Pensamiento Crítico

Cuba, la manzana prohibida

Por José Luis Fiori | Revista SinPermiso. Traducción: Carlos Abel Suárez | 02 Marzo 2008
Fue poco después de la conquista de la Florida, en 1819. Los Estados Unidos sólo tenían 40 años de edad, y su territorio no iba más allá del río Mississipi. James Monroe era el presidente de los Estados Unidos, aunque fue su secretario de Estado, John Quincy Adams, quien habló por primera vez de la atracción norteamericana por Cuba. Cuando dijo, en una reunión ministerial del gobierno de Monroe, que "existen leyes en la vida política que son iguales a las de la física gravitacional: y por esto, si una manzana fuese cortada de su árbol nativo – por una tempestad - no tendría otra opción que la de caer al suelo; de la misma forma que Cuba, cuando se separe de España, no tendrá otra alternativa que la de gravitar hacia la Unión Norteamericana. Y por esta misma ley de la naturaleza, los americanos no podrán apartarla de su pecho". (1) En aquel momento, el deseo de Quincy Adams todavía no era conquistar la isla; era preservarla, y por eso ordenó a su embajador en Madrid que comunicase al gobierno español la "repugnancia americana a cualquier tipo de transferencia de Cuba a las manos de otra Potencia". En 1819, la capacidad norteamericana de proyectar su poder afuera de sus fronteras nacionales era todavía muy pequeña, pero la declaración de Quincy Adams explicitó un deseo y anticipó un proyecto, que se realizaría plenamente a partir de 1890. Luego del inicio de la década, el almirante Alfred Thayer Mahan publicó un libro clásico (2), que ejerció una inmensa influencia en la elite dirigente norteamericana, sobre la importancia del poder naval y de las islas del Caribe y del Pacífico para el control de los océanos y la expansión de las grandes potencias. Poco tiempo después, los Estados Unidos se anexaron Hawai, en 1897, y ganaron la guerra Hispano-americana, en 1898, conquistando Cuba, Filipinas y algunas otras islas caribeñas, donde establecieron un sistema de "protectorados" como forma de gobierno compartido de esos territorios. Ya después de su victoria contra España, el presidente William McKinley repitió ante el Congreso norteamericano, en diciembre de 1898, la vieja tesis de Quincy Adams: "la nueva Cuba necesita estar ligada a los americanos por lazos de particular intimidad y fuerza, para asegurar de forma duradera su bienestar". (3) Y fue esto lo que ocurrió: los cubanos aprobaron su primera Constitución independiente, en 1902, aunque tuvieron que anexar a su texto una ley aprobada por el Congreso norteamericano e impuesta a los cubanos, en 1901 –The Platt Amendement–, que definía los límites y las condiciones de ejercicio de la independencia de los isleños. Los Estados Unidos mantenían bajo su control la política exterior y la política económica de Cuba, y quedaba asegurado el derecho de intervención de los norteamericanos en la isla en "caso de amenaza a la vida, la propiedad y la libertad individual de los cubanos". (4) En 1934, la Enmienda Platt fue abolida y sustituida por un nuevo tratado entre los dos países que aseguró el control norteamericano de la Base Naval de Guantánamo y garantizó la tutela de los Estados Unidos sobre el largo período de poder de Fulgencio Batista, quien había asumido el gobierno de Cuba, en 1933, a bordo de un crucero norteamericano, gobernando luego Cuba, directa o indirectamente, hasta 1959. Tras la Revolución Cubana de 1959, la isla dejó de ser la "manzana" de Quincy Adams, sin dejar de ser el "objeto del deseo" de los norteamericanos. El nuevo gobierno revolucionario asumió el mando de su economía y de su política exterior, y provocó la reacción inmediata y violenta de Estados Unidos. Primero fue el "embargo económico", impuesto por la administración Eisenhower, en 1960, y poco después, la ruptura de las relaciones diplomáticas, en 1961. En seguida, fue la administración Kennedy, que promovió y apoyó la frustrada invasión de la Bahía de Cochinos, la expulsión cubana de la Organización de Estados Americanos (OEA), y varios atentados contra dirigentes cubanos. En un comienzo, los Estados Unidos justificaban su reacción en la defensa de las propiedades norteamericanas expropiadas por el gobierno cubano, en 1960, y como contención de la amenaza comunista, ubicada a 145 kilómetros de su territorio. Pero después de 1991, y del fin de la URSS y de la Guerra Fría, los Estados Unidos mantuvieron y ampliaron su ofensiva contra Cuba, sólo que ahora, en nombre de la democracia, a pesar de que mantenían relaciones amistosas con Vietnam y China. En el auge de la crisis económica provocada por el fin de las relaciones preferenciales con la economía soviética, entre 1989 y 1993, los gobiernos de George Bush y Bill Clinton intentaron un jaque mate contra Cuba, prohibiendo a las empresas transnacionales norteamericanas, instaladas en el exterior, negociar con los cubanos, y más tarde, imponiendo penalidades a las empresas extranjeras que tuviesen negocios con la isla, mediante la Ley Helms-Burton, de 1966. Esta atracción precoz y permanente obsesión de Estados Unidos no autoriza a hacerse grandes ilusiones en este momento de cambios en los dos países. Desde el punto de vista norteamericano, Cuba les pertenece y está incluida en su "zona de seguridad". Más allá de eso, a sus ojos, la posición soberana de los cubanos transforma la isla en un aliado potencial de los países que se propongan ejercer influencia en el continente americano de manera competitiva con los Estados Unidos. Finalmente, Cuba ya se transformó en un símbolo y en una resistencia que es intolerable por sí misma, para sus vecinos norteamericanos. Por eso el objetivo principal de Estados Unidos, en cualquier negociación futura, será siempre la de fragilizar o destruir el núcleo duro del poder cubano. A su vez, Cuba no tiene cómo abrir la mano del poder que acumuló a partir de su posición defensiva y de su resistencia victoriosa. La hipótesis de la "salida china" para Cuba es improbable, porque se trata de un país pequeño, con baja densidad demográfica, y con una economía que no dispone de una masa crítica indispensable para una relación complementaria y competitiva con los norteamericanos. De aquí que, a pesar de la movilización internacional a favor de los cambios en las relaciones entre los dos países, lo más probable es que los Estados Unidos mantengan su obsesión de golpear y encuadrar a Cuba; y que Cuba se mantenga a la defensiva, luchando contra la ley de la gravedad formulada por John Quincy Adams en 1819. NOTAS: (1) W.C. Ford (ed), The Writings of John Quincy Adams, Mac Millan, New York, vol. VII, pag. 372-373. (2) Mahan, A.T. (1890/1897) The Influence of Sea Power upom History 1660-1873, Dover Publication, New York. (3) Pratt, J. A. (1955) History of United States Foreign Policy, The University of Buffalo, pag. 414. (4) Idem. pag. 415. (**) José Luis Fiori, profesor de economía y ciencia política en la Universidad pública de Río de Janeiro.