Pensamiento Crítico

John McCain, el último héroe americano

Por Corine Lesnes | Le Monde. Traducción del diario Página/12, Argentina. | 09 Febrero 2008
Hace seis meses estaba prácticamente descartado, pero ahora, tras el retiro de su rival Mitt Romney, tiene la nominación republicana al alcance de la mano. Sin embargo, para pavimentar su camino a la presidencia, el senador y veterano de Vietnam tendrá que conquistar todavía el respeto, y los votos, del ala más dura de su partido. Hace seis meses, la carrera electoral parecía una causa perdida para John McCain. La prensa hacía las cuentas: al candidato republicano no le quedaba ni un millón de dólares en el banco. Sus dos encargados de campaña se habían ido. La mitad del personal había sido despedida y los ayudantes que quedaban habían aceptado trabajar sin cobrar o con un sueldo muy bajo. Después de haber partido como uno de los favoritos en la carrera de los pretendientes republicanos a la presidencia, John McCain iba a la zaga. Y las razones que se aducían eran diversas: su edad (71 años), su postura respecto de la guerra en Irak alineada con la del Presidente George W. Bush, no menos impopular y sus conceptos sobre la inmigración, demasiado centristas para la opinión de la franja más nacionalista del Partido Republicano. Cuando se veía a John McCain casi daba lástima, con su actitud todavía un poco arrogante y orgullosa. Mientras los favoritos guardaban su agenda casi en secreto, para evitar el acoso de la prensa, la suya era completamente accesible. Invariablemente, el empleo de su tiempo implicaba varios "encuentros con los medios", signo inequívoco de una campaña necesitada de publicidad a bajo costo. Pero los periodistas no se atropellaban para verlo, y a lo más querían saber cuándo McCain, ante la estrechez de fondos, iba a echar mano de la fortuna de su esposa, Cindy, heredera del gran distribuidor de cerveza Hensley. Su respuesta, invariablemente, era: "¡Nunca!". A fines de septiembre del año pasado, el senador por Arizona se encontraba en un restaurante del noroeste de Iowa en un "café-encuentro" con los electores de aquel estado semirrural del Medio Oeste. La audiencia era rala: algunas madres de familia, un puñado de ex combatientes, varios jubilados. McCain recibió la primera pregunta sin chistar. "¿Por qué usted defiende tanto a los inmigrantes?". Él respondió, como ha hecho desde entonces, insistiendo en la necesidad de "asegurar" las fronteras, más que de regularizar a los clandestinos. Después habló de los servicios prestados por los latinos al país. "Les aconsejo que vayan a ver el número de nombres hispanos en el muro a la memoria de las víctimas de Vietnam, en Washington". Esa misma tarde, McCain participó en un debate en Sioux Falls. Entre sus adversarios sólo estaba presente Mike Huckabee, pastor evangélico y gobernador de Arkansas, en ese tiempo todavía muy desconocido. El debate se convirtió en diálogo. Mismo tamaño, mismo respeto proclamado uno por el otro: los dos hombres más parecían compadres que adversarios, al grado que alguien les preguntó si no aceptarían ser compañeros de fórmula. Evadieron la respuesta. Luego se lanzó otra pregunta: ¿no era ya tiempo de que John McCain arrojara la toalla? El senador descartó la idea en menos de medio segundo: "He conocido peores tiempos que el presente". Tres meses después, el veterano recuperó el aliento al ganar las primarias de Nueva Hampshire. Sus partidarios mostraron su alegría: "Mac is back". También el dinero regresó. El viejo combatiente retomó su autobús de 1999, el "Straight Talk Express", con el que cautivó a los medios cuando se enfrentó sin éxito a George W. Bush por la investidura republicana de 2000. En él viaja también su mamá, Roberta, de 95 años de edad. Al término del "súper martes", en su discurso de cierre de la velada electoral, el candidato se presentó al lado de su madre. "Cumple 96 años dentro de dos días", dijo con una sonrisa. "La llevamos con nosotros a todas partes". En 1973, tras cinco años en una prisión de Hanoi, McCain volvió a Estados Unidos convertido en un héroe y fue recibido por el Presidente Richard Nixon. Ésta no es la primera resurrección de John McCain. El 26 de octubre de 1967, el avión de caza que pilotaba fue alcanzado por un misil y derribado encima de Hanoi. Era su misión número 23. En el suelo, un guardia norvietnamita lo traspasó con la bayoneta de su fusil y le hizo polvo la espalda. A la fecha, a McCain todavía le cuesta trabajo subir los brazos para peinarse. En el "Hanoi Hilton", la prisión para soldados estadounidenses, sufrió los interrogatorios de sus captores. Uno de sus camaradas había logrado fabricar una bandera estadounidense, que él desplegaba cuando iba a las sesiones de tortura. Antes de su primera candidatura, McCain relató su detención en un libro "La fe de mis padres" , donde revela que trató de ahorcarse con su camisa, pues sentía que se iba a rendir y a hablar. Cuarenta años después, el 29 de octubre de 2007, él festejó ese aniversario con una ceremonia en Sioux Falls, en presencia de su compañero de detención Bud Day. Recientemente, el procurador general de la administración de George W. Bush, Michael Mukasey, se negó a pronunciarse sobre la "cura de agua", la técnica de tortura utilizada por la CIA para interrogar a los musulmanes detenidos en sus cárceles secretas. Pero McCain, que sufrió la tortura, no vacila: "Simplemente está fuera de toda comprensión que alguien pueda aprobar una tortura inaugurada por la Santa Inquisición, utilizada por Pol Pot y que ahora se aplica contra los monjes budistas de Birmania [Myanmar]", declaró. El veterano de guerra pasó cinco años y medio encerrado en Hanoi. Su padre era entonces el comandante de las fuerzas navales del Pacífico, el almirante John McCain. Y su abuelo, del mismo nombre, también fue almirante. John McCain III siempre ha buscado su lugar dentro de la mitología familiar. Según el informe del siquiatra de la Armada que lo examinó a su regreso de Vietnam, sólo encontró ese lugar al cabo de los años de detención. En 1973, después de los acuerdos de París, regresó a Estados Unidos como héroe. Su foto más conocida, sin duda, es una que lo muestra todavía con muletas, estrechando la mano del entonces Presidente, Richard Nixon. En 1974, en una cena, el almirante fue presentado como "el padre del comandante McCain". Ese día, observó el siquiatra, el joven "supo que había llegado". Pero la epopeya de los McCain continúa. John McCain IV, de 21 años, acaba de salir de la Academia Naval. Su hermano Jim, de 19 años, es cabo del Cuerpo de Infantes de Marina y pasó cinco meses en Irak. El senador ha exigido el envío de refuerzos a Irak. Para él, es una cuestión existencial. Ganar la guerra de Irak sería darle vuelta a la página de Vietnam. Mirando a la derecha John McCain se prepara para ser el paladín republicano en las elecciones de noviembre. Si ello ocurre, habrá necesitado años para conquistar el partido. Y probablemente también necesitó que el movimiento conservador, que nunca lo ha querido, estuviera en plena introspección como lo está después de ocho años de presidencia de Bush y dividido entre sus "conservadores fiscales", sus fundamentalistas y sus nacionalistas. Desde la tarde de la desbandada electoral de noviembre de 2006, McCain tomó nota. Para él, la derrota republicana se debió menos a Irak que al desorden de los gastos públicos y a los casos de corrupción. Ante su auditorio, el senador nunca deja de agitar "la pluma que le dio Ronald Reagan" y decir que promete usarla para reducir el déficit fiscal. "Es lo mejor que le puede suceder a la economía estadounidense", asegura. McCain finalmente convenció a buena parte de su partido, pero ahí queda todavía un grupo de irreductibles que han desarrollado contra él un odio comparable sólo al que sienten por la ex primera dama Hillary Clinton. Circulan mensajes por internet que acusan a John McCain de haber hablado bajo tortura y de haber abandonado a su primera esposa al regresar de Vietnam, mientras los fundamentalistas conservadores no le perdonan que en 2000 los haya llamado "agentes de la intolerancia". Desde entonces, él ha tratado de retractarse de aquellas críticas, un espectáculo "poco grato de ver", como lo describió "The Washington Post". Y repite cada vez que puede que siempre se ha opuesto al aborto y que nombrará en la Suprema Corte a jueces "estrictamente conservadores", pero eso parece no ser suficiente. Los tenores de la derecha cristiana, sin duda, esperan un gesto bastante más espectacular de su parte (ver recuadro). La ultraderecha le reprocha al senador por Arizona haberle puesto su nombre a la reforma del financiamiento de los partidos políticos. A la cabeza del Comité Senatorial de Asuntos Indígenas, también se permitió impulsar la investigación sobre el escándalo que afectó al lobbysta republicano Jack Abramoff, hasta convocar en esa campaña al gurú neoliberal Grover Norquist, uno de los ideólogos del movimiento conservador. McCain sigue salpicando su discurso con referencias a sus "amigos". Pero es para hablar con la verdad, como promete el nombre de su camión de campaña. Sus colegas senadores lo consideran colérico y él se jacta de ser llamado el "sheriff" de las asignaciones de presupuesto. "No trato de ganar un concurso de popularidad", reconoce. De niño era revoltoso y llegaba a contener la respiración hasta ponerse morado. En el Ejército se ganó fama de temerario, y terminó en la Academia Naval entre los últimos de su clase. En la senda de campaña, sin embargo, McCain no se arruga cuando hay que recurrir a un chiste fácil o de mal gusto. El año pasado cantó "Bombardeen Irán" con música de los Beach Boys. Y una de sus observaciones preferidas causó risa a expensas de Francia. "El Presidente francés [por Nicolas Sarkozy] ama a Estados Unidos. ¡Lo que podemos llegar a ver si vivimos mucho tiempo!". Los estadounidenses, que buscan desesperadamente un héroe, tendrán que decidir en noviembre si es John McCain el héroe que les hace falta. Contra los talibanes de la derecha Considerado demasiado independiente, socialmente moderado y por lo general dispuesto a buscar acuerdos con los demócratas –tanto que en 2004 incluso sonó como compañero de fórmula para John Kerry–, John McCain se convirtió, desde el inicio de las primarias, en el enemigo público número uno para los poderosos telepredicadores y comentaristas radiales de la ultraderecha republicana. El principal de ellos es el popular conductor Rush Limbaugh, cuyo programa semanal tiene una audiencia de 13,5 millones de personas y lleva semanas disparando contra el héroe de Vietnam. Mientras más se acerca a la nominación, peores son los ataques. McCain "ha apuñalado tantas veces a su partido por la espalda. Ni siquiera puedo decir cuántas veces", se indigna Limbaugh, para quien sería preferible que su partido pierda la elección a que la gane McCain. James Dobson, jefe de la brigada cristiana ultraconservadora Focus on the Family, advirtió a su vez: "Estoy convencido de que el senador McCain no es un conservador y que, de hecho, se ha esmerado en meterles su dedo en los ojos a quienes lo son". En la misma línea están el locutor Sean Hennity, que tiene casi tantos oyentes como Limbaugh y además dispone de un programa en Fox News, y la comentarista y escritora Ann Coulter, otra lengua envenenada de la derecha radical, quien incluso prometió votar por Hillary Clinton, a quien calificó como "más conservadora que McCain".