Pensamiento Crítico

La violencia narco en México: al toro por los cuernos

Por Víctor Orozco | Revista SinPermiso. | 01 Junio 2008
En lo que va del presente año, se han producido en México 1324 homicidios atribuibles al crimen organizado, informó la semana pasada el Procurador General de la República. La devastadora cifra, sin embargo, ya quedo atrás engrosada sustancialmente con la cuota de los últimos días. Sólo en Ciudad Juárez suman más de 360 muertes violentas en el 2008, relacionadas con el narcotráfico, ejecutadas a todas horas del día y de la noche, fuera de los negocios, en los estacionamientos, en las calles. Villa Ahumada, 130 kilómetros al Sur se ha quedado sin policía municipal, pues todos sus miembros desertaron, orillados por el justificado temor de perder la vida. Según los altos funcionarios públicos tal cantidad de muertes revela que el Estado está ganando la guerra a las bandas de criminales, porque ante la presión militar y policiaca éstas se ven obligadas a combatir ferozmente por las plazas reducidas. Es una explicación la verdad ininteligible, porque los hechos que la ciudadanía observa no expresan debilidad alguna en el campo criminal: matan impunemente, se enfrentan directamente al personal militar con granadas y basukas, han impuesto en varias ciudades un efectivo "toque de queda" y paralizado actividades económicas. Ante esta pavorosa situación, que no vale la pena magnificar, es pertinente recordar sus orígenes y causas resumidos en cientos de estudios realizados por agencias internacionales, centros de investigación universitarios y estatales de todo el mundo. Todos apuntan a la pobreza y a la miseria, como el caldo de cultivo en donde se genera la criminalidad. Quien sabe cuántos altos funcionarios, instalados en sus islas de consumos suntuarios y en sus cápsulas de protección, acostumbrarán visitar con regularidad las colonias y barrios periféricos de Monterrey, de la zona conurbada de la ciudad de México, de Culiacán, Guadalajara, Tijuana o Juárez. En cada caso, lo que se ofrece a nuestra vista es un cuadro de abandono y derrota: hacinamientos, calles invadidas, basura acumulada, oscuridad, casas abandonadas y vandalizadas, remedos de parques desmantelados. ¿Qué futuro o perspectiva se ofrece a los niños y jóvenes en estos ambientes?. ¿No acaso miran a sus padres o a sus abuelos padeciendo una vida miserable, con su patrimonio consumido y desvalorizado, atrapados en un círculo vicioso?. La única manera de salir del grupo de los perdedores, para una cada vez más alta porción de ellos, es la delincuencia. La pregunta correcta en estas condiciones no es ¿Por qué se hacen delincuentes?, sino ¿Por qué no habrían de hacerse?. ¿Qué lealtad les merece esta sociedad?. La semana pasada, ante uno de estos cuadros un amigo me preguntaba: ¿Cuánto dinero se necesita aquí para contratar un sicario? ¿Mil, cinco mil pesos?. De allí que a los "narcos" se les ve como triunfadores, los tipos a imitar, son los que tuvieron las agallas para brincar los muros de esas prisiones sociales. Viven poco, pero regresan de vez en cuando como lo hijos pródigos, exultantes de riqueza y poder. Cuando examino las medidas que tomó Suecia para combatir al narcotráfico y que son consideradas las más exitosas por la ONU, veo que no se trata de recursos sofisticados: aumento de penalidades, mejoras en las policías, legalizaciones dosificadas del consumo de drogas, combate a la corrupción, programas entre los jóvenes, para mencionar las más notorias. Pero, los suecos tienen algo que no tienen la inmensa mayoría de los latinoamericanos: altos salarios, servicios públicos excelentes pagados por el Estado, vacaciones bien cubiertas, acceso masivo a los bienes culturales. En otras palabras, tienen un caldo de cultivo donde en general pueden crecer la esperanza y las realizaciones, no la frustración y el desamparo que caracterizan a las favelas brasileñas o a las colonias mexicanas, que han ido de mal en peor conforme han crecido las ciudades. Y, en relación con México no tienen 3,000 kilómetros de frontera con Estados Unidos, cuyos 20 millones de adictos representan un mercado inacabable, soportado por una densa red de distribuidores que llevan la droga desde los cruces fronterizos a donde la ponen las bandas de Colombia o México, hasta los barrios y las escuelas de Los Angeles, Nueva York o Chicago. Así que, no podemos esperar que aquí prospere sin más el programa de los suecos. Es posible que el gobierno federal llene las ciudades de soldados, dedicados a patrullar calles y a dar golpes espectaculares, pero por cada capo o gatillero que se muere o se captura, cinco o diez ocupan el lugar, provenientes de un venero que nunca cesa de fluir. Evidentemente, las medidas contra la corrupción, las mejoras de la policía, sobre todo de sus redes de inteligencia, la elevación de su capacidad de respuesta en todos los órdenes, son indispensables. Pero, están dirigidas a frenar el mal, no a terminarlo. Nadie con seguridad tiene panaceas, pero está claro que las soluciones deberán venir de programas sociales, instrumentados y puestos en marcha por los gobiernos, junto con organizaciones sociales o políticas, que combatan a profundidad la pobreza y contribuyan a limitar la abismal desigualdad social. De no darse estos pasos, puede que las clases medias y las altas, tan celosas de sus privilegios, terminen viviendo en unas islas, protegidas por cercas y guardias las 24 horas, rodeadas por un mar de amargura, odio y resentimiento…o emigrando a Suecia. Otros remedios vendrán de una despenalización gradual para el consumo de ciertos tipos de drogas. Vale recordar aquí la experiencia norteamericana: el 17 de enero de 1920, uno de los promotores de la Ley Seca, anunciaba: "Esta noche nacerá una nueva nación…las cárceles quedarán vacías…sonreirán todas las mujeres y los niños". En 1933, cuando se abrogó la referida ley se dijo que su aplicación había generado "..una abrumadora corrupción, la hipocresía, la creación de grandes delincuentes y la fundación del crimen organizado". A más de miles de muertos, cientos de miles de encarcelados y enfermos por las adulteraciones. Y, por fin, el gobierno norteamericano tendrá que a tomar el toro por los cuernos para combatir en su territorio a sus propios narcotraficantes, sin duda los mayores y mejor organizados del mundo, en lugar de echar toda la culpa a mexicanos y colombianos. (**) El autor, Víctor Orozco, es profesor de historia en la Universidad de Chihahua, es un analista político mexicano.