron a Ernesto Guevara. No se ve demasiado, es casi imposible distinguir los detalles de la construcción. Los flashes de los fotógrafos, la luz de algunas cámaras de video y cuatro velas encendidas alumbran de manera muy tenue. Sólo así se alcanza a distinguir lo que una mano anónima escribió en el marco de la puerta: "Por aquí salió un hombre camino a la eternidad". Para llegar al acto en La Higuera hubo que superar 62 kilómetros de camino de cornisa, de noche y atravesando varias capas de neblina. La bruma se iba diluyendo a medida que los vehículos subían los cerros, hasta llegar a la altura del Abra del Picocho, 2280 metros, el pico más alto de las sierras que se extienden desde Vallegrande. En ese lugar el Che participó de una fiesta patronal doce días antes de ser cercado. Después de tres horas y media de viaje, el poblado aparece tras la última curva esquinada. Cuando alguna linterna lo permite, o una vela prendida a través de una ventana, se llega a distinguir las primeras formas. Son unas pocas casas blancas, de tejas de estilo colonial, dispersas a ambos costados de la ruta. Algunas parecen ser de adobe, todas muestran el efecto del paso del tiempo. Como si un guión que busca generar suspenso hubiera estado escrito en algún lado, la escuelita está al final del pueblo, detrás de un espacio abierto que los organizadores destinaron al palco. En ese lugar también colocaron un montón de leña que será prendido fuego entrada la madrugada, cuando terminen los discursos y comience la vigilia. La Higuera está llena de imágenes del Che; detrás del escenario se ve una gran bandera con su rostro. El acto comienza con música y durante las próximas horas las melodías se sucederán entre los discursos. Por el micrófono pasa el embajador de Cuba, Rafael Dausá Céspedes; el ex compañero del Che en la guerrilla boliviana Leonardo Tamayo, conocido como Urbano; delegados de los alfabetizadores y médicos de la isla. El frío de la noche a dos mil metros hace que muchos prefieran moverse que permanecer quietos. Se despliegan frazadas, bolsas de dormir; otros optan por las bebidas fuertes. La madrugada va haciendo caer a los más cansados. El locutor anuncia que prenderán fuego a la montaña de ramas; los despiertos y los somnolientos se acercan para calentarse y ver todo de cerca. Los cubanos prenden la fogata y el embajador recuerda lo que dice la inscripción de la puerta de la escuelita: "Por aquí salió un hombre camino a la eternidad". El diplomático dice que éste no debe ser un día triste y que el Che sigue vivo en las luchas de los pueblos latinoamericanos. Suena el grito de "hasta la victoria, siempre", le sigue el infaltable de "Patria o Muerte, venceremos". Muchos jóvenes toman muy en serio lo de evitar la tristeza: un baile frenético se desata cerca del fuego. Otros se van encorvando por el cansancio y terminan acostados en el piso, sobre bolsas de dormir, envueltos en todo lo que haya a mano. Algunos visitantes tienen suerte. Alguien les presta un lugar para dormir algunas horas, para despertarse antes del amanecer. El cronista y el fotógrafo de Página/12 reciben una inesperada oferta para tirarse un rato en "la casa del telegrafista", una posada que ahora es propiedad de un francés. Dos hamacas paraguayas terminan ocupadas por los enviados de este diario. A las cinco y media de la mañana el frío atroz y el cantar de los gallos –Vallegrande es conocida por su producción de pollos– obligan a ponerse de pie. Desde el patio de "la casa del telegrafista" se ven por primera vez las sierras con toda su magnitud. El verde del monte todavía tiene tonos azulados. Los periodistas de este diario aún no lo saben, pero en ese preciso lugar se vivió uno de los últimos episodios del Che libre en La Higuera. El 26 de septiembre de 1967, tras entrar al poblado y notar que no se veían varones, Guevara mandó a uno de sus hombres a la oficina del telegrafista para controlar los últimos despachos a Vallegrande. El encargo lo recibió Coco Peredo. Volvió con un telegrama que advertía "presencia guerrillera en la zona". Coco Peredo murió ese mismo día, producto de una emboscada que dejó otras dos bajas. Cada rincón tiene su historia, sus anécdotas. Los pobladores de La Higuera se han convertido en especialistas de la evocación del pasado de cada parte de la villa. Por todos lados hay escenarios naturales de la caída o el paso de algún miembro de la guerrilla del Che. Sin embargo, muchos visitantes no se mueven con la solemnidad casi religiosa que suele surgir espontáneamente ante los lugares asociados a hechos trágicos. Sentados frente a la escuelita hay jóvenes acostados, sacándose fotos, charlando en voz muy alta. Es una forma distinta de apropiación del espacio. El movimiento delante de la escuela cambia a partir de las siete de la mañana, cuando un vecino con sombrero de cowboy típico del oriente boliviano abre la puerta para que puedan entrar los forasteros. Con aval de la subprefectura de Vallegrande, el boliviano del sombrero cobra cinco bolivianos la entrada. Es el precio que hay que pagar para ver el lugar en el que los rangers mataron al Che. Lo primero que impresiona son los dos mínimos pupitres de madera: vuelven más grande una salita que en rigor es muy pequeña. En el techo hay un mural hecho por dos artistas argentinos, Mono Saavedra y Mariela Aguirrezábal, sobre las paredes dedicatorias al Che de Japón, Francia, en todos los idiomas. Entre las palabras de respeto y amor se ve un folleto turístico en inglés que publicita cabalgatas en la localidad de Samaipata (Horse Riding propone un gringo de nombre Michael Blendinger). De todo lo que se ve en la escuelita es difícil no fijar la vista en los dos carteles que comparan la "relación de bajas de la guerrilla" con la "relación de bajas del Ejército". El primero contiene 38 muertos, el segundo declara unos 51. Las dos listas de nombres están una al lado de otra, como si se buscara dar una versión equilibrada de la historia. Que ése fue el objetivo de la Prefectura de Vallegrande al organizar el museo queda claro al revisar las demás paredes. Allí se intercalan fragmentos del diario del Che en Bolivia con relatos de Gary Prado, el militar boliviano que dirigió las operaciones contra la guerrilla y recibió la orden de matar al Che.