Pensamiento Crítico

Volodia, memoria ardiente

Por Eugenio Marrón | La Jiribilla, Cuba. | 02 Febrero 2008
Es la primavera de 2007 en Santiago de Chile y la vieja estación ferroviaria a orillas del río Mapocho —recordaba el texto en que Augusto Monterroso había nombrado entre lágrimas de exiliado aquella corriente de agua caudalosa, para luego irse a "una copa de vino tras otra" —, ahora centro cultural con un amplio pabellón bajo techo acristalado y varias salas a distintos niveles, abre las puertas de octubre a la Feria Internacional del Libro. Los altavoces anuncian el programa: Ernesto Cardenal lee sus poemas, Sergio Ramírez presenta un nuevo libro de cuentos, Pilar Donoso —junto a Julio Ortega y al ex presidente Ricardo Lagos— da a conocer la novela inédita de su padre; Miguel Barnet habla de Biografía de un cimarrón, Wendy Guerra comparte experiencias con otros jóvenes escritores latinoamericanos, Thiago de Mello saluda a sus lectores, Volodia Teitelboim firma ejemplares suyos… Cuatro años antes, a la sombra de un verano sin clemencia bajo el cielo de La Habana, durante un receso en las jornadas del Congreso Internacional de Cultura y Desarrollo, el viejo escritor chileno conversa conmigo al calor de una entrevista. Su mirada niega los 87 años que tiene por aquellas fechas: delicado y pródigo en el diálogo, atento observador que cautiva con sus recordaciones y con la agudeza de cada juicio. Es un lujo: Volodia, memoria ardiente. Usted ha hecho de la militancia política en la izquierda un destino; pero también, paralelo a ella, la literatura enrumba su vida… ¿Cómo confluyen el escritor y el político en su caso? Creo que es la vida misma, con esas dos vertientes, la que propicia esa confluencia. En una, el hombre viviendo en la comunidad y en otra, el hombre que, sin rehuirla, se adentra en sí mismo, como una manera de explicar el porqué de la existencia. Se trata del hombre en sus ámbitos privados, con todas las ensoñaciones que puede tener alguien que sueña con cambiar el mundo, que él considera mal hecho y a cuya transformación debe aportar lo que pueda. Ahí está el hombre dentro de esa multitud inmensa que es la humanidad. Dos géneros literarios distinguen su andadura: la novela y la biografía. En el primero, ha ido usted de un realismo fehaciente —La semilla en la arena— a una incitación experimental —La guerra interna. ¿Qué significado tiene para usted ser novelista? Te diría que en el fondo, ser novelista es contar la intrahistoria. Yo creo que la historia misma es la que da la visión de los acontecimientos que percibe el ojo humano, porque al fin y al cabo están a la vista. Pero en el caso del novelista, se trata de alguien que intenta hacer la intrahistoria, contar la historia que pasa dentro del ser humano, que está debajo de su piel, en su alma y en su espíritu. Ello está señalado por los contrastes y las complejidades de la psicología humana en relación con un mundo que la está condicionando. Siempre he creído que la intrahistoria completa la historia, porque no es la sucesión de hechos que constan simplemente, sino ese mundo invisible que el ser humano lleva dentro. Si hay un diálogo permanente en la vida, el más continuo de todos, es el que la persona sostiene a diario consigo misma. No es un diálogo caprichoso que ignore el mundo exterior —que en alguna manera lo está determinando—, sino que lo completa en una especie de gran circunferencia única entre el mundo visible y el mundo invisible. Las más grandes novelas del siglo XX han sido aquellas que derribaron el muro entre esos dos mundos, para propiciar el encuentro de la vida exterior y la vida interior. ¿Y cuál ha sido para usted la clave de la biografía como género literario? A mi juicio, la biografía no puede ser la glorificación de un personaje, ni tampoco una condena a priori: está obligada a destruir el pedestal de las estatuas, para tratar de ahondar en el ser humano, en sus misterios y contradicciones. Cuando escribí, por ejemplo, la biografía de ese gran escritor argentino que fue Jorge Luis Borges, me encontré con un caso muy singular: un escritor excelso, de los más altos, que renovó la visión de la literatura en lengua española, con una imaginación enorme, se proclamaba ajeno a la realidad. Ello me obligó a buscar a fondo en sus orígenes familiares y en su vida personal. Al final, me encontré con un Borges que había construido su propio mundo de creación frente al mundo real y que, al final de su vida, confesó: "Yo soy Borges y la realidad, desgraciadamente, existe". También, necesariamente, tiene la biografía que salir al encuentro de la imagen común, que convierte a una persona en una especie de retrato condicionado por cierta mirada externa y extraña, que no se corresponde con su realidad verdadera. Es el caso de Gabriela Mistral, muy conocida por sus hermosas y extraordinarias rondas infantiles, que la convirtieron en una especie de culto referencial de todos los niños latinoamericanos, como si fuera una augusta matrona romana, cuando en realidad era un volcán en perpetua erupción, una personalidad muy fuerte y descontenta de sí misma, horrorizada por las injusticias del mundo. En la biografía que escribí, he tratado de presentar el retrato inconformista de una mujer profundamente inconforme. Creo que una buena biografía debe distinguirse por devolver al biografiado a su humanidad real, recuperado en su vida contradictoria y compleja, y no en la mitología que le construyen sus contemporáneos. Es legendaria la amistad, tan larga como raigal, que le unió a Pablo Neruda. ¿Cuál es su recuerdo más íntimo del poeta? Mi recuerdo más íntimo de Pablo Neruda es el de un amigo fabuloso, que no establecía diferencias ni jerarquías, por el hecho de ser un gran poeta y su interlocutor, una persona sencilla. Su inmensa pasión por la vida, por nombrarlo todo, es ejemplo de aquella humanidad suya tan peculiar. Neruda convirtió la poesía en una instancia suprema de la belleza, para proyectar la existencia humana a fondo. Recuerdo que en alguna ocasión me dijo: "Vol, si el mundo es redondo, hay que luchar porque exista una gran mesa circular que lo rodee, para que todos tengan allí su asiento y su plato… Y que también tengan derecho al almuerzo del alma que es la poesía". Finalmente, a la altura de sus años… ¿Cómo ve usted los tiempos que corren en este nuevo siglo? El siglo XXI ha tenido un estreno realmente terrible en sociedad: guerras locales que aumentan, crisis económicas galopantes, desastres ecológicos, epidemias, hambre... El futuro inmediato se torna nebuloso y a ratos tenebroso. Y todo derivado del hecho de que el mundo, al igual que en la época del imperio romano, aparece como propiedad de una superpotencia. Todo ello significa que el resto del mundo asume —sin usar ese nombre— una condición dependiente y en muchos casos neocolonial —y en este caso, el prefijo neo no atenúa la rudeza ni la crueldad del sistema, por el contrario, las hace peor, porque se trata de neocolonización en una época informática. La colosal revolución científico-técnica que vive el mundo de hoy, contrasta con el hecho de que la conducta humana posiblemente sea más perversa. Estamos asistiendo a la imposición de una especie de esclavitud "modernizante" y hasta "posmodernizante". Cuando se niega la autodeterminación de los estados y se establece la aniquilación del ser humano, en cuanto a persona que pueda decidir por sí misma, asistimos al fin del derecho internacional. El ser humano está reducido a la condición de mercancía, por obra y gracia del dios de estos tiempos, que es el mercado. Se expande el reino del monopolio de la riqueza, con multimillonarios astronómicos y a la vez miles de millones de pobres. La verdad es que habitamos en el mundo del absurdo total: el desarrollo tecnológico alcanzado por la humanidad bien permitiría a cada persona vivir una vida suficiente, algo que está muy lejos de ser así. La mayor parte de la especie humana vive bajo la línea de flotación de la pobreza. Mientras, aquel que pretenda que este mundo sea más justo, será colocado inmediatamente en la lista negra de los disconformes: si es un estado, buscarán su eliminación por todos los medios. No se admite a nadie que sueñe con una Humanidad a la medida humana. Sin embargo, Cuba ha mostrado que es posible intentar un cambio a fondo: ha sobrevivido a los embates diarios de la superpotencia reinante y al bloqueo eterno. Es posible oponerse al patrón dominante y Cuba lo confirma cada día.