Pensamiento Crítico

Fracasado el neoliberalismo, ¿ahora qué?

Por Manuel Antonio Carretón | Diario Clarín, Argentina. | 21 Octubre 2007
La cohesión social surge hoy como la nueva gran cuestión social, tanto en el mundo como, sobre todo, en nuestros países, avalada por recientes documentos de la CEPAL, institución paradigmática en lo que se refiere a definir las problemáticas históricas centrales de América Latina. Los temas del desarrollo, superación de la pobreza e inequidad aparecen subsumidos en este nuevo concepto límite, objeto de estudio y teorización y con carácter también normativo en cuanto ideal de sociedad e inspiración de políticas públicas. Pero hay algo más complejo en esta novedad. Por un lado, ¿es tan cierta tal novedad, en la medida que temas clásicos como la igualdad o el nacionalismo o el populismo, por citar sólo tres ejemplos, aludían uno a una dimensión estructural y los otros a una dimensión simbólica de lo que hoy llamamos cohesión?. Por otro lado, al proponerse una nueva denominación para definir un problema y un horizonte, se está reconociendo la insuficiencia de enfoques que suponían que un instrumento principal, como era por ejemplo la educación, resolvería el conjunto de problemas de la sociedad: la pobreza, el subdesarrollo, la falta de acceso a "la" modernidad, las desigualdades. Y no es que las reformas educacionales no hayan sido importantes y mucho menos que hayan fracasado, sino que no sólo no podían por sí mismas resolver ninguna problemática global de la sociedad, sino que en ellas predominó el enfoque que hacía énfasis en la trayectoria formativa y de inserción en la sociedad de personas individuales (piénsese en la insistencia en cuestiones de rendimiento o de creatividad o emprendimiento individual). Incluso los mejores informes que se hicieron para evaluar las transiciones democráticas enfatizaban la ciudadanía sólo como conjunto de derechos individuales. Todo ello no deja de ser importante en un continente en que los grandes proyectos colectivos de otras épocas parecían no dar cuenta de las subjetividades y aspiraciones de las personas subsumidas en la idea de pueblo o masas, desarrollo, revolución o mundo mejor. El resultado de las reformas neoliberales fue un fracaso tanto para los países como para las personas, pero el de las correcciones a éste, que sin duda implicaron un mejoramiento de la situación de aquéllas, no significó la superación de problemas estructurales y culturales que pueden sintetizarse en los conceptos de fragmentación, desigualdad, pérdida de unidad nacional, en síntesis, falta de cohesión de la sociedad. La idea de cohesión social bajo diferentes nombres ha estado siempre presente tanto en la región como en la de cada uno de nuestros países, conformando un ideal siempre frustrado. En su versión actual puede hoy descomponerse en tres dimensiones diferentes pero inseparables. La primera es la dimensión ética o de unidad moral de la sociedad que implica consensos básicos en torno a la convivencia, la memoria histórica y el futuro y que lleva a un sentido de pertenencia por el cual la existencia de la comunidad histórico-cultural es considerada un valor que no se reduce a la suma de trayectorias y destinos de las personas. Ello implica el reconocimiento de la diversidad cultural y su despliegue, pero también la existencia de expresiones transversales que integran tales diversidades. Un riesgo de esta dimensión es que la nación o la sociedad se transformen en entes que se desprenden de las vidas de quienes forman parte de ellas, pero es evidente que ése no es el problema actual en un mundo tan cargado de individualismo. Por el contrario, una reciente reflexión sobre el caso tan emblemático en estos días de Finlandia, apuntaba a que su éxito tecnológico como país y de calidad de vida de su gente, se debía antes que nada al predominio del valor solidaridad debido a diversas razones históricas. La segunda dimensión es estructural, se refiere al plano socio-económico y no tiene mejor nombre que igualdad o justicia social. No sólo igualdad de oportunidades inicial, sino igualdad a lo largo de la vida y de las trayectorias biográficas, lo que apunta, aunque no guste a muchos, igualdad de resultados, y supone sistemas de protección y permanentes intervenciones redistributivas del Estado. La concentración de riqueza y poder en los diversos campos es uno de los grandes enemigos de esta dimensión. La tercera dimensión es institucional y su campo principal es la política. Por un lado, exige el despliegue y confrontación de las diversas visiones y proyectos respecto de la organización de la sociedad, lo que apunta tanto al pluralismo como la participación. Por otro, exige espacios y mecanismos de creación de consenso. Los poderes fácticos, que incluyen la concentración de medios de comunicación, la debilidad de los partidos políticos y de propuestas de proyecto nacional, la distancia entre política y ciudadanos, son grandes obstáculos a la cohesión en esta dimensión política. La debilidad de esta dimensión es especialmente significativa si se piensa que un pacto de cohesión, como ha sido denominado por algunos, supone que ello se cristaliza en el campo político-partidario, en la medida que en la sociedad fragmentada no hay actores sociales de suficiente fuerza y universalidad para implementarlo. Pero el mundo globalizado de hoy obliga a pensar en una cuarta dimensión de la cohesión sin la cual a nivel de cada país ella es ilusoria. Se trata de la cohesión de sociedades naciones diversas, es decir, de considerar las tres dimensiones —ético cultural, económico social, política— a nivel de la región. La experiencia de otros contextos es que precisamente las exigencias de una mayor integración del bloque de países han significado un avance en la cohesión de las propias sociedades en un proceso de alimentación recíproca.