Pensamiento Crítico

A la mesa con Fidel

Por Frei Betto | ALAI. Traducción de J.L.Burguet | 23 Marzo 2008
Conocí a Fidel el 19 de julio de 1980, en Managua, con ocasión del primer aniversario de la Revolución Sandinista, al que asistí en compañía de Lula. Ante la oportunidad de conversar con el líder cubano, hice caso de mi ángel de la guarda: "Ésta es probablemente la única vez que te escuchará. Háblale de la Iglesia". Le hablé de las Comunidades Eclesiales de Base y le recordé cómo la gente sufrida de América Latina encuentra en la fe cristiana la energía necesaria para buscar una vida mejor. Muchos partidos comunistas fallaron al profesar un ateísmo apologético que los apartó de los pobres imbuidos de religiosidad. Fidel hizo una larga reseña histórica de la Iglesia en Cuba, acentuó el carácter franquista del clero anterior a la Revolución y los conflictos ocurridos a raíz de la victoria de los guerrilleros de Sierra Maestra en 1959. –Comandante, ¿cuál es la actitud del gobierno cubano ante la Iglesia?, le pregunté. Y Añadí: --En mi opinión hay tres posibilidades: la primera tratar de acabar con la Iglesia y la religión. La historia demuestra que eso es imposible, y tal postura ayudaría a reforzar la campaña de quienes insisten en una ontológica incompatibilidad entre cristianismo y socialismo. La segunda, mantener a la Iglesia y a los cristianos marginados. Eso favorecería la política de denuncia de lo que sucede en los países socialistas, como el irrespeto a la libertad religiosa. La tercera, abrirse a los cristianos interesados en participar en la construcción del socialismo. ¿Cuál de las tres asume el gobierno cubano? –Nunca había encarado la cuestión en esos términos, admitió Fidel, pero la tercera me parece la más sabia. Tienes razón, debemos buscar un mejor entendimiento con los cristianos, superando cualquier forma de discriminación. Le pregunté todavía por qué el Estado y el Partido Comunista cubanos eran confesionales. Él reaccionó extrañado: "¿Cómo confesionales?" Expliqué que afirmar o negar la existencia de Dios es ignorar una de las conquistas de la modernidad: el carácter laico del Estado y de los partidos. Poco tiempo después el Estado y el PC cubanos dejaban de ser oficialmente ateos y pasaban a ser laicos. El líder cubano me propuso ayudar al Estado a aproximarse a la Iglesia Católica. Hacía años que no se reunía con ningún obispo católico, a pesar de las buenas relaciones con la embajada del Vaticano en La Habana y con las iglesias protestantes. Al año siguiente el episcopado de Cuba me aceptó como intermediario en la aproximación Iglesia-Estado, tarea que desempeñé durante diez años y tuvo su culmen con el lanzamiento, en 1985, del libro "Fidel y la Religión", en el que el entrevistado confirmó el derecho a la libertad religiosa en la isla. Al visitar La Habana en febrero de 1985 fui invitado a comer en casa de Marina Majoli y Chomy Miyar; él era secretario particular de Fidel. En torno a la mesa estaban Armando Hart, ministro de Cultura; Manuel Piñeiro, jefe del Departamento de América; y su mujer, Marta Harnecker, intelectual chilena. Chomy preparó la comida: arroz, frijoles negros, carne de cerdo asada, yuca cocida y plátano frito. Típico yantar cubano y, casualmente, típico yantar de Minas Gerais, lo que sólo puede explicarse por los africanos traídos como esclavos a América. Chomy comentó que a Fidel también le gustaba cocinar. Al café, cerca de la media noche, entró el Comandante. Tomó asiento entre libros y discos, aceptó un solo trago de güisqui y lo paladeó lentamente. –He descubierto un área en la que coincidimos, le dije. --¿Cuál? --La cocina. Soy hijo de una especialista. Mi madre es autora de un clásico: Cocina de leña, 300 años de cocina minera. --¿Cómo hizo ella la recopilación de datos? --Recorrió el interior del estado de Minas, se hizo con viejos cuadernos de recetas, le dieron textos sobre culinaria en novelas y ensayos. --Comer es bueno pero engorda, observó Piñeiro. --Depende, quien mastica mucho engorda poco, comenté. --Mi especialidad son los camarones, añadió Fidel. --Pero aseguraría que nunca probó un rehogado de camarón, objeté. Me pidió que le describiera la receta despacio, para memorizarla. Ésta es una característica del líder cubano: su memoria privilegiada. –Cocine los camarones con cáscara hasta un primer hervor del agua, expliqué. Retírelos y, al enfriar, quíteles la cáscara. Revuélvalos en sal y limón. Aparte cocine la yuca, córtela en pedazos y bátalos en la licuadora con el agua del cocimiento de los camarones. Ponga agua suficiente para obtener una pasta de yuca relativamente espesa, nunca una masa tipo papilla. Échele la pasta a los camarones. En el frigorífico prepare los aderezos: aceite de dendé (cierta palmera de Brasil) bien caliente, cebolla y ajo picados, sal, pimienta al gusto, tomates pelados y exprimidos o una pasta de tomate espesa. Haga que se mezcle bien la pasta de yuca con los camarones. Póngalo al fuego y añada leche de coco. El secreto de la receta es revolver la yuca en la misma agua en que se cocinan los camarones. –Puedo hacerlo, garantizó Fidel, siempre que me mandes el aceite de dendé, que no tenemos aquí. ¿De dónde procede este plato? –Creo que de los esclavos, pues tenían en la yuca la base de su alimentación, como todavía hoy sucede con nuestros indios. Hecha la pasta mezclaban los restos de la casa patronal. Se puede hacer también rehogado de gallina e incluso con pequeños trozos de pescado asado, sin espinas. Días después Cuba importó del Brasil una gran cantidad de aceite de dendé.