Pensamiento Crítico

Felipe Pérez Roque: los ricos producen hambrientos en masa

None | 31 Octubre 2005

Sr. Director General de la FAO

Excelencias:

Al agradecerle, a nombre de la República de Cuba, la oportunidad de participar en esta importante celebración, deseo, en primer lugar, expresar nuestro sincero reconocimiento a la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, cuyo 60 aniversario conmemoramos hoy.

Desde su constitución en 1945, la FAO no ha cejado en sus empeños de promover la seguridad alimentaria para todos y la cooperación internacional para solucionar los acuciantes problemas de la agricultura y la alimentación, a la par que ha brindado y coordinado asistencia internacional de incalculable valor para el desarrollo agrícola del Tercer Mundo.

Si hoy la situación de la agricultura y la alimentación en parte importante del planeta, en la que viven miles de millones de personas, sigue siendo crítica, no debemos culpar a la FAO, sino al injusto orden internacional que ha sido impuesto al mundo, con su secuela de egoísmo, indiferencia, falta de sensibilidad, ansias de dominación y afán de obtener riquezas, aun a costa de la salud y la vida de poblaciones enteras, y a las enormes distorsiones que existen y se multiplican en la esfera del comercio agrícola.

El mundo cuenta con los recursos y el potencial tecnológico y humano para reducir dramáticamente el hambre, como fuera comprometido por los líderes mundiales en la Cumbre Mundial de la Alimentación en 1996.

Sin embargo, casi 10 años después, más de 852 millones de personas sufren hambre en el mundo, entre ellos, 300 millones de niños; cerca de 2,000 millones de personas tienen deficiencias crónicas nutricionales; cada 4 segundos una persona muere de hambre, la mayoría niños menores de cinco años; y casi la tercera parte de los niños en el Tercer Mundo sufren retraso en el crecimiento y tienen estatura y peso inferiores a lo normal debido a la desnutrición.

Crece la desigualdad. Mientras que en los países desarrollados menos del 5% de los niños menores de cinco años sufre de malnutrición, en las naciones subdesarrolladas la proporción se eleva hasta el 50%. La propia FAO ha calculado que un niño en un país industrializado consumirá en toda su vida lo que consumen 50 niños en un país del Tercer Mundo.

Pero esta situación alimentaria es sólo parte de un panorama más amplio y dramático, en el que la brecha entre ricos y pobres alcanza magnitudes de vergüenza.

En 1960, el ingreso promedio de los 20 países más ricos del planeta era 37 veces mayor que el de los 20 países más pobres. Hoy es de 74 veces. En la actualidad, el 1% más rico de la población mundial recibe tantos ingresos como el 57% más pobre.

Esta dramática situación contrasta con las alucinantes cifras que el mundo gasta cada año en armamentos, que ascienden a más de un millón de millones de dólares, la mitad de ellos sólo en Estados Unidos.

Con los recursos que hoy se dedican a armamentos se podría alimentar por un año a los 852 millones de personas que padecen hambre en el mundo o se podría dotar de medicamentos antiretrovirales durante 40 años a los 38 millones de personas afectadas por la epidemia de VIH/SIDA.

La Cumbre del Milenio, cuya evaluación fue un rotundo fracaso hace pocas semanas en Nueva York, aprobó tibias e insuficientes metas de desarrollo, entre ellas la reducción del número de hambrientos en el mundo a la mitad para el año 2015.

Según los cálculos de la FAO, de mantenerse los ritmos actuales, tal meta sólo se cumpliría en el año 2150 y, aun así, todavía quedarían más de 400 millones de hambrientos sobre la faz de la Tierra.

Esta aberrante situación sólo puede solucionarse por la vía de la cooperación internacional, cuyos recursos, además de ser insuficientes y reducirse en términos reales, se ven sometidos a condicionamientos discriminatorios y en ocasiones ofensivos. En el año 2004, los países del Norte sólo destinaron el 0,23% de su Producto Nacional Bruto a la Asistencia Oficial al Desarrollo y el más poderoso de todos sólo dedica el 0,11%.

Si los países industrializados cumplieran su compromiso, que ya data de 35 años, incrementarían su Ayuda Oficial al Desarrollo a unos 170 mil millones de dólares. Según la FAO, para cumplir la meta planteada por la Cumbre del Milenio se necesitarían inversiones públicas por 24 mil millones de dólares al año.

Ahora bien, el incremento de la ayuda no bastaría mientras existan los subsidios a las producciones agrícolas en países industrializados, que hoy ascienden a 300 mil millones de dólares por año, y arruinan a las economías de muchos países del Tercer Mundo.

No habrá solución mientras los efectos de la deuda externa sigan golpeando a las sociedades subdesarrolladas. No la habrá mientras se mantengan las condiciones en que los países del Tercer Mundo pagaron en el año 2004 por servicio de la deuda 5 veces lo que recibieron como Ayuda Oficial al Desarrollo.

Tampoco se resolverá el problema, e incluso se agravará, mientras el medio ambiente del planeta se siga deteriorando, con las inevitables consecuencias que ello acarrea y acarreará a la producción de alimentos y a la agricultura en general, sobre todo en el Tercer Mundo.

Un millón de millones de dólares se dilapida cada año en publicidad comercial, mientras se estimula un consumismo desenfrenado e irracional, inalcanzable por demás para las tres cuartas partes de la población del planeta, e insostenible ante el agotamiento inexorable de los recursos naturales.

Estas prácticas consumistas del Norte opulento y derrochador destruyen progresivamente nuestro medio ambiente, envenenan las aguas, contaminan los mares, provocan la deforestación, destruyen la diversidad biológica, y ponen a nuestro planeta en peligro de perecer por los propios excesos de la especie humana.

Señor Director General:

Cuba, un país pequeño y pobre, que ha estado sometido durante 45 años al bloqueo más brutal y despiadado que ha sufrido nación alguna, se esfuerza para hacer posible a su pueblo los derechos que la FAO defiende.

El porcentaje de niños menores de 5 años con peso insuficiente moderado y severo respecto a su edad es sólo del 2%, cifra entre las más bajas del Tercer Mundo, según el Informe de Desarrollo Humano 2004 del PNUD. La tasa de mortalidad infantil de 5,8 por cada mil nacidos vivos en el año 2004 y la esperanza de vida en 77 años, nos prueban que avanzamos por el camino correcto.

Finalmente, deseo también reconocer el excelente trabajo del Director General, el Excmo. Sr. Jacques Diouf, quien, con su empeño personal, su talento y su dedicación, ha llevado a la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación a un nuevo estadío en su desarrollo y a una comprensión cabal de los problemas que vive el mundo, sus causas y sus consecuencias.