Pensamiento Crítico

¿Otra ONU es posible?

None | 18 Septiembre 2005

ONU: reforma imposible

Por Gabriel Ezkurdia, Gara

La ONU cumple 60 años. Si bien desde diciembre de 1991, cuando se diluyó la URSS, se le diagnostico un coma profundo realmente generado un año antes por la crisis del Golfo de 1990 con su Tormenta del Desierto unilateral, desde el 20 de marzo de 2003 la ONU está clínicamente muerta, aunque pocos o nadie se atrevan a dar por bueno el diagnóstico. Resucitarla, o sea, reformarla, es una labor imposible, no hay más que ver como transcurre la cumbre que debiera rehabilitarla. Mucha parrafada, poco consenso, mucha galería, poco acuerdo. La ONU es víctima de su propio ser, una concepción operativa anticuada y de una realidad orgánica obsoleta.

En 1945 se dio finiquito oficial a la Sociedad de Naciones, incapaz de desactivar la Guerra Mundial (y sus guerras previas, Etiopía, España, Euskal Herria...) y entonces obsoleta para hacer frente a la inminente gran ola de procesos de descolonización en el marco de una realidad internacional bipolar emergente. En 1991, la ONU, configurada tras la II Guerra Mundial como pista de aterrizaje de unas relaciones internacionales que evolucionaban en la lógica de una bipolaridad integral, fue incapaz de estar a la altura de los acontecimientos. Diluido el polo «soviético» y en plena revolución tecnológica, generadora del trepidante proceso globalitario, la ONU pasaba a ser el instrumento perfecto que el polo dominante y unilateral, la Hiperpotencia estadounidense y sus adláteres, utilizaron para legitimar la expansión globalizadora del modelo neoliberal mediante el «intervencionismo humanitario» y los «procesos de paz».

Con un Consejo de Seguridad gerencial dominado por las potencias vencedoras de la Guerra Fría y la «ausente», por motivos propios, China, la ONU pasa a ser, desde 1990, la ventanilla burocrática que asiente el «doble rasero» como eje de las políticas internacionales. Centenares de resoluciones retóricas se pierden tras la acción impune de los gestores, mientras un puñado de resoluciones legitiman la intervención neocolonial. Todo termina prácticamente en marzo de 2003 con la premeditada invasión ilegal de Irak, aunque quizá teóricamente desde el 11-S de 2001, la ONU había dejado de ser el instrumento legitimador necesario de la Megapotencia herida.

La ONU es irreformable, porque hoy no tiene objeto. Intentó ser foro de mediación durante la Guerra Fría, y fue instrumento legitimador de la potencia vencedora tras ella, pero hoy nadie necesita de sus parciales servicios. Es, además, una institución rehén económicamente del presunto Gendarme Mundial, desautorizada una y mil veces por los hechos, incapaz de consensuar y desarrollar una agenda común por su falta absoluta de independencia, y sobre todo orgánicamente obsoleta, por ser un inmenso dinosaurio burocrático, que hace que la tantas veces mentada burocracia soviética sea la más operativa de las organizaciones. Es por tanto, una realidad superada, que no aporta nada, y no hace más que parchear con su presencia y seudodiplomacia legitimando decenas de situaciones que generan un sufrimiento atroz de millones de seres humanos, desde Irak hasta los Grandes Lagos, pasando por Cachemira, Chechenia (un «conflicto interno» como «ya se sabe») o el Sahara.

Luchar contra «el hambre», instituir «el diálogo y el acuerdo» como bases de las relaciones internacionales, gestar una Alianza «de civilizaciones», impulsar la lucha «contra el terrorismo», cumplir con los «Objetivos del Milenio», proteger «el Planeta»... Discursos fatuos, genéricos, sin compromisos, sin diagnóstico crítico, sin cuestionamiento del Sistema. La «Reforma» es la adecuación del órgano legitimador de las actuales coordenadas de injusticia y opresión mundial ¿Quiénes se reúnen? ¿Qué legitimidad tienen? ¿Qué objetivos, al margen de la propaganda? ¿ Qué servidumbres?

La ONU debiera ser recreada. Desde parámetros independientes. Como Foro Mundial capaz de impedir que este proceso global siga por los derroteros del caos neoimperial. Como ámbito de encuentro e interacción de todas las comunidades y naciones en peligro de muerte por el uniformizante Tsunami globalitario. Como instrumento impecable de prevención y sanción de los apologetas y activistas de la guerra. Como Fondo de solidaridad operativa para la superación de la desigualdad mundial. Como Gendarme ecológico que vele por el Planeta. Otra ONU es posible. Otra ONU es necesaria. Nueva, multilateral, plural, activa, libre, soberana.

Una ONU que denuncie con resoluciones efectivas a los EE.UU como responsables políticos y militares del caos mundial tras la decisión ilegal de invadir Irak; a Israel por sustraerse a la acción resolutiva de la antecesora ONU; a decenas de estados por explotar, torturar y asesinar a sus súbditos, por oprimir a naciones ansiosas de libertad... Resoluciones de verdad, contundentes, respaldadas, valientes, operativas, ineludibles.

Pero esa ONU, la ONU del siglo XXI , es, por ahora, utópica, o sea, revolucionaria. Los mimbres del actual Orden Mundial impiden que los actores y agentes que debieran constituirla puedan operar, avanzar. El actual orden constriñe toda opción internacional que sugiera un cambio radical de Instituciones o Foros. La lógica Norte-Sur, la Doctrina de la «prevención antiterrorista», la milonga de la «libertad de mercados» y «democracias plurales», o sea, votocracias y la «no rectificación de fronteras», son los ejes sobre los que pivotan las actuales Relaciones Internacionales. Unas «relaciones» caracterizadas por la sumisión jerárquica entre estados, instituciones internacionales y «agentes con influencia». De ahí que toda opción que busque la ruptura de dicho marco o lo cuestione, sea criminalizada y reprimida.

Mientras, seguiremos viendo como languidece hasta límites execrables el actual marco institucional internacional que protagoniza la siempre idealizada ONU y sus agencias.-

ONU: La oligarquía irreformable

Por Genaro Carotenuto, Semanario Brecha, Montevideo

Censura, sabotaje, atropello. Detrás de los discursos vacíos de una cumbre ritual, esto es lo que quedará del enésimo intento de reformar las Naciones Unidas 60 años después de su fundación. El documento que un panel de 16 sabios, reunidos por el secretario general de la organización, Kofi Annan, había presentado para refundar la ONU ya no existe. Así el secretario, cuestionado por el caso de corrupción conectado al bloqueo contra el Irak de Saddam Hussein, está presidiendo una celebración que pretende reunir en Nueva York más jefes de Estado y de gobiernos que cualquier otra cumbre de la historia, y que sin embargo no es otra cosa que un conjunto de palabras vacías que dejan a la organización en crisis, y es imposible esconder el fracaso.

El documento original no era el fruto de propuestas extremistas. Más bien dejaba en pie los más conflictivos nudos de la convivencia adentro de las Naciones Unidas. No tocaba a los cinco miembros permanentes (Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Gran Bretaña) ni su incuestionado derecho de veto que paraliza la actividad de la ONU. Tampoco tocaba la estructura centralista y jerárquica ni otorgaba nuevos poderes a la Asamblea General, que hoy tiene poco más que un papel simbólico. Sin embargo intentaba plantear soluciones a algunos problemas concretos. El texto fue barrido por más de 700 enmiendas presentadas por el conflictivo embajador estadounidense John Bolton, elegido por el presidente George W Bush por considerarlo enemigo de la institución. La frialdad con que fue acogido el discurso de Bush del miércoles revela que su embajador puede celebrar el éxito de su misión más aun que el presidente en Irak. La reforma de la ONU queda postergada sine die. Ninguna respuesta sobre reducción de armamentos, proliferación nuclear, sobre la lucha contra el hambre y la pobreza, sobre temas ambientales, la paz y la guerra. El nuevo documento, reducido y limpiado de todo lo incómodo para Estados Unidos y para otros miembros con derecho de veto, es una retórica declaración de principios. Hasta el viejo compromiso formal de los países ricos de destinar el 0,7 por ciento de su pbi a la cooperación –respetado sólo por los escandinavos– ha sido rebajado a la más cómoda categoría de "recomendación". Así nadie puede acusarlos de haberse "comprometido" sin cumplir.

Un desastre con culpables

La de la ONU es una lenta agonía que no culminará con la muerte del enfermo sino con el total vaciamiento de sus razones de ser. Lo único que realmente parece interesar a los reunidos en Nueva York es el papel del Consejo de Seguridad. Una docena de países aspiran a modificar su estatus y ser miembros permanentes o semipermanentes.

Brasil, Japón, Alemania e India, los cuatro países más autorizados para alcanzar esta meta, están teniendo una actitud servil y contraproducente para ser admitidos. Se conforman con obtener un escaño permanente en el Consejo de Seguridad, ni siquiera intentan modificar el sistema del derecho de veto que paraliza a la organización. No exigen el derecho de veto pero renuncian a criticarlo. Así países como Alemania o Japón, 60 años después de la derrota militar, siguen aceptando una condición de minoridad frente a Francia y Gran Bretaña, que ganaron la guerra pero en el mundo actual tienen un peso específico mucho menor. Para alcanzar el estatus de "grandes de segunda" prometen, contratan, compran y venden. Italia denunció –lo hizo a pedido de Estados Unidos– que Alemania compra votos de países africanos. Japón, que nunca recuperó una verdadera política exterior desde 1945, tiene el apoyo de Estados Unidos pero el veto de China. Pakistán –otra vez con el apoyo de Estados Unidos– pretende entrar si entra India, ya que también es potencia nuclear. También Sudáfrica tiene ambiciones y entonces el Consejo, que hoy es de 15 miembros, se estira y se reduce según la codicia de los participantes. Otros piden un escaño para la Unión Europea, que ni Francia ni Gran Bretaña ni Alemania toman en cuenta. El iraní Mahamoud Ahmadinejad pretende un escaño para el mundo islámico. Todo esto en un contexto donde nadie, empezando por Estados Unidos que es el principal deudor, paga los gastos comunes de un condominio en ruinas.

Fracasa así la vía "reformista" de la recuperación de la ONU como cámara de compensación de los conflictos y diferencias internacionales. Queda ahora una lejana vía "revolucionaria" con el retiro del Sur del mundo de la organización para construir otra ONU más equilibrada. Algunos soñadores la imaginan con sede en una Jerusalén internacionalizada y transformada en ciudad de la paz. Una utopía, pero linda.

UN BALANCE TRÁGICO. Encima de este lamentable espectáculo está el hecho real de que en todo el siglo corto identificado por el historiador Eric Hobsbawn, la historia de todas las organizaciones internacionales ha estado permanentemente condicionada por el Consenso de Washington. Así nació al final de la Primera Guerra Mundial la Sociedad de Naciones, por voluntad de Woodrow Wilson. A pesar de haberla fundado, Estados Unidos no participó, y cuando en 1935 Benito Mussolini agredió Etiopía –un Estado soberano y miembro de la organización– la respuesta fue débil. Cuando Polonia y Checoslovaquia fueron agredidas por Hitler el papel de la Sociedad fue intrascendente. También las Naciones Unidas nacen con Estados Unidos como socio mayoritario. Quien estudió los papeles de la época sabe que tanto las Naciones Unidas como el Fondo Monetario Internacional se construyeron con el rezongo de Winston Churchill, la bronca de Stalin y la voluntad del ganador Harry Truman. Si en las primeras dos décadas el derecho de veto fue utilizado principalmente por la Unión Soviética, en los últimos 40 años ha sido cada vez más monopolio de Estados Unidos. En dos materias este país sigue totalmente aislado: la defensa de Israel y la agresión continuada a Cuba donde tanto el bloqueo económico como la ocupación ilegal de Guantánamo son unánimemente condenados por la Asamblea. Las duras resoluciones de ésta son sistemáticamente vetadas en el Consejo.

La ONU, a causa de la experiencia de la Sociedad de Naciones, nace haciendo una fuerte condena de las guerras preventivas y, en un mundo que iba superando el colonialismo clásico, hace un fuerte reconocimiento del concepto de soberanía nacional. Son principios que resultaron útiles durante la guerra de Corea, cuando ofrecieron el marco legal para la intervención estadounidense y que sin embargo quedaron inoperantes poco después, cuando la Unión Soviética agredió a Hungría y Checoslovaquia, y Estados Unidos a Vietnam. Tampoco fueron operativos en los casos de violaciones de derechos humanos, en las dictaduras en América Latina y en Indonesia. Cuando uno de los cinco tuvo intereses de por medio, la ONU fue inoperante. Entonces regía el principio de la no injerencia en asuntos internos de los países miembros.

La ONU funcionó –por lo menos mecánicamente– en la primera Guerra del Golfo cuando la intervención originada por la invasión a Kuwait por Saddam Hussein se produjo bajo el auspicio de las Naciones Unidas. Una década después, para la segunda guerra contra Irak, ya la lucha contra el terrorismo superaba el concepto de legalidad internacional. La "no injerencia", que salvó a tantos dictadores, ya no podía ser invocada. La "injerencia humanitaria" vino bien para Kosovo pero no sirvió para Ruanda. La guerra preventiva es la nueva justificación, la misma guerra preventiva que el estatuto de la ONU había rechazado con fuerza en su fundación vista la experiencia con el fascismo y el nazismo. En lugar de invocar la legalidad internacional, tanto Colin Powell como Tony Blair prefirieron cubrirse de vergüenza con una falsa ampollita de armas bacteriológicas e inventando falsas pruebas sobre las armas de destrucción masiva. Como con Hitler y Mussolini, con la guerra preventiva la historia se repite y la legalidad internacional, como la comunidad de naciones, son conceptos superados en 2005.

¿Qué hacer con la ONU?

Por Tariq Alí, escritor y activista paquistaní afincado en el Reino Unido. Uno de sus últimos libros en castellano: Bush en Babilonia. www.sinpermiso.info/ Traducción para sin permiso de Amaranta Sus.

El orden del día de la supercumbre que reunirá en Nueva York a los dirigentes del mundo debería tener un solo punto: los ritos funerarios de la ONU. Habría que abandonar cualquier retórica de reforma, porque la elección real que está hoy sobre la mesa no se da entre el enredizo que es su presente y un cuerpo verdaderamente democrático, sino entre ese enredizo y una agencia intervencionista que pueda servir como instrumento militar del nuevo orden mundial, como sirven ya, en el frente económico, el Fondo Monetario Internacional y la Organización del Comercio Mundial. Eso es lo que los EEUU y el Reino Unido esperan. Mejor, pues, en tales circunstancias, darle un entierro decente a la ONU, y dejar que las "intervenciones humanitarias" encuentren alguna otra estructura institucional para lanzar sus guerras.

La podredumbre de la ONU está en la cabeza. La Conferencia se reúne en un momento en que el Secretario General ha sido neutralizado por un escándalo de corrupción. Cualquier esperanza de que el informe de Paul Volckler despeje las dudas sobre el asunto del petróleo-por-alimentos en Iraq ha sido abandonada. Dos de los investigadores que trabajaban con Volcker han dimitido, acusándolo de encubrimiento, mientras que otros chismorrean que los EEUU usa a Volcker para debilitar a Koi Annan. Incluso después de la publicación del informe el pasado 7 de septiembre, los interrogantes siguen abiertos: ¿cómo le resultó tan fácil al hijo de Annan, Kojo, servirse de la posición de su padre para sacar beneficio de la venta privada de petróleo iraquí a través de la ONU, aprovechándose, así, del sufrimiento de los iraquíes? ¿Y por qué actúo su padre con tanta debilidad? La sugerencia de Annan de que se rata de una venganza –"una caza de brujas... parte de una agenda más amplia del partido republicano"— puede ser tan verdadera como las acusaciones de corrupción.

¿Y qué decir de la organización por él encabezada? Todos coinciden en que las reformas son esenciales, pero no hay acuerdo sobre qué clase de reformas habría que llevar a cabo. El grupo de elite que dirige el Consejo de Seguridad es claramente un caso clínico. ¿Habría que abolirlo o ampliarlo? La expectativa de ampliación ha llevado a una indecorosa carrera competitiva.

Alemania quiere ser un miembro permanente, pero Italia (animada por los EEUU) dice no, llegando incluso a denunciar los sobornos que, a favor de su candidatura, Alemania habría entregado a algunos Estados africanos. Otros dicen que la Unión Europea debería tener un sólo representante rotativo en el Consejo de Seguridad. Francia y Gran Bretaña dicen no. Los EEUU quieren que Japón sea un miembro permanente, pero China dice que no, que se trataría simplemente de otro voto para los norteamericanos, porque no se le ha permitido a Japón una política exterior independiente desde 1945. La India quiere un sillón permanente, pero Paquistán dice: "Nosotros también somos una potencia nuclear". Brasil y Sudáfrica querrían añadirse a la lista. Lo que hace más patético todo este asunto es el servilismo de alemanes, brasileños, japoneses e hindúes. Están tan desesperados por estar allí, que aceptarían incluso un status subordinado que no les diera derecho de veto. Y así van discurriendo las rebatiñas y las intrigas, obscureciendo algunas de las cuestiones que realmente están en juego.

¿Cuáles son? Es imposible entender el actual proceso de reforma sin echar un vistazo atrás, al momento fundacional de la organización. La Carta y la estructura fueron acordadas cuando estaba terminando la II Guerra Mundial; una excelente descripción de lo que ocurrió puede hallarse en la vivísima narración histórica de Stephen Schlesinger Act of Creation: the founding of the United Nations, muy recomendable como antídoto para aquellos que todavía creen que se trató de un acto de idealismo. Schlesinger, un profesor de la New School University in Nueva York, deja meridianamente claro que la ONU fue una creación norteamericana y que Roosevelt y Truman dejaron su impronta en prácticamente todos los asuntos. Churchill refunfuñó, Stalin negoció, pero Truman ganó.

La Liga de las Naciones, la desdichada predecesora de la ONU, habría tenido que llamarse la Liga de las Naciones Imperiales, dado que el grueso del mundo de entonces estaba ocupado o controlado por potencias imperiales. El objetivo de los fundadores de la Liga era prevenir que las disputas inter-imperiales sobre las colonias degeneraran en guerras dañinas para el comercio imperial. Falló. La Liga fue incapaz de evitar los ataques preventivos de los italianos sobre Albania y Abisinia, o los de los de Hitler sobre Renania, Checoslovaquia y Polonia.

Eso explica por qué la Carta de la ONU rechazaba los ataques preventivos y por qué, en un mundo que iba camino de ser post-imperial, santificaba la soberanía nacional. El Artículo 51 dejaba claro que el único fundamento para la acción ofensiva era la autodefensa. Durante la Guerra Fría, la ONU quedó dejada de lado cuando los EEUU invadieron Vietnam y la Unión Soviétia aplastó las insurrecciones húngara de 1956 y checoeslovaca de 1968. Tampoco pudo defender los derechos humanos de los ciudadanos de Chile, Brasil, Argentina, Indonesia, Paquistán o Turquía. Cuando los miembros del Consejo de Seguridad desencadenaban guerras de ocupación, La ONU era impotente.

Los EEUU y la Gran Bretaña no invocaron el derecho a la autodefensa cuando se lanzaron a la guerra contra Iraq en 2003, pero los falsos dosiers, las mentiras y las represalias contra los periodistas que las denunciaron a medida que se desarorllaba la guerra, tenían el propósito de inducir a la gente a creer que el régimen de Sadam Husein era una amenaza. (¿Se acuerdan del anuncio de los 45 minutos, la particular contribución de John Scarlett y Tony Blair al esfuerzo de Guerra?) Una vez más, cuando comenzaron los combates, la ONU no hizo nada.

Cuando Bagdad fue ocupada, el Consejo de Seguridad aceptó la situación y reconoció al régimen marioneta. Sin embargo, cuando Pol Pot fue derrocado por un clemente vecino (Vietnam), llevó 12 años echar al hombre de Pol Pot en la ONU. El Estado dominante, entonces como ahora, eran los EEUU. Lo que éstos desea, suele ocurrir.

En la guerra del "bien contra el mal", según la presenta George W. Bush, ¿qué papel podría jugar la ONU? ¿Cómo podría el poder de los EEUUU (o, en frase del portavoz de Blair, "la doctrina de la comunidad internacional") hallar legitimación a partir de un nuevo conjunto de normas cosmopolitas? Deberían reformarse el artículo %1 y la Carta misma, y pasar por alto la soberanía nacional en caso de "catástrofes humanitarias" (no aplicables, huelga decirlo, en casos como el de Nueva Orleáns, en donde "humanitaristas" uniformados han impuesto ya una política de disparar a matar)? ¿Quién decidirá dónde tiene que dar la "democracia" su próximo golpe, a fin de hacer ingresar a los Estados recalcitrantes en la zona de prosperidad? Desde luego no la actual Comisión de Derechos Humanos de la ONU, rebosante de disidentes, alguno de los cuales cree que las nuevas medidas tomadas en Gran Bretaña a resultas del pánico provocado por el terrorismo violan el código de la Naciones Unidas sobre la tortura.

Esa Comisión tendrá que ser enterrada y substituida por un Consejo de Derechos Humanos, cuya composición habrá de ser determinada… ¡sí! ¡Por el Consejo de Seguridad! Evidentemente, respaldado por los asesores jurídicos de los EEUU y la Gran Bretaña. ¡Menuda bicoca para la profesión juridical y –¿nos atreveremos a pensarlo?— para nuestro Primer Ministro tras su retiro!

No, las únicas reformas de la ONU que tendrían sentido pasarían por abolir el Consejo de Seguridad, dando todo el poder –especialmente en materia de guerra— a la Asamblea General. Deberíamos también trasladar la sede a Caracas, o a Kuala Lumpur, o a Ciudad del Cabo, puesto que el grueso de la población mundial supuestamente representada por la ONU vive en el Sur. No habrá tal. Si no, viraríamos hacia la versión corregida de una vieja sugerencia: una estructura regional, con un Consejo de las Américas, un Consejo de Europa, un Consejo del Este Asiático, etc. Eso no reduciría en lo inmediato el poder de los EEUU, pero al menos proporcionaría una robusta estructura regional de votaciones, ponderada de acuerdo con la magnitud de la población.

Mas ninguna reforma real de este tipo podría tener lugar, si no es precipitada por alguna verdadera crisis: si no es, pongamos por ejemplo, que muchos Estados importantes del Sur exigieran un cambio fundamental, amenazando en caso contrario con retirarse de la ONU. ¿Podría llegar a darse algo semejante? Recuerden esto: la mayoría de los dirigentes que acuden a la Conferencia, llegan a ella no como iguales, sino como suplicantes o clientes. Hay 191 Estados miembros, y los EEUU tienen presencia militar en 121 de ellos. ¿Queremos realmente unas Naciones Unidas de América? No. Mejor para todos, si damos sepultura a la cosa.