Pensamiento Crítico

Cuando las empresas transnacionales dicen adiós

Por Robert Weissman | Revista SinPermiso. Traducción: Anna Garriga | 23 Marzo 2008
Nadie pestañea ni un instante cuando el editor de una revista llamada Multinational Monitor –o sea, yo mismo- insinúa que los intereses de las corporaciones transnacionales divergen de los de la gente de la calle, a los que bien a menudo llegan a contraponerse. Pero las cosas cambian cuando tal afirmación procede del BusinessWeek. Así se titulaba el artículo de portada del último número del citado semanario: "Transnacionales: ¿son buenas para América?" La respuesta a dicha pregunta, procurada por el economista en jefe del BusinessWeek, Michael Mandel, era quizás un tanto escurridiza –del estilo del "por un lado esto, pero por el otro aquello"-, pero la conclusión final no ofrecía dudas: no especialmente. El artículo pone énfasis en el hecho de que el éxito de las transnacionales radicadas en Estados Unidos, que constituyen los actores empresariales mejor preparados para hacer frente a la crisis que atraviesa el país, por ejemplo sacando provecho del declive del dólar a través de mayores niveles de ventas en otros países, no están tomando las decisiones que más ayudarían a la economía estadounidense. En descarga de las transnacionales, el artículo del BusinessWeek saca a colación los resultados de estudios de investigación que aseguran que aquéllas son más productivas, ofrecen salarios más altos y están mejor gestionadas que las empresas de ámbito estatal. Además, las empresas transnacionales tienden a radicar su actividad de investigación y desarrollo en Estados Unidos, lo que se traduce en puestos de trabajo de salarios altos para el país. Pero mientras que las transnacionales se muestran más eficientes en muchos sentidos –y conviene señalar que aquí el BusinessWeek opta por no evaluar si son eficientes porque son transnacionales o, por el contrario, terminan siendo transnacionales porque son eficientes-, tales empresas dejan de ofrecer muchas de las ventajas que las gentes esperan de una economía sólida. Quizás las cifras más significativas puedan encontrarse en los pésimos registros que han logrado en el ámbito de la creación de empleo. Entre 2000 y 2005, las empresas transnacionales situadas en Estados Unidos destruyeron la friolera de dos millones de puestos de trabajo, informa el BusinessWeek. A su vez, durante el mismo período, las transnacionales redujeron el número de puestos de trabajo en suelo estadounidense en 500.000. Y esto no es sólo un efecto de las deslocalizaciones empresariales hacia espacios en que los costes, empezando por los salariales, son menores. Comparadas con las grandes compañías que operan sólo en Estados Unidos, el ratio entre los puestos de trabajo creados y los niveles de ventas y beneficios que muestran las corporaciones transnacionales es mucho menor –y contamos aquí los puestos de trabajo que crean tanto en Estados Unidos como en el extranjero-. Pero lo cierto es que, en gran medida, la drástica reducción de puestos de trabajo radicados en Estados Unidos que se observa en el seno de las empresas transnacionales se explica por su tendencia a desplazar su actividad a países donde los salarios son más bajos, así como por el auge de la subcontratación –algo que el BusinessWeek desatiende-. "En lugar de promover la actividad económica del país a fin de vender más y mejor en los mercados globales, compañías estadounidenses ciclópeas como General Electric, IBM o United Technologies decidieron trasladar su producción al extranjero" –asegura Michael Mandel, del BusinessWeek. "En efecto, durante la década anterior, las transnacionales estadounidenses se han ido divorciando de la economía del país" –concluye Mandel. Asimismo, un dólar en caída libre debería animar a los productores que operan a escala global a invertir cada vez más en Estados Unidos, que se está convirtiendo en un país cada vez más barato a medida que su moneda se derrumba. Pero el BusinessWeek advierte de la presencia de por lo menos dos problemas que están debilitando este proceso. El primero de ellos es de orden fiscal. En particular, se trata del conjunto de estrategias de fraude fiscal que han seguido las corporaciones transnacionales en los últimos años. "Trasladar la producción al extranjero permite a las transnacionales recurrir a un número prácticamente infinito de estrategias legales o cuasi-legales para la reducción de su renta imponible". Entre las consabidas estrategias para lograr tales objetivos, el artículo cita las siguientes: la transferencia de precios (operación a través de la cual filiales estadounidenses pagan más de lo apropiado para obtener productos de otras filiales del grupo situadas en otros países, con lo que se trasladan rentas y beneficios a países donde los impuestos son menores); la transferencia de la propiedad intelectual a empresas filiales que operan también en países con menores cargas fiscales, mientras que las filiales estadounidenses se ven obligadas a pagar altas regalías a sus homólogas extranjeras; y la contracción de préstamos en países donde los impuestos son altos, con el objetivo de obtener provechosas deducciones fiscales. El segundo problema que el BusinessWeek identifica es la habilidad de las corporaciones transnacionales para chantajear (la palabra es mía, no de BusinessWeek) al Estado solicitando concesiones a cambio de mantener en el país sus plantas productivas. El artículo de Mandel toma como ejemplo el sector de los semiconductores, pues se trata de un ámbito en el que la investigación sigue desarrollándose en Estados Unidos y en el que existen perspectivas de expansión de la producción, y cita a líderes de dicho sector que han declarado con la mayor desfachatez que Estados Unidos no tiene otra opción sino favorecer sus compañías a través de exenciones y deducciones impositivas, además de otros incentivos. "Tenemos que decidirnos de una vez por todas a ser competitivos en términos de oportunidades de inversión y, así, igualar las ofertas en materia de incentivos y de reducciones de impuestos que otros países ofrecen" –asegura George Scalise, presidente de la Semiconductor Industry Association. "Si no lo hacemos, lo vamos a tener muy difícil para mantener nuestro liderazgo en el campo de la tecnología y de la innovación". En esta misma dirección se expresaba Héctor Ruiz, Director General de Advanced Micro Devices: "No se trata de ‘bienestar empresarial’. [De lo que se trata es de] asumir que estamos en un mundo competitivo". Lo que Ruiz no explica es que dicha competición está amañada. En un mundo como el nuestro, regido como está por las empresas transnacionales, la competición se libra entre los países (o entre entes administrativos de diverso nivel) y, también, entre las gentes de la calle que los habitan. Y, en este punto, tanto da cuáles de estas instancias logren ofrecer más, pues hay algo que ocurre indefectiblemente: quienes siguen venciendo son, en realidad, las mismas corporaciones de siempre. (**) Robert Weissman es el editor del Multinational Monitor, (www.multinationalmonitor.com), revista bimestral radicada en Washington D.F., y director de Essential Action (www.essentialaction.org).