Pensamiento Crítico

Armand Matterlart: los medios, otra víctima del neoliberalismo

Por José Zepeda Varas | Radio Netherland, Holanda. | 24 Febrero 2008
París recibe a las visitas este fin de semana de junio del 2007, con chubascos ocasionales, pero ni el cielo gris ni ese velo de agua disminuyen el poder de fascinación de la ciudad. Mattelart nos recibe en su casa, un acogedor apartamento marcado por la misma sencillez de su propietario. Hasta hace poco era le Marais un barrio medieval que disfrutaba de cierta tranquilidad, con poco ajetreo público. Hoy, hay una invasión de locales comerciales, y en consecuencia, también de turistas. No obstante, prevalece cierto encanto local. A pocos metros de la vivienda está la cárcel donde eran llevados los prisioneros de la revolución francesa; y un poco más allá destaca la sinagoga donde van a orar no pocos judíos ortodoxos. El traje negro largo, de origen polaco, y el inconfundible aspecto físico son la mejor confesión de parte. Armand Mattelart nació en Bélgica. En 1936. Su infancia estuvo marcada por la Segunda Guerra Mundial. En 1962, después de finalizar su doctorado en derecho en la Universidad de Lovaina y de conseguir un diploma de post-grado en demografía en la Sorbona, partió a Chile para enseñar en la recién creada Escuela de sociología de la Universidad Católica de Chile, en Santiago. A partir de 1967 comenzó a trabajar para las Naciones Unidas como experto en desarrollo social y luego con el triunfo de Salvador Allende se dedicó al desarrollo de políticas de comunicación. Después del golpe de Estado de 1973, Mattelart retornó a Europa y dirigió La Espiral, el documental de largometraje sobre dicho período que fue presentado en 1976 en el Festival de Cannes y ha esperado unos treinta años para ser exhibido en Chile. Se ha desempeñado varias veces como responsable de comisiones ministeriales de evaluación de la investigación sobre la comunicación y las nuevas tecnologías, aunque es más conocido como autor e investigador de decenas de libros. Es Profesor Catedrático en Ciencias de la Información y de la Comunicación en la Universidad de Paris VIII (Vincennes- Saint Denis). Su vocación es la necesidad de comprender los procesos de la comunicación desde las relaciones políticas, económicas, sociales y culturales donde se gestan los movimientos y el sentido primario de ellas. Para el logro de sus propósitos apela a la cultura y a los procesos de reproducción social. Mattelart conserva el mismo espíritu crítico que le dio celebridad mundial. Su gran pasión ha sido desde la década de los sesenta, del siglo pasado, elaborar análisis que posibiliten preguntarse y actuar sobre el paradigma del derecho a la comunicación del conjunto de la sociedad. En estos cerca de cincuenta años las cosas han cambiado profundamente, y los nuevos tiempos de globalización reclaman una aproximación que rescate, simultáneamente, los grandes aciertos analíticos del pasado con las nuevas proyecciones del presente. Nuestro entrevistado pasa su mirada, y su búsqueda de sentido con evidente intención didáctica, por la teoría y la práctica de la comunicación, principalmente de América Latina. José Zepeda. ¿Es aún válido hoy el estudio de la comunicación desde la cultura y los grandes procesos de reproducción social? Armand Mattelart. Sí, yo pienso que cada vez más comunicación y cultura están íntimamente ligados, pero a diferencia de la percepción que se tenía hace apenas 10 ó 20 años, es que estamos obligados, al abordar la comunicación y la cultura, de tener una visión que tenga en cuenta los cambios que se han operado en el lugar que ambas ocupan en los procesos de producción concretos. ¿Por qué? Por una parte, la cultura hoy está "cortocircuitada" por la noción de comunicación. El hecho de que el verbo "comunicar" se haya convertido en un verbo intransitivo es significativo de la trascendencia o de la hegemonía que ha adquirido en la sociedad. Por otra, la cultura en un sentido amplio se ha vuelto un elemento fundamental del aparato de producción inmaterial. Se ha convertido en un input capitalista de lo que se ha dado en llamar la economía cognitiva o del conocimiento. Y, como tal, es cada vez más tratada como un bien inmaterial apropiable. Al apropiarse del campo de la cultura, el capitalismo llamado post-industrial busca valorizar con fines de explotación comercial las estructuras de subjetivación, de producción de conocimiento, de sociabilidad. El caso es que la trilogía información-comunicación-cultura da al cabo una original nueva materia prima de la economía, pero no solamente eso sino además una nueva manera de producir el consenso, la voluntad general. Esta nueva configuración ha, desde luego, abierto un nuevo campo de luchas que son a la vez culturales, sociales y económicas. ¿Pero cómo se produce el cortocircuito, cómo produce la comunicación el eclipse de la cultura, cómo se da este proceso? Desde el principio, la noción de comunicación ha sido -digamos- contaminada por la noción de información. Y cuando digo desde el principio, hablo de un período determinante en el desarrollo de las teorías y de los sistemas de información y de comunicación, que es el fin de la Segunda Guerra Mundial. Lo que ha ocurrido es que la noción de información que se ha impuesto en el curso del tiempo procede de una visión de la información como cantidad de datos, de data, que corresponde a una definición mecánica, estadística, que surge de la ingeniería de la telecomunicación, concretamente de la teoría de la comunicación matemática donde solamente se considera el canal entre un emisor y un receptor. Se encuentra cortada de la cultura como producción de sentido y de memoria. Esta noción peculiar de información ha verberado sobre los conceptos de cultura y de comunicación, jugando el papel de caballo de Troya. Esta interferencia tiene una incidencia directa en la topografía de los lugares donde se negocia y se toma decisiones sobre el estatuto de la cultura frente al mundo de la mercancía. Lo cierto es que es la noción matemática, mecánica, cortada de la cultura y de la memoria se ha impuesto en los organismos internacionales. Lo que hace que, por ejemplo, la Organización Mundial del Comercio, pueda pretender tratar de cultura, después de haberla clasificado en el rubro "servicios" y reivindicar prerrogativas en este dominio, o que la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información, organizada por la Unión Internacional de Telecomunicaciones que es un organismo técnico de las Naciones unidas, pueda tratar de la sociedad, hasta el punto de hacernos olvidar que se trata de sociedad y que se trata sobre todo de información. Y atención, que el problema clave es lo que llamo la desregulación conceptual, la "desreglamentación" de los términos que utilizamos para ver y para hablar del estado del mundo y de su porvenir. En ese sentido cuando decimos "nosotros", nos referimos a muchos de los componentes de los sectores progresistas y democráticos, los cuales no se preocuparon suficientemente de la cuestión del vocabulario, de las palabras con las cuales expresamos el mundo y nuestros propios diagnósticos. No se han dado cuenta de la enorme importancia de la batalla de las palabras que se libra desde las dos últimas décadas. El fenómeno de achatamiento semiótico se ha acentuado a medida que el mercado de las palabras tendía a reducirse a las palabras del mercado. A medida del ascenso irresistible de los neologismos amnésicos, estas nociones- logotipos que producen "efectos de realidad" a través de modelos de acción que encuadran y que promueven como los únicos posibles. Este empobrecimiento es perceptible en las negociaciones intergubernamentales que se desarrollan en los recintos internacionales. Todos los conceptos que utilizamos remiten a proyectos de sociedad. Como lo atestiguan las controversias que opusieron los actores de la sociedad civil organizada a los representantes de la comunidad empresarial en los cinco últimos años sobre el sentido de las nociones de "diversidad cultural", de las llamadas "sociedad de la información" y "fractura digital". Para unos, la diversidad cultural estaría garantizada por la multiplicación de la oferta de productos en el mercado autorregulado. Para otros, por medio de la diversificación de las voces y de las fuentes de creatividad que se expresan en el espacio público. Lo que implica un marco jurídico regulador, que el Estado juegue su papel de representante del interés público. Dentro de este proceso de desregulación, de tener una mirada estadística e instrumental de la comunicación, ¿cómo influye la aceleración de los tiempos? Porque esto tiene una importancia bastante grande ¿en qué sentido? Todo lo que es de los años 70, hay una corriente importante que dice: es obsoleto; decir los años 70 es hablar en términos peyorativos, era la mirada antigua, vieja, la 65 que ya no tiene sentido. Y entonces, se van creando estas modas que rápidamente pierden su vigencia y son reemplazadas por otras modas y así sucesivamente. ¿Cómo influye esto en ese desencuentro entre comunicación y cultura? Los aportes de los años 70 fueron "inversiones de largo tiempo". Sólo hoy aparece su real importancia estratégica. Lo problemático es que se tiene tendencia hoy a olvidar esta perspectiva de la larga duración. Predomina un régimen de historicidad, una concepción de la historia, encerrado en lo presente; lo que los historiadores llaman "el presentismo", es decir, la carrera hacia lo actual en un presente perpetuo. Como decía el historiador Fernand Braudel, en esta óptica sólo merece interés "lo que hace ruido". La pérdida de referencias históricas es un problema que, desde luego, excede con mucho el ámbito de la comunicación y la cultura. Incluso comienza a inquietar en todas partes a los historiadores que no vacilan en hablar de "incultura histórica". La consagración del presente como categoría de inteligibilidad del mundo explica el olvido de los contextos sociopolíticos en los que han surgido y siguen surgiendo las ideas y en que surten efectos en la realidad. Por lo que concierne a la comunicación y la cultura, un elemento que ha favorecido el enfoque presentista es la ilusión óptica que, a partir del fin de los años ochenta, y con creces en la última década del siglo pasado, despojó el movimiento multisecular hacia la unificación del planeta de su historia y de su geopolítica conflictual, y lo redujo a un fenómeno que data, como mucho, de dos décadas. Esta tabula rasa instaló la referencia globalizadora como un precocinado, cual sentido común que ha barrido la lenta acumulación de reflexiones, controversias y teorías sobre la relación entre la construcción del espacio internacional, la democracia, la cultura, la comunicación y las redes. ¿Por qué se puede afirmar que los años 70 significaron inversiones de largo aliento? Durante esos años se discutieron temas que hoy en día están volviendo a la superficie, están regresando, alimentando al debate sobre el destino de la democracia confrontada a sistemas de comunicación cada vez más complejos. Por fin hoy estos temas parecen volverse audibles porque nuevos actores sociales se los apropian y los toman como ejes de reflexión y de estrategias democráticas. Hay que recordar que desde el comienzo de los años setenta, bajo la presión del movimiento de los países no alineados, y el cambio de relaciones de fuerza Norte/ Sur en el sistema de Naciones Unidas, más peculiarmente, en la UNESCO, se forja un abanico de nociones que se convertirán en elementos claves de debates, propuestas con vistas a legitimar la idea de políticas públicas en los ámbitos de la comunicación y la cultura. Entre ellas, el derecho a comunicar o derecho a la comunicación, la diversidad cultural, la interdependencia, el diálogo de culturas o las industrias culturales. A modo de ejemplo del aporte de los años setenta, destacaría sobremanera la noción matriz que estructura la reflexión orientada hacia la elaboración de políticas públicas: el "derecho a la comunicación". Esta noción jurídica es formulada por primera vez en 1969 por Jean d'Arcy, pionero del servicio público de televisión en Francia y uno de 66 los fundadores del primer Alto Consejo de lo audiovisual, y que en ese entonces se desempeñaba como director de la división de radio y servicios visuales en el Servicio de información de la ONU en Nueva York, en una época en que se perfila en los organismos internacionales el debate sobre las libertades en el ámbito de la información. El francés escribe textualmente en la revista de la Unión europea de la radiodifusión (UER): "La declaración universal de derechos humanos que, hace 21 años, establecía por vez primera en su artículo 19 el derecho humano a la información, tendrá que reconocer algún día un derecho más amplio: el derecho humano a la comunicación". Y agrega: "Ya que, hoy, los pueblos saben, y si son mas difíciles de gobernar, es quizás porque el instrumento de comunicación, de información y de participación que se les ofrece ya no corresponde al mundo actual y a los avances de la técnica". A lo largo de toda la década siguiente, salpicada de numerosas reuniones de expertos y, también, de numerosas controversias, bajo el auspicio de esta noción aun balbuceante, la idea de la caducidad del modelo vertical del flujo de información de sentido único que se contenta con suministrar contenidos se resquebraja y se diseña una representación de la comunicación como proceso dialógico y recíproco en el que la participación se convierte en factores esenciales del espacio publico. Una propuesta que recoge a fines de los setenta la Comisión instaurada por la UNESCO sobre los problemas de comunicación bajo la presidencia del premio Nobel de la paz, Sean Mc Bride, en un informe que lleva un titulo elocuente: "Un solo mundo. Múltiples voces". A principios del nuevo milenio, el concepto de derecho a la comunicación como derecho humano ha resurgido y se ha vuelto central, tanto en la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información, como en la discusión de la convención sobre la diversidad cultural. No por nada la cumbre mundial de la sociedad de la información, en su primera fase organizada en Ginebra en diciembre 2003, ha inscrito este derecho en su "declaración de principios" afirmando en su punto uno: "todos deben poder crear, consultar, utilizar y compartir la información y el conocimiento, para que las personas, las comunidades y los pueblos puedan desarrollar su pleno potencial en la promoción de su desarrollo sostenible y mejorar su calidad de vida, de acuerdo con los objetivos y principios de la carta de las Naciones Unidas y respetando y defendiendo plenamente la declaración universal de derechos humanos". Y en el punto cuatro: "la comunicación es un proceso social fundamental, una necesidad humana básica y el fundamento de toda organización social". Mención que adquiere todo su significado cuando se sabe que en esta misma cumbre se enfrentaron posiciones contrastadas en cuanto a las vías de transición a las sociedades del saber para todos y que muchos se olvidaron de esta declaración de principios en el momento de defender sus intereses particulares. Lo que fluye del concepto sostenido por los nuevos actores sociopolíticos involucrados en las negociaciones sobre la cultura, la información y la comunicación es precisamente la primacía de los "derechos a la comunicación" como nuevos derechos sociales: libertad, acceso, diversidad, participación. Es dicha noción medular la que hoy justifica por ejemplo las iniciativas ciudadanas para una reforma 67 de los sistemas nacionales de medios de comunicación que contemple el reconocimiento de un "tercer sector", los medios comunitarios. La renuncia contemporánea a pensar desde la perspectiva histórica -diría más bien "genealógica"- es constitutiva del proceso, que arranca en los años ochenta, de la normalización, de la alineación de una parte de la clase intelectual sobre "la sociedad tal cual es". En el recorrido hacia la renuncia a cambiar el mundo, se ha echado por la borda el patrimonio de toda una acumulación resultado de luchas en que se gestaron, de forma embrionaria y contradictoria, (¡insisto!) instrumentos de emancipación ciudadana. El nene se fue con el agua de la bañera. Este olvido de la historia anduvo en los años noventa a la par con la representación del proceso de globalización como una fatalidad. Hubo que esperar las primeros señales del fracaso de este proyecto unívoco de remodelamiento del orden mundial y la salida del periodo de purgatorio de los actores sociales para que la mirada crítica hacia la memoria de las luchas empiece a recobrar sentido y adquiera una cierta credibilidad. No hay que desestimar tampoco el impacto de los atentados de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Un buen ejemplo de ello es la manera en que han cambiado los referentes en el debate sobre la llamada sociedad de la información. Los discursos tecnoproféticos tienden a perder su asidero, contradichos por la revelación a diario de la cara oculta de esta nueva sociedad supuestamente transparente. Con las lógicas de reordenamiento del orden reticular alrededor de la seguridad nacional, se ha afianzado la idea de la sociedad de control y de vigilancia. Es uno de los componentes de la sociedad futura que las visiones idílicas del mundo metamorfoseado por las redes habían excomulgado. Te refieres a las modas. Claro, pero es una resultante. Insisto que este giro ha podido ocurrir porque hubo una ruptura en y con el pensamiento llamado crítico, un agrietamiento de las referencias y en los criterios que fijan el régimen de verdad prevaleciente. Los avances del proyecto neoliberal han repercutido directamente sobre el contexto de producción de los conceptos. A partir de los años 80 paralelamente a la embestida de la desregulación de los sistemas de comunicación se ha asistido a la desregulación del sistema conceptual que permite analizarlos. Se ha traducido por una pérdida del sentido de lo político, en un sentido amplio. Se comprueba la misma trayectoria en el seno de los organismos internacionales. Así, la UNESCO se apartó por lo esencial de las problemáticas... no pediría que retomara las viejas problemáticas de los años 70, pero sí planteamientos para salvar conceptos que siguen siendo fundamentales como políticas de comunicación, concentración de los medios así como la necesaria articulación de políticas de comunicación con las políticas culturales. Si uno recorre los textos actuales de la UNESCO sobre las políticas culturales, sobre las industrias culturales, se puede comprobar que han perdido gran parte de su sustancia analítica, heurística. Se han diluido como si se 68 hubieran vaciado desde el interior al filo del tiempo. La institución internacional ha llegado a crear su propia leyenda negra respecto a dicho periodo de los años setenta, en los que el debate sobre políticas culturales iba acompañado del de las políticas de comunicación. La reflexión socio-económica sobre las industrias culturales situaba, por aquél entonces, en el rango de las cuestiones fundamentales, a los fenómenos de concentración económica y financiera, en el contexto de la internacionalización. A partir de la segunda mitad de los años ochenta, la mirada cultural se ha ido volviendo más autónoma, ha caído en el "culturalismo", a medida que se iba relegando a un segundo plano la reflexión estratégica sobre políticas de comunicación como conjunto de principios, disposiciones constitucionales, leyes, reglamentos e instituciones estatales, públicas y privadas, que componen el marco normativo de la televisión, del cine, de la radio, de Internet, de la publicidad, de la producción editorial, de la industria fonográfica, de las artes y espectáculos. No es pues sorprendente que no se encuentre huella alguna de la memoria de acumulación intelectual, elaborada por la UNESCO sobre los dispositivos y las políticas de comunicación, en la elección de los documentos oficiales ofrecidos hoy para ilustrar el desarrollo de la cuestión de la diversidad cultural en sus estrategias desde su fundación. Y se observó el mismo mutismo de parte de la institución internacional en lo que respecta al Informe MacBride en el año 2005, en el que se cumplió el 25 aniversario de su aprobación por la Conferencia General de Belgrado. Un silencio que contrasta con las numerosas iniciativas llevadas a cabo, con ocasión de dicha celebración, en el mundo entero, por investigadores que volvieron a releer, reevaluar críticamente, dicho documento fundacional, a revalorarlo y a enfrentarlo a las nuevas cuestiones planteadas por los desafíos de la construcción de una sociedad del conocimiento para todos. En resumen, para responder a tu pregunta hay que interrogarse sobre la manera en que los intelectuales finalmente se han enfrentado a los nuevos desafíos políticos. Hay un momento que constituye, si no la derrota, por lo menos el punto más bajo de las aspiraciones de la creación de un Nuevo Orden Internacional de la Información. Termina en un fracaso. Luego viene la caída de una época con el Muro de Berlín, usted asegura que hay una nueva ruptura con los atentados de Washington y Nueva York, ¿significa eso que, pese a las adversidades que estamos enfrentando, se hace posible tener alguna esperanza de avanzar por el camino de una renovación de las aspiraciones de un Nuevo Orden Internacional de la Información? Efectivamente hay una ruptura importante. La caída del Muro de Berlín había generado la creación de nuevos mitos. Engendró la creencia en la caída de todos los muros de la vergüenza, de todos los encierros, el advenimiento de la "sociedad abierta". Se celebró el fin de la historia y de las ideologías. La información y sus nuevas técnicas fueron promovidas como instrumento de poder blando, suave, "el soft power", propicio a resolver los problemas del mundo. Es singular eso de la creación de nuevos mitos alrededor de las redes de información y de comunicación como manera de integrar pacíficamente los pueblos y las naciones en el mercado global. El advenimiento de la democracia a través de la universalización de la "democratic global marketplace". Entonces, es fundamental el período en este sentido. Para medir el salto operado después del 11 de septiembre, bastaría comparar las tesis del consejero del departamento de Estado, Francis Fukuyama, emitidas en 1989 sobre el fin de la historia, el fin del Estado-nación y el nuevo "poder blando", con su posterior autocrítica después del fracaso de la Administración Bush en Iraq. Lo que se llevaron las Torres Gemelas y la guerra global en contra del terrorismo es precisamente gran parte de la ideología del fin de las ideologías. La historia real ha retornado con la edificación de nuevas barreras del miedo y del odio. Se desmitificaron los discursos redentores del ultraliberalismo sobre la circulación sin trabas de personas y de informaciones. Se hicieron patentes los antiguos y nuevos encierros, las clausuras de clases, grupos y áreas geográficas privilegiadas que, para escapar a una alteridad que viven como una amenaza permanente, se rodean de muros y dispositivos de intrusión electrónicos. Como sugería más arriba, pienso que en la segunda mitad de los años 80, que coinciden con la retirada de todos los temas problemáticos en la UNESCO y otros organismos internacionales, se entra en lo que llamaría "una travesía del desierto" de la reflexión sobre el rumbo tomado por el orden mundial, y desde luego, el orden informativo. A la creencia de que es posible regular los "excesos" de las sociedades transnacionales sucedió el escepticismo. Así, las Naciones Unidas, que a raíz de las maniobras de ciertas compañías transnacionales en contra del gobierno de la Unidad popular (1970-1973) bajo la presidencia de Salvador Allende habían creado un Centro de estudios sobre las transnacionales, lo cerraron en estos años. La fecha fatídica se sitúa en los años 84-85. Años que señalan la desregulación de la arquitectura del sistema financiero mundial y de los sistemas de telecomunicaciones, a partir de Estados Unidos y el Reino Unido. Septiembre de 2001 y la guerra de Irak son unos elementos, entre otros, que participan en el retorno de las movilizaciones de los movimientos sociales y del rearmamento del pensamiento crítico. Basta recordar las mega-manifestaciones de marzo 2003 en contra de la invasión a Iraq. Pero no son el único. Ya en la segunda parte de los años noventa se asiste a movilizaciones en contra del modelo neoliberal de reordenamiento del planeta. Ejemplo: la primera campaña mundial por Internet en contra de la liberalización de las inversiones, el llamado tratado del AMI (Acuerdo multilateral sobre las Inversiones), que logra que se cancelara. Recordemos también Seattle o el primer Foro Mundial de Porto Alegre en enero de 2001. Recordemos que la decisión del G8, el grupo de los países mas industrializados, de transformar sus cumbres en campo fortificado en contra de los altermundialistas fue tomada en la cumbre 70 de Génova, dos meses antes de los atentados de las Torres Gemelas. De paso, es interesante notar que el orden del día tanto del AMI como del G8 de Génova comportaba un capítulo sobre la propuesta de un modelo de "sociedad de la información" y el orden global de las redes. Es claro que desde los inicios del tercer milenio se produjo un deshielo después de los años de la "glaciación" de los debates. Toda un área de pensamiento y de acción crítica se ha reabierto. Acompañando el ascenso de formas múltiples de resistencia y de rebeldía frente al orden dominante. Sea rebeliones de la desesperanza, o ascensos de gobiernos -digamos- progresistas, de carácter muy distinto a lo que se conoció antes. Es difícil encontrar un denominador común porque estamos en presencia de aquellos que se resisten a aceptar la fatalidad del modelo global ultraliberal. La composición de los participantes en las nuevas formas de ágoras que son los foros sociales mundiales, regionales o nacionales muestra la heterogeneidad de los nuevos sujetos. En este contexto, han aparecido "embriones" de un pensamiento que tiene en vista la idea de que la utopía sigue siendo fundamental para poder acercarnos a la posibilidad de un mundo diferente. A propósito de utopías, vamos a entrar al tema de Internet. Primero, el caso de los extremos y justamente lo que usted ha calificado de la "tecno-utopía", esa creencia de que la aparición de este nuevo y maravilloso instrumento iba a resolver muchos de los problemas de la humanidad, cosas de las cuáles usted "descree" o nunca ha creído. Uno de los ejes de mis investigaciones desde los primeros años 1990 son efectivamente los discursos tecno-utópicos de acompañamiento de los dispositivos de información y comunicación. Desde la primera tecnología de comunicación a larga distancia, el telégrafo llamado óptico que se inauguró con la Revolución Francesa, se ha visto que se ha reciclado el discurso redentor sobre los artefactos de la comunicación. Como que esta técnica de comunicación a distancia iba a dar nacimiento a una nueva forma de democracia universal en un mundo unificado y pacificado. Cada técnica, ya sea el ferrocarril, el cable submarino, el telégrafo eléctrico, la radio, la televisión o el cine, se publicitó como un instrumento de salvación, antídoto de las desigualdades sociales, y que con todos ellos se trataba de formar una nueva comunidad mundial. Nada extraño que estos discursos mesiánicos hayan resurgido en los panegíricos de Bill Gates, Nicholas Negroponte, o de Al Gore, sobre la reconciliación de "la gran familia humana" por virtud de Internet. Hacen suya la vieja idea de San Juan de la "gran familia humana" y la aplican a la última técnica de comunicación. Lo que muestra que el tecno-determinismo está cargado con una buena dosis de espíritu de carácter religioso. El hecho de que me haya empeñado en hacer la crítica del pensamiento tecno-utópico no quiere decir que estime que la apuesta tecnológica no nos ayuda 71 a pensar el mundo y no hace avanzar a la humanidad. Que las redes de información y de comunicación han creado en el curso de la historia más vínculos entre los humanos y entre las culturas, es evidente. Pero, a la vez, han generado nuevas fuentes de segregación y de desigualdad socio-económica, nuevas fuentes de violencia simbólica. El problema crucial de la tecno-utopía es la función que se le asigna políticamente a las tecnologías como determinante exclusivo, lo que llamo "el tecno-determinismo". Es el mito tecno-determinista que hoy asienta lo que llamo la ideología de la conectividad según la cual bastaría tener acceso a la tecnología, enchufarse, para resolver la llamada "fractura digital". Es el tecno-determinismo que inspira la representación de la web como fuente de una ciencia infusa, dada. Es decir, que crea la ilusión de que de la navegación sobre el océano de informaciones saldrá naturalmente para el internauta la revelación de su sentido. Es la misma mitología que difunde la idea según la cual Internet es de por sí un instrumento de resistencia al sistema, al orden establecido, al orden de las mega-estructuras mediáticas. En otras palabras, que contribuye necesariamente a la implementación del espacio público. Basta echar un vistazo a la multitud de los blogs, etc. para darse cuenta de que no es así. Ninguna tecnología interactiva es de por sí democrática y entra en un proyecto de resistencia democrática frente al orden de las cosas. La efervescencia de la navegación en el ciberespacio no puede ocultar el hecho de que los comportamientos individualistas están en la base de la red y que su contribución a una cultura del espacio público no es de ninguna manera una cosa dada. Hay que conquistarla. Vamos por partes, esto requiere varias aclaraciones. Todo lo que usted ha dicho desde el punto de vista crítico no niega, supongo, el hecho de que las potencialidades de Internet son inmensas. Nos vemos enfrentados por primera vez a un medio que reúne a todos los demás, que efectivamente puede interconectar a todos; que tiene un acceso fácil y que las grandes mayorías -usted lo ve hoy día- los jóvenes que no tienen dinero para comprar una computadora, van rápidamente al ciber café a conectarse para participar con entusiasmo de esta flamante comunidad virtual. Mi propia experiencia de investigador me muestra que, desde la llegada de Internet, mi método de trabajo ha evolucionado. No que encuentre ahí mis intuiciones magistrales que me meten en la pista y me permiten escribir mis libros. Sino, sobre todo, que me permite compartir conocimientos con colegas que están situados alrededor del mundo. En ese sentido, digamos que hay una potencialidad para la construcción de un pensamiento cosmopolita a partir del respeto de las diferencias. Y eso, ya es fundamental. Esta virtud de intercambio, como se sabe, fue por lo demás la que incentivó la invención de esta tecnología. Lo que empuja la apropiación social de Internet es acicatear una multitud de iniciativas que tratan de compartir voluntariamente creaciones. Por ejemplo, acceso libre a publicaciones científicas a través del Library of Science (PloS) o el sitio Wikipedia, esta gigantesca enciclopedia libre, multilingüe, donde se convida al internauta a crear o perfeccionar los artículos bajo la supervisión de los demás. En este sentido, se puede decir que este imperativo de mutualizacion y de trabajo en colaboración inaugura una amplia interrogación sobre los modos de producción del saber y sus actores actuales y potenciales. Y estamos sólo en el umbral de estas mutaciones. Pero no hay que pedir a la web, a la red de las redes, lo que no puede dar. En otras palabras, exigirle asumir por sí sola el papel de democratización del saber en una sociedad donde más y más se asiste a la patrimonializacion del saber por parte de los actores de las lógicas mercantiles y empresariales. Me parece que es conveniente cruzar dos miradas, luchar sobre dos frentes. Participar en la ampliación del campo de producción del saber que alimenta el acervo de los bienes públicos comunes. Y, por otro lado, responder al desafío de democratizar el conjunto de las estructuras de producción de conocimiento con vistas a favorecer la construcción de una verdadera sociedad del saber para todos y por todos. Es lo que tratan de hacer los movimientos ciudadanos cuando militan para un cambio radical en las reglas de la propiedad intelectual. Es lo que hacen también los sectores críticos de los docentes que se oponen a los planes de reforma de la enseñanza universitaria que ponen el acento sobre el acercamiento a las necesidades de la empresa privada en desmedro del acercamiento a la sociedad en su conjunto, y por ende, sus necesidades de saber no mercantil. Dos cosas más sobre Internet, la primera, decía usted al pasar: "creo que se trata de un medio individualista"... ¿Y qué quiere decir cuando habla de la necesidad de pensar en la construcción de una pedagogía de apropiación del nuevo entorno técnico por parte de los jóvenes? Primera parte, muchos de los contenidos que circulan en Internet no contribuyen a la creación del espacio público. Un estudio reciente considera que la fracción dedicada a esta finalidad no supera el 5%. Hay un sobrepeso de narcisismos. Una mutualizacion de narcisismos si se quiere. No por ello se trata de fustigarlos. Corresponde a una visión hedonista de Internet. El peligro mayor que le veo a esta tendencia es la "comunitarizacion" del ciberespacio de intercambio, la fragmentación en una multitud de lugares donde se acostumbra encontrar sólo a la gente que se parece a uno. Segunda parte de la pregunta. Pienso que una de las maneras de contrarrestar el acercamiento tecno-utópico es interrogarse sobre la forma en que las instituciones de socialización de los conocimientos como las universidades, enseñan a los estudiantes cómo construir sus problemáticas combinando la fuente Internet con otras, como el libro., etc Mi experiencia de docente universitario, me ha mostrado que la nueva generación tiene tendencia a privilegiar de sobremanera Internet en sus trabajos. Moderar esta tendencia, es precisamente el papel de una pedagogía de apropiación de la herramienta. Enseñar el 73 aspecto técnico no basta. Hay que desarrollar la reflexión y la distancia critica, hacer de tal manera que se formen progresivamente una cultura y una ecología crítica que favorezcan la apropiación. Esto remite a la interrogación sobre la formación y la transmisión del saber. Durante los últimos años, se ha visto emerger un problema que no se había anticipado, el uso intensivo del "cortar y pegar". La tentación es grande de integrar largos extractos de textos pescados en la navegación en el web en las tesinas, tesis o ponencias, sin citar las fuentes, sin argumentar. Ahora bien, se está perdiendo la capacidad de construir una argumentación. No es así como se construye una autonomía intelectual, no obstante tan necesaria a un uso democrático de las nuevas tecnologías. La necesidad de una verdadera pedagogía de la tecnología. Es lo que reclamaban Gilles Deleuze y Felix Guattari cuando decían que la tecnología está bien, pero no se puede analizar sin tomar en cuenta la manera como se organizan sus "agenciamientos sociales", cómo se agencian en la sociedad las tecnologías. Y allá, tanto los estudiantes como el profesor son por igual responsables. La crítica fundamental que le hace a Internet es que, a su juicio, el riesgo que se corre es que genera lo que usted llama la "atopía", es decir, la otra cara de la medalla de la utopía. Es decir, que lleva a la indiferencia frente a la posibilidad de tener una visión de un mundo distinto. Ese es un problema clave, en resonancia con lo que decíamos al principio de la entrevista, es decir, el corte con la puesta en perspectiva, la falta de memoria. Eso quería decir cuando también hablaba de "ciencia infusa, dada". Se pierde de vista que toda construcción de una reflexión implica un cierto tipo de ascesis investigativo. Y aquí cuando hablo lo hago a partir, sobre todo, de mi experiencia como docente investigador. Cuando leo trabajos de ciertos estudiantes, por suerte no todos son así, pero digamos que hay una fuerte tendencia a olvidar incluso el preguntarse sobre el texto que encuentran en un momento determinado en Internet, por qué ha sido producido y quién lo ha producido. He visto, y fue realmente el colmo porque me hizo reír, un estudiante en una ponencia que me vino a hablar mucho sobre la sociedad del espectáculo, de la sociedad del consumo, etcétera... Yo le digo, ¿dónde ha encontrado usted estas referencias? No me acuerdo, me contestó. No miré la tapa del libro, es un señor que llama yo creo... Alfred Baudeleau. Yo le digo, ¿no se llamaría Baudrillard? Si, a lo mejor. Por caricaturesco que sea, este caso ilustra bien el eclipse de la cuestión nodal: por qué se producen tales hipótesis, tales investigaciones. De allá deriva una visión de los conceptos como herramientas epistemológicamente indiferenciadas. Una especie de cajón de sastre intercambiable. Es por eso que en materia de estrategias pedagógicas es recomendable repensar también la manera como se integra la enseñanza del entorno tecnológico en las universidades, en las escuelas y en todos los cuerpos que sirven de socialización del universo técnico. Aunque Internet lleva a la movilización. No diría que Internet lleve a la movilización. Diría más bien que si hay movilización a través de Internet, es porque hay sujetos sociales que lo utilizan con este fin. No hay que invertir los términos del problema y caer en otra trampa del tecnodeterminismo. La prueba es perfectamente comprobable en lo que ha aportado esta tecnología en las maneras de militar y de actuar. El momento "AMI" fue determinante. Al poner en línea el texto de este acuerdo multilateral sobre las inversiones, las redes ciudadanas suscitaron durante casi cuatro años un debate mundial que pesó mucho sobre su abandono en 1998. Y para tomar un caso mas reciente, es claro que con ocasión del referendo de la Constitución Europea en Francia, los partidarios del "No" han hecho de Internet un verdadero, y muy influyente, foro. Hasta el punto de lograr hacer valer sus ideas en amplios sectores de la opinión. Las movilizaciones de las redes transnacionales alrededor del derecho a la comunicación al cual nos referimos antes son otras ilustraciones de esta nueva emergencia de la red como ingrediente de la toma de conciencia y de la formulación de una estrategia. Una pregunta corolario. ¿Esta apropiación del espacio reticular por los sujetos sociales corresponde o no a un avance paralelo en su conciencia de la importancia de la cuestión de la comunicación? Es claro que en los foros sociales mundiales, la información, la comunicación y la cultura han conquistado su legitimidad. Lo que en sí representa un importante avance en el pensamiento del movimiento social. Durante mucho tiempo, en efecto, el enfoque instrumental de los medios, las redes y la cultura ha lastrado la formalización de un pensamiento conjunto sobre su papel en las estrategias de cambio social. Y más aún en su dimensión internacional que muchos, de hecho, no han descubierto ¡hasta la irrupción de Internet! Marginales y dispersas en el primer Foro Social Mundial de Porto Alegre (2001), estas problemáticas han ocupado por ejemplo en el de 2005 la cuarta parte de los once espacios temáticos propuestos. Mientras que el , difundido también en 2005, incorporaba estos temas y los convertía en el garante de la < democracia, del plano del barrio al planetario>. Sin embargo, este avance debe ser matizado. Primero, quienes llevan adelante estas problemáticas son colectivos que se han invertido desde hace tiempo en el dominio. Y en el trabajo de reflexión unida a una acción, los colectivos y las redes de América Latina han jugado y siguen jugando un papel mayor. Pero no faltan sectores que todavía interpretan el cuestionamiento crítico sobre las nuevas tecnologías y sus modos de inserción social como el producto de un "tecnofobia". Como antes se hablaba de "publifobia", cuando se cuestionaba la razón publicitaria. Señor Mattelart, llevemos toda esta reflexión general a lo particular. Tengo varios casos y naturalmente que el más emblemático por lo conocido, tanto dentro como fuera del país es el de Venezuela y el término de la concesión de la licencia para RCTV por parte del gobierno que encabeza el señor Hugo Chávez. Esto ha creado una controversia que ha terminado por dividir al mundo en dos aguas: los partidarios de la no-renovación por las supuestas actitudes pro golpistas del propietario, y los adversarios que lo condenan como la mejor demostración de un ataque directo al corazón de la libertad de prensa. No me asocio desde luego al coro de las voces que aprovechan la ocasión para llevar campañas de carácter francamente difamatorio en contra del régimen de Chávez, y la experiencia llevada por Venezuela en su conjunto. Hay un contraste entre el silencio ensordecedor de estas voces sobre la realidad latinoamericana de tendencia a la concentración de los medios, equivalente a una verdadera operación de confiscación del espacio publico, y su virulencia en la estigmatización de este caso particular de no-renovación de la licencia de un canal de televisión. Pediría a la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, y otros paladines de la libertad de prensa tener la decencia cívica de ser menos selectivos en la elección de sus "blancos" y de sus temáticas. Después de todo, no se hicieron oír mucho en los tiempos de las dictaduras. La campaña internacional en contra de la Venezuela bolivariana me recuerda lo que vivimos en Chile entre el 4 septiembre de 1970 y el 11 de septiembre de 1973. Lejos de mí evidentemente la intención de extrapolar la experiencia chilena a la venezolana, incluso si ambas tienen en común el enfrentarse a operaciones de desestabilización desde el interior y desde el exterior. La diferencia de contexto político entre el caso venezolano y el proceso chileno es la siguiente. En Chile vivíamos en una configuración política que se puede caracterizar clásica: con partidos, movimientos políticos anclados en una tradición histórica. El espectro de los partidos era "muy parecido" al que conocíamos en Europa. Había por lo menos puntos de referencia compartidos. La Venezuela de hoy me parece representar una experiencia límite. ¿Por qué límite? Porque es un país donde después de las múltiples tentativas infructuosas de la democracia cristiana y de la socialdemocracia para sacar al país de la miseria con el maná petrolero que benefició sobre todo a los sectores medios, se llega a un especie de lo que llamaría una "rebelión de la desesperanza" de los rezagados. Una radicalización de un sector del pueblo que no tiene nada que perder. Se levanta, mejor se insurrecciona, una fracción de la sociedad que nunca ha tomado en cuenta en sus análisis la ortodoxia marxista que la reducía al despectivo "lumpen proletario". Y en este sentido, contrariamente a lo que suelen pensar muchos de los críticos acerbos de este proceso radicalizado, lo queramos o no, no constituye un vestigio sino un anticipo muy contradictorio de lo que nos espera si sigue prevaleciendo un modelo de globalización excluyente por lo salvaje. Un modelo que desde el principio de este siglo ha vuelto a mostrar su cara de coacción y de aparcamiento con relación a los excluidos como una expresión de una verdadera estrategia de clase. No por nada la oposición en Caracas pone adelante el origen mestizo del presidente. Este contexto de radicalización le hace perder a uno sus referencias establecidas, su razón política. El problema es que llegado un momento determinado las rebeliones toman esa forma y, salvo que la gente se "lobotomice", se van a encontrar situaciones en donde hay tomas de decisiones radicales que chocan no con medio mundo, sino con todo el mundo, y son explicables en función de una realidad. No por ello disculpable. Si me interesa destacar aquí el momento chileno es en lo esencial porque en la historia de los procesos revolucionarios permanece como uno de los únicos casos donde los responsables políticos empeñados en un proyecto de socialismo se posicionan abiertamente frente a la necesidad o no de convivir con los medios de comunicación de sus adversarios. Se sabe que la respuesta que dio la Unidad Popular, y Salvador Allende personalmente, fue permitir una plena libertad de prensa, hasta tal punto que no sólo los sectores de oposición conservaron sus propios medios, sino que los incrementaron. Y no dudaron en utilizar para sus propios fines esta libertad de prensa. Atacaron sin vergüenza y a diario la persona del presidente y, sobre todo, cumplieron el papel de "intelectual orgánico" y de "agitador colectivo" de las fuerzas de la oposición, acicateándolas y respaldándolas en los desfiles de las cacerolas, la toma de la Universidad Pública y la ocupación de las calles, en las huelgas que paralizaron al país. Como aquélla, paradigmática, iniciada por el gremio de los camioneros. Esta estrategia, lo que llamé la "línea de masas" gremialista en mi película La Espiral, preparó la intervención de los militares golpistas. En esta movilización en contra de los proyectos de reformas, El Mercurio y el canal de televisión de la Universidad Católica se revelaron piezas estratégicas. ¡El colmo de la ironía es que no se ha visto un gobierno elegido democráticamente que respetara tanto a las libertades constitucionales, la libertad de prensa primero, hacerse acusar a tal punto de amordazarlas! Me acuerdo de que la única ocasión en que Salvador Allende, francamente excedido por estas campañas que, como decía, tendían un cerco ideológico alrededor del Chile popular, tomó la decisión de cerrar un órgano de prensa, fue cuando ordenó la clausura durante un par de días de la antena chilena de la agencia internacional de prensa, la UPI, por haber inventado la noticia según la cual el presidente chileno había transportado armas para los guerrilleros colombianos en el avión que lo llevaba de visita oficial a ese país. Lo cierto -y lo que me preocupa- es que el resultado de la campaña -se puede decir de alcance mundial- en contra del régimen del presidente Chávez con ocasión de la no-renovación de la licencia de concesión de RCTV es que proyecta (o refuerza) una imagen sesgada del paisaje mediático de este país. Y por ende, de la totalidad de una experiencia genuina de cambio. Lo más probable, por ejemplo, es que las audiencias europeas se quedarán sin saber sobre la existencia de los otros medios escritos o electrónicos de que dispone la oposición, las tentativas de crear una red de medios de comunicación popular u otras iniciativas como la creación de Telesur, una televisión regional que trata de dar otra visión de la información que la que da CNN y cuyo primer mérito es el de existir. Se quedarán con la idea de un régimen paranoico obsesionado por el fantasma de su desestabilización permanente. Se quedarán con la imagen maniquea de que el proyecto totalitario de violación de la libertad de expresión ha encontrado una nueva cuna. Reubicado en este contexto, claro que se puede discutir sobre la "no-oportunidad" desde una perspectiva puramente táctica de la decisión del Estado venezolano de recurrir a su derecho de propietario del espectro de las frecuencias para cancelar esta concesión a un canal de televisión. Pero la enseñanza política mayor que presenta el caso no se sitúa fundamentalmente en este punto. Hay que tomar un poco de altura e ir más allá de este caso particular. Digámoslo de frente. Es difícil entablar un verdadero debate público acerca de cuán cerca o lejos a la libertad de prensa se encuentran los propios sectores progresistas y democráticos. ¡Y entre estos últimos y los sectores conservadores, ni hablar, ya que no sólo terminan en anatemas sino que empiezan con anatemas! Mi experiencia vivida de cerca de varios procesos revolucionarios que pretendían romper con la norma - en Chile, pero también en el Mozambique de Samora Machel, en la Nicaragua sandinista y la revolución de los claveles en el Portugal de los Capitanes-, me ha reafirmado en la idea de que es una zona ciega en el pensamiento de la critica al orden establecido. Y la honestidad intelectual consiste en admitir que la memoria histórica de las propuestas y de las experiencias de cambios revolucionarios en este dominio es bien poco amueblada. Lo que me consuela es que los debates actuales sobre el "derecho a la comunicación" parecen abrir una brecha prometedora. Porque, como lo dije anteriormente, plantea la urgencia de abarcar todo el espectro mediático. El tercer sector, un servicio público que no sea correa de transmisión del poder estatal, un sector privado que recuerde que le es delegada una fracción del bien público común que es el espectro de las frecuencias. Esta propuesta es el producto de una maduración de las fuerzas sociales. No necesariamente todas. Sino aquellas que entendieron en qué consistía la libertad de expresión a partir de la pluralidad de las voces. Y este nuevo acercamiento tardó mucho en emerger, ya que las fuerzas hegemónicas progresistas acostumbraban reproducir en su concepción de los medios de comunicación la relación vertical que regían sus propias formas de organización. Una aclaración sobre el tema de los anatemas y las posiciones polarizadas que impiden el debate. Los anatemas de la derecha son ampliamente conocidos, yo me quiero referir a los anatemas de la izquierda, ¿en qué sentido? Tengo dos impresiones: la primera es que, desgraciadamente, en estos sectores sigue prevaleciendo todavía ese concepto de que la crítica que beneficia a mi enemigo no hay que formularla. Y la segunda aseveración, es que no se es de izquierda si uno critica a un representante de la izquierda. Sí, le voy a decir, para ser realmente malo, es la misma actitud de Bush: "Si usted no está conmigo entonces está en contra". El problema es que en el 78 actual contexto mundial necesariamente vamos hacia posiciones extremas, pero de todos modos repito: prevalece el problema. Es decir, una zona ciega, unos olvidos, una falta de reflexión sobre el tema dentro de la izquierda, eso está clarísimo. Y en vez de criticar un tipo de decisión así, deberíamos proponer abrir un debate sobre esta realidad, porque con la oposición de dos anatemas es imposible encontrar una solución. En circunstancias que me parece que a pesar de la tendencia mundial de simplificar, caricaturizar estos temas, hay en cada sociedad individuos y grupos que piensan la transformación de los medios a partir, precisamente, de una reflexión alternativa en relación a lo que se había conocido antes. Basta tomar el ejemplo paradigmático de lo que esta ocurriendo a propósito de la ley de teledifusión en México y la manera de cómo parcialmente se revisa esta ley a partir de una presión de por lo menos una parte de la sociedad civil organizada (Mattelart se refiere a la decisión de la Suprema Corte de Justicia de México que aceptó el recurso de inconstitucionalidad presentado por 47 senadores, con el respaldo de varias organizaciones de la sociedad civil, sobre el proyecto de Ley Federal de Radio y Televisión y de Telecomunicaciones. El dictamen declara inconstitucional, entre otras, las siguientes materias sobre las concesiones: el refrendo automático, la subasta como mecanismo para la asignación, el plazo de 20 años de vigencia, la discrecionalidad de la Secretaría de Comunicaciones y Transporte para la asignación de estas concesiones. Una ley que congela la repartición del espectro televisivo entre dos grandes grupos empresariales ha suscitado la resistencia primero de un pequeño núcleo guiado por unos pocos senadores que progresivamente ha logrado asociarse y movilizar varios sectores de la ciudadanía hasta llegar a plantear la necesidad de un debate público) En ese sentido, hay una maduración en mucha gente sobre la importancia que ha tomado la cuestión de la arquitectura monopólica de la televisión para el desempeño de la vida en democracia. Lo observo también en Europa aunque, como en todas partes, no es una tendencia general. Lo importante es hacer fructificar esos verdaderos embriones alternativos, y es válido tanto en lo que toca a los medios como a otros sectores amenazados por la lógica del mercado. Diversidad de la propiedad de los medios, de las fuentes de información, de los modos de participación y acceso para garantizar que los puntos de vista de todos los sectores y grupos de la sociedad pueden hacerse oír son temas que atraviesan parte de la ciudadanía. Incluso si muchas veces toma tiempo el pasar de un estado de conciencia a la formulación de un proyecto político para conseguir que se materialice en políticas públicas. Hay otra evolución respecto de los medios de comunicación y es el hecho de que en Uruguay se tramitó una nueva ley de difusión de los medios de comunicación en junio pasado, y que tiene dos variables realmente importantes: por un lado legisla sobre la existencia de los medios comunitarios tan criticados por ciertos sectores; y por el otro, crea un consejo honorario consultivo para que de forma democrática, integrado por el Estado, por el Parlamento y por representantes de la sociedad civil, analice la concesión y el término de la concesión del espacio radioeléctrico. Entonces esto, sin ánimo de exagerar, constituye un salto cualitativo muy importante en un país como es Uruguay. Exactamente, por lo demás entronca perfectamente con lo que acabo de señalar. Es decir, es la traducción de la evolución de un pensamiento crítico actuante sobre los medios de comunicación que desemboca en una nueva institucionalidad mediática. Es de notar en este caso, como en la mayor parte de América latina, el peso que han adquirido los medios comunitarios en el espectro de los actores sociales que luchan para la ciudadanización de la comunicación. Es significativo que el proyecto inicial sea el resultado de la convergencia de varios actores donde las asociaciones civiles jugaron un papel decisivo. Ha sido presentado, en efecto, al Parlamento en 2005 por un grupo de legisladores y una coalición integrada por AMARC (Asociación Mundial de Radios Comunitarias), la Asociación Nacional de Periodistas APU, la Universidad de la República de Uruguay, el Instituto de Estudios Sociales y Legales de Uruguay, el Instituto Solidaridad y Desarrollo, la Federación de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua (FUCVAM) y la central de trabajadores del país, PIT-CNT. Es un testimonio de cómo ha evolucionado el pensamiento sobre lo que se llamaba en los años setenta la "comunicación alternativa". Se nota por lo demás un desenclave de la reflexión y del campo de intervención. No sólo se trata de promover la legalización del "tercer sector" sino de pensar la regulación del sistema de comunicación en su conjunto. Se piensa la cuestión de la legalización del "Tercer sector", al lado de la cuestión del servicio público que se anhela consolidar, o crear cuando no existe, y aquella del sector comercial al cual se exige o se debería exigir que sea consecuente con la delegación que le hace la sociedad en el uso de un bien público común, el espectro de frecuencias. Prueba de que los actores de la comunicación popular han ampliado sus perspectivas y ya no se conforman sólo con reforzar sus redes y su profesionalidad, sino que se convierten en una de las avanzadillas de las presiones que tienden a cambiar estructuralmente la organización del conjunto del sistema mediático y rehabilitar la idea de "lo público", en línea con la declaración de las organizaciones latinoamericanas de comunicación, reunidas en Quito en julio de 2004 con ocasión del Foro Social de las Américas: "Privilegiar la defensa y la promoción de lo público, porque lo público permite el ejercicio de una cultura deliberativa que confronta y acepta diversas posiciones para hacerlas dialogar y construir acuerdos basados en la discrepancia sobre los conflictos que vivimos pero asumiéndolos". De paso cabría recordar que en Uruguay arraiga una larga tradición de reflexión que apunta en este sentido. Digamos que hay unas "inversiones de larga duración" que hoy dan sus frutos. No por nada fue la tierra desde donde, a partir de los anos setenta, el comunicólogo y pedagogo Mario Kaplún nos 80 enseñó a todos lo que se debía entender por una "comunicación popular". Un testimonio personal: fue él quien convocó en 1971, en Montevideo, la primera reunión del pequeño núcleo de investigadores críticos de América Latina donde esta problemática estuvo a la orden del día. Contribuyó mucho al poder de la acumulación de conciencia crítica. ¿Es factible en América Latina combinar, en este aspecto, igualad y libertad? Se lo planteo por lo siguiente: cada vez que se ha insistido en el tema de la igualdad, ha salido perdiendo la libertad y cada vez que se ha insistido sobre el tema de la libertad, ha salido perdiendo la igualdad. Eso, que no vale solamente para los medios, es un envite dramático. Sobre todo en este momento donde el dilema se ha complicado por la intervención de otro: libertad / seguridad. El dilema es encontrar un equilibrio, darse cuenta de que es necesario que en cada realidad haya una pluralidad en la expresión pública. Es por eso que vuelvo a insistir sobre este requerimiento de reflexionar sobre una reestructuración global del sistema de comunicación conforme a lo que acabo de decir. Demos vuelta la página para hablar sobre el lenguaje. Soy más propicio a hacer esta pregunta porque vengo de un medio radiofónico. El caso es que durante toda una vida hemos estado pregonando a nuestros colegas y a nuestros jóvenes periodistas de América Latina la necesidad de una simplificación del lenguaje, la posibilidad de hablar de una forma muy sencilla y muy clara para que la gente nos entienda. ¿No nos ha llevado esto a propiciar una reducción de la utilización del lenguaje, a una pobreza del lenguaje, alentada desde los medios? Hay efectivamente empobrecimiento del lenguaje. Y hay todo un ambiente socio-político que lo respalda y cultiva. Está claro que los medios tienen su parte de responsabilidad en ello. Pero pienso que es un fenómeno de alcance más general. Es lo que sugería cuando me refería al achatamiento de los conceptos, a la desregulación conceptual. Hay un temor a utilizar palabras y conceptos que rompen con el sentido aceptado como común y sin previo inventario. De allí la necesidad de una atenta vigilancia critica. La manera como la semántica mediática ha contribuido a popularizar en las lenguas latinas la denominación "anti-mundialización" o "anti-globalización" para cercenar y simplificar las acciones de los partidarios de otro proyecto de integración del planeta es muy reveladora. ¡Hasta el punto de que ellos están obligados a recurrir hoy a esta terminología para hacerse entender. El contexto ultraliberal induce a un neopopulismo rastrero que incita al anti-intelectualismo bajo el pretexto de rechazar el elitismo! Lo hemos visto aquí en Francia, en 2005, con ocasión del referéndum sobre el Tratado Constitucional Europeo, cuando la gran mayoría de los medios estigmatizaron como "arcaicos" a los sectores del movimiento ciudadano que se habían tomado la tarea de hacer el exégesis del texto en su totalidad y argumentaban articulo por articulo para justificar su rechazo de votar a favor. El presidente Nicolas Sarkozy es un buen ejemplo de este espíritu del tiempo neopopulista cuando se jacta de "no ser un intelectual ni un ideólogo sino un pragmático". Antes de ser elegido presidente, cuando era ministro del Interior, ha demostrado que la cuestión del lenguaje era la menor de sus preocupaciones. Por fustigar a los jóvenes de los arrabales oriundos de la inmigración en términos dignos de la sicología reaccionaria de las muchedumbres, la "chusma", de fin del siglo diecinueve, desencadenó unos disturbios que duraron a fines de 2005 casi tres semanas, e incendiaron miles de coches a través de todo el país. Usted nombró a Sarkozy...salgo del tema central por unos minutos nada más, pero creo que es pertinente. Me estaba acordando de este discurso en que reniega de lo del 68 -el próximo año se cumplen 40 años- de tres 68 ¿verdad? Praga, París y México.¿Por qué renegar de ese momento que es un triple hecho histórico? Sarkozy lo necesita para otorgarle crédito a su proyecto conservador de chivos expiatorios. Los inmigrantes, en primer lugar. A tal punto que se atreve, apenas elegido, a instaurar un ministerio de "la identidad nacional, de la inmigración y de la integración". Otro desliz perfectamente controlado que indica lo poco atento que está a las connotaciones francamente racistas de esta taxonomía que delega al Estado la capacidad de definir lo que es la "identidad nacional" y hace del inmigrante un "sospechoso" de no corresponder a su propio criterio, como lo han hecho valer públicamente los historiadores de la inmigración. El nuevo presidente debe, además, rehacer la historia, reapropiársela para amoldarla a sus fines. Ya que al presentarse como el "redentor", mejor, el "enderezador" de una Francia que diagnostica en declive, necesita designar un momento histórico donde arrancó, según él, este declive. Y, a juicio de Sarkozy, es la rebelión de los estudiantes de mayo de 1968. Momento que, en realidad significó para las fuerzas conservadoras un momento de crisis que llevo el sistema al borde del colapso. Ahora bien, en realidad, como lo escribió en ese momento Roland Barthes, mayo de 1968 es un momento de "toma de la palabra" (en clara referencia a la expresión "toma de la Bastilla", este símbolo de la rebelión en contra de los privilegios), un momento de liberación de la palabra. Y Edgard Morin agregaba que era una "rebelión antigerontocrática y antipaternalista que afectó, al egneralizarse, la esencia paternal-patronal del poder". Personalmente pienso retrospectivamente que lo que opera en mayo del 68 es una descolonización de las mentes. Una toma de conciencia centrífuga del cepo europeo centrista. Otra manera de vincularse al mundo. Como prueba, los símbolos que los estudiantes agitaban en las calles pertenecen a las luchas de liberación que se llevan en ese mundo a través del mundo. Y esta rebelión es la primera en emprender una crítica radical de los modelos de sociedad de consumo y de espectáculo. Es probable que la diabolizacion que hace Sarkozy de mayo de 1968 se vuelva en su contra con ocasión del 40 aniversario del evento, el año próximo. ¿Hay una herencia del 68? Claro. Ha permeado toda la sociedad. La herencia es doble. En primer lugar, están los "conversos", quienes se sacaron la chaqueta de izquierda y se pasaron en los años 80 al otro bando, alimentando el pensamiento neoliberal. Por otro lado, es cierto que ha marcado la evolución del pensamiento crítico frente a la sociedad existente y ha dado lugar a múltiples iniciativas democráticas. En el acercamiento al sistema educativo por ejemplo. Como tengo nieto y dos nietas, he podido comprobar claramente esta continuidad; la manera de reflexionar sobre cómo encarar la educación de los niños. La institución universitaria que quiere transformar Sarkozy para armonizarla con los requisitos del rendimiento empresarial, y que sigue situándose en una perspectiva crítica tratando de ligarse a los problemas vivos de la sociedad, es un fruto lejano de mayo del 68. En breve, no es posible despegar de este momento de ruptura la producción intelectual de muchos filósofos o de científicos sociales. En realidad, los intelectuales que denunciaron el impacto negativo de Mayo de 1968 fueron durante largo tiempo una minoría. El hecho de que, por lo general, Sarkozy en su expropiación, su manipulación, de la historia no se apropie de intelectuales o de personajes políticos conservadores es bien significativo. He ahí la paradoja. Vuelvo a nuestro tema central Sr. Mattelart. Esta crisis de la democracia, sobre la cual tanto se ha hablado y este informe del PNUD del año 2004. ¿Por qué se produce la crisis? ¿Es que los partidos políticos no han estado a la altura de las circunstancias, es decir, no han tenido respuestas para los desafíos de hoy? ¿O es que la sociedad ha ido por delante de los partidos políticos? ¿Dónde está la razón de ser de la crisis de la democracia en América Latina? Esta idea de crisis de la democracia empieza a ser un denominador común en la escena mundial. Y no solamente en América Latina. En la Unión Europea, muchos se preguntan por ejemplo, si la democracia puede sobrevivir al sistema político-mediático-sondeo. Sin hablar de las consecuencias del ascenso de las políticas de intromisión del "todo seguridad". Lo cierto es que la democracia representativa aparece hoy en un punto de crisis. Y frente a estas situaciones, o se desarrolla un salto cualitativo en la participación de los diversos sujetos sociales y de todos los ciudadanos en la gestión de la sociedad, o se va hacia una gestión cada vez más autoritaria del poder y hacia una negación de los derechos. En este contexto, la comunicación, los derechos a comunicar, la organización de los procesos de comunicación tienen un papel fundamental. En particular se vuelve esencial la interpretación del "derecho a la comunicación": definido como derecho de parte del público a recibir y consumir solamente la información ofertada por el sistema de medios, o como derecho de todos y de cada uno o una no sólo a recibir, sino también, a producir la información y a crear y experimentar nuevas formas de comunicación. Por lo demás, no debería ser un imperativo sólo de una política de comunicación sino de una política cultural y de una política de enseñanza y de investigación. Me parece que este vínculo es una condición ineludible para enfrentar los desafíos que representa la construcción de unas sociedades del saber para todos y por todos dignas de ese nombre. El problema mayor es que en todas partes se observa un descalce entre las fuentes de imaginación social y las superestructuras institucionales. Un rechazo en querer utilizar estas fuentes de la imaginación social con fines de replantear el funcionamiento de la democracia. Pero si comparo la situación de América Latina en relación a la Unión Europea, me parece que, a pesar del diagnóstico negro de las Naciones Unidas, las presiones y los esfuerzos de las nuevas fuerzas vivas de la sociedad para incorporar esta imaginación social en la democracia a lo cotidiano son mucho mas visibles y esperanzadores en la primera que en la segunda. La manera misma como se está planteando en muchos países latinoamericanos en forma recurrente la ciudadanización del espacio público a través de propuestas concretas sobre un nuevo ordenamiento del espacio mediático es un índice que no engaña. Incluso si las fuerzas conservadoras se resisten ferozmente a las presiones de la sociedad. Quizá la casilla ausente en el informe del PNUD de 2004 es precisamente este fenómeno difícil de medir estadísticamente que son las formas de auto-organización de los sin voz frente a las carencias o las insuficiencias de las autoridades públicas. Y allá, se quiera o no, América Latina tiene mucho que enseñar a los europeos. El ascenso reciente de diversas fórmulas de gobiernos progresistas en el subcontinente merecería de los europeos una mirada menos condescendiente y, sobre todo, menos propensa a condenar en vez de informarse y observar. Afirmar lo anterior no quiere decir que desestime los estigmas que los períodos de la dictadura y las lógicas del modelo individualista inherente a un neoliberalismo salvaje han dejado en las mentalidades colectivas. Y que han repercutido en el receso de la idea de solidaridad y de los sistemas públicos encargados de llevarla a la práctica. Lo que ha aparecido es lo que se puede llamar un "nuevo tipo antropológico" con relación al otro. Este cambio de fisonomía es particularmente visible en el Chile de hoy. Es otro país. Me dice usted que los chilenos de hoy son más egoístas de lo que eran antes del 73 (Risas)... no le quiero decir eso, pero usted sabe que... ... que Ud. tiene muchos amigos chilenos... Rosa Luxemburgo tenía razón cuando sostenía que a cada modo de acumulación del capital correspondía la conformación, el formateo, de un tipo de "individuo". Además, no sólo hubo el cambio antropológico que afectó gran parte de la imaginación social. Sino que desaparecieron casi dos generaciones. Por conversión a las reglas del sistema. O por muerte, merced a la ferocidad de la represión. Hemos hablado mucho de los problemas, de los dilemas y de los males de la comunicación social. Quisiera que habláramos sobre los remedios, sobre las eventuales propuestas para encarar el desafío de la comunicación en el siglo XXI. Comencemos con la defensa de la diversidad cultural. ¿Es posible eso hoy día, con un imperialismo que es más imperialismo que nunca? Ya es un éxito que el instrumento jurídico internacional que constituye la Convención sobre la Diversidad Cultural, a pesar de todos sus límites, haya sido aprobada en octubre de 2005 casi por unanimidad, excepto por los votos de Israel y de Estados Unidos. Claro que, después de esta votación, hubo que esperar a que unos treinta países la ratificaran formalmente para que pudiera poder entrar en aplicación. Lo que se cumplió efectivamente en marzo de 2007. Es interesante ver que los países que en América Latina fueron los primeros en ratificar efectivamente esta convención son los países con fuerte componente de pueblos indígenas (Guatemala, Perú, Bolivia, México y Ecuador). Se puede esperar que cada vez más naciones se sumen a ella y la ratifiquen. Incluso se sabe que los Estados Unidos seguirán intentando, a través de acuerdos bilaterales, que los países que aún no han ratificado el texto abandonen esta parte esencial de su soberanía cultural. Lo que lograron en varios países que han renunciado a su derecho a promover políticas nacionales de ayuda a la actividad cinematográfica, por ejemplo. Tanto las redes pertenecientes al movimiento social como aquellas de la Coalición de profesionales de la cultura han tenido en América Latina, conjuntamente con las redes europeas y norteamericanas del mismo tipo, un papel protagónico en la preparación y adopción de la Convención. Es un hecho determinante. Incluso la participación de estos nuevos protagonistas esta avalada en la propia convención. El artículo 11 insta a ello: "Las partes, reconociendo el papel fundamental de la sociedad civil en la protección y la promoción de la diversidad delas expresiones culturales. Las partes, instando a la participación activa de la sociedad civil en sus esfuerzos, con vistas a alcanzar los objetivos de la presente Convención". Iría más lejos. Diría más bien que la Convención se impondrá como referencia, con la que las partes interesadas públicas y privadas deberán contar sólo si estos nuevos actores siguen apropiándosela no sólo para su aplicación, sino también para desbordar sus límites. De hecho en muchos países, los movimientos o las organizaciones de la sociedad civil, no esperaron a este consejo de la Convención, ya que son ellos quienes de hecho impusieron este artículo. Sólo habrá diversidad cultural en el sentido de una política cultural y mediática si la sociedad se apropia de este instrumento jurídico. ¿Qué quiere decir "desbordar" los límites, ir mas allá de la Convención, pero apoyándose sobre sus principios generales? A modo de respuesta, yo le remito a lo que afirmaba en los inicios de la entrevista, en el sentido de que uno de los puntos flacos de la convención es todo lo que se refiere a la realidad de la concentración mediática. Ahora bien, no hay que esperar que la mayoría de los gobiernos tomen por sí solos la iniciativa, porque incluso si la toman lo harán de manera limitada. Es lo que enseña la experiencia reciente tanto en América Latina como en la Unión Europea. Tanto las autoridades regionales como nacionales le tienen temor a abordar el problema. Lo que revela cómo el poder mediático ha consolidado su posición como actor determinante en el juego político. Esto hace que en Chile, por ejemplo, impere un grado de concentración en la prensa escrita que nunca en la historia de esta democracia se había conocido. Lo que hace que incluso haya una tal amnesia sobre el papel maléfico que tuvo El Mercurio en el derrocamiento del gobierno constitucional del presidente Salvador Allende y que las autoridades tengan una actitud tan reverenciosa frente a este medio que sigue reivindicándose como por encima de los intereses partidarios. El hecho de que la publicidad gubernamental sea generosa con estos medios y parsimoniosa con una prensa que ayuda a pensar diferentemente es un índice de esta reverencia. Una de las consecuencias es la desaparición progresiva de muchos de estos órganos de prensa en los últimos años. Cambiar las reglas de este juego que hace aparecer las situaciones monopólicas como naturales no puede ser el trabajo de sólo los periodistas y de sus asociaciones. Es un problema de sociedad y de salubridad pública. Y así debe ser planteado. Y es ahí donde interviene la necesidad de una amplia alianza entre la gente que trabaja en los medios, en la medida en que pueden expresarse críticamente los medios que se llaman libres e independientes, los otros productores del saber, investigadores y docentes, y los propios usuarios. Es vital que se construya esta alianza, este frente común. Los periodistas y la corporación de los periodistas no pueden por sí solos cambiar las reglas del juego, porque muchos dependen de los propietarios y, si hablan, ponen en riesgo su trabajo. Además, ellos mismos, tienen intereses profesionales en esta interrogación sobre el modo de producción de la información. Los procesos de concentración siguen siendo un agujero negro en el debate público sobre la libertad de expresión. Sin esta perspectiva política, estamos expuestos a seguir viviendo en estructuras monopolizadas. Y se reforzarán. Incluso si a través de Internet, grupos e individuos tratan de cortocircuitarlas. La gran ilusión es pensar que podemos ir hacia sociedades del conocimiento o del saber haciendo el ahorro de la interrogación sobre las lógicas de concentración que trabajan los medios. De lo que se trata es de oponerse ni más ni menos a lo que llamo la "servidumbre voluntaria". Forma parte de lo que anunciaba en el principio de nuestra plática como las nuevas formas de luchas culturales, sociales y económicas propias de la nueva economía cognitiva. Debería constituir el horizonte utópico del proyecto de sociedad democrática. En el período actual, el problema mayor consiste en sentar las bases de una cultura ciudadana de los medios que sea capaz de desarrollar a la vez la crítica del modo de producción de la información, por ejemplo, y la toma de conciencia de sus envites estructurales. Por otra parte se dice que la solución podría estar en la creación de observatorios y veedurías nacionales... Solución, no sé. Uno de los instrumentos, sí. Sí, pienso que los observatorios nacionales son una necesidad histórica hoy. Su pertinencia reside en que se necesitan porque los medios han tomado tanta importancia que no podemos seguir con una configuración mediática sin contrapoder. Los años ochenta vieron el redescubrimiento por el pensamiento sobre los medios de la actividad de los receptores. A veces en detrimento del análisis de los dispositivos mediáticos y culturales, como lo demuestran las desviaciones y visiones idílicas de los estudios autistas de recepción. Visiones muy cercanas a aquella del ultraliberalismo sobre la idea de un consumidor soberano y libre en un mercado libre. A principios de este nuevo siglo, el movimiento ciudadano parte del postulado según el cual la libertad del usuario, no es algo que viene dado. Se construye a través de contrapesos ciudadanos, mediante la organización de mecanismos de participación perennes. Corresponde a una necesidad sentida por muchos grupos de la sociedad civil organizada, a un nuevo estado de la conciencia social. Incluso si uno admite que las formas según las cuales se instalan estos observatorios son susceptibles de evolucionar y sin prejuzgar sobre la dificultad de pasar de la conciencia de un fenómeno a la movilización, al compromiso cotidiano de la «observación de los medios». La fórmula de referencia que más conozco en cuanto a observatorio corresponde a la que se lanzó oficialmente en el Foro Social Mundial de Porto Alegre en 2003, bajo la iniciativa de Le Monde diplomatique, de periodistas brasileños y de la agencia de noticias alternativa IPS (Interpress Service). El esquema organizativo original de este contrapoder descansa sobre la articulación en el observatorio de tres tipos de actores, tres "colegios" de actores: los periodistas, los investigadores y los "usuarios", aunque no me gusta mucho hablar de usuarios, sino de ciudadanos que miran, escuchan o leen los medios y han desarrollado una conciencia crítica a este respecto. Esta trilogía me parece decisiva, so pena de tener a un grupo de sabios que profesa desde arriba, ya sea como periodista, ya sea como investigador. Además, es importante contrarrestar las fuentes del corporativismo tanto en la corporación de los periodistas como en el medio de los investigadores. Ambos tienen en efecto por igual la tentación de mirar la sociedad a través de su prisma exclusivo. Articular las diferencias no sólo de origen profesional sino político es desde luego un desafío permanente. Sobre todo que el abanico de posiciones oscila entre los que conciben la acción del observatorio como un trabajo de inversiones a largo plazo y otros están motivados por una temporalidad más cercana a la concepción "basista" que tienen de la función de los mecanismos de observación de los medios. El objetivo es intervenir en la intersección de los campos políticos y mediático, de interpelar a la vez a los partidos políticos, las autoridades públicas y los medios. Observar es descifrar el contenido de la información, pero también estudiar las causas estructurales de los silencios, la razón de las censuras, de las distorsiones. Observar, esto se conjuga con encuestar, alertar, proponer. Es no sólo cuestionar los modos de producción de la información en tanto repercutiendo sobre los derechos y los deberes de los periodistas. Es mostrar su solidaridad con aquellos que están expuestos a las presiones de sus empresas, públicas o privadas, de aquellos que trabajan en empresas refractarias a la información independiente. Es también ser solidario, a todos los niveles, de los proyectos de creación de medios fundados sobre la diversidad de los sujetos y de las voces y no sólo sobre la multiplicación de las empresas y canales. Solidario, por fin, con aquellos que se interrogan acerca de la formación para los oficios periodísticos. La forma concreta que toma este tipo de contrapeso en la realidad se topa con dos problemas prácticos. El financiamiento, que depende en lo fundamental de la cotización de los miembros del observatorio; y el funcionamiento, que depende en gran parte de voluntarios. En el porvenir, confieso que no sería nada descabellado plantear que estos organismos estén financiados también con fondos públicos, porque cumplen una misión de interés público. Pero nuestras democracias todavía no están maduras para convencerse de ello. Como prueba, sus reticencias en incorporar en los consejos de regulación del paisaje mediático a los nuevos actores sociales organizados. Es por eso que si decía "pertinencia histórica" de la idea de observatorio, agregaría que es una tarea de largo aliento. Además, no es solamente una labor nacional. Sólo tendrá un contrapeso significativo si los observatorios nacionales se apoyan mutuamente en sus trabajos de investigación, de organización de campañas, de estrategias de intervención en las instituciones internacionales donde se negocia la suerte de la arquitectura mundial de la comunicación. De lo que se trata a medio o largo plazo es de construir verdaderos intelectuales colectivos de "contra-expertos". "Contra" es decir en contrapunto de la "expertise", la pericia de los lobbies y otros think tanks o fábricas de idea que sustentan el proyecto ultraliberal de "nuevo orden mundial de la información". Ya que esta ultima expresión ha sido expropiada por el G7 en 1995, en su primera cumbre organizada alrededor de la llamada sociedad global de la información y de las autopistas de la información. Articular las diferencias, afirmaba igualmente. No es fácil, es como volver a articular gente alrededor de un proyecto político mayor, sobre todo en la cuestión de los medios. Es muy difícil la crítica de los medios a diario; muy difícil. Porque hay sectores que están muy remontados en contra de los medios, muy radicalizados, pero esta actitud extrema te impide enfocar una estrategia pedagógica lenta donde finalmente, abres el camino hacia una cultura crítica de la comunicación. No sólo sobre los medios sino sobre otros aspectos de los cuales hemos hablado: sociedades del saber, diversidad cultural, patrimonialización de los bienes inmateriales, economía cognitiva, etc. El desafío es salir del círculo de los sectores esclarecidos de la sociedad de tal manera que se amplíe la masa crítica. El tema de la legislación. Si le preguntáramos a los propietarios y muchos profesionales de los medios, la respuesta es conocida desde hace décadas: "no se puede legislar, eso atenta contra la libertad de prensa, eso atenta contra la libertad de expresión". Esto se ha transformado en una especie de sentido común, se aprueba sin ninguna crítica -el que no se debe legislar- y tengo la impresión, no sé qué piensa usted, que hay de parte de los responsables políticos, un cierto temor, poca entereza para enfrentar el tema como se debe. Yo no digo, ni aliento que sean los políticos los que legislen sobre los medios; lo que digo es que hay que buscar medios humanos, sociales, con propietarios de medios conscientes de esta necesidad; esta combinación de la que usted habla de grandes alianzas, que propicien una legislación que haga viables medios distintos. Tiene razón, totalmente. Y del campo jurídico deberían ocuparse más los centros de formación de los periodistas y de los comunicadores. En toda mi carrera, he deplorado la relativa ausencia de esta problemática en los programas. Y en este contexto tendrían particular valor los observatorios como centros de contra-expertos. Pienso que estos postulados son la base para el equilibrio, para una legislación que preserve la libertad de expresión del sector privado, la libertad de expresión de los medios públicos, y el tercer sector. Hay que instaurar en nuestras sociedades, cuerpos intermedios formados por gente que procede de medios muy diversos. Muchas veces los consejos audiovisuales no aceptan como representantes a quienes vienen de los medios comunitarios. Hay una real resistencia de parte de los Estados para aceptar, para tomar en cuenta institucionalmente el ascenso de la conciencia ciudadana. En muchas partes del mundo, en América Latina, en Europa, hay una resistencia para "institucionalizar" estos organismos de mediación, lo que es una contradicción insólita porque la política no es otra cosa que una mediación. Esa es la gran dificultad y la gran oportunidad. Frente a la desregulación que inspira en el sector privado su negación en discutir la arquitectura jurídica del sistema de los medios so pretexto de que debe imperar de ahora en adelante la "libertad de expresión comercial", hay que reivindicar la necesidad de instaurar lugares de negociación entre la pluralidad de los actores de la sociedad. No solamente para construir esta arquitectura, sino para llevarla a la realidad. La virulencia de los dueños de los medios y la pusilanimidad de los gobiernos en dañar sus intereses muestran que tenemos todavía mucho camino por recorrer. ¿Por qué si es tan importante la labor de los medios de comunicación en la preservación de la diversidad cultural, en la posibilidad de darle voz a la ciudadanía, un tema tan importante como este no es parte de un debate en la sociedad? Creo que el problema mayor es el de la ideología, que es algo que tú vives sin saber que lo vives. Estamos arribando a un momento donde hay un tal acostumbramiento a ciertas formas de vivir y pensar el mundo, que el umbral de tolerancia frente a lo que debería ser considerado intolerable, finalmente se ha agrandado. Y, atención, me refiero aquí a los regímenes democráticos. Hay que atreverse a decir que en nuestras sociedades hay una masa de gente que ha renunciado a cambiar las reglas del juego de la sociedad existente porque se ha convencido de que no hay otra posibilidad. Y quienes se resisten a esta fatalidad, pertenecen a minorías que se rebelan frente a este estado de las cosas. Esta rendición es lo que precisamente se llama la "servidumbre voluntaria". Es aceptar que sus propias existencias sean objeto de captación, de plusvalía por los medios u otras industrias culturales. Y esta aseveración nada tiene de prejuicio elitista. Es un hecho. Lo que ha entrado en la naturaleza de las cosas hoy con relación a hace 20 años sin manipulación, es increíble. Por ejemplo, la cuestión de medidas de audiencia, si tú miras la evolución de medidas de audiencia de hace 25 años, las actuales medidas de audiencia han franqueado fronteras insospechables y de manera natural en el sentido de una intrusión creciente en la vida de los individuos. Y ni hablar de lo que está ocurriendo con la multiplicación de los dispositivos de vigilancia: los individuos de las sociedades democráticas se acostumbran subrepticiamente a ser fichados, "trazables", y a verse confiscar su libertad a cambio de la seguridad. Insisto y lo vuelvo a decir. A un exceso de interrogantes sobre el Estado, el Estado-nación, las políticas públicas, que han caracterizado los años 70 le ha sucedido el mito de su dilución en el espacio indiferenciado de la globalización sin cortapisas. Bajo el pretexto de que los años 60-70 estuvieron demasiado marcados por la ideología, se eliminaron las referencias a la noción misma como proceso por el cual se hace pasar de contrabando una visión del mundo que defiende intereses particulares de un grupo o una clase como si fuesen intereses universales, de todos. A la ideología como proceso cotidiano de interiorización de un orden social le ha sucedido la ideología de la transparencia. Así, los dispositivos de producción mediática y cultural se metamorfosearon en no man's land, un territorio neutro donde la ideología ya no tenia curso. Las nociones de poder, potencia, hegemonía y relación de fuerza, violencia simbólica, clase y dominación social se esfumaron. Se proclamó su necrología. Como vestigios de una era superada. Se ha olvidado que nuestras sociedades siguen trabajadas por la ideología, una ideología que moldea nuestro cotidiano, Ya no resulta necesario perseguir los procesos de fetichización de la mercancía, o sea, cómo la visión del mundo y de la vida propia de una categoría social se hace pasar por la regla de la felicidad para todos. No es por nada que Roland Barthes había sacado un libro en 1957, que fue retomado profusamente por los estudiantes de mayo del 68, y, después, en las facultades de comunicación del mundo entero, en el que explicaba como las "mitologías" eran vividas cotidianamente por la gente de manera natural. Formaban parte de su subconsciente. La sociedad consumista azuzada por el mito ultraliberal del consumidor libre de toda determinación está cobrando hoy los dividendos de las inversiones que ha realizado durante años y decenios en las mentalidades colectivas. Contrarrestar esta servidumbre voluntaria no es fácil. Siempre me viene a la mente lo que Mao Tse Tung decía al novelista André Malraux, en ese entonces ministro de Cultura del General de Gaulle: "la gente se resiste a hacer la revolución cada día". Se ha olvidado que la sociedad está más que nunca atravesada por la ideología y que la ideología prevaleciente remite a intereses de clase. Esa realidad no ha cambiado. El ultraliberalismo es un proyecto antes que todo, de clase, de la que posee el 20% máximo de poder adquisitivo en el mundo. El resto somos nosotros.