Pensamiento Crítico

EEUU y la doctrina de los Estados canallas y/o fracasados

Por Carlos Fazio | Agencia Prensa Latina, de Cuba. | 20 Octubre 2008
Como antes en Afganistán, Irak y Haití, la administración Bush viene utilizando en países como Bolivia y México la renovada doctrina imperial de los Estados fracasados, que, combinada con la de los Estados canallas, marcan el abandono de la Carta Democrática de la Organización de Estados Americanos y revitaliza la tradicional política intervencionista de Estados Unidos en su patio trasero. Lo que el director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Georgetown, Arturo Valenzuela, llamó "una política exterior maniqueísta", que ve al mundo dividido entre "hombres buenos", que merecen el apoyo de las naciones, y los "malos", que debieran ser marginados del poder, no es una política reciente y tampoco es exclusiva del Partido Republicano. Fue recreada, precisamente, durante el primer mandato de William Clinton, cuando las potencias occidentales diseñaron un "nuevo orden" mundial y readecuaron los conceptos que habrían de regir el nuevo reparto colonial de la periferia. Entonces, el nuevo "paradigma" de la llamada globalización y su discurso cuasi-automático y ahistórico, incorporó como parte nodal de su mensaje la idea sobre la obsolescencia del Estado nacional y la disolución de las fronteras nacionales. La conformación de la nueva "aldea global" que reproduce y agudiza las contradicciones del antiguo orden colonial, llegó acompañada por una verdadera subversión de los valores, a través de un discurso cuya funcionalidad con los intereses establecidos y con el statu quo fue impuesto de manera acrítica en las elites académicas y popularizado en los medios de comunicación masiva bajo control monopólico. La desactivación ideológica del nacionalismo y del antimperialismo latinoamericano fue un elemento central que coadyuvó a la ofensiva corporativa estadounidense, centrada en el apoderamiento y manejo directo de las principales actividades económicas de la región. De allí que el anacronismo de la "soberanía nacional" se convirtiera en el eje del mensaje globalista y que cobraran mayor aceptación entre los expertos y funcionarios occidentales, las ideas sobre la "soberanía ficticia" y la "intervención humanitaria". Pronto, la soberanía y la no intervención dejaron de ser sacrosantas. Fue la canciller canadiense Barbara McDougali, quien a finales de 1992 advirtió que "la soberanía no puede ser absoluta ni exclusiva. El mundo (de hoy) es muy complejo para permitir ese género de absoluto". El concepto fue recuperado después por el secretario general de las Naciones Unidas, Boutros Ghali, y sirvió de base a su propuesta de una "diplomacia preventiva", eje a su vez de una ONU gendarme bajo la hegemonía militar estadounidense. Esa teoría "evolucionista" de las potencias industrializadas estaba dirigida a cambiar, de manera gradual, el viejo concepto acerca del carácter inviolable de las fronteras nacionales. Y cada vez más, en los últimos años, bajo la excusa de que la autonomía de los países en desarrollo está minada por la pobreza, la interdependencia económica, la acción de las multinacionales y el resurgimiento de conflictos con raíces nacionalistas, étnicas, religiosas o derivados de viejas competiciones regionales, se intenta justificar la doctrina de la "injerencia humanitaria". El "nuevo alineamiento global" fue definido, conceptualmente, al comienzo del primer mandato de Clinton en la Casa Blanca, por la embajadora de EE.UU. ante la ONU, Madeleine Albright. En 1993, Albright, quien luego se desempeñaría como secretaria del Departamento de Estado, esgrimió la nueva fórmula imperial: existe un grupo de países que conforman la "comunidad de naciones". Allí están el Grupo de los Siete y todos los que se someten a las reglas de juego del nuevo orden en un plano de subordinación y dependencia política y económica. Un segundo grupo está formado por los países del otrora "imperio del mal", devenidos en los años noventa en "democracias nacientes" (Rusia, Ucrania, etc.); Sudáfrica y algunos países latinoamericanos como Guatemala. Al tercer grupo, Albright lo definió como el de los "regímenes provocadores y trapaceros": Corea del Norte, Irak, Libia, Irán, la nueva Serbia y hasta los jemeres rojos (camboyanos) y el Yihad islámico. La cuarta categoría es la más singular: comprende a los países que han "fracasado", es decir, "que no tienen más gobierno, cuya economía está destruida y donde reina con frecuencia el caos". Ya entonces, Somalia, Haití. Ese caprichoso cuadrilátero en el que la administración Clinton pretendió alinear a la ONU con la complicidad de sus aliados, fue una ratería intelectual que no pudo ocultar los propósitos hegemonistas de las potencias industrializadas, que desde entonces vienen buscando crear un nuevo marco legal que justifique el derecho de injerencia, la retaliación y otros subterfugios a modo, asumidos por EE.UU. en su papel de gendarme mundial. ¿Hacia un imperialismo de vecinos? En 2002, a partir de las tesis desarrolladas por Michael Hardt y Antonio Negri en su obra Imperio, en círculos de la izquierda comenzó una polémica intelectual sobre la vigencia o no del concepto imperialismo, la decadencia del Estado nación y la extinción de las clases sociales. Ambos autores planteaban que vivimos una época de imperio sin imperialismo. No obstante, resulta interesante ver qué piensan los ideólogos e intelectuales orgánicos del imperialismo realmente existente. Un viejo halcón, Zbigniew Brzezinski, preocupado por asegurar la estabilidad a largo plazo de la fase imperialista abierta tras la auto-disolución de la URSS, identificó, en 1998, los tres grandes principios orientadores de la estrategia geopolítica de EE.UU: primero, impedir la colusión entre --y preservar la dependencia de-- los vasallos más poderosos en cuestiones de seguridad (Europa Occidental y Japón); segundo, mantener la sumisión y obediencia de las naciones tributarias, como las de América Latina y el Tercer Mundo en general; y tercero, prevenir la unificación, el desborde y un eventual ataque de los "bárbaros", denominación ésta que abarca desde China hasta Rusia, pasando por las naciones islámicas del Asia Central y Medio Oriente. Para los escépticos del carácter imperialista del actual orden mundial, puede resultar ilustrativo el descarnado diagnóstico realizado en 1999 por uno de los más distinguidos teóricos del neoconservadurismo estadounidense, Samuel Huntington, profesor de Harvard, quien centró su preocupación en la vulnerabilidad de Estados Unidos como "sheriff solitario". Según Huntington, el largo rosario de iniciativas impulsadas por Washington en los últimos años, incluye: "(...) presionar a otros países para adoptar valores y prácticas estadounidenses en temas tales como derechos humanos y democracia; impedir que terceros países adquieran capacidades militares susceptibles de interferir con la superioridad militar de EEUU.; hacer que la legislación de EE.UU. sea aplicada en otras sociedades, y calificar a terceros países en función de su adhesión a los estándares estadounidenses en materia de derechos humanos, drogas, terrorismo, proliferación nuclear y de misiles y libertad religiosa. Asimismo, Hungtington consideró la aplicación de sanciones contra los países que no conformen a los estándares de EE.UU. en esas materias; promover los intereses empresariales estadounidenses bajo los slogans del comercio libre y mercados abiertos y modelar las políticas del FMI y el BM para servir a esos mismos intereses (...) forzar a otros países a adoptar políticas sociales y económicas que beneficien a los intereses económicos de EE.UU. (...) categorizar a ciertos países como Estados parias o delincuentes y excluirlos de las instituciones globales porque rehúsan a postrarse ante los deseos de Washington. A su vez, Robert Cooper, ex gurú de política exterior de Tony Blair, socio favorito de las aventuras imperiales de George Bush Jr, afirmó en 2002 que todavía se necesitan imperios. En un artículo publicado por The Observer (7.IV.2002), el decano de la diplomacia británica parte de la idea de que en el mundo antiguo, "orden significaba imperio". Aquellos que vivían dentro del imperio tenían "orden, cultura y civilización". Afuera se encontraban "los bárbaros, el caos y el desorden". Cooper señaló que mantener unido un imperio usualmente requiere un estilo político autoritario, y definió tres tipos de estados: 1. los Estados pre-modernos --a menudo ex colonias--, cuyos fracasos han conducido a una guerra hobbesisana de todos contra todos (Somalia, Afganistán). 2. Los Estados postimperiales, posmodernos, que no piensan en seguridad en términos de conquista. 3. Los Estados modernos tradicionales (India, Pakistán, China), que persiguen interés, poder y razón de Estado. Para Cooper, los estados del mundo pre-moderno "han perdido legitimidad y el monopolio del uso de la fuerza". Allí ubicó a Chechenia y otras ex repúblicas soviéticas, todas las áreas productoras de droga (Afganistán, Birmania, partes de Sudamérica) y a África entera. En esos lugares del globo "el caos es la norma" y sus territorios pueden servir de base para actores no estatales en sus ataques a "las partes más ordenadas del globo". En esos casos, los Estados organizados posiblemente tengan que responder y es posible concebir un imperialismo defensivo. Un caso sería la respuesta de "Occidente" a Afganistán. Pero también los estados modernos, los de "estilo antiguo", representan una amenaza para la seguridad europea. Para tratar con ellos, la UE necesita volver "a los métodos más rudos, de una era más temprana: a la fuerza, el ataque preventivo, la decepción/engaño (...) tenemos que emplear las leyes de la jungla". Cooper se pregunta cómo se debe enfrentar el "caos" de los estados pre-modernos y responde que la forma lógica es la colonización. Habla de un nuevo tipo de imperialismo compatible con los derechos humanos y de valores cosmopolitas. Y afirma que ya existe el imperialismo voluntario de la economía global a través del FMI y el BM. Una segunda forma de imperialismo postmoderno lo define como el "imperialismo de vecinos". Sería el caso de los Balcanes: ante el desgobierno, la violencia étnica y el crimen, y la amenaza que planteaba eso a Europa, la "comunidad internacional" tuvo que intervenir para crear un "protectorado de las Naciones Unidas en Bosnia y Kosovo". Cooper plantea, pues, varios tipos de imperialismo en nuestros días. En el fondo, son el mismo perro con distinto collar. La carga del hombre blanco y su "misión civilizatoria", como proyecto de saqueo y legitimación imperial. Igual que en el siglo XIX. La autodefensa anticipatoria y los Estados fracasados En los preparativos de la invasión a Iraq, la administración Bush lanzó su "doctrina de guerra preventiva", cuyo aspecto más novedoso fue la llamada "autodefensa anticipatoria". Se trata de una doctrina extremista basada en una visión imperial totalitaria, según la cual Washington se abroga el derecho de actuar en forma unilateral. Como dijo William D. Hartung, es "una guerra no declarada contra las normas internacionales y la propia Constitución de Estados Unidos". Por si quedaba alguna duda, el ex secretario de Estado, Colin Powell, aseguró ante el Consejo de Seguridad que la Casa Blanca había decidido atacar a Iraq, con o sin el consentimiento de Naciones Unidas. En la fase de propaganda bélica que precedió a la invasión, la guerra de agresión del Pentágono intentó ser justificada bajo el supuesto de que Iraq constituía un Estado canalla. Es decir, una "nación fuera de la ley", gobernada por una reencarnación de Hitler (Sadam Hussein) y, por tanto, significaba una amenaza para sus vecinos y para el mundo entero. Por eso, George W. Bush y su "perro de presa" Blair (Chomsky dixit), con la colaboración del palafrenero José María Aznar, debían ponerle un alto. En rigor, fue una nueva trapacería neocolonial, que los autoungidos "Estados civilizados e ilustrados" imponen a los "Estados fracasados", por medio de la violencia, cuándo, dónde y de la manera en que "crean justa". Por otra parte, esa utilización del término Estado canalla (rogue state) sólo remite a su uso propagandístico, aplicado a determinados enemigos de Washington. Pero como ha documentado hasta el cansancio Noam Chomsky, un uso literal del concepto remite históricamente a Estados poderosos y expansionistas, que no se consideran obligados a actuar de acuerdo con las normas internacionales y recurren al imperio de la fuerza para acceder a "espacios vitales" (conquista de territorios, mercados, fuentes de materias primas, recursos naturales, mano de obra barata). Por lo general, tales Estados actúan en función de un "imperativo categórico" y en defensa de su "interés nacional"; a ellos, la geopolítica les reserva un "destino manifiesto". Por la frecuencia y durabilidad de sus actos de fuerza unilaterales a nivel mundial, el caso más visible de Estado canalla injerencista en el siglo XX fue Estados Unidos. Otros, como la Alemania nazi y la Italia fascista tuvieron efímera duración. Una larga cadena de hechos exhibe el menosprecio de Washington por las obligaciones contractuales. Como dijo en 1963 Dean Acheson, el derecho internacional es útil "para dar brillo a nuestras posiciones", pero no obliga a Estados Unidos. Tal posición fue expuesta con crudeza por el secretario de Estado, George Shultz, cuando el Tribunal de La Haya estaba considerando las acusaciones de Nicaragua contra la administración Reagan por el minado del puerto de Corinto. Shultz se burló de quienes abogaban por "medios utópicos y legalistas como la mediación exterior, la ONU y el Tribunal Internacional de Justicia, y no tienen en cuenta el elemento de poder de la ecuación". El Tribunal condenó a EE.UU. por el "uso ilegítimo de la fuerza" contra Nicaragua y lo obligó a pagar sustanciosas reparaciones. Pero Washington nunca obedeció. El presidente William Clinton siguió al pie de la letra la doctrina del Estado canalla: EE.UU. "actuará multilateralmente cuando sea posible, pero unilateralmente cuando sea necesario" (Madeleine Albright, 1993). EE.UU. "hará uso unilateral del poder militar" para defender intereses vitales, que incluyan "asegurar el acceso sin obstáculos a mercados claves, aprovisionamiento de energía y recursos estratégicos" y, desde luego, todo lo que Washington pueda decidir que está dentro de su "jurisdicción interna" (William Cohen, 1999). Según Chomsky, autoerigido en "gendarme del mundo", y con pocas restricciones por parte de sus elites internas, en nuestros días Estados Unidos "es un Estado violento y fuera de la ley". Para asegurarse de que sus mandatos son leyes, una superpotencia canalla debe mantener la "credibilidad". Y para construir esa credibilidad Washington utiliza "un frente clandestino, silencioso, invisible: la ideología", con la colaboración activa de universidades, institutos de investigación y las grandes cadenas de medios masivos de comunicación (CNN, The Financial Times, The Wall Street Journal, The Economist), imitados en todos los países por miles de "periodistas subordinados" (Ignacio Ramonet). En determinadas coyunturas, esa industria de la persuasión ideológica genera procesos de sugestión y contagio colectivo: el pánico ayer ante el "satán" Hussein, como antes y mañana frente al "maligno" Bin Laden, y en el presente a los "populistas radicales" Hugo Chávez y Evo Morales o el siempre "maligno" Fidel Castro. Para ese fin se utilizan operaciones de guerra psicológica y la acción clandestina de la "comunidad de inteligencia" de EE.UU. (Pentágono, CIA, FBI, DEA, DIA, etcétera), que disemina propaganda "negra" para ejercer influencia sobre la opinión pública y dirigentes políticos tanto en países amigos como en Estados enemigos. El hecho de no respetar el poder de la superpotencia canalla conlleva represalias y graves penalizaciones. A eso apunta, en la coyuntura, la inclusión de México en la categoría Estado fracasado y/o fallido, según sendos artículos recientes del tanque de pensamiento texano Stratfor y del Financial Sense University, de los que se han hecho eco en México comentaristas como Manuel Bartlett, José Carreño Carlón y Rolando Cordera.