Pensamiento Crítico

Italia, más que el fascismo

Por Alberto Asor Rosa | Il Manifesto. Traducción: S. Seguí y Gorka Larrabeiti. | 18 Octubre 2008
Alberto Asor Rosa, crítico literario, escritor y político italiano osó en un artículo comparar berlusconismo con fascismo concluyendo que el primero era peor que el segundo, lo que levantó una gran polvareda mediática, a la que contestó en un segundo artículo (que publicamos abajo) cuyo mérito reside en el retrato agudo del "mal relativo" del berlusconismo.
El tercer gobierno de Berlusconi representa sin ningún género de dudas el punto más bajo en la historia de Italia, desde la Unidad hasta hoy. ¿Más que el fascismo? Me inclino a pensarlo. El fascismo, con toda su negatividad, fue un intento de sustituir un sistema en crisis abierta, el sistema liberal, por un sistema completamente diferente de corte totalitario. Pocos pueden hoy estar de acuerdo con la naturaleza y los objetivos de aquel intento; sin embargo, nadie puede negarle su radicalidad e incluso, dentro de una determinada escala de valores, bastante limitada, sus buenas intenciones. Berlusconi en cambio no es más que el producto final y la consecuencia de una larga decadencia: la del sistema liberal-democrático, al que nadie, en treinta años, ha sabido ofrecer una salida político-institucional positiva. Es el hijo natural del craxismo, el hijo natural del affarismo democristiano en su última fase (junto a otros títulos honoríficos que pueden inscribirse en el blasón histórico de la Democrazia Cristiana), es el hijo natural de la incapacidad demostrada en la política de este país de representar los intereses generales y no aquellos, inevitablemente interesados, hasta cuando no son personalmente lucrativos, de pequeños grupos que se representan sólo a sí mismos y que piensan en consonancia. Berlusconi, por consiguiente, antes de ser factor de corrupción, nace de una larga, insistente y afortunada práctica de la corrupción que representa fielmente la decadencia creciente del planeta Italia. Por la fuerza de las cosas sólo sabe gobernar mediante la corrupción, la difunde espontáneamente en torno a sí, crea un vergonzoso sistema jurídico para defenderse de aquellos casos del pasado en que fue descubierto con las manos en la caja y para seguir haciéndolo impunemente, modela Italia según su sistema de valores y, a medida que Italia se degrada, se alimenta con la degradación. En un artículo aparecido en el Corriere della Sera el 13 de julio, inteligente y agudo como suelen ser los de Ernesto Galli della Loggia, éste aborda el "moralismo en un solo país", que sería el nuestro y que consistiría en pensar que "la Italia que políticamente nos disgusta está hecha de gente moralmente obtusa, liderada por un granuja." Con su inteligencia, Galli della Loggia debería admitir que esta acusación de moralismo abstracto y corto de miras sería mucho menos ofensiva si la situación italiana fuese la que describe. Es decir, el moralismo vano es molesto, y lo digo con conocimiento de causa por haber estudiado extensamente y con análogo rechazo a los opositores de Giolitti. (1) Pero a la larga puede ser todavía más molesto que los críticos del moralismo no nos digan si en el centro del problema no está la corrupción dominante y, junto a ésta, no señalen a su principal representante y beneficiario. Por corrupción no quiero decir sólo, ni siquiera principalmente, la apropiación indebida de fondos públicos y privados, y el culto hasta el paroxismo del interés personal; quiero decir también la degeneración del sistema en el que el juego político, cada vez más exclusivamente formal, sigue desarrollándose: el desprecio apenas disimulado por la democracia, la negación creciente de la separación de poderes, la incapacidad de los políticos –todos– de sustraerse al juego mortal de la autorreproducción, la tendencia vigente de someter todo a un poder único. Y junto a todo esto, la pulsión –para utilizar una terminología antigua pero no del todo inadecuada– de connotar en un sentido cada vez más ferozmente clasista los valores supuestamente compartidos en la moral pública y las opciones de política económica. Es también evidente, como justamente observa Galli della Loggia, que ver las cosas de este modo significa poner en el orden del día una reflexión sobre el estado actual de la democracia representativa en Italia. Si en efecto es mediante el voto de los electores italianos como esta desgracia puede seguir agrandándose, esto no nos autorizaría a arrojar al mar en su totalidad el sistema, pero tampoco a justificar o ignorar la desgracia porque el voto popular, hecho en sí abstractamente positivo, la haya convalidado o producido. Si, repito, las cosas están así es evidente que hay algo (o mucho) que cambiar o ajustar. Con ello llego a una primera conclusión: estaría dispuesto a afirmar que éste es uno de los momentos de la historia italiana en la que la cuestión social y la cuestión nacional se entrelazan estrechamente hasta constituir un único nudo de problemas que deben ser abordados conjuntamente. Con esto quiero decir que la exigencia de unidad, por atormentada y difícil que sea, es altísima. Uno de los errores estratégicos más graves cometidos en los últimos veinte años es el de haberse presentado separados reformistas y radicales a las últimas elecciones: los unos, vanagloriándose de ello como si fuera el descubrimiento del siglo; los otros, permitiéndolo con una mortecina y autolesiva prepotencia. Para afrontar este nudo de problemas es también evidente que las fuerzas políticas de la actual oposición resultan inadecuadas. Para superar la dificultad actual sería preciso que todas las fuerzas interesadas, aunque fuera desde puntos de vista diversos, tuviesen como objetivo esta meta: estoy hablando pues de un proceso, no de un acuerdo entre jefes y jefecillos. Del Partito Democratico no sabría qué decir sino que debería aprender enseguida a hacer bien su trabajo, que sería, si no me equivoco, el de un partido moderado que mirase hacia la izquierda (porque si decidiese, como partido moderado, mirar hacia la izquierda, el berlusconismo, hoy tan despreciado, aparecería sólo como una etapa hacia precipicios todavía más abruptos.) Sobre la izquierda, que está y no está, y que a falta de otra cosa se está desintegrando, no me siento con fuerzas para hacer consideración general alguna. El reciente congreso de Rifondazione Comunista ha tenido el mérito de separar más netamente que en el pasado a los comunistas de todos los demás. Los comunistas –por supuesto, excelentísimos compañeros, con los que no será imposible mantener relaciones– hacen su propio camino, que no lleva a ninguna parte. ¿Y los demás? Los demás deberían poner en la base de su futuro el profundo razonamiento crítico y autocrítico que hasta ahora falta, y que el propio Bertinotti, si excluimos los últimos y muy desesperados meses preelectorales, ha evitado cuidadosamente hacer frente. La cosa tiene que ver al mismo tiempo con toda la galaxia de esta parte de la realidad política italiana (que existe, ¡y cómo!), que no se adapta ni a la fórmula corruptora berlusconiana ni a la oposición moderada del PD, ni a las respuestas, llenas de dramatismo pero programática e ideológicamente bastante débiles de Di Pietro (entre otros fenómenos parecidos pero más deteriorados). Si llega a haber alguna vez una Asamblea Constituyente de izquierdas (como deseo), me gustaría que sus promotores tuviesen en cuenta que existen tres bloques de problemas: uno programático, uno estratégico y uno organizativo, sobre los que –sean cuales sean las soluciones que se propongan– no habría que evitar la confrontación. El apartado programático es con mucho el más importante, pero aquí sólo puede evocar el principio que lo inspira. Si no se es comunista, se es reformista: es preciso aceptar la inevitabilidad de este décalage histórico. Pero hay muchas formas de reformismo, y lo que las distingue es el programa, del que por cierto no hay rastro en los recientes debates ni siquiera en los congresos. Ésta, considero, es una forma muy radical de reformismo que activa todas las glándulas de la vida social, va más allá, se ocupa en general de la vida, de la colectividad y también de cada uno de nosotros entendido individualmente, y que propone soluciones que modifican las relaciones de fuerza. El cambio se produce ya desde el comienzo, y no es preciso llegar al resultado final para conocer todos sus efectos. Desde un punto de vista estratégico, no se puede por menos que establecer un marco unitario que incluya la cuestión social y la cuestión medioambiental. La cosa, si vamos al meollo de la cuestión, es todo menos sencilla: aún no se ha visto una clase obrera ecologista, pero tampoco se ha visto nunca un militante ecologista capaz de pensar la cuestión social contemporánea. Y sin embargo, sigue avanzando el convencimiento de que el destino humano pende de la composición, meditada y racional, de las dos perspectivas, es decir, para ponerlo en términos políticos, de la superposición y la interacción del rojo y el verde. Por último, si alguien piensa que la crisis de la izquierda se va a resolver creando un nuevo y pequeño partido a partir de los restos de los viejos, haría bien de cambiar de opinión cuanto antes. Lo que parece oportuno imaginar es un vasto e incluso heterogéneo movimiento de fuerzas reales, que está dentro y fuera de los viejos partidos y para el cual vale aquél eslogan de que la única organización posible es la autoorganización: una red de instancias y representaciones diversas, vinculadas estratégicamente y no jerárquicamente, que absorba y revitalice las viejas fuerzas, en vez de proceder a la inversa. Es cierto que para que el discurso funcione es preciso reconocer que cada vez que en Italia se replantea una cuestión moral –es decir, como he intentado explicar, un problema de degradación y corrupción de la vida pública y la democracia– se le vuelve a colocar la etiqueta, aún más ajada y obsoleta, de revolución intelectual y moral. ¿Es en esto en lo que pensamos cuando decimos que la lucha contra el berlusconismo es al mismo tiempo una cuestión nacional y una cuestión social ? Estamos tentados de responder tranquilamente que sí a esta pregunta. En el fondo, todo se reduce a esta perspectiva tan sencilla: cambiar los tiempos, los modos, las formas, los valores y los protagonistas de la acción política en Italia. El resto vendrá por sí solo.

El ventenio de Berlusconi

Por Alberto Asor Rosa En verano, subestimando el riesgo de que la canícula hubiera embotado todavía más la escasa agudeza de los comentaristas políticos y periodísticos italianos, publiqué en este periódico (6 de agosto), un artículo ("Más que el fascismo"), en el que hacía un esfuerzo para situar a Berlusconi y el berlusconismo en el marco de la historia italiana contemporánea. Se vino el cielo abajo: ¿acaso puede haber similitudes entre Berlusconi y Mussolini, entre berlusconismo y fascismo? No, no las hay obviamente: tonto no soy. Yo no quería decir –no lo hice- que Berlusconi fuera como Mussolini ni que el berlusconismo fuera como el fascismo. Lo que yo quise decir, lo que escribí, fue que –más allá de lo específico y lo peculiar de ambas identidades- Berlusconi y el berlusconismo son peores. Invito a que se discuta sobre esto, no sobre las lecturas ficticias (y en ocasiones tendenciosas) que se han hecho de aquel texto. Con el fin de llevar adelante este propósito, aunque sea improbable, añadiré algunos argumentos a lo que ya dije. Quisiera llamar la atención (si aún hay quien quiera prestármela) sobre el "incipit" de aquel artículo: "El tercer gobierno Berlusconi representa el punto más bajo de la historia de Italia desde la Unidad en adelante". El sujeto implícito de esta frase es Italia, un sujeto abstracto en sí, de difícil definición, como bien saben quienes lo han tratado; un sujeto caracterizado, pese a todo, por una historia y algunos rasgos identitarios comunes de larga duración; sujeto más abstracto si cabe, pero aún más fundado en una historia y en algunos datos identitarios comunes, si consideramos Italia como una Nación ("desde la Unidad de Italia en adelante", precisamente) o sea, como ese conjunto de factores político-ideal-institucionales, cuyo 150º aniversario estamos a punto de celebrar, justo en el momento en el que –y es esto lo que sostengo- que ese conjunto parece haber entrado en fase de disolución. Pues bien: para valorar hasta dónde ha llegado ese proceso, así como para llevar a cabo algunas comparaciones de carácter histórico (repito: histórico, no ético-político) habría que señalar algunos indicadores que nos ayuden a entender de qué estamos hablando. Si estamos de acuerdo en este punto de partida, hablemos siquiera una vez de Italia, más exactamente de Italia como nación (otros puntos de vista son legítimos y posibles; el de "clase" no nos resulta extraño, pero esta vez, dado lo excepcional de la situación en que nos hallamos, lo preferimos). Como se habla de Italia, de Italia como nación, los indicadores fundamentales, a mi entender, no han de ser sino estos tres: la unidad (y el sentido de unidad), la relación del ciudadano con las instituciones (lo cual implica también el sentido de la distinción entre público y privado) y la relación entre el presente con la tradición (esto es, el sentido de la identidad y de la pertenencia nacionales). Desde todos estos puntos de vista el berlusconismo es peor que el fascismo, o por lo menos, se empeña tenaz para serlo. Desde el punto de vista de la unidad, el fundamento de dicha afirmación salta a la vista. En el gobierno Berlusconi el ministro de las reformas (¡!) es un señor que pelea con fiereza y de modo explícito por la desarticulación y fragmentación de la unidad político-económico-institucional e identitaria del país. Evidentemente se trata de un proceso, pero difunde una cultura política y un sentido común contrarios a todas las definiciones tópicas del ser "italiano". El berlusconismo engloba esta fenomenología y la hace suya: de entrada porque al Presidente del Consejo unidad nacional que no unidad lo mismo le dan, con tal de que la máquina del poder siga estando toda en sus manos. Segundo indicador: la relación del ciudadano con las instituciones jamás –repito: jamás- ha estado tan mortificada desde el punto de vista de la preeminencia de los intereses privados sobre los públicos. Obviamente una dictadura tutela como sea a su clase dirigente de las manifestaciones públicas que se puedan presentar. Pero en ninguna dictadura europea del Siglo XX (tampoco, pues, en el fascismo), el interés privado del líder (y sus acólitos) se convirtió en el eje en torno al cual se movían la elaboración y promulgación de las leyes, más aún, el ejercicio de la justicia. El "Estado ético" representa sin lugar a dudas una vuelta de tuerca intolerable en la larga y tormentosa historia del "Estado de derecho" moderno. Pero el nivel de corrupción (entendido éste en sentido puramente factual, en cuanto aspecto, forma, modalidad de la máquina de poder) que ha alcanzado el berlusconismo no encuentra parangón en el ejercicio fascista de las instituciones y del poder, que al menos formalmente se presentaba respetuoso de la ley, cuando no la exaltaba, por despótica que fuera (contraponer Alfano y Ghedini a Rocco y Gentile sería naturalmente demasiado rácano…). En el tercer indicador se precipitan y multiplican todas las nefastas consecuencias de los otros dos. El fascismo mantuvo una relación distorsionada pero vistosa con la tradición italiana: quiso restablecer a su manera (execrable, no hace falta que lo diga) la continuidad con el Risorgimento, traicionada e interrumpida a su modo de ver por la experiencia liberal tardía, inconexa e impotente. El berlusconismo no tiene ninguna relación, ni buena ni mala, con la tradición italiana: su héroe epónimo es un homo novus que fuerza hasta el límite su carencia total de raíces; en sustancia no es más que un hábil hombre de negocios, que usa lo público para incrementar y proteger lo suyo, y lo suyo para poseer sin límites lo público. Le resulta extraño todo lo relativo a la ética y la política del Estado de derecho. Su fuerza deriva también de la decadencia impotente, de la crisis irreversible de este régimen liberal-democrático: es decir, nace y vive de una corrupción, no de una reacción, como pretendió hacer el fascismo (entiéndanse también ahora ambos términos en sentido político-institucional, no ético-político). Es innegable que tanto el Risorgimento como la Resistencia constituyen el núcleo duro en el que se funda la historia italiana posterior a la Unión. Considérese la Resistencia –así lo hicieron muchos protagonistas de partes políticas e ideales distintos- como una realización más avanzada pero consecuencia del Risorgimento. Pero si al Cavaliere los valores de la democracia y el respeto de las reglas (Carta Constitucional, separación de poderes, relación entre electores e instituciones etc.) no le importan en absoluto, ¿por qué le tiene que importar no ya la Resistencia, sino el propio Risorgimento, en el que se fundó la unidad e identidad nacionales y se dio comienzo al proceso de construcción de una sociedad (si bien limitadamente) democrática en el respeto de las reglas? La "ruptura histórica" de la que él se desentiende sin esfuerzo, sin pensarlo siquiera, no es la de 1945, sino la de 1861-1870: Cavour le queda más lejos que Palmiro Togliatti. Respondamos a continuación, antes de concluir, a la última objeción -la más insidiosa y tal vez más legítima- a nuestro razonamiento precedente: ¿se puede comparar una democracia (sea cual sea) con una dictadura, y llegar a la conclusión de que la democracia es peor que la dictadura? Pues no lo sé… Pero no veo qué hay de malo en aventurar una comparación, aunque sólo sea para entender mejor qué nos está sucediendo hoy (¿acaso no es así como se forman los parámetros históricos de juicio). ¿Fue el fascismo el "mal absoluto"? Intentemos entonces pensar en qué consiste lo que produce y lo que es el "mal relativo" en el que vivimos actualmente: "mal relativo", pero endémico, profundo, arraigado en todas las fibras. Desde mi rincón visual me parece observar el crecimiento de una suerte de dictadura (Diccionario De Mauro: "gobierno autoritario en el que el poder está concentrado en las manos de una persona sola"), pero de características nuevas: democrático-populista, no fundada en la violencia y la coerción explícitas sino en el consenso (como hacía, a su manera, también el fascismo…) y ejercida con una astuta e inédita mixtura de sugestiones mediáticas, vuelcos constitucionales e intermediaciones mercantiles. El "modelo" –que, como todos los modelos fuertes es político, cultural e incluso antropológico- está penetrando hondamente y está acabando con la continuidad histórica en la que se han fundado hasta ahora la identidad y los valores "italianos" ante el mundo. Al final de este proceso no habrá una nación (ni siquiera en los límites bien conocidos en los que dicho proceso se ha desarrollado en los ciento cincuenta años que llevamos a cuestas), sino sólo una mera agregación de estados vasallos (de distinta naturaleza: económicos, corporativos, regionales, etc.), cuya unidad residirá sólo en la referencia a su Jefe. Por ello –no por motivos más técnicos y circunscritos como algunos argumentan dejándose acunar en el sueño de las "reformas compartidas"- se ha de acabar con las articulaciones hasta ahora más autónomas e independientes del estado, empezando por la magistratura y la escuela, que de hecho son, por el hecho de conservar aún su independencia, el obstáculo mayor actualmente para que se lleve a cabo del todo ese proyecto (desde luego me doy cuenta de que, si las cosas son como digo, la parte más interesante del discurso consistiría en preguntarse cómo es posible que dicho proyecto destructivo avance a través del consenso, pero en qué se ha convertido el pueblo italiano en estos últimos veinte años, a qué aspira y en qué cree son temas que merecen un discurso aparte, que ha de afrontar la política aún más de cara y que quizá emprenderemos algún día). La conclusión a la que llegaba en mi artículo anterior la he de repetir hoy, pues no existe en Italia fuerza política ni hombre político capaz actualmente de entenderla y de ponerla en práctica. Para combatir semejante flagelo haría falta un partido, un movimiento, una opción política y cultural al mismo tiempo, capaz de conjugar la defensa de la patria-nación con la de los estratos más nuevos, más reactivos y más en peligro de la sociedad italiana contemporánea (en serio peligro: la catástrofe nacional irá acompañada, sin lugar a dudas, la catástrofe económico-social). ¿Pero dónde está? Y como no la hay, ¿cuánto tardará en nacer, o en renacer? P.S.: El mejor modo de manifestar solidaridad a un periódico es escribir en él. Añadiré que los riesgos que corre actualmente un diario como Il Manifesto representan la manifestación ejemplar de lo que sucede en Italia, y que he intentado describir en las líneas precedentes. Eche cuentas el lector y sabrá qué hacer.