Pensamiento Crítico

«En Guantánamo, pensar te enloquece»

Por María Laura Avignolo | Diario Clarín, Argentina. | 21 Octubre 2007
El parque Canon Hill en Birmingham es brutalmente diferente al campo de concentración en Guantánamo. Las ardillas corren entre las hojas, los cisnes nadan en el lago y las madres pasean a sus chicos. Este lugar de extraordinaria armonía fue elegido por Moazzam Begg para hablar de la experiencia más atroz de su vida: sus cuatro años de aislamiento en el limbo institucional diseñado por los norteamericanos en Cuba. Este ex universitario de leyes británico, de 39 años, que estudió en un colegio judío inglés y descubrió su identidad musulmana durante las guerras en Bosnia y en el Golfo pero que nunca aceptó ser combatiente de la "guerra santa", fue detenido en Pakistán, en 2001. Allí se había refugiado junto a Zainab, su esposa, y sus tres hijos huyendo del bombardeo en Afganistán durante la ofensiva de EE.UU. de octubre de 2003, para capturar a Osama bin Laden. En Kabul había fundado un colegio para mujeres en pleno régimen talibán. Multilingüe, de origen paquistaní, con un padre liberal, casado con una palestina británica, eligió Kabul para vivir porque quería que sus hijos tuvieran una educación religiosa estricta. En Birmingham quedó su librería islámica y su casa alquilada para subsidiar una estadía en la que se podía vivir con US$ 200 al mes. El nunca imaginó que su "idealismo religioso" lo llevaría detenido a Pakistán y Afganistán, donde fue torturado, y luego al lugar más temido del mundo en Cuba. Sospecha que el lechero y el agente inmobiliario de su casa en Kabul lo delataron a cambio de cinco mil dólares. –¿Cómo fue Guantánamo? –Guantánamo es malo, es bueno, es feliz, es triste, es oscuro, es luz. Es todo y nada. Guantánamo representa todo lo que es malo en la guerra contra el terror. Pero yo lo miro en términos filosóficos. Salir de Guantánamo me hizo más fuerte, espiritualmente, mentalmente. Me dio una voz que nunca tuve y la puedo usar de un modo que antes no podía. La gente me escucha, se interesa en lo que digo. Guantánamo me dio poder. Es lo último que los norteamericanos hubiesen querido que me pase. –¿Cómo soportó esos 4 años? –Vivir en una celda de tres metros por tres, que no te permite dar más que tres pasos en una dirección u otra, en confinamiento solitario como estuve la mayor parte, produce dos cosas: o uno no opera más como ser humano, lo que les sucedió a algunos de los detenidos, o uno se dice a sí mismo: "¿Cómo me puedo beneficiar de este lugar?" En Guantánamo yo empecé ese proceso: escribí cada palabra en cada idioma que recordaba, cada estilo arquitectónico, cada país o ciudad que visité, cada etimología en cada idioma. Hacía miles de ejercicios. Me exigí una rutina. –¿Cómo es la vida cotidiana de un detenido? –El mayor desafío es la monotonía y cómo sobrevivirla cada día. Es imaginarse sentado en la más pequeña habitación de su casa continuamente, 5 minutos, 5 horas, 24 horas. Es un continuo sentido de la monotonía. Por eso es tan difícil explicarlo en un filme, en un libro. Es pensar. Pensar hasta que uno se vuelve loco, como yo algunas veces. En el campo 5 y 6, la celda es confinamiento solitario aunque la gente puede hablar una con otra. Pero el confinamiento ha conseguido que muchos detenidos tengan aislamiento mental y se vuelvan locos. Cada día no hay esperanza. –¿Es tortura psicológica? ¿Hay también tortura física?. –Hay que separar Kandahar (Pakistán), Bagran (Afganistán) y Guantánamo a la hora de la tortura. Los abusos físicos fueron en Kandahar y Bagran. Tortura, palizas. En Guantánamo, el foco es tortura psicológica e interrogatorios. No hay el menor contacto humano. Uno quiere ver a cualquiera que pase por la puerta porque no hay otro para ver. –¿Qué tortura sufrió? –Lo peor fue en Kandahar cuando llegué a manos de los norteamericanos: ser arrastrado por el piso, desnudo, esposado, a patadas en el cuerpo y en la cabeza. Ser fotografiado, afeitado, golpeado con las bayonetas y los bordes de los fusiles, insultado, escuchar los gritos de otros detenidos. Eso fue la introducción. Después fui atado en una posición imposible, que producía un inmenso dolor en las piernas y en los brazos. Bagram fue aún peor: vi a otra gente morir, vi dos personas torturadas hasta morir, fui amenazado por la CIA. –¿También hubo picana? –No usaron contra mí ni electricidad ni agua. Pero sé que usaron esas técnicas de ahogo en agua con cierta gente. –¿Cómo era el vínculo con los guardias? –Este es un punto muy interesante. Mi experiencia con los interrogadores fue, primero, sentir terror. Ellos amenazan con cosas terribles y hacen cosas terribles. Ellos creían que yo era su enemigo y me trataban como tal. Pero en Guantánamo, yo creía que después de haber pasado el proceso anterior, ya había vivido lo peor. Mi relación con los interrogadores ya no era de miedo. Eso se puede ver en las poesías que escribí: más vitriólicas, más antinorteamericanas. Comencé a desafiarlos: "Hagan lo que quieran, ustedes no me asustan más..". –¿Cree que lo enviaron a Guantánamo para salvarlo? –(Risas) Yo escribí una carta en diciembre de 2002. Les escribí que quería que me sometieran al detector de mentiras, que me preguntaran si era miembro de Al Qaeda, o de alguna organización terrorista; si había estado involucrado en alguna acción terrorista u hostil contra EEUU. Yo decía que era un ciudadano británico que no había cometido ningún crimen, pero que estaba siendo tratado como un criminal, y que había presenciado la muerte de dos personas en Bagran por soldados norteamericanos y que lo revelaría en todos los niveles que estuvieran a mi alcance. Uno de los interrogadores me dijo que mi carta había llegado muy alto. Mike and Jay, los interrogadores, me habían dicho que Guantánamo sería el comienzo del final. Pero fue un largo comienzo y un interminable final. –¿Usó su inglés y su capacidad de debate para imponerse a los guardias? ¿Se sentía superior o era lo único que tenía? –Yo nunca fui a EEUU. Norteamérica vino hacia mí. Nunca entendí cómo ellos ven el mundo. Pero en Guantánamo encontré gente de todo tipo, especialmente de los sectores sociales más bajos que se enrolaban para poder ir a la universidad. Cuando hablaba con ellos, era como hablarle a otro grupo social. No era una situación de superioridad. Ellos se impresionaban innecesariamente. "¡Usted habla verdadero inglés!", me decían. Yo vengo de Inglaterra. Y si hablaba de historia, de religión, de ley, a ellos les impresionaba el lenguaje. –Cuando fue liberado, ¿tuvo problemas de adaptación? –En Guantánamo creía que si me depositaban en un parque o un shopping iba a poder manejarme. Me mentía. Cuando me encontré con mi familia, todos lloraban. Yo no podía. Ahora puedo llorar, pero por diferentes razones. Guantánamo lo vuelve frío a uno. Sí, me emociono por mis hijos y por los que siguen en Guantánamo. Las fotos del 11-S me emocionan. Me encontré con familiares de esos muertos y con sobrevivientes. Y me dicen: "Yo lamento lo que mi país te hizo". También me encontré con esposas e hijos de soldados muertos en Irak y Afganistán. Les dije: no estoy de acuerdo con que los soldados estén ahí, la gente tiene derecho a resistir. Pero mi corazón está con ustedes porque perdieron a quienes amaban. –En su libro "Enemigo Combatiente" habla de los soldados, ¿qué recuerdo tiene de ellos? –Eran buena gente. Ellos no se comportaban en la manera que podrían haberlo hecho teniendo el potencial de hacerlo. No todos los soldados eran malos. Las relaciones humanas no pueden ser tratadas en negro y blanco. La gente de origen africano o latinos eran muy diferentes a los otros. ¿Quién puede volver mi situación mejor que un soldado que me vigila 24 horas? ¿Quién me conoce mejor? –¿Por qué lo arrestaron en Islamabad? ¿Alguien lo vendió? –¡¡Absolutamente!! Como a la mayoría de los prisioneros que hoy están en Guantánamo. Cinco mil dólares es mucho dinero y eso es lo que ofrecían, por los extranjeros, en los panfletos que tiraban los aviones norteamericanos en Kabul. Creo que me vendió el lechero o el agente inmobiliario que me alquiló la casa. No tengo pruebas. Esa cifra puede cambiarles la vida y es lo que hicieron vergonzosamente.