Pensamiento Crítico

3 billones de dólares cuesta la guerra contra Irak

Por Francesco Piccioni | Revista SinPermiso. Traducción: Anna Garriga | 02 Marzo 2008
Joseph Stiglitz, ex vicepresidente del Banco mundial, calcula los costes oficiales y, sobre todo, los "hundidos" de la guerra de Irak: 3 billones de dólares. Cuando quien te pasa las cuentas es alguien es un entendido, difícilmente tienes escapatoria. En este caso el experto no es un contable de guardia, sino –¡mucho peor!– el exvicepresidente del Banco Mundial, Joseph Stiglitz. Este se ha entretenido en el examen de las cifras que la administración Bush está gastando entre Irak y Afganistán. Devastador. El análisis parte de las previsiones hechas públicas por el exsecretario de Defensa, Donald Rumsfeld: entre 50 y 50.000 millones de dólares. Además, recientemente, el consejero económico de Bush, Larry Lindsey, ha pedido al Congreso una financiación suplementaria de 200.000 millones. Naturalmente, como sugirió en su día Paul Wolfowitz, la "reconstrucción se financiaría con el aumento de la producción petrolífera" por parte de Irak. Paparruchas, dice Stiglitz. "Los costes directos de la intervención en Irak superan a los de la guerra en Vietnam –que duró 12 años–, y son ya el doble de los de la guerra de Corea". Obviamente el cálculo está hecho en "dólares constantes". Claro, actualmente el aparato militar es hipertecnológico; cada "pieza" cuesta mucho más. El "coste por soldado" ha aumentado enormemente: de 100.000 a 400.000 dólares. Pero, de todos modos, es impresionante leer que "la única guerra de nuestra historia que ha costado más ha sido la Segunda Guerra Mundial, en donde participaron 16,3 millones de soldados en una campaña que duró cuatro años". Casi 5 billones en dólares de 2007. Si se aprueba la financiación suplementaria para 2008, los gastos oficiales "aprobados" (entre operaciones militares, reconstrucción, costos de las embajadas, seguridad de las bases, programas de ayuda) ascenderán a un total de 845.000 millones. Pero los "gastos corrientes" suben ya a 12.500 millones mensuales, sólo por la guerra en Irak (eran 4.400 en 2003), y a 16.000 millones, si se cuenta también Afganistán. Mas este cálculo no incluye los 500.000 millones anuales que corresponden al Pentágono, parte de los cuales sirven directamente para sostener las dos guerras. Además, según Stiglitz, están los "costes hundidos" (reforzamiento de los servicios de espionaje, fondos mixtos con otros departamentos). Por ejemplo, "las indemnizaciones en caso de muerte y los seguros de vida", aumentados –con el inicio de la guerra— "de 12.240 a 100.000 dólares (indemnización por muerte), y de 250.000 a 400.000 (seguro de vida)". Se señala que estas cifras, aun siendo consistentes, "no son sino una pequeña fracción de los 7 millones asignados en caso de muerte por accidente de tráfico de un joven en el punto culminante de sus expectativas vitales". Además, los 4.000 soldados reconocidos oficialmente como "muertos en combate" son solo una parte de las bajas mortales contabilizadas como pérdidas. No incluye a los muertos durante los viajes nocturnos y en todos los demás accidentes "no relacionados con el combate" (pero dentro del teatro bélico). Es como si el Pentágono –dice Stiglitz– llevara una "doble contabilidad". En la segunda, "entre muertos, heridos o enfermos por transtornos psíquicos, el número dobla los cálculos oficiales". Esta serie de distinciones permite a Stiglitz llegar –"probablemente, por defecto"– a una estimación de casi 3 billones de dólares ya gastados. La pregunta que se hace cualquiera es simple: ¿como es posible que todo este "gasto público extraordinario" no haya logrado impedir la crisis financiera que está minando el sistema internacional? Y especialmente: ¿cómo es posible que los ciudadanos norteamericanos no se den cuenta? Stiglitz, ni que decir tiene, responde: "El precio en términos de sangre lo pagan voluntarios y contratados" (no los soldados de leva). Pero, "aunque los impuestos no hayan aumentado para pagar la guerra, los costes de ésta los han financiado totalmente los contribuyentes". Truco, lo hay. "El gasto a través del déficit engendra la ilusión de que las leyes de la economía pueden ser anuladas, y de que se pueden tener al mismo tiempo mantequilla y cañones". Una ilusión, huelga decirlo. "Los costes de la guerra son reales, aunque puedan ser diferidos, posiblemente a otra generación". Pero, antes o después, se pagan. Porque, además, a diferencia del gasto keynesiano en "mantequilla" (es decir, en bienestar), el gasto en "cañones" tiene un efecto multiplicador muy bajo sobre el desarrollo. Concentra los beneficios en poquísimas manos, pero no "redistribuye" casi nada. Ni siquiera en Estado Unidos. (**) Francesco Piccone es un periodista económico italiano que escribe regularmente en el cotidiano Il Manifesto.