Pensamiento Crítico

Narcocorridos con olor a pólvora

Por Claudia Molina | La Nación Domingo, Chile. | 17 Febrero 2008
Grupos musicales norteños son los encargados de entonar hazañas y desafíos de los narcos mexicanos. Las composiciones están inspiradas en los códigos, las formas de operar y también en el reconocimiento de un submundo que proviene de la marginalidad y que hasta tiene un santo. Desde comienzos de 2007 y hasta la fecha ya van más de mil muertos a manos de las mafias del narcomenudeo en México, mafias que se encuentran estrictamente asentadas al norte del país disputándose los "clientes" tanto de los pueblos aledaños como del mismo mercado estadounidense. La cantidad de asesinatos por ajustes de cuentas entre carteles va en aumento, y los degollamientos y balaceras son pan de cada día para cobrarse por una traición o establecer los límites de venta de cada grupo narcotraficante. Hoy el negocio de estimulantes ilegales es restregado en la cara de la sociedad mexicana, pero lo peor es que está siendo institucionalizado incluso a través de bandas musicales que se encargan de contar historias vividas por estos capos, como si fueran verdaderos héroes de dibujos animados. Aunque los narcocorridos quedaron prohibidos en Baja California luego del compromiso firmado en julio de 2007 por la Cámara de la Industria de la Radio y la Televisión (CIRT), donde 78 radiodifusoras acordaron en su programación no "enaltecer la violencia, el delito y el consumo de drogas", las estaciones ubicadas en San Diego e Imperial hicieron caso omiso del compromiso y los habitantes de esta entidad fronteriza siguen escuchando sus canciones predilectas. Sólo se debe seleccionar una estación de música "norteña" en español, ubicada físicamente al norte del muro metálico que marca la división entre México y EEUU. La disposición restrictiva, a juicio de algunos empresarios y locutores, sólo ayudará a fomentar aún más la venta de este tipo de música, mientras que para el escritor Elijad Wald, la medida en nada ayudará a la disminución de los índices de criminalidad. Jorge Ávila, gerente de Compilación para Televisión de Universal Music México, cree que "la prohibición de difundir narcocorridos lo único que hace es fomentar más la venta de ese tipo de música. Lo prohibido llama más la atención. La gente seguirá comprando discos". Opinión similar tiene Pedro Iván, locutor de Radio La Ley, 107.9 de FM, en Chicago, Illinois (Estados Unidos), la cual difunde una hora de corridos y la mayoría son narcos. "Con la prohibición lo único que lograrán es vender más [discos]. El problema de los narcocorridos no es la difusión, es que hablan de drogas y ponen a los malos como buenos", advierte. Canciones que suben el rating Las composiciones son muy claras. Al compás de rancheras norteñas se logra entender cabalmente los acontecimientos cotidianos, tales como riñas entre carteles que surgen a raíz de la repartición del territorio para hacer el negocio que más dinero deja en el país. Es entre notas musicales, ritmos y letras bien pensadas que muchos gruperos arman sus canciones, lo que para muchos es una forma de contar lo que sucede en un país que, además de actuar de pasadizo para el tráfico de estupefacientes, se fue convirtiendo en elaborador, distribuidor y comerciante dentro de sus mismas fronteras. La difusión de esta música tiene un derecho y un revés. Por un lado, se intenta negar la existencia de una "cultura popular" como es el tráfico de drogas y la lucha de fuertes carteles que se disputan uno a uno a los consumidores. Y, por otro, es una cortina de humo frente al narcocorrido y a sus grupos más representativos, que han sido exhibidos constantemente en espacios de TV, como es el caso de Televisa, que con el afán de subir rating entre un público popular no escatima en llevar a gruperos reconocidos por sus narcocanciones. Un ejemplo de ello son los famosos Tigres del Norte. El hecho de que muchos jóvenes crean que los traficantes son personajes románticos no nace con el narcocorrido. Para la juventud de los ranchitos y barrios pobres no es noticia que los narcotraficantes ganan buen dinero y tienen una vida impresionante, así como tampoco lo es que es difícil salir adelante trabajando de campesino o labrador. ¿No que muy machos? Por estas semanas ha corrido el rumor de que diversos grupos musicales que componen y cantan narcocorridos piensan en dejar ese género musical por el temor a ser asesinados. Cada cartel de la droga de México tiene su grupo o intérprete consentido a quien le encarga una canción que relate las hazañas del capo, sus aventuras o simplemente envía musicalmente un "mensaje a otros traficantes". El costo de una canción depende de lo rico y vanidoso que sea el capo, así como de la fama del artista. Se paga por adelantado, sin facturas, sin intermediarios, y los precios oscilan entre 5 mil y 50 mil dólares. Las fiestas de los traficantes son amenizadas por estos músicos norteños, que además son muy populares en México, en Centroamérica y en el sur de Estados Unidos. Vida soñada, éxito seguro y una mina de oro fue lo que las grandes disqueras encontraron en los narcocorridos. Una de las principales y la que comenzó a grabar y difundir narcocorridos que interpretaban el "sentir de los capos" fue Fonovisa, empresa que actualmente no existe con ese nombre, pues lo cambió por Univision Music Mexico. Al compás del PRI El Partido Revolucionario Institucional, que ostentó el poder en México más de 70 años, mantuvo un pacto de caballeros con los traficantes de drogas, pero después de 2000, la colectividad perdió las riendas del país y los reacomodos del crimen organizado, la lucha por el control de plazas, de aduanas, de rutas y mercados, se transformaron en una guerra abierta. En el año 2007 el costo fue de más de 1.500 vidas, derivado de ajustes de cuentas entre narcos en bares, calles, cárceles y fiestas de pueblo, afectando también a los cantantes de narcocorridos, que sufrieron golpes, amenazas, atentados y asesinatos, como Valentín Elizalde, "El Gallo de Oro", quien recibió 70 balazos tras un concierto en noviembre de 2006. De acuerdo a versiones extraoficiales, sus canciones contra los sicarios conocidos como Los Zetas le habrían costado la vida. Para Alberto Cervantes, cantante y compositor del grupo Explosión Norteña, "no somos policías ni fiscalizadores para andar investigando cuál es el origen del dinero de la persona que nos pide una canción". Él, al igual que una larga lista, fue víctima de un atentado en agosto de 2007, pero salió ileso, a diferencia de Trigo Figueroa, asesinado al igual que Elizalde. Entre los amenazados de muerte vía telefónica o por internet destacan Jenni Rivera, Beto Quintanilla, Los Tigres del Norte, Los Tucanes de Tijuana y Los Huracanes del Norte. "Cantar narcocorridos es demasiado peligroso hoy", confesó a la agencia Reuters un representante de cinco grupos musicales de Tijuana. "Antes cantábamos para los narcos cuando y donde quisieran, pero mis muchachos han sido golpeados, les han puesto pistolas en la cabeza [...], todo tipo de amenazas por elegir mal la canción", advirtió. Para José Manuel Valenzuela, investigador del Colegio de la Frontera Norte y autor del libro "Jefe de jefes, corridos y narcocultura en México", "los narcocorridos describen historias muy complejas, delatan las complicidades de ciertos personajes del gobierno. Estados Unidos no es el gendarme vigilante del tráfico de drogas, sino la tierra de oportunidades donde las sustancias transitan fácilmente. No es contracultura, es una crónica popular que transgrede, desacraliza y cuestiona el punto de vista de la historia oficial". Sobre el asesinato de músicos, Cervantes cree que si se hiciera un recuento de cuántos periodistas, policías o académicos han muerto, se vería que no se trata de "una cacería específica contra gruperos. Todos los días los narcos ejecutan personas sin importar si se trata de un cantante, un periodista o un sacerdote". Pero la gran pregunta de este ritmo que se mueve a punta de balazos es si los narcocorridos son arte popular o apología del crimen. Para el especialista en narcotráfico Luis Astorga, mucha gente escucha los narcocorridos sin adoptar los valores y códigos de honor de los traficantes, que implica ser muy macho, mujeriego y poderoso. Astorga afirma que los narcorridos dependen más del mercado y de la venta de sus discos que de los grandes capos. Y como muestra del poder de ese mercado ejemplifica que los narcorridos ya se desplazaron, llegaron en Colombia y allá ya hay narcocorridos. LND Un santo protector de los narcos En algunos de los corridos de traficantes, el bandido es el héroe alegre, despreocupado y dadivoso. Un ejemplo palpable se encuentra en Culiacán. A escasos metros de la Unidad Administrativa de gobierno se encuentra la capilla de Jesús Malverde, el bandido generoso sinaloense que robaba a los ricos para dar a los pobres. Su verdadero nombre era Jesús Juárez Mazo y es el santo protector de los narcotraficantes. La historia del ánima milagrosa de Malverde se remonta al tiempo de la dictadura porfirista, en donde las clases sociales más pobres fueron objeto de abuso y explotación por las clases privilegiadas (hacendados, militares, industriales y comerciantes). En esos años, los hacendados trataban como esclavos a los peones, quienes tenían prohibido mirar a los ojos al patrón. Si al hacendado le gustaba una mujer, simplemente se la llevaba con él y el peón no podía protestar. El patrón tenía la facultad de castigar con latigazos, encarcelar o matar al trabajador. Como respuesta surgieron hombres que, rebeldes al sistema, fueron declarados fuera de la ley. Convertidos en bandidos, asaltaban a los ricos para compartir con los pobres el botín que obtenían, según las leyendas populares. En Culiacán, Jesús Juárez Mazo fue uno de ellos. Comenzó asaltando a los ricos hacendados que viajaban, a caballo o en carreta, por los caminos del valle de Culiacán. De la espesura de la sierra brotaba una figura cubierta de ramas verdes con pistola en mano que los despojaba de todos los valores, y tan rápido como salía desaparecía. Fue por eso que lo apodaron Malverde. Pronto fue conocido por el pueblo, ya que acostumbraba repartir su botín con los pobres de la región, y su fama de hábil ladrón fue ampliamente comentada. Se cuenta que un día el bandolero hizo pública su intención de entrar a robar la espada del gobernador, Francisco Cañedo, quien al conocer la historia redobló la vigilancia de su hogar. Sin embargo, una mañana se sorprendió al no encontrar su espada. Malverde cumplió su amenaza. Según la leyenda, el gobernador ordenó su búsqueda, pero el hábil bandido siempre pudo escapar a sus enemigos. Pero un día Malverde se sintió gravemente enfermo y se refugió en una cueva, donde lo encontraron los sicarios del general Cañedo y lo ahorcaron en las ramas de un gran mezquite a orillas del antiguo camino a Navolato, el 3 de mayo de 1909. El cuerpo estuvo colgado por varios días con un aviso de cárcel a quien se atreviera a enterrarlo. Una mañana, un arriero que buscaba unas mulas extraviadas acertó a pasar por el árbol, y al ver el cuerpo colgado del bandido se acordó de lo bueno que había sido con los pobres y le pidió ayuda para encontrar las mulas. En ese momento, los animales emergieron de la espesura y se dirigieron directamente al cuerpo del héroe. El arriero bajó el cuerpo y lo sepultó, poniendo un montículo de piedras alrededor y arriba del cuerpo. El hombre comentó el hecho y la gente comenzó a visitar la tumba, llevando piedras para colaborar con la sepultura. Otra versión señala que el ánima de Malverde se apareció a una señora, de nombre Tomasa, para decirle dónde se encontraba un tesoro enterrado, y a cambio le pidió que fuera a visitar su tumba. Este suceso fue ampliamente divulgado entre la población llevándole veladoras y ofrendas. El relato de sus milagros pronto se esparció y llegó a los oídos del gobernador Cañedo, quien mandó sacar los restos del bandido, y una mañana la tumba amaneció abierta y vacía. Pero el pueblo siguió llevando ofrendas al lugar.