Pensamiento Crítico

¡Pobres hombrecitos! La nueva cara (masculina) de la demagogia antiabortista

Por Sarah Blustain | Revista SinPermiso. Traducción: María Julia Bertomeu | 10 Febrero 2008
¡Pobres hombrecitos! Pity,//1 el hombre que engendró cuatro bebés con cuatro mujeres distintas, sufrió ataques de ansiedad y pesadillas después de que, con su consentimiento, los cuatro fueran abortados. Pity, el hombre que pudo ver a su bebé por nacer en una ecografía, de inmediato pensó que "había asesinado a dos de sus propios hijos" por consentir el aborto. Pity, el hombre que abusó del alcohol luego de que su pareja abortara. Pity, el hombre que sufrió una crisis nerviosa, depresión, psicosis y estuvo al borde del suicidio cuando su compañera se practicó un aborto, a pesar de las súplicas de él para impedirlo. Son penosos esos hombres que -aterrorizados o no- permiten que su pena sea instrumentalizada con fines políticos. Sea cual fuere la causa de su sufrimiento, se trata de un sufrimiento real que merece ser tenido en cuenta. Pero también se trata de una nueva cara del movimiento antiabortista: el síndrome postaborto de los hombres (PAS). En las conferencias y durante las terapias se los arropa con los difusos mantones del cuidado para hombres; pero detrás de esos hombres y sus historias se advierte el mismo tipo de investigación descabellada, terapia impuesta a la fuerza y políticas fundadas en la anécdota que han definido el énfasis tácticamente puesto por el movimiento antiabortista en el sufrimiento de las mujeres luego de un aborto. Un dogma entre los enemigos de la libertad de decisión (los antichoice) de nuestros días es que el "aborto se cobra dos víctimas": el movimiento PAS de los varones quiere aumentar el número a tres. Un eventual activista a favor de la libertad de decisión (prochoice) podría descartar de inmediato este tipo de movimiento. Desde el punto de vista político, después de todo, no tiene demasiados seguidores. Los movimientos por los derechos de los hombres que luchan para mejorar sus derechos en punto a la custodia y cuidado de sus hijos –y en todos los temas relacionados con la paternidad—, sosteniendo que la ley favorece a las mujeres, no están particularmente interesados en abrazar la causa del síndrome masculino. Los hombres que reclaman sus derechos se encuentran divididos en el tema del aborto, y además, sostienen que la pena por la pérdida de un hijo en un aborto no es desde ningún punto de vista comparable al dolor de perder al hijo ya nacido. Por otro lado, la Corte Suprema ha sido contundente: los hombres, incluidos los esposos, no tienen derechos en caso de aborto. Esto hace que los activistas antichoice no puedan recurrir a casos precedentes para usar como argumentos jurídicos, por ejemplo, leyes que exijan la notificación al esposo. Sin embargo, es claro que ha llegado el momento del síndrome masculino. La primera conferencia sobre el tema tuvo lugar el pasado otoño en San Francisco, y el pasado verano, el National Right to Life Committee [Comité Nacional por el Derecho a la Vida] incluyó en su reunión anual a hombres con síndrome postaborto (PAS). Varios centros de terapia que tratan el síndrome postaborto en las mujeres, ahora también tienen recursos para atender a los hombres. En el ínterin, hay grupos de activistas buscando testimonios masculinos sobre su sufrimiento postaborto, con el objetivo de usarlos en los tribunales. No se trata de una mera coincidencia, y no todo tiene que ver con el cuidado. El Síndrome postaborto ha impactado en el mundo de los antiabortistas. Proporciona un rostro humano diferente a un movimiento que hace una década parecía abroquelado en la violencia y en la falta de empatía. Más importante todavía: los conservadores han logrado identificar a un nuevo reo, culpable de la desintegración de los valores familiares, que viene a sumarse a los tradicionales argumentos de condena del aborto porque propicia el divorcio y el abuso de los niños, la depresión y el uso de drogas, la adicción al sexo y el suicidio. Ahora tienen otro argumento en su lucha por terminar con los treinta y cinco años de reinado de la sentencia en la que la Corte Suprema sentó jurisprudencia sobre el asunto en el caso Roe v. Wade //2. Hubo un tiempo en que la lucha por el aborto se centraba en el neonato: nos vienen a la memoria las imágenes de fetos enarboladas por los manifestantes "provida" frente a las clínicas. Pero ahora le ha salido al movimiento un ala dulciflua, abonada sobre todo al argumento de que el aborto es perjudicial para las mujeres. "El aborto daña a las mujeres", fue la principal consigna en las manifestaciones a favor de la prohibición del aborto en Dakota del Su y en otros estados, y en numerosos propuestas legislativos en favor de la obligatoriedad del llamado "consentimiento informado". Ahora este es el objetivo de un proyecto de "investigación" científica que se inició en el mes de octubre, y está patrocinado por Matt Blunt –el gobernador de Missouri que pertenece al grupo formado para estudiar el impacto del aborto en las mujeres, concebido exclusivamente en beneficio de los enemigos del aborto—. Obsequioso con los abogados del PAS, el juez de la Corte Suprema Anthony Kennedy se hizo eco de los argumentos de los activistas en la decisión del caso Gonzales v. Carhart, que convalidó una ley prohibiendo el aborto en los casos del embarazo avanzado ("partial birth"): "La decisión sobre practicar o no un aborto exige un análisis moral complicado y doloroso……que algunas mujeres luego lamentan," escribió el juez, sin hacer referencia explícita, pero aludiendo inequívocamente al supuesto del daño devastador. "En una decisión tan llena de consecuencias emocionales", argumentó, "que el interés del Estado en respetar la vida ha de promoverse" con la averiguación "de las consecuencias que se siguen de decidir un aborto tardío". De manera harto extraña, Kennedy afirmó que no sólo las embarazadas, sino cualquier persona, "los sistemas políticos y jurídicos, la profesión médica, las embarazadas y la sociedad en su conjunto" podrían beneficiarse de esa averiguación. Y no parece que su preocupación fuera solamente el aborto tardío: al mismo tiempo que reconoce la falta de "datos fiables" en lo tocante al aborto, Kennedy señala que si se hallaran evidencias mejores, capaces de demostrar que el procedimiento daña a las mujeres, estaría dispuesto a hacer una revisión. Es evidente que el problema reside en que el Síndrome postaborto –como ha terminado por conocerse a una amalgama de pretendidos síntomas— no existe. Como enfermedad, es el hijo bastardo del síndrome de estrés postraumático, oficialmente reconocido como desorden psicológico en 1980. Los que defienden el PAS sostienen que muchas mujeres –acaso en un número lindante con la epidemia— que experimentan culpa, vergüenza, descenso de la autoestima, insomnio, pesadillas, alucinaciones, rechazo a los hombres, disfunciones sexuales, depresión e incluso pensamientos o aun intentos suicidas, muchas veces intentan una salida recurriendo al alcohol, a las drogas o la promiscuidad sexual; y que a menudo, la consecuencia es el divorcio. Los activistas también insisten en que hay una asociación muy clara entre el aborto y el abuso infantil: del deseo de hacer daño al nonato parece que se sigue lógicamente el deseo de dañar al hijo ya nacido. Los datos para comprobar la existencia del PAS provienen de una mezcla de investigaciones originales profundamente erradas –con muestreo insuficiente y falta de controles— y de la manipulación de muestras más amplias para detectar correlaciones a las que los seudo investigadores atribuyen eficacia causal. Entre los "datos" más destacados que circulan en el ambiente político norteamericano hay unos pocos miles de testimonios del síndrome PAS, recolectados con el propósito expreso de ser usados en los tribunales de justicia para revertir el fallo Roe v. Wade. Difícilmente puede considerar una muestra estadística científicamente válida.. No quiere esto decir que no haya personas que experimenten esas emociones múltiples y encontradas luego de un aborto. Efectivamente, los expertos sugieren que es común experimentar ese tipos de sentimientos luego de un aborto, y los comparan con dinámicas similares en el caso del matrimonio, la crianza de los niños y otras decisiones vitales importantes. Pero los propulsores del PAS no están hablando de una ambivalencia en la vida cotidiana, ni siquiera de tristeza: hablan de una patología devastadora que produce un cambio radical en la vida, aunque no cuentan con el apoyo de una investigación conautoridad científica. El Síndrome Post aborto no figura en el Manual de diagnóstico y estadísticas de las enfermedades mentales, la guía que se usa mayoritariamente para consultar las enfermedades mentales reconocidas, publicada por la Asociación Norteamericana de Psiquiatría (APA). Entre tanto, la APA convocó a la comisión que está realizando la reseña principal de todas las investigaciones sobre postaborto, y se espera que este año realice una crítica severa de los estudios y las metodologías utilizadas para presentar lo que conoce como PAS. En efecto, los estudios tienden a mostrar que el mayor predictor de los problemas postaborto son los problemas preaborto. Como muestra Nada Stotland, presidenta de la APA, buscar un vínculo entre el aborto y los problemas psicológicos postaborto "es perder tiempo en algo imposible de probar". Sin embargo, la evidente debilidad de las pruebas que demuestran que el PAS es una enfermedad psicológica no parece estorbo parala difusión de la idea: el síndrome cuenta con apoyos políticos. Entre los cientos de paneles de la conferencia del National Right to Life Comitte de julio pasado, una de ellos estaba dedicado a la "Paternidad perdida". Propósito: analizar el daño postaborto en los hombres. El pasado mes de noviembre, los Knights of Columbus y la Archidiócesis de San Francisco financiaron la primera conferencia sobre el síndrome postaborto en los hombres. El nombre de la conferencia era: "Reclamar la paternidad", y fue diseñada como un "espacio seguro" para curar a los hombres del aborto. Vicki Thorn –la fundadora del proyecto de terapia postaborto de la Iglesia Católica norteamericana denominado "Proyect Rachel", fundadora y directora también de una organización sin fines de lucro denominada Nacional Office of Post-abortion Reconciliation– dijo al grupo que era posible que "necesitaran pañuelos", y que "se tomaran un tiempo para la relajación, porque cuando dejaran la conferencia se sentirían muy tensos a causa del dolor y el sufrimiento que percibirían". Un grupo de 175 participantes de nueve países, reunidos en el sótano de la Catedral St. Mary de San Francisco, fueron informados con tono y palabras suaves, típicas de los actuales movimientos por el síndrome masculino. Vincent Rue –un señor con pinta de amable profesor psicología y decano en la investigación sobre el PAS, que tuvo a su cargo los momentos centrales de la conferencia— abrió una de sus charlas invocando al "Hombre vacío" del poeta T.S. Elliot como metáfora del hombre postaborto. "Recuérdennos –si acaso— no como almas perdidas y violentas, sino sólo como los hombres vacíos/ los hombres hartos". Ése fue el tono de la conferencia. Los participantes no eran activistas o estrategas, sino terapeutas con orientación cristiana, gurús sanadores de hombres, un sacerdote y dos investigadores, incluyendo a Rue, que dirige el Institute for Pregnancy Loss de Florida. Antes de que comenzar el evento, un grupo de activistas prochoice estuvo considerando si era oportuno boicotear la conferencia, pero decidieron que no era atmósfera apropiada para la confrontación. Los primeros cuatro conferenciantes eran "hombres postaborto", y todos ellos presentaban una situación difícil. Uno de ellos era Jason Baier, actualmente director de la Fundación Fatherhood Forever [Paternidad para siempre], que presentó una sincera autobiografía pre- y postaborto: su educación católica laica, el divorcio de sus padres, su "autoestima muy baja." Contó que se había en rolado en la Aviación, que se había convertido en un desenfrenado, bebía una botella de Jack Daniels cada noche y tenía sexo con quien se le cruzara. Lo que siguió fue una profunda crisis nerviosa, disputas violentas y la separación de su compañera, un diagnóstico de depresión severa y psicosis, uso de cocaína y marihuana, y un intento de suicidio. Todo eso, dijo a la audiencia, a causa "de lo que había perdido." Individualmente, es difícil hacer oídos sordos ante estas historias. Pero los relatos que presentan los hombres activistas de PAS son sorprendentemente homogéneos e increíblemente cercanos a la narrativa de la guerra cultural conservadora: indulgencia frente a la disoluta cultura oficial, encuentro con el aborto, actitud destructiva, y uno u otro tipo de redención final. Entre los millones de hombres que han estado expuestos a un posible daño a consecuencia de un aborto, un buen número ellos habría empujado a las mujeres a tomar la decisión, y esos hombres, con el tiempo, sufrirán una profunda culpa. Otro gran número lo compondrían los hombres cuyas parejas abortaron o bien sin decírselo o incluso a pesar de que su compañero suplicara por la vida del niño; esos hombres sufrirían una profunda pena. Y si el dolor de las mujeres ante un aborto ha sido ignorado, el de los hombres aún lo habría sido más, porque nuestra sociedad feminista y feminizada los habría marginado. Llegados a este punto la historia narrada se entrelaza con una manera tradicional y esencialista de considerar a los hombres. Dado que el instinto masculino sería proteger y proveer a su prole, su verdadera masculinidad resultaría cuestionada cuando se asesina a su hijo, nato o neonato. Y dado que los hombres tienden supuestamente a negar sus emociones, "su sufrimiento es un tabú en nuestra cultura" y, como dijo uno de los presentadores en la conferencia, los hombres evitan pensar en el aborto. El "impacto de su pena" aparece como enfado, y lo lleva a transitar caminos desagradables, lo inhabilita para conectarse con otros, lo empuja al abuso de drogas y alcohol, a la adicción al sexo, a la impotencia, al consumo de pornografía, y finalmente, a la depresión. Encontrar a Dios parece ser la única vía de ayuda". Una y otra vez, en el sótano de St Mary, los hombres del PAS, lo mismo que los investigadores, argüían fundándose en anécdotas: "la experiencia es irrefutable" decía uno; "los testimonios no mienten", agregaba otro; "no podemos pelear contra los números", acotaba un tercero. Y es verdad: no podemos refutar una anécdota. Pero podemos refutar una generalización, y las suyas andan cargadas de problemas. Para comenzar, si la ciencia de las mujeres que defienden el PAS es mala, la de los hombres es basura. La ciencia oficial y los psicólogos y profesores están de acuerdo en que no hay una investigación certera sobre los hombres y el PAS. Incluso Catherine Coyle, una investigadora dedicada enteramente a probar que el aborto tiene amplios efectos deletéreos, reconoció en el encuentro de San Francisco que los veintiocho estudios sobre los hombres y el aborto realizados desde 1973 estaban viciados por el tamaño minúsculo de muestras, por las pobres herramientas de medición utilizadas, por la falta de grupos de control y por otros yerros metodológicos. En segundo lugar, cuando se presta atención a los terapeutas del síndrome en los hombres se advierte enseguida que llevan a los pacientes a atribuir la culpa de sus experiencias ante el aborto a problemas preexistentes y subsecuentes, de un modo que los expertos en salud mental –incluida Nada Stotland— comparan con el papel jugado por los terapeutas que en los 90 generaron la epidemia de recuperación de la memoria de los abusos sexuales sufridos. De hecho, lograr que los hombres adhieran a las tesis del PAS entraña a menudo quebrar la negación de las propias emociones. Grez Hasek, el director ejecutivo del Misty Mountain Family Counseling Center de Portland, Oregón, organizó en el año 2005 una Cumbre de hombres PAS en Kansas, Misuri, y contribuyó a crear la Red "Hombres y Aborto", una organización activista de los hombres PAS. Hasek es uno de los conferenciantes en los encuentros de los hombres PAS –incluido el de San Francisco—. Tiene un discurso firme, del tipo cara a cara, y su modo de hablar recuerda espantosamente al de los vendedores de autos. Desde el año 2001, Hasek atendió a un promedio de trece o catorce hombres por semana. Dice que ahora está corroborando su hipótesis sobre el aumento del riesgo de adicción sexual en los hombres postaborto. "Lo que no desean los pornógrafos y los abortistas en este país, es que logremos establecer el vínculo entre ambas cosas," proclamó Hasek. Afortunadamente, Hasek lo hará por nosotros. Cuando un hombre entra en su clínica, explica el terapeuta, rellena y firma como cliente un formulario que incluye preguntas sobre aborto. Este es el primer paso: dado que la mitad de los hombres que firman el formulario, según Hasek, tienen un aborto en su pasado, tenemos una población suficientemente amplia para trabajar. El próximo paso será superar la negativa a considerar el impacto del aborto. Hay varias maneras de hacerlo. Algunas veces les pide a los hombres que hagan un dibujo de cómo sería hoy el niño abortado. Si eso no funciona, hace sonar música sentimental. Como dijo en la conferencia, "los muchachos no lo pueden soportar", y lloran. Y si eso no da resultado, conduce al hombre al salón de juegos y le pide que piense qué edad tendría el niño, buscando de ese modo "conectarlo" con su dolor. No es fácil pasar por alto el amañado detalle de datos y de emociones fabricado por el movimiento de hombres PAS. Pero hay que ver las cosas a una escala mayor: el PAS es una estrategia política que se hace pasar por una crisis psicológica. Y el PAS masculino es eso, y mucho más. Porque, además de sufrir las consecuencias del aborto, los hombres postaborto también sufren las consecuencias del feminismo. Las claves de esta agenda de guerra cultural andan ocultad entre el material del movimiento PAS masculino. La conferencia de San Francisco estuvo salpicada de referencias a lo "políticamente incorrecto", refocilándose en la confrontación con la cultura predominante. No faltaron en la conferencia referencias oblicuas a lo que el movimiento de las mujeres ha producido en la vida emocional de los hombres, en una versión salida del libro de Christina Hoff Sommers, The War Against Boys [La guerra contra los muchachos]. ¿Sabían ustedes, por ejemplo, que el modo en que las mujeres se curan se asemeja a un bolo, mientras que la manera masculina de curarse se asemeja a una lanza? ¿O que las mujeres se curan con la comunicación y los hombres se curan por la acción? Y sigue la historia, porque, conforme a los protocolos de la terapia moderna, los hombres se ven esencialmente arrastrados a los modos femeninos de curación, privándoseles de este modo de su genuina vía de curación. Más importante es aún que los sanadores del PAS masculino comparten con sus colegas de otros movimientos masculinos la sensación general de que el sistema jurídico está en su contra en materia de paternidad. "Cuando en los EEUU de hoy el asunto es la reproducción" –-escribió el columnista del movimiento por los derechos de los padres Glenn Sacks, refiriéndose al fracasado de un hombre de impedir el aborto de su excompañera—, "las mujeres tienen derechos y los hombres sólo tienen responsabilidades". Tal es el lamento más común de los activistas por los derechos de los hombres: si una mujer decide tener un hijo, el hombre debe sostenerla económicamente durante 18 años; pero si decide no tenerlo y aborta, el hombre no tiene voz. Como dijo Rue en San Francisco, "la extendida aceptación del aborto aborta la igualdad." Pero el movimiento se encuentra con un pequeño embrollo cuando tiene que explicar qué hacer con este doble rasero. Los activistas a favor de los derechos de los hombres trabajan, por lo general, en temas relacionados con los hijos ya nacidos: los derechos de custodia, el sustento de los niños. El asunto de los derechos reproductivos de los hombres es más complicado. El rumbo lo marcó hace unos pocos años Dalton Conley, entonces Director del Center for Advanced Social Science Research de la New York University, cuando en un editorial del New York Times argumentó que "si el padre está dispuesto a comprometerse legalmente en la crianza del niño sin ayuda de la madre, debería poder conseguir un requerimiento judicial en contra del aborto del feto que ayudó a crear". (Hace algunos años Jeffery Living, un famoso abogado defensor de los derechos de los padres, convenció a un juez de Illinois para que "impidiera a una mujer embarazada sacar al niño de la jurisdicción del estado". En otras palabras, el juez prohibió el aborto. Este es, desde luego, el camino más radical, desentendido del problema que representa el forzar a una mujer a convertirse en receptáculo de un niño no deseado. Y también representa un problema para la muchedumbre antiabortista. Como ha dicho Says Baier, de la Fundación Fatherhood Forever: "Si va a otorgarse a los hombres el derecho a prevenir un aborto, también tendrán que darles el derecho a exigirlo por la fuerza". Mel Feit, el Director del National Center for Men, propuso zanjar el enredizo mediante un "Roe v. Wade para hombres". Feit se describe a sí mismo como prochoice, y considera que cuando un hombre y una mujer han decidido no tener un hijo y la mujer queda embarazada, el hombre debe tener la oportunidad legal de renunciar a sus derechos y responsabilidades como padre de ese niño (en el plazo de una semana o diez días), del mismo modo que se da a la mujer oportunidad de terminar con su potencial maternidad con un aborto. No por empeñados los movimientos pro derechos masculinos y los activistas del PAS en desenmarañar este enredizo de derechos encontrados, dejan ellos de afanarse en un empeño abiertamente político: sumar declaraciones legalmente válidas de hombres y mujeres que narran sus historias postaborto, algunas de ellas incluso con registro notarial. La Fundación texana Operation Outcry encabeza desde el año 2004 una campaña entre las mujeres. En la legislatura de Dakota del Sur, como en prácticamente todos los estados que en los últimos años están considerando la prohibición del aborto, han sido admitidos ya un centenar de testimonios. También hay casos presentados en tribunales de justicia por todo el país. Ahora se dedica a recoger declaraciones juradas de hombres. El sitio Internet del proyecto dice: "La Corte Suprema nos está escuchando. Ayúdennos a reunir un millón de declaraciones para que podamos mostrarle a la Corte lo mucho que nos ha dañado el aborto". Luego del caso Carhart, el profesor de derecho de la Universidad de Yale Jack Balkin afirmó que gracias a la opinión de [Edward] Kennedy, "la nueva retórica de las fuerzas 'provida' ya no es mera retórica; ahora forma parte de la doctrina de la Corte Suprema". De hecho, en el proyecto se cita específicamente un comentario de Kennedy ("no hay datos fiables" sobre el PAS), y se dice que "la manera más efectiva de mostrarle a la Corte la magnitud del problema es juntar el mayor número posible de testimonios". El PAS ya no es sólo cosa de hombres; se está convirtiendo en un asunto que toca a la familia toda. Ya hay un discurso PAS para los hermanitos, el llamado el Síndrome postaborto de los supervivientes que, se afirma, es similar a la culpa y el temor que sufren los sobrevivientes del Holocausto. Según Philip Ney, un reputado investigador antiaborto, la combinación de esas emociones "puede trocar en ira, narcisismo, destructividad adolescente". Ney y otros colegas suyos están trabajando también en el PAS de los abuelos, quienes "habiendo abortado alguno de sus hijos o incitado a que lo hicieran sus hijos…..experimentarán un profundo temor de represalias". De golpe, mediante el simple uso de anécdotas presentadas con alarde científico, un único aborto ya no tiene sólo una víctima, o dos, sino tres, o cuatro, o cinco. Es más: millones de abortos tienen millones de víctimas: una de cuatro mujeres y, por extensión, uno de cuatro hombres, y uno de cuatro abuelos, y un sinnúmero de niños, hasta que la sociedad toda se convierte en víctima, henchida de todo tipo de tragedias personales e interpersonales de divorcio, drogadicción y suicidio. Y nosotros, todos los norteamericanos, necesitamos protección. Con eso se justifican muchas cosas: prohibición del aborto; leyes de notificación a los maridos (actualmente inconstitucionales, aunque la nueva Corte Suprema, en un clima político nuevo, podría cambiar eso); obligar a las mujeres a escuchar daños fantaseados, en nombre del "consentimiento informado"; forzarlas a portar en sus entrañas un hijo que no desean dar a luz. Hasta el asesinato, el mismo tipo de estrategia violenta que aparentemente pretenden substituir las estrategias simpatéticas de los grupos pro PAS. Hubo un momento surrealista el pasado noviembre en San Francisco, cuando Vicent Rue incluyó en su presentación con PowerPoint de sus tesis compasivas con el sufrimiento de los hombres "vacíos" un extraño texto que relampagueaba brillantemente sobre un fondo de pantalla negra. Rezaba así: " 'Estaba fuera de sí, porque era su hijo, y no se le había consultado. Sencillamente, se quebró. Cuando dio con él, no pudo menos de arrojarlo por la ventana'.— Emaline Kopp, madrastra de James Kopp, que asesinó al Dr. Slepian, un profesional que practicaba abortos en Nueva York." Ahora se entiende todo. ¡Pobres hombrecitos!//1 NOTA T.: //1 Pity, el nombre del varón aludido, significa también en inglés "lástima", "compasión" o "misericordia". El título de este artículo juega con eso, con la piedad o lástima que inspiran esos hombrecitos como Pity. //2 Roe v. Wade fue un caso que dio lugar a una sentencia célebre de la Corte Suprema de los EEUU en 1973 al sentar jurisprudencia en la cuestión del aborto. De acuerdo con esa sentencia, la mayoría de las leyes contra el aborto existentes en EEUU violaban el derecho constitucional a la privacidad protegido por la Cláusula del Proceso Debido de la Decimocuarta Enmienda. La decisión anuló todas las leyes estatales y federales que restringían el aborto y que eran incompatibles con la sentencia. Roe v. Wade es todavía hoy una de las sentencias más controvertidas y políticamente significativas de toda la historia de la Corte Suprema de EEUU. (**) Sarah Blustain es la editora de la revista The New Republic.