Pensamiento Crítico

Obama y no Clinton: una decisión dolorosa de Richardson

Por Mauricio Sáenz | Revista Semana, Colombia. | 30 Marzo 2008
Hasta enero de este año, el gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, aspiraba a convertirse en el primer presidente latino de Estados Unidos. Y cuando retiró en enero su aspiración a la candidatura demócrata, muchos analistas pensaron que esa movida lo dejaba en una situación ideal para ser escogido como el compañero de fórmula de Hillary Clinton. Las razones eran al menos tres: La primera, que Richardson había apuntalado su carrera política al lado de Bill Clinton, bajo cuya presidencia ocupó cargos de gran importancia, como secretario de Energía y embajador ante la Organización de Naciones Unidas. La segunda, que buena parte de la fuerza electoral de Hillary contaba con el apoyo de la comunidad latina, no sólo por la buena imagen que dejó su esposo en ese segmento de la población, sino porque los hispanos tienen una tradicional rivalidad con la comunidad negra, que es precisamente el mayor bastión de Barack Obama. Y tercero, porque los lazos de Richardson con los Clinton llegaban, más allá de la política, al terreno personal. Tanto, que cuando aún era su adversario, Richardson había incluso defendido a Hillary en varios de los debates televisados en los que participó. Por eso cayó como una bomba en las toldas clintonianas la decisión del gobernador de apoyar las aspiraciones de Obama. Lo hizo en una manifestación en el Memorial Coliseum de Portland, Oregon, en un discurso al que los observadores calificaron como lleno de fuerza y determinación. "Es tiempo, dijo, de que una nueva generación de liderazgo guíe a Estados Unidos hacia adelante. Barack Obama será un presidente histórico que podrá traernos el cambio que necesitamos con tanta urgencia". Pero en otro pasaje, reflejando lo difícil de su decisión, dijo que "Mi gran afecto y admiración por la senadora Clinton y por el presidente Bill Clinton nunca decaerán. Es tiempo, sin embargo, de que los demócratas dejen de pelear entre sí y se preparen para la dura lucha que tenemos contra John McCain este otoño". El golpe de opinión de Richardson vino además en un momento crucial, cuando Obama estaba tratando de dejar atrás la controversia provocada por la oratoria incendiaria de su consejero espiritual de muchos años, el reverendo Jeremiah Wright Jr., cuya retórica acerca de los problemas raciales en Estados Unidos le hizo perder puntos en las encuestas y amenazó con echar por la borda la delicada construcción elaborada por Obama acerca de la necesidad de dejar atrás esa problemática en un país unificado por los grandes temas del siglo XXI. Un viraje tan abrupto no podía pasar desapercibido para los comentaristas, algunos de los cuales no ahorraron epítetos. En especial James Carville, un "pundit" muy cercano a Bill Clinton, dijo que le parecía muy apropiado que todo hubiera sucedido precisamente el viernes santo, pues Richardson se había comportado como todo un Judas Iscariote. ¿Puede ser considerada la actitud de Richardson un acto de traición? Lo primero que hay que hacer para tratar de dilucidar esa pregunta es saber quién es Bill Richardson y cuales son sus ejecutorias. Y cuando se explora esa historia, se demuestra que no se trata de ningún pintado en la pared. Richardson nació casi por casualidad en Pasadena, California, a donde se habían trasladado su madre mexicana, María Luisa López-Collada, y su padre William Richardson, un banquero de origen norteamericano, quienes vivían en Ciudad de México. De regreso en esa capital, vivió allá hasta los 13 años, cuando fue enviado a estudiar la secundaria en un colegio privado de Massachussets. En 1971 culminó sus estudios con una maestría en asuntos internacionales de Tufts University. Su carrera política comenzó en 1980 en Santa Fe, Nuevo México, cuando tras un intento fallido logró una curul por ese Estado en el senado federal. En sus 14 años en el congreso, desarrolló su interés en los temas internacionales. Una gestión en 1996, cuando viajó a Bagdad y convenció a Saddam Hussein de liberar a dos norteamericanos capturados en Irak tras la guerra del golfo, le valió que Bill Clinton lo nombrara embajador ante la Organización de Naciones Unidas, posición que ostentó por más de un año, hasta que en 1998 fue nombrado secretario (ministro) de energía. Cuando terminó el gobierno de Clinton, Richardson tuvo varias posiciones importantes en la academia, incluida una cátedra en la Universidad de Harvard, y en el sector privado, hasta que, en noviembre de 2002, fue elegido gobernador de Nuevo México, lo que lo convirtió en el personaje latino más importante de Estados Unidos. Y curiosamente desde ese puesto, siguió ejerciendo por petición del gobierno de George W Bush funciones especialmente delicadas en el ámbito mundial. En 2006 consiguió, en un viaje a Sudán, que el presidente de este país, Omar al Bashir, liberara a un periodista de National Geographics acusado de espionaje, y al año siguiente, consiguió un cese al fuego entre varias facciones en lucha en la provincia de Darfur. Adicionalmente, Richardson logró liberar prisioneros en Cuba y Corea del Norte. Sus gestiones como diplomático hicieron que fuera nominado al Premio Nobel de la Paz en 1995, 1997, 2000 y 2001. No es de extrañar que Bill Clinton y su tocayo Richardson hayan sido buenos amigos, pues muchos describen al hispano como un personaje muy parecido al expresidente. No sólo por su gusto por la buena vida sino por su encanto personal, que le ha servido para desarrollar una extraordinaria capacidad para convencer hasta a los interlocutores más recalcitrantes. También por su rigor y su seriedad al abocar los temas puestos a su consideración. Por eso, al mismo tiempo que algunos atacaban a Richardson por su decisión de desmarcarse, al menos políticamente, de los Clinton, otros lo defendían con argumentos sólidos. Apuntando precisamente a su seriedad, señalaron que Richardson tomó su decisión luego de oir el discurso que pronunció el martes Obama en Filadelfia sobre el estado de las relaciones raciales en el país, un pronunciamiento de gran trascendencia que ha sido comparado con el famoso discurso "Tengo un sueño" de Martín Luther King Jr. En apoyo de esa tesis sostienen que si la idea hubiera sido afectar las posibilidades de Hillary, Richardson habría causado mucho más daño si le hubiera entregado su apoyo a Obama antes de las primarias de Texas, donde el voto latino le dio a la ex primera dama un triunfo que necesitaba desesperadamente. Por eso, afirman que si el gobernador llegó a su difícil decisión fue porque el discurso de Obama le convenció, justo cuando su exasperación por el nivel de pugnacidad de la campaña de Hillary llegaba a su clímax. De ahí que su mensaje se haya dirigido precisamente a la unidad de los demócratas. Pues Richardson es, ante todo, un animal político, y todos los factores anteriores lo convencieron de que, de seguir la pelea de perros y gatos propiciada principalmente por la campaña de la candidata, la división entre los demócratas podría permitir lo que vería como el peor escenario para su país en este momento: que el ganador en noviembre fuera, en últimas, el republicano John McCain. La decisión del gobernador de Nuevo México, con lo dolorosa que debió ser a nivel personal, mostró más bien a un político responsable que supo dejar atrás sus afectos en función de lo que considera lo más conveniente para la nación. Y demostró de paso que el clientelismo subyacente tras las amistades políticas no tuvo cabida, el menos en este episodio, en la carrera presidencial en Estados Unidos.