Pensamiento Crítico

Muchas prisas para gastar y mucho tiempo para arrepentirse

Por Kenneth Rogoff | Diario Los Tiempos, Cochabamba, Bolivia. | 02 Octubre 2008
Cuando los pensamientos están centrados en los miedos a una nueva Gran Depresión del tipo de la del decenio de 1930, los políticos de los Estados Unidos han adoptado, casi de la noche a la mañana, un plan de rescate, que asciende a 700.000 millones de dólares, para resucitar el sector financiero del país, que está desinflándose rápidamente. El acuerdo final es un complejo ejemplo de ingeniería política y financiera cuyo efecto final es casi imposible de predecir. Sin embargo, hay razones válidas para mostrarse escéptico respecto de que sea la panacea con la que cuentan, literalmente, los mercados crediticios. La ocurrencia fundamental del plan es la de que el ingenio gubernamental puede desentrañar el embrollo de las hipotecas de riesgo, que asciende a un billón de dólares, pese a que los propios científicos lumbreras de Wall Street han fracasado completamente al respecto. Además, se nos dice que el Gobierno es tan listo, que hasta podría obtener beneficios económicos de todo el asunto. Puede ser, pero conviene no olvidar que gran número de profesionales muy inteligentes del sector financiero pensaban lo mismo hasta hace muy poco. Tan sólo hace un año, los Estados Unidos tenían cinco grandes bancos de inversión independientes que ocupaban la cima de su potente sector financiero. Colectivamente, sus empleados compartían el año pasado más de 36.000 millones de dólares en primas gracias a los enormes beneficios que esas entidades "ganaron" con sus arriesgadas y audaces estrategias de negocio. Esas estrategias suelen entrañar mucho más riesgo –y complejidad– que las actividades de los bancos comerciales tradicionales. A mediados de agosto, tuve la temeridad de predecir que estaban a punto de llegar las consecuencias de los riesgos y que pronto podía quebrar un gran banco de inversión de los EEUU o verse obligado a aceptar una fusión muy complicada. Poco me imaginaba que hoy no iba a quedar ningún banco de inversión independiente en Wall Street. De hecho, después de años de atraerse a muchos de los mejores y más brillantes profesionales del mundo para que ocuparan empleos con sueldos altísimos, ahora los bancos de inversión que se están hundiendo están despidiéndolos a diestro y siniestro. Una de esas víctimas, antiguo alumno mío, me llamó el otro día y se preguntó: "¿Qué debo hacer ahora? ¿Buscar un empleo de verdad?" . Con esto volvemos al plan del Tesoro de los EEUU de gastar centenares de miles de millones de dólares para desatascar el mercado de las hipotecas de gran riesgo. La idea consiste en que el Gobierno de los EEUU hará las veces de comprador en última instancia de la deuda basura que el sector privado no ha podido valorar. ¿A quién exactamente piensa contratar el Tesoro para aclarar todo eso? ¡Pues a los banqueros de inversión desempleados, naturalmente! Examinémoslo. Los banqueros de inversión han estado perdiendo el chollo de sus empleos, porque no han podido idear forma convincente alguna de valorar la deuda hipotecaria tóxica. De lo contrario, sus empresas habrían podido aprovechar los billones de dólares que ahora están muertos de risa en fondos soberanos, grupos de accionistas privados, fondos especulativos de gran riesgo y otros. Ahora, trabajando para el contribuyente, esos mismos banqueros de inversión darán de repente con la fórmula mágica de valoración que los ha eludido hasta ahora. No es de extrañar que los expertos académicos de todo el espectro político hayan expresado considerable escepticismo. Cierto es que el Tesoro tomará participaciones en el capital social de algunas empresas, por lo que hay cierta posibilidad de que dé resultado, pero la preocupación principal se centra en la evidente intención del Tesoro de pagar más del doble del precio actual de mercado (entre 20 y 30 centavos por dólar) a partir de la premisa de que el éxito del Tesoro al desenmarañar el mercado hipotecario hará que cualquier descuento parezca una ganga. ¿Equivale esta quisquillosidad a dejar de reconocer la urgencia de un arreglo del sistema financiero? ¿Es que no es mejor cualquier plan que ninguno? Yo, por mi parte, no estoy convencido. Los sistemas financieros eficientes deben promover el crecimiento en la economía real, no imponer una enorme carga impositiva y el sistema financiero de los EEUU, al engrasar las ruedas de la economía real, ha estado absorbiendo un asombroso 30 por ciento de los beneficios empresariales y el 10 por ciento de los salarios. Así, pues, a diferencia de lo sucedido en el decenio de 1930, los EEUU afrontan un sistema financiero hipertrofiado. Entonces, ¿acaso no es posible que, en lugar de causar una Gran Depresión, una importante reducción del sistema financiero, en particular si lo facilita una estructura reguladora mejorada, aumente la eficiencia y el crecimiento? No quiero decir que el Gobierno deba quedarse de brazos cruzados. Debe aportar una forma ampliada de garantía de depósitos durante esta época de confusión para que no haya más pánicos como el de Northern Rock. Ésa fue una importante enseñanza del decenio de 1930. El Gobierno debería también examinar la posibilidad de inyectar fondos más directamente en el sector hipotecario, mientras el sector privado se reconstituye por sí solo. Desde luego, el Gobierno debe buscar también formas mejores de ayudar a los propietarios de viviendas y a sus prestamistas a elaborar procedimientos de quiebra eficaces. Carece de sentido que los bancos ejecuten las hipotecas cuando existen opciones mejores, mediante las cuales las personas podrían permanecer en sus hogares y los bancos podrían recuperar mucho más dinero. En su momento, después de muchos más avatares y enormes gastos, los EEUU superarán su épica crisis financiera, pero existe un importante riesgo de que esa fase última, por grandiosa que sea, acabe contribuyendo más a los beneficios y primas del sector financiero que al resto de la economía. (***) Desde Cambridge. El autor es profesor de Economía y Política Pública en la Universidad de Harvard y fue economista jefe del FMI.