Pensamiento Crítico

La experiencia de Hillary Clinton

Por Juan Gabriel Vásquez | El Espectador, Colombia. | 30 Marzo 2008
Con cada discurso que da, con cada propaganda que pone en la televisión, Hillary Clinton está dándole nuevos significados a la expresión "el tiro por la culata". Y el espectáculo, todo hay que decirlo, es fascinante. De hecho, la forma en que ella misma se ha vuelto su peor enemiga tiene que ser uno de los misterios más curiosos de la política norteamericana reciente: en la carrera por la nominación demócrata, Hillary Clinton se enfrenta a uno de los oradores más poderosos que se han visto en Estados Unidos desde Martin Luther King, alguien que tiene a manos llenas todo el carisma que a ella le falta, y sin embargo es como si hubiera decidido que esos obstáculos no son suficientes, que tenía que inventarse otros ella misma. Y no ha perdido oportunidad de hacerlo. Es lo que ha sucedido en estos días con el asunto del ya famoso aterrizaje en Bosnia en 1996. Hace un par de semanas, en un discurso sobre política exterior, Hillary Clinton "recordó" (las comillas son muy necesarias) cierto viaje que hizo a Tulza como primera dama. "Recuerdo que aterrizamos en medio del fuego de los francotiradores", dijo. Todo el discurso tenía por objetivo subrayar —una vez más— la mayor experiencia que tiene Clinton en cuestiones de política internacional, mandar —una vez más— el mensaje de que Obama, a su lado, es un novato. Pero inmediatamente la CBS sacó a la luz el video del aterrizaje en Tulza, donde Clinton baja del avión con su hija Chelsea y se encuentra, no con el fuego de ningún francotirador, sino con una ceremonia de bienvenida en la que nadie parece amenazado por ningún peligro. La cosa fue tan grotesca que Hillary Clinton se ha disculpado, si es disculparse decir que ella pronuncia millones de palabras cada día y que a veces puede equivocarse. El problema está en que no es la primera vez que esas equivocaciones aparecen en su hoja de vida: en un artículo reciente Christopher Hitchens recuerda cómo, en abril de 1995, Clinton coincidió en Nepal con Sir Edmund Hillary (sí, el del Everest), y le aseguró que su madre le había puesto el nombre que llevaba en homenaje al escalador. Lo cual habría sido sin duda bonito si no fuera por la incómoda cronología: cuando Hillary Clinton nació, en 1947, todavía faltaban seis años para que Edmund Hillary llegara a la cima del Everest. De nuevo se disculpó Hillary (la política, no el escalador): mandó decir que se trataba simplemente de una "historia familiar que su madre contaba para inspirarle grandeza a su hija". Pero la anécdota quedó en lo que probablemente era desde el principio: un acto de vulgar oportunismo político. Igual de oportunistas han sido sus intentos por demostrar una participación en el proceso de paz de Irlanda del Norte que no ha tenido; igual de oportunistas han sido sus intentos, ahora, por olvidar su discurso de apoyo a la guerra de Iraq en octubre de 2002. Y oportunista fue, en 2005, su propuesta de ley para ilegalizar la quema de la bandera, una de las obsesiones de la derecha norteamericana que, como todas las derechas del mundo, tiende a convertir los símbolos patrios en fetiches. Tuvo que venir un juez de los más conservadores a decirle que uno podía estar más o menos de acuerdo con quemar banderas, pero que la Constitución protege incluso esas faltas de respeto. El resultado de todo esto es una imagen más bien patética: la de una mujer desesperada, una mujer para la cual la verdad es una u otra en función del retrato que haga de ella. Si para demostrar su larga experiencia es necesario poner francotiradores en la escena, se ponen; si para probar que su vida estaba destinada al liderazgo es necesario adelantar unos cuantos años la conquista del Everest, así se hace. No va a dejar uno que se le escape una oportunidad por andar fijándose en los hechos. Y uno piensa: si es esta experiencia la que Obama no tiene, tal vez la carencia no sea tan grave.