Pensamiento Crítico

El Estado y la crisis

Por Jorge Gómez Barata | CubaDebate | 27 Octubre 2008
Quienes se han entretenido en contarlas, refieren el hallazgo de más de 100 definiciones del Estado. Algunas resultan de investigaciones científicas, otras surgieron en debates políticos y muchas son reflexiones académicas. Todas tratan de explicar un fenómeno que ninguna niega: el Estado es uno de los grandes resultados de la civilización humana. El Estado, como la fe o el dinero, existe en todas las civilizaciones y en todas las culturas y siempre se asocia a la organización política de la sociedad, al poder, al ejercicio de la autoridad y a la democracia. Del mismo modo que en ningún lugar el hombre ha prescindido de Dios, tampoco lo ha hecho del Estado. El Estado no tiene los mismos poderes o dones que Dios, aunque se aproxima. Si bien en las sociedades precapitalistas existió el Estado e incluso se atribuye a un rey medieval la expresión: "El Estado soy yo", en su forma más cabal, la existencia del Estado se vincula al desarrollo de las nacionalidades y a la aparición de las naciones, más exactamente a la Nación/Estado que es un proceso asociado al surgimiento del sistema mundial del capitalismo y a la idea de la democracia. En las explicaciones funcionales y utilitarias, cuando falta tiempo o espacio para reflexiones teóricas, lo más difícil es comprender que: Estado y Gobierno son entidades sustancialmente distintas cuya identificación conduce a confusiones, incluso a desastrosas deformaciones. Junto a tal distinción es preciso percibir que entre ambos existe la relación que siempre hay entre el todo y una de sus partes. La Nación/Estado es un conglomerado humano que habita un mismo territorio, está unido por lazos históricos, económicos, culturales, lingüísticos e incluso psicológicos y que llegados a un punto de madurez civilizatoria, se constituyen en Nación, se organizan de un modo determinado y crean las instituciones que aseguran la convivencia, la dirección de la sociedad y el buen gobierno. El Estado no es una entidad creada a voluntad ni surgida de contingencias o coyunturas, sino un resultado evolutivo ligado a la política pero también a los procesos demográficos y culturales. En Occidente, como parte de los procesos civilizatorios sucesivos y multifacéticos que condujeron a la Era Moderna, surgieron los Estados Nacionales que, sobre la base de la filosofía liberal clásica, adoptaron formas de gobierno típicas. De ese modo, a los factores económicos, políticos, sociales, culturales, confesionales, demográficos y otros, se sumaron las institucionales del Estado, principalmente los llamados tres poderes, es decir: el gobierno, los órganos legislativos y las entidades de administración de justicia. A esos elementos se añaden los liderazgos escogidos democráticamente. El Estado es por tanto una entidad total que reúne a un conjunto infinito de factores humanos y jurídicos, objetivos y subjetivos, institucionales e individuales. El Estado es el pueblo y el territorio, la identidad nacional y la cultura, la lengua y las religiones. Es un todo indisoluble y eterno capaz de representar y regir a la Nación, trabajar por el bien común de los ciudadanos y velar por ellos. Cuando Luis XIV proclamó "El Estado soy yo" más que cometer un error teórico protagonizó un acto de usurpación; en realidad entonces, en aquel lugar, el Estado era Francia. Con la Revolución Francesa, la burguesía y las masas le impartieron una lección de humildad. A la vista, no hay manera de prescindir del Estado como no sea optando por el caos, ni en el pensamiento liberal clásico existe ninguna justificación para la actitud despectiva que respecto a tal entidad asumen los ponentes del neoliberalismo, sino todo lo contrario. La contradicción de tal corriente con la historia y que la enfrenta al liberalismo clásico, radica en la deformación de la función básica del Estado, que es arbitrar las relaciones entre los diferentes actores sociales y fijar las reglas del juego para que la interacción, la lucha y la competencia entre ellos no extermine a la sociedad. En su naturaleza compleja y múltiple, el perfil del Estado esta ligado a los intereses de la clase dominante en su conjunto y no a un segmento de ella. Lo ocurrido en los países capitalistas desarrollados, principalmente Estados Unidos desde donde se irradiaron las tesis neoliberales, es que las camarillas neoconservadoras lograron apoderarse del control de los gobiernos y los parlamentos y modificaron el perfil del Estado para apartarlo de su función reguladora esencial para la existencia de la Nación, la estabilidad de la sociedad y la preservación del sistema. De hecho, el Estado capitalista dejó de presentar a los intereses del capitalismo en su conjunto para privilegiar a los banqueros y a los barones del dinero en perjuicio del resto de la sociedad, que incluye no sólo a otros segmentos de la burguesía, sino también al pueblo americano que es parte del sistema y, gústele o no, del Estado. Trabajar por reducir el tamaño del gobierno, sobre todo de la burocracia, procurar la eficiencia del sector público de la economía aplicando técnicas de gerencia análogas a las empleadas por la empresa privada y aligerar la gestión deshaciéndose de regulaciones, prohibiciones y normativas excesivas, pueden ser búsquedas racionales, pero de ahí a prescindir del Estado, la distancia es enorme. Liquidar al Estado o relegarlo es liquidar a la Nación. Tampoco hay que sacralizarlo. Ese es otro tema.
(II)
En Occidente, desde las etapas primitivas hasta el feudalismo, el poder se ejerció de modo brutal, directo y personal. Los caciques, los esclavistas y los príncipes feudales e incluso los primeros monarcas no necesitaban instituciones que mediaran entre ellos y sus súbditos totalmente excluidos de la política. Se trataba entonces de comunidades y territorios relativamente pequeños. La formación de las nacionalidades, la definición de los territorios ocupados por cada una, la aparición de las monarquías absolutas que centralizaron el poder sobre grandes comunidades y enormes territorios introdujeron importantes mutaciones y con las revoluciones burguesas crearon escenarios enteramente nuevos. La derrota del absolutismo, la instalación del capitalismo, la aparición de los Estados Nacionales y la instauración de la democracia liberal forman etapas de un proceso único cuya dialéctica permite una comprensión más cabal del sistema político moderno y de su núcleo esencial: el Estado/Nación. La democracia liberal basada en la definición del pueblo como soberano que delega el poder en representantes electos, no se implantó por una concesión de las elites al pueblo, sino por una necesidad derivada de las dimensiones territoriales de los estados centralizados de Europa, el aumento de la población y el establecimiento del capitalismo. Gobernar de modo directo, sin instituciones intermediarias y hacerlo de modo autoritario se tornó inviable. Ninguno de exponentes del liberalismo clásico, como tampoco Carlos Marx imaginaron que en un período histórico sumamente breve, pudiera desarrollarse una economía de las dimensiones de la de los Estados Unidos que se convirtió en punto de balance de la economía mundial y exigió un nuevo tipo de organización: los monopolios y las transnacionales que por su poder fueron capaces de retar al propio Estado que las había prohijado. En honor a la verdad el Estado norteamericano se defendió y muchas veces confrontó a los monopolios y luchó contra su nefasta influencia. Circunstancialmente varios presidentes, el Congreso y el Tribunal Supremo, trataron de impedir que los trust absorbieran al Estado o se convirtieran en lo que llegaron a ser: estados dentro del Estado. El primer caso fue la Estándar Oil Company que dos veces fue declarada ilegal. La primera en 1892 por el Tribunal Supremo de Ohio y la segunda en 1911. La primera vez gobernaba Benjamín Harrison y la segunda, cuando el Tribunal Supremo de los Estados Unidos ordenó su disolución el presidente era William Taft. Jefferson, el tercer presidente norteamericano advirtió sobre los riesgos que planteaba el crecimiento desmesurado del poder del sector financiero, llamó a regular sus dimensiones y alertó sobre la peligrosidad de conceder a los bancos la potestad para crear dinero. Andrew Jackson, el sexto presidente y el último dueño de esclavos, se enfrentó al Banco de los Estados Unidos y canceló su licencia. Fue el primer presidente en recibir un voto de censura por parte del Senado y el primero en sufrir un atentado. En 1890, durante la administración de Benjamín Harrison se dictó la Sherman Act que declaró ilegales a los monopolios y a cualquier organización económica que atentara contra la libre empresa y en 1914 durante la administración de Woodrow Wilson, se aprobó la Ley Clayton creadora de la Comisión Federal de Comercio para, entre otras cosas, impedir las infracciones a la competencia originadas por los monopolios. Theodore Roosevelt, alcanzó la presidencia cuando en 1901 William McKinley fue el primer mandatario norteamericano en morir en un atentado. De McKinley heredó la preocupación por la prominencia de los trust contra los cuales luchó, llegando a ser conocido como "trustbuster" o destrozador de monopolios. Las palmas en la lucha contra la amenaza de los monopolios por anular la acción del Estado fueron para Franklin D. Roosevelt que, ante la crisis económica provocada por el crack bancario de 1929 y la anarquía en la producción que condujeron a la Gran Depresión, puso los resortes fundamentales de la economía norteamericana en manos del Estado, dictando leyes de emergencia bancaria, regulación agrícola, recuperación industrial y promoviendo un vasto plan de obras públicas. Roosevelt estableció los subsidios agrícolas, limitó la producción de petróleo, estableció aranceles y fijó impuestos a las exportaciones agrícolas. Con dinero del Estado adquirió parte de la producción de los granjeros con la cual introdujo los cupones de alimentos, el almuerzo escolar, suplementos alimentarios para las embarazadas y para los pobladores de las reservas indígenas. También otorgó protección federal a los sindicatos, limitó la jornada de trabajo e introdujo el salario mínimo, reguló las pensiones, el seguro de desempleo y otorgó subsidios para bienestar social. Años después, John F Kennedy retomó esa lucha, esta vez contra la oligarquía que pretendió eternizar la segregación racial y contra la Reserva Federal que usó la facultad de crear dinero, prestarlo al gobierno y cobrar por ello impuestos a los ciudadanos para convertirse en un poder paralelo. Todos los esfuerzos resultaron fallidos porque valiéndose de argucias legales, corrupción, tráfico de influencia y usando los resortes del gobierno los monopolios sobrevivían llegando a prevalecer sobre el Estado y la Nación. Finalmente tales empeños fueron remitidos por la fiebre desreguladora que acompañó la "revolución conservadora" que de Reagan a Bush erosionó la función reguladora del Estado, usó el poder para privilegiar al sector de las finanzas, auspició la economía de casino y la especulación financiera, conduciendo a la actual crisis.
(III)
La desigual evolución de las estructuras sociales, consustancial a todas las etapas del desarrollo da lugar a enormes tensiones y dramáticos costos humanos. Así ocurrió cuando el advenimiento del capitalismo en los siglos XVIII y XIX que aceleró la industrialización y provocó la proletarización del campesinado, la urbanización caótica e introdujo el trabajo femenino e infantil sin que existieran las instituciones reguladoras apropiadas. Entonces el desfase entre la base económica y la superestructura jurídica se expresó en la inmadurez y la incompetencia del Estado para arbitrar entre los actores sociales. El debut del capitalismo planteó situaciones nuevas, entre ellas la presencia de actores sociales más activos, calificados y beligerantes, el principal de ellos, la clase obrera, a la vez que imprescindible para la evolución del nuevo sistema social, su mayor antagonista. Si bien nunca hubo una revolución protagonizada por los esclavos y en diez siglos de feudalismo los siervos no pudieron ajustar las cuentas a la nobleza, no ocurrió lo mismo con la burguesía y con el proletariado. Para prosperar el capitalismo necesita de una clase obrera numerosa e ilustrada, circunstancias que unidas al clima político auspiciado por el liberalismo, dieron lugar al surgimiento de la oposición al sistema. El capitalismo salvaje favoreció el surgimiento de los sindicatos, los partidos obreros, la socialdemocracia, los partidos políticos de inspiración cristiana y el marxismo, incluso a la crítica del Papa León XIII quien mediante la encíclica Rerum Novarum protestó contra la barbarie. El desenfreno de los capitalistas y las tensiones sociales provocadas por la explotación de la clase obrera, que dieron lugar a las revoluciones de 1848, a la Comuna de Paris y a la Revolución Bolchevique, sólo podía ser controlado desde el poder. Para salvar al capitalismo, el Estado liberal, representante de la burguesía, actuó contra la burguesía, confrontó a los capitalistas y estableció reglas como la jornada de ocho horas, los salarios mínimos, la limitación del trabajo infantil y otras que atenuaron la rebeldía y preservaron el sistema. El Estado protegió a los capitalistas de los propios capitalistas. Si bien la existencia de las clases sociales da lugar a la lucha entre ellas; todos los días los obreros y los capitalistas se ven las caras, conviven en las mismas ciudades, comparten ideales nacionales, son fanáticos de los mismos equipos deportivos, aplauden a los mismos artistas e incluso votan por los mismos políticos. Semejante resultado es posible por la función reguladora del Estado, cuyo principal cometido es alcanzar la "paz social". Moderar la lucha de clases y conseguir ese clima de relajamiento es la clave para permitir que la sociedad funcione y constituye el cometido esencial del Estado capitalista que trabaja para evitar las crisis que ponen en peligro al sistema. Con el tiempo, en los países desarrollados de Europa Occidental y como parte de la confrontación con el socialismo, el Estado de los capitalistas, con un formato diferente y eficaz, adoptó algunos de los preceptos que combatía, aumentó los salarios y el nivel de vida, creó sistemas de instrucción y salud pública, promovió políticas sociales inclusivas y fundó los "estados de bienestar". Muchas de esas realizaciones son asignaturas pendientes para el Estado norteamericano. Lo que en términos del papel del Estado ocurre actualmente en Estados Unidos es resultado de una deformación y de una flagrante violación de las reglas del juego, originada porque ciertas camarillas conservadoras se apoderaron del gobierno y con ese poder, actuaron contra el Estado, llegando a provocar su crisis. Contra la pared el Estado norteamericano no tiene otra alternativa que deshacerse de la camarilla de Bush y, como recurso de supervivencia, avanzar hacía el cambio. Curiosamente, sin otra alternativa que introducir recetas socialistas, por cierto no será la primera vez. Tal vez Marx no estaba tan descaminado al afirmar que el socialismo sería un resultado del desarrollo capitalista. De todos modos. En Wall Street llegó la hora de proclamar: ¡Abajo el Estado! y ¡Viva el Estado! Así es de complicado e interesante. Luego nos vemos.