Pensamiento Crítico

George Bush, el inefable constructor de callejones

Por Marcelo Cantelmi | Diario Clarín, Argentina. | 03 Noviembre 2008
W. Bush, como le gusta llamarse al segundo George de la rica familia petrolera de Texas, es un personaje mucho más complejo de lo que se suele suponer. Aún hoy en su ocaso, no es sencillo determinar si vale la pena detenerse en su historia anterior o alcanza con la de estos últimos ocho años para definir a un sujeto que pasará a la posteridad como un gran constructor de callejones y posiblemente la sumatoria del mal ejemplo. Quizá lo bueno, para él, es que nunca estará solitario en ese podio. George Bush, el mayor de cinco hermanos, hijo de un presidente, llegó a la Casa Blanca en enero de 2001 como un político construido a cincel desde sus épocas de legislador y gobernador de Texas por su amigo Karl Rove, uno de los jefes de campaña más oportunistas, tramposos y audaces que ha dado la historia partidocrática norteamericana, De sus primeros años, queda el registro de algunas picardías. Su ingreso en 1968 en la Guardia Área de Texas, para escapar a la guerra de Vietnam. Un adiestramiento como piloto de combate, que traicionó constantemente eludiendo los exámenes médicos. Eran los años "nómades" según su descripción en los que prefería el alcohol, la noche y las mujeres más algún juego nunca demasiado claro con drogas. Una charla con un pastor cerca de su cumpleaños 40 obró el milagro y Bush cambió su vida. Dejó los vicios, se lanzó a la política, se casó con Laura con quien tuvo dos mellizas y construyó con la ayuda de Rove la carrera que lo llevó al Salón Oval. Nunca quedó claro si su fundamentalismo o su convicción de que gozaba de un diálogo directo con Dios fueron parte de las invenciones de Rove para ganarse el voto de la derecha ultracristiana republicana, pero esos delirios formaron parte de una imagen que fue saturando de preocupaciones al mundo. La presidencia de W. Bush estuvo marcada por los atentados del 11-S de 2001. Ese asombroso ataque terrorista, cuya autoría atribuyó a un extravagante barbudo árabe y ex aliado de la CIA, Osama bin Laden, se convirtió en el pretexto para imponer uno de los cambios más significativos en las relaciones internacionales. Bush se aupó en "la guerra antiterrorista" para destruir más de tres siglos de juridicidad global desde la paz de Westfalia, y promover su noción de guerra preventiva. Esa iniciativa encajaba con el concepto del Destino Manifiesto de superioridad norteamericana o el American Century, lemas del supuesto derecho de EE.UU. a modelar el mundo a su imagen y semejanza. En ese páramo se anotó la guerra en Irak, lanzada con la mentira de las armas de destrucción masiva. O una política internacional carente de diplomacia que agravó la crisis de Oriente Medio hasta niveles imprevisibles. Militante duro del mercado libre, impulsó la "creatividad" financiera que le dejó el récord, en su primer mandato, de las dos mayores quiebras fraudulentas de la historia del capitalismo. Y en el segundo, el desastre del Katrina que desnudó el abandono de los sectores más pobres, y la pesadilla actual del estallido histórico de los mercados que lo obligó a beber el trago amargo de tener que apelar nada menos que al Estado. Su historia es la de una mala película que acaba sin héroes, con el escenario envuelto en llamas y los bomberos en inevitable retirada.