Pensamiento Crítico

«No es país para viejos», una obra maestra

Por Matthias Dell | Revista SinPermiso. Traducción: Mínima Estrella. | 02 Marzo 2008
Y entonces se sienta uno a ver la película No es país para viejos (No Country For Old Men) de Joel y Ethan Coen, y ya no sale de su asombro. Puede sonar hiperbólico, pero todo en esta película es de una perfección rebosante. Para empezar, su ambientación, que, lejos de cargarla con un aire de estridencia retro-chic –la acción se desarrolla en 1980—, le confiere la glauca pátina de un clásico. Con las tomas del cámara Roger Deakins, quien desde Barton Fink (1991) se ha encargado de la fotografía de todas las películas de los Coen, podría uno componer un álbum que hablara de la rutinaria hermosura de las ciudades texanas y de paisajes sublimes: como en la pintura fotorrealista, las imágenes de lo cotidiano comienzan a brillar cuando muestran con casi exagerada exactitud el rótulo de neón del motel al anochecer, o la huella labrada por el impacto de un bombín de cerradura en una pared revestida de madera. La precisión con que escenifican los Coen resulta paradigmática, por ejemplo, en la escena del pitbull persiguiendo a un hombre: una magistral combinación de montaje, desenlace, ritmo y aun suspense. Pero la mayor sorpresa la reserva la pregunta: ¿De qué trata la película? Superficialmente, no resulta difícil de responder; pero el libro de Cormac McCarthy en que se basa la película juega con una de esas casposas historias de pacotilla en las que la literatura se reduce a su mecánica. Llewelyn Moss (Josh Brolin), un veterano de la guerra de Vietnam que vive en un parque de camiones de transporte, topa, mientras está cazando, con los restos de un intenso tiroteo entre traficantes de droga, ninguno de los cuales ha logrado sobrevivir. Moss coge un cofre con dos millones de dólares y se larga. No tardará en verse perseguido por tenebrosas figuras, un asesino sociópata y la policía. Más tiroteos, cruce de la frontera con México, y cuando se ve que dos millones de dólares procedentes del negocio de la droga son una cifra demasiado grande para un cazador como Moss que vive en un parque de camiones de transporte, entonces se pregunta uno también si la falta capital de éste no será no haber confiado en su esposa (Nelly Macdonald), una de las pocas mujeres que aparecen en la película. Con eso habremos rozado los estratos metafísicos de la película, y podemos ya regresar a la pregunta de partida: No es país para viejos trata de la lucha entre el bien y el mal. Moss es un actor secundario de ese duelo en que se bate a distancia. De un lado, el asesino sociópata, Anton Chigurh, que se mueve por la película con orgullo provocador y con un bidón de oxígeno, en cuya empuñadura ha fijado un cañón del que se sirve para pasar a sus víctimas por el arma de la alta presión, cuando no, meramente, para hacer saltar el bombín de la cerradura de las puertas. Javier Bardem, que ha ganado un Óscar por esta interpretación, pone toda la monstruosidad de su pétreo rostro al servicio de este silente taciturno tocado con peluca. "No tiene humor", dice de él en una ocasión otro asesino a sueldo (Carson Weels) interpretado por Woody Harrelson. Tal vez sea este Chigurh-Bardem el ser humano más malvado con que nos hayamos encontrado jamás en el cine: cuando no dispara sobre las personas, apunta a los pájaros mientras conduce, y nunca queda claro por cuenta de quién mata; en cualquier caso, quienes encargan asesinatos no están tampoco a salvo. Del otro lado, el sheriff Ed Tom Bell, interpretado por Tomy Lee Jones con una ironía melancólica que, aun si jamás hubiera interpretado otro papel en el pasado, y aun si nunca más volviera a interpretar otro en el futuro, merecería, sólo por éste, el Óscar a la obra de toda una vida. En la primera imagen, que muestra en su extensión el yermo país, narrra Bell, mucho antes de aparecer en pantalla –y con una voz que revela cansancio de sí mismo y de los ajetreos del tiempo—, la historia de una familia, cuyos varones eran defensores de la ley, y de un presente que ha perdido todo respeto por ésta. El sheriff Bell es un pesimista cultural, pero, puesto que no deja tampoco de ser un alma sensible, un hombre excitado por los propios sueños, eso no ha hecho de él un amargado, sino que lo ha vuelto reflexivo. "Yo me ando por las ramas", dice una vez conversando con el diz-que-intrépido jovenzuelo que le hace de colega. No comprende los crímenes actuales, dice, caviloso, Bell al comienzo, y quiere con eso decir: su brutalidad, su motivación. Y sin embargo, es el único que podría proteger a Moss y encontrar a Chigurh. Mientras que, a su vez, Chigurh sería el único que podría matar al sheriff en la única escena en que coinciden en el mismo espacio. El bien y el mal juegan al escondite, y eso resulta en tablas. No Country For Old Men es un grandioso andar por las ramas, una meditación sobre la moral –a trasmano de los sentidos—, de la que resulta que lo cómico termina por ser lo desapoderadamente brutal. Una película sobre detección de rastros, sobre conservación de la calma y sobre camuflaje. Y sobre todo: una película sobre el significado de llegar tarde. Por eso en cuanto Moss se lleva el cofre, está ya perdido. Por eso, haciendo caso de sus sueños, se retira el sheriff Bell de un tiempo que va ya muy por delante de su vida. Y por eso sólo Chigurh sigue su camino; porque sólo el mal es atemporal. Siempre está ahí. (**) Matthias Dell es un crítico cultural y cinematográfico alemán que escribe regularmente en el semanario de izquierda Freitag.