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Eisenhower y la Revolución Cubana

Por Francisca López Civeira | Cuba Socialista. | 11 diciembre del 2008

La administración republicana presidida por Dwight D. Eisenhower enfrentó en Cuba una nueva situación desde su toma de posesión. El Presidente inició su mandato en 1953, año en que, con los sucesos del 26 de julio, una nueva vanguardia revolucionaria emergió en la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista. Por tanto, la administración Eisenhower encaró el reto de la situación revolucionaria en Cuba, el triunfo de aquellas fuerzas y el inicio de las transformaciones revolucionarias. A su vez, esta circunstancia impactó en el conjunto de América Latina. El escenario cambiaba de manera rápida y, quizás, sorprendente. Estados Unidos tenía que definir su política ante la nueva situación.

Para entender la actitud del gobierno norteamericano frente el nuevo fenómeno hay que tomar en cuenta aspectos como: el ambiente general dominado por la política de Guerra Fría y su retórica contra la "expansión comunista", los conflictos internacionales en los que estuvo involucrado ese país en Asia y el Medio Oriente que constituyeron su máxima prioridad en el escenario mundial de aquellos años, la importancia de Europa en los intereses globales estadounidenses, el lugar secundario de América Latina en la definición de las prioridades de política exterior y la especial relación con Cuba, que incluía la imagen construida de un Estado cliente de Estados Unidos y, por tanto, la certeza del dominio sobre los acontecimientos internos de la Isla.

A partir de tales circunstancias resulta más comprensible la lógica de la posición asumida por la administración Eisenhower en aquellos años, especialmente desde 1957. En su toma de posesión, Eisenhower había declarado que seguiría las líneas de política principales desarrolladas por sus antecesores demócratas y, en consecuencia, formuló la idea -que no era nueva por cierto- de que "el destino ha colocado sobre nuestro país la responsabilidad de la dirección del mundo libre" (1) .Desde estas posiciones se asumió el problema cubano.

El golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 en Cuba y las disímiles reacciones frente a este provocaron un cambio en la situación política de la Isla que, junto a otros factores de orden estructural, daría paso en breve tiempo a una situación revolucionaria; sin embargo, en las esferas de toma de decisión norteamericanas no se aprecia que hubiera señales de alarma hasta bastante avanzada esa situación. Cuba no aparece como especial preocupación hasta 1957, cuando el tema empezó a ocupar un lugar en los debates dentro de las instancias gubernamentales. La persistencia de la lucha insurreccional empezaba a llamar la atención aun cuando no se percibiera un peligro inminente para el sistema. El16 de septiembre de ese año, un telegrama del consejero de la Embajada en La Habana, Daniel M. Bradock, al Departamento de Estado norteamericano ya apuntaba que el gobierno cubano no parecía ser capaz de liquidar la rebelión en la Sierra Maestra (2). Sin duda, empezaba a percibirse la complejidad de la situación aunque aún no pasó a una primera prioridad.

A fines de año comenzó a prestarse mayor atención al problema cubano y se inició el diseño de alternativas para solucionar lo que llamaban el "deterioro de la situación". El embajador Earl E. T. Smith envió sus "Recomendaciones para restaurar la normalidad en Cuba" el 7 de diciembre, mientras el día 19 el director de la Oficina .para Asuntos de América Central y México, William Wieland, enviaba un primer memorando al secretario asistente de Estado para Asuntos Interamericanos, Roy Rubottom, sobre "Recomendación de política para la restauración de la normalidad en Cuba", que contemplaba cuatro fases condicionadas entre sí.

Las recomendaciones partían de un eje central: el Embajador debía persuadir a Fulgencio Batista para tomar medidas que pudieran incidir en la moderación de la oposición y crear una atmósfera para el compromiso. De aquí se desprendería la creación de un clima propicio para celebrar elecciones. Del éxito de estas dos primeras fases dependía la acción siguiente: si la oposición era renuente a participar en estos acercamientos, si era intransigente ante los pasos que diera el Gobierno, se expresaría a sus miembros que su renuencia no dejaba a Estados Unidos otra alternativa que dar un completo y abierto apoyo al régimen; por otra parte, si Batista no se acogía a las recomendaciones de crear un clima apropiado para las elecciones, se aceleraría la caída su régimen al tiempo que se incentivaba a "aquellos elementos responsables de la oposición para adoptar un programa que proveyera de garantías adecuadas para la protección de las vidas de los norteamericanos, sus propiedades y sus inversiones en Cuba cuando el Gobierno provisional estuviera en el poder" (3).

Sin duda, en las instancias de toma de decisión estadounidenses se empezaba a atender la crisis cubana, pero las soluciones se movían dentro de los caminos históricamente transitados en las relaciones entre ambos países: las concepciones tradicionales del dominio neocolonial. No había una alarma particular con Cuba.

Ese año, la administración estadounidense estaba enfrascada en problemas a los que daba mayor prioridad. E15 de enero, Eisenhower había enviado un mensaje al Congreso en el que pedía autorización para usar las fuerzas armadas en el Medio Oriente en caso de que el Ejecutivo determinara la necesidad de asistir a cualquier nación que lo requiriera para enfrentar una agresión armada procedente de cualquier país controlado por el comunismo. Este contenido, conocido como "doctrina Eisenhower", fue ampliado días después cuando afirmó que "los intereses vitales de América son mundiales, abrazan ambos hemisferios y todos los continentes" (4).

El año 1958 ya presenta otra situación: el asunto Cuba cobró importancia como tema de análisis y debate para quienes tenían que determinar la política a seguir con la situación cubana. La creciente capacidad de las fuerzas revolucionarias para sostenerse y avanzar, y su real potencialidad para derrotar a la dictadura de Fulgencio Batista se hicieron evidentes, por lo cual fue imprescindible atender el caso cubano, buscar información y delinear política previendo el posible desarrollo de los acontecimientos.

En los debates desarrollados dentro de las instancias de toma de decisión se aprecian algunos temas de particular interés, como son: identificar la capacidad real del gobierno de Batista para enfrentar con éxito o no la insurgencia popular, determinar las características de las fuerzas opositoras, establecer la posibilidad de actuar con algunas de esas fuerzas y, de modo particularmente recurrente, definir la tendencia de la dirigencia del Movimiento Revolucionario 26 de Julio (MR-26-7). En los temas señalados, el énfasis fundamental estuvo alrededor de la figura de Fidel Castro, es decir, la búsqueda de la definición ideológica de este líder que, por la insistencia que se aprecia en los documentos norteamericanos, ya en 1958 estaba identificado como decisivo dentro del conflicto cubano.

Percepciones y definiciones

Lo señalado hasta aquí no implica unanimidad de criterios en las distintas instancias de toma de decisiones; por el contrario, ante esta nueva situación que se producía en Cuba hubo disparidad de criterios acerca de la evaluación misma de lo que ocurría, las diferentes fuerzas implicadas y la política a seguir; no obstante, los temas fundamentales de análisis se centraron en estos aspectos aunque divergieran las apreciaciones así como las propuestas de posibles acciones. Lo que sí parece evidente es que, a pesar de la fuerte confrontación que se producía en Cuba, y de la intensidad que iba alcanzando la lucha popular, el gobierno de Estados Unidos no aparece particularmente alarmado en cuanto a la posibilidad de perder las riendas de la situación aún en 1958.

Lo afirmado anteriormente se evidencia en el propio cambio de embajador a mediados de 1957. El segundo período de mandato de Dwight D. Eisenhower comenzó ese año y, como parte de los procedimientos habituales, el embajador en La Habana, Arthur Gardner, presentó su renuncia al cargo. Esto no resultaba sorprendente, se dejaba en libertad a la Administración para hacer los reajustes que considerara necesarios. La renuncia fue aceptada y se nombró un nuevo embajador, en este caso Earl E. T. Smith, que no era un diplomático de carrera propiamente y sí un hombre de negocios. Se sustituía al embajador, lo que hacía esperar ciertos cambios en la estrecha relación pública que Gardner había sostenido con Batista, sin embargo no se destinaba una figura de experiencia diplomática para lidiar con un lugar en conflicto, lo que evidencia que la situación cubana no había alcanzado importancia especial en la atención norteamericana.

El nuevo embajador tuvo un controvertido comienzo de sus funciones con una visita a Santiago de Cuba, justo al día siguiente del asesinato de Frank País que había conmocionado a la población, lo que provocó que estuviera presente en la demostración de las mujeres santiagueras que, enlutadas, salieron a la calle a protestar, y que pudiera observar directamente la violenta represión desplegada por la Policía. Sus declaraciones inmediatas a la prensa no fueron satisfactorias para el régimen, a tal punto que se llegó a insinuar la posible declaración de "persona no grata". El posible conflicto se resolvió rápidamente con el pleno respaldo de la Secretaría de Estado al Embajador y con la comunicación directa de este con Batista.

A pesar de su azaroso inicio, Smith desarrolló un estrecho vínculo con el Gobierno y con Batista en particular, lo cual marcó notablemente las apreciaciones de la situación cubana enviadas a su gobierno y que se pueden observar muy claramente en su libro, escrito después de finalizada su misión en Cuba (5).

El propósito delineado a través del Departamento de Estado y de su embajador en La Habana de distender el conflicto interno en Cuba y mejorar el clima político para lograr una solución satisfactoria, llevaba a potenciar las elecciones generales, a celebrarse en junio de 1958, como paso importante. El embajador Smith trabajó en esa dirección por lo cual insistió con Batista en el restablecimiento de las garantías constitucionales. Como es conocido, las elecciones se pospusieron hasta el mes de noviembre, cuando ni los más optimistas en Estados Unidos esperaban que pudieran solucionar la crisis.

No solo el Departamento de Estado estaba analizando y delineando la política con respecto a Cuba, otras instancias lo hacían también. El inspector general de la CIA, Lyman B. Kirkpatrick, realizó tres visitas a La Habana en estos años. La primera fue en 1956; la segunda, en 1957; Y la tercera, en septiembre de 1958. Su atención estuvo centrada en el funcionamiento de los cuerpos represivos, especialmente el Buró Represivo de Actividades Comunistas (BRAC) , aunque también atendió otros posibles contactos y vías de información. En su libro The Real CIA se refiere a la inconformidad del embajador Smith por los contactos con figuras de la oposición, a lo que Kirkpatrick respondió que necesitaban tener información, como es lógico en una agencia de inteligencia, y también hace referencia general a otros contactos hechos en el exterior(6). El Inspector General no menciona en específico la entrevista que había sostenido con Luis Buch, coordinador del Comité en el Exilio del M-26-7 radicado en Venezuela, bajo la cobertura de un miembro del Consejo de Seguridad Nacional de recorrido por el Caribe. El 18 de agosto de 1958 tuvo lugar esa entrevista en el Hotel Tamanaco, en Caracas, la que fue informada a Fidel Castro en mensaje cifrado. Además de la exposición hecha por Buch sobre las posiciones del Movimiento 26 de Julio y el reclamo para el cese del apoyo militar estadounidense a Batista, es de destacar que Kirkpatrick centró sus preguntas en la composición de la oposición, su unidad y liderazgo, la disposición a aceptar una mediación por parte de algún gobierno amigo y la percepción que tenía sobre el comunismo, su influencia y en qué sectores era más fuerte (7). La CIA se valía de sus propios medios para obtener información y establecer sus contactos.

De los documentos consultados, se desprende la imagen de que las distintas instancias tuvieron sus propias perspectivas, no siempre coincidentes, aunque puede observarse que 1958 se inició con cierta cautela en cuanto a algunos tópicos de las relaciones con el gobierno de Batista, en lo que resalta el tema de la venta de armas de Estados Unidos a Cuba y la insistencia en la necesidad de mejorar el clima político en la Isla como asunto prioritario. La opinión pública de alguna manera se constituía en un factor a tomar en cuenta, algunas intervenciones de congresistas y las denuncias desde la oposición cubana del uso de las armas entregadas al gobierno de Cuba por el Programa de Asistencia para la Defensa Mutua, cuyo destino estaba definido para la defensa continental, creaban una situación embarazosa. En particular, la dirección del Movimiento 26 de Julio y su representación en el exterior hacían público el empleo de esas armas, de las tropas entrenadas por ese programa y hasta del apoyo recibido desde la Base Naval de Guantánamo por parte del gobierno batistiano en la guerra que se libraba en Cuba. También se denunciaban las brutalidades de la represión gubernamental. La situación, en el decurso del año, obligaría a establecer nuevos análisis y variantes de soluciones.

El memorando de Wieland a Rubbotom, de 17 de enero de 1958, puede ejemplificar la posición prevaleciente a principios de año. Wieland informa acerca de su conversación con el embajador Smith sobre la situación cubana. Se habló de la necesidad de influir sobre Batista para celebrar elecciones "aceptables" el 1ro de junio y de la importancia de mejorar el clima político con la restauración de las garantías constitucionales, remover a algunos de los más brutales oficiales del Ejército y la Policía, y que "sería deseable una amnistía general, incluyendo prisioneros políticos y posiblemente la mayoría de las fuerzas luchando con Fidel Castro en las montañas de la Sierra Maestra", medidas que debían ser respondidas por la oposición con "alto grado de responsabilidad" ya que las fuerzas revolucionarias "son también parcialmente responsables por la violencia que hoy acosa al país". Se aspiraba a una "transición ordenada" que todavía se creía posible (8) Es de destacar cómo solo se puntualiza en "las fuerzas luchando con Fidel Castro en las montañas de la Sierra Maestra" lo que muestra la importancia que se iba otorgando a ese grupo dentro del conjunto de la oposición.

El 13 de febrero, Wieland comunicaba a Smith que "todavía estaba esperanzado en que pudiera encontrarse algún camino efectivo para lograr otro lado de la historia de Castro para la prensa norteamericana y para el Congreso", refiriéndose a las informaciones de Herbert Mathews (9). Evidentemente, la opción de Fidel Castro no era atractiva para quienes diseñaban la política regional en Estados Unidos, aunque los informes del embajador Smith construían una imagen débil de Fidel Castro y del Movimiento 26 de Julio entre los cubanos, así como de desorganización de la oposición, por lo cual no trasmitía síntomas alarmantes.

A medida que las acciones revolucionarias ganaban terreno y el Gobierno perdía posibilidades, se utilizó con creciente énfasis el argumento del apoyo comunista a Fidel Castro. Es de resaltar que la atención se centró en todo momento en la figura de Fidel Castro y en el movimiento que dirigía, lo cual ratifica la importancia que este ganaba en la percepción norteamericana de la crisis cubana.

La documentación disponible lo demuestra, así como la intencionalidad de vincular al liderazgo revolucionario de Fidel con la influencia comunista. Según Smith, Batista ya le había hablado del apoyo comunista a Fidel Castro y de que sus partidarios repartían literatura de ese corte, por lo cual el Embajador le solicitó pruebas para desacreditar al movimiento entre sus simpatizantes, lo cual se relaciona con su apreciación acerca de que el Movimiento 26 de Julio era el grupo de oposición con mayor número de seguidores en Cuba. La insistencia de Batista en la influencia comunista dentro del movimiento revolucionario fue recurrente y sirvió para justificar sus actos, como ocurrió con la posposición de las elecciones para el mes de noviembre.

Los informes de funcionarios norteños tratando de caracterizar al movimiento y su líder se reiteran durante aquel año decisivo. En febrero 21, el Consulado de Santiago de Cuba emitió un despacho cuyo asunto era "Fidel Castro, Movimiento 26 de Julio" en el que se afirmaba que los acontecimientos del país estaban dominados por dos cubanos: Fulgencio Batista y Fidel Castro y caracterizaba al último como "el más amado, el más odiado y la persona más controvertida en la escena política cubana [...)". Después de hacer referencia a su familia se le señalaba como una persona conocida por "sus ideas rústicas, que había variado de radical a liberal en su filosofía política", que era considerado como un Robin Hood, al tiempo que afirmaba que: "Mientras se convierte en un símbolo de resistencia al Gobierno de Batista, se transforma en un héroe para los adolescentes y jóvenes cubanos". También se caracterizaba al movimiento que lideraba por su inusual atractivo para todos los sectores de la sociedad cubana. El final del citado despacho, sin embargo, planteaba que estos hombres tenían condiciones para que se produjera la infiltración comunista y que podían recibir a agentes rusos (10).

El tema de la influencia comunista en el Movimiento 26 de Julio y su principal dirigente muestra las diferencias de opinión entre quienes seguían la situación cubana. Un informe de Inteligencia del Iro de abril señalaba que no había evidencias que confirmaran el cargo de comunista hecho por el gobierno cubano respecto a Fidel Castro, pero sí decía que "es inmaduro e irresponsable"(11).

En la 362 reunión del Consejo de Seguridad Nacional, el director de la CIA, Allen W Dulles, se refirió a los acontecimientos más recientes en Cuba, aludiendo al fracaso de un intento de huelga organizado por "las fuerzas de Castro", o sea la huelga del 9 de abril. Dulles consideraba que eso obligaría a la guerrilla a retroceder a sus plazas fuertes en la provincia de Oriente donde era muy difícil desalojada, hacía un cálculo de 1 200 miembros y pensaba que el fracaso de estas fuerzas estaba dado porque "el Ejército. cubano permanece leal a Batista". A la vez afirmaba que no existían evidencias de inspiración comunista directa o apoyo de ese tipo a la "revuelta de Castro". En ese momento su percepción sobre la posición del Gobierno era optimista (12).

El optimismo derivado de los sucesos del 9 de abril, sin embargo, motivó nuevas reflexiones. Dentro del Departamento de Estado algunos plantearon la posibilidad de abrir otros acercamientos fuera del contexto de Batista y Fidel Castro, y de las figuras desacreditadas de la oposición como los líderes auténticos Carlos Prío, Manuel Antonio (Tony) Varona, Ramón Grau. Esto abre un aspecto que tendría desarrollo posterior: la búsqueda de una tercera fuerza que pudiera ser promovida para detener la crisis cubana.

El tema de la influencia o el apoyo comunista al Movimiento 26 de Julio y a su líder siguió siendo recurrente en algunos de los funcionarios implicados en el debate sobre Cuba, entre los cuales se destaca el embajador Smith. En torno al asunto de la suspensión de la venta de armas al gobierno cubano, que provocó una prolongada discusión entre las partes, Smith decía a mediados de año (16 de junio) que al final los únicos beneficiarios de esa política podrían ser los comunistas. Por supuesto, la captura de ciudadanos norteamericanos en el Segundo Frente Oriental "Frank País" potenció aún más la atención sobre estas fuerzas y la necesidad de clasificarlas ideológicamente, aunque en ese momento lo más importante en la discusión era la forma de negociar el asunto sin que implicara un reconocimiento oficial ni hacer concesiones. En tales circunstancias, de nuevo el Embajador volvía sobre sus indicaciones de presencia comunista entre los "rebeldes".

En sentido general, en el Departamento de Estado se aprecia una tendencia mayor al planteamiento de esa influencia comunista, aunque no fuera unánime, mientras que en los servicios de Inteligencia se insistía en la falta de evidencia de ello, aunque en los informes conocidos de ambas instancias aparecen otras dos figuras de aquel movimiento a las que también se les sigue de cerca: Ernesto Guevara y Raúl Castro, cuyas caracterizaciones coinciden más en relacionarlos con influencias marxistas y con posiciones "antinorteamericanas". En algunos casos se habla de que "Castro está recibiendo malas influencias", pero, sin dudas, era el más difícil de definir en cuanto a su ideología, a pesar de haberle dedicado más atención que al resto de los opositores a Batista.

Una definición: la oposición a Fidel Castro

A medida que el Ejército Rebelde fue demostrando su capacidad para derrotar a las tropas enemigas, el problema de las definiciones se hizo más urgente. El memorando del jefe de la División de Investigación y Análisis para las Repúblicas Americanas, de septiembre 25, tenía un título muy significativo: "Necesidad de información sobre el carácter del liderazgo del movimiento cubano 26 de Julio". Aquí se plantea la preocupación de que el gobierno de Estados Unidos asumiera que el movimiento no estuviera dominado por comunistas y luego se probara lo contrario o viceversa, a lo que se añade que, de acuerdo con la información de que disponían, "Fidel Castro no es comunista y los comunistas no tienen un papel dominante en la dirección del movimiento 26 de julio (sic), pero esto no es conclusivo", por esa razón necesitaban más información sobre esto y el Movimiento 26 de Julio completo, saber si prevalecían los antinorteamericanos y los pro marxistas, y de otros temas (13).

Al margen de las opiniones oportunistas de algunos interlocutores cubanos, tales como los representantes del Gobierno y el propio Batista, o representantes de la oposición como Manuel Antonio (Tony) Varona o Carlos Márquez Sterling, entre otros, sin dudas, la caracterización ideológica del Movimiento 26 de Julio se hacía cada vez más imprescindible, sin que lograran alcanzar consenso ni disponer de información suficiente y veraz. Opiniones como la de que militantes del Partido Socialista Popular ejercían la dirección del movimiento rebelde y otras de parecido carácter, no pueden tomarse como criterios serios, sino como parte del interés por crear una atmósfera de hostilidad en el contexto de la Guerra Fría, sin embargo sí se puede afirmar que hubo un creciente interés -y necesidad- por obtener los elementos de juicio que permitieran la imprescindible definición, aunque solo lo lograran fragmentariamente. En lo que sí hubo consenso fue en el rechazo a que las fuerzas dirigidas por Fidel Castro fueran las que alcanzaran el triunfo y tomaran el poder.

Por otra parte, es altamente significativo que desde el mes de febrero ya se empezaran a manejar posibles soluciones pacíficas con la inclusión de representantes del Movimiento 26 de Julio. La propia Embajada norteamericana hacía notar que en el llamado público del Episcopado de la Iglesia Católica en Cuba para crear un gobierno de unidad nacional se pensaba en representantes de los partidos de oposición y se incluía al Movimiento de Fidel Castro o, al menos, que este diera su aprobación al nuevo gobierno. La continuidad de las gestiones de la Iglesia Católica fue informada por la Embajada y en telegrama del 10 de marzo se decía que el Nuncio Papal había informado sobre la disposición a crear un comité de obispos, en lo cual tenían en cuenta que el arzobispo de Oriente, Pérez Serantes, "había salvado la vida de Fidel Castro años antes" (sic) y ejercería presión sobre él para que aceptara una solución pacífica. En ese informe se afirmaba que "la influencia del Movimiento 26 de Julio parece haberse incrementado alarmantemente en las semanas recientes" (14).

Estas referencias al Movimiento 26 de Julio y a Fidel Castro irían en aumento en los documentos de Estados Unidos. El 12 de marzo ya el propio Rubottom se refería a las dificultades que se observaban para una solución pacífica y hacía notar como "especialmente importante" el papel de Castro en cualquier cambio de la situación política y preguntaba si había alcanzado suficiente prestigio personal para "ser un factor dominante en la escena política cubana si Batista se iba" (15) .Smith respondió que lo consideraba importante, pero no dominante, pues si Batista dejaba el poder, el Movimiento 26 de Julio perdería cohesión. Es evidente que los informes de Smith estaban muy matizados por sus propias relaciones políticas en Cuba.

Un interesante memorando del mes de marzo sobre una carta de un miembro de la oposición del grupo de Carlos Prío, Carlos Piad, en la que se enviaban los nombres de posibles miembros de una junta cívico-militar siguiendo instrucciones de Tony Varona, comenta el punto de vista de la Oficina de Asuntos Centroamericanos acerca de que lo más conveniente sería la solución electoral, pero si ya no fuera posible y Batista fuera derrocado, el método menos objetable sería un golpe militar seguido por una junta civil o cívico-militar que, en su momento, nombrara un presidente provisional; sin embargo, esto pudiera hacerse "si Castro no triunfara en imponer su plan de instalar un gobierno controlado enteramente por sus fuerzas" (16). Había aparecido en las estructuras del Departamento de Estado la preocupación acerca de la influencia del Movimiento 26 de Julio y de su líder Fidel Castro en los acontecimientos futuros y, con ello, la búsqueda de soluciones que los excluyeran.

En el mes de noviembre el panorama se iba aclarando en cuanto al curso futuro de los acontecimientos. Un informe especial de la Inteligencia Nacional del día 24 llevaba por título "La situación en Cuba" y, en sus conclusiones, estimaba que Fidel Castro, en combinación con otros grupos rebeldes, no podría derrocar al Gobierno en pocos meses, pero tampoco el Gobierno podía derrotar a la guerrilla, mientras veía la solución en una acción de las fuerzas armadas para deponer al régimen, establecer una junta y convencer a la oposición revolucionaria de que tendrían una significativa influencia en el gobierno provisional.

Las opciones ante la crisis

El fracaso de las elecciones de noviembre no permitía esperar al cambio de mando el 24 de febrero siguiente, por lo cual se tomaron decisiones de urgencia. Según Philip W Bonsal, quien sería nombrado embajador en Cuba en enero de 1959, se llamó a Smith a consultas en Washington para que, en su ausencia, un emisario no oficial pudiera hablar con Batista y decirle que debía dejar el país a cargo de una junta militar para lograr una transición ordenada (17). En los documentos de política exterior citados, solo aparece una nota editorial sobre el tema que reproduce el fragmento del libro de Smith donde narra su conversación del 10 de diciembre en el Departamento de Estado, es decir, cuando se le informó del envío de un contacto no oficial a conversar con Batista (18). La pobre información publicada en los documentos oficiales, por tanto, muestra el carácter secreto que se dio a aquella misión. Sin embargo, Thomas G. Paterson es más explícito en su libro al tratar el asunto debido a las fuentes que pudo consultar (19).A partir de este autor se puede tener mayor precisión sobre 10 acontecido con la "Misión Pawley" en diciembre de 1958.

A fines de noviembre, funcionarios del Departamento de Estado, entre los cuales estaba R. Rubottom, y J. C. King -jefe de la División del Hemisferio Occidental de la CIA del Directorio de Planes-, se reunieron en Miami con William D. Pawley, por tanto, se le estaba dando una misión consensuada al más alto nivel. Se trataba de un hombre de negocios que había estado en Cuba con su padre cuando era joven, que organizó y fue presidente de la Compañía Nacional Cubana de Aviación, que después vendió a la Pan American Airways, y, tras hacer negocios en otras partes del mundo, en 1949 organizó una empresa de autobuses en La Habana, conocida como Autobuses Modernos. Por tanto, tenía viejas relaciones con Cuba, hablaba español de manera fluida, había sido embajador en Perú y Brasil, y mantenía vínculos estrechos con Eisenhower, con quien parece haber tenido reuniones previas a la de Miami para prevenirle sobre la "amenaza comunista" en Cuba. Sin duda, estaba imbuido del espíritu de la Guerra Fría.

Pawley debía convencer a Batista de renunciar y salir con su familia para su casa de Daytona Beach, con la garantía de que los batistianos no sufrirían represalias. Estados Unidos entregaría las armas pendientes al nuevo gobierno, el cual organizaría elecciones durante sus dieciocho meses de provisionalidad. Aunque, según Pawley, Eisenhower lo autorizó a hablar con Batista en su nombre, Rubottom le comunicó la modificación: no podía decir a nadie que hablaba por el Presidente. Smith salió de Cuba el día 4 de diciembre, y el 7 Pawley y su esposa viajaron a La Habana donde se reunió primero con el primer ministro Gonzalo Güel, quien comunicó a Batista el propósito de la visita. El Presidente lo recibió el día 9 después de haber rehusado inicialmente. En las recomendaciones para la composición del gobierno provisional, el emisario señaló al coronel Ramón Barquín, el general Martín Díaz Tamayo, el mayor Enrique Borbonet y a José "Pepín" Bosch, de la empresa Bacardí (20). La negativa de Batista a aceptar este plan determinó, sin duda, la acción inmediata de Estados Unidos.

A la altura del mes de diciembre de 1958, en Estados Unidos se produjo una mayor coincidencia entre las distintas posiciones en cuanto a la necesidad de prescindir de Batista para alcanzar una solución. En la 391 reunión del Consejo de Seguridad Nacional, de diciembre 18, Allen Dulles fue muy claro: "La Comunidad de Inteligencia creía que Batista sería incapaz de reunir suficiente fuerza para salvarse y que Castro probablemente emergería victorioso en lo que ahora se ha convertido en guerra civil". Consideraba que la situación era "crítica" y, en esas circunstancias, lo que se planteaba por él, el Presidente y el secretario de Estado en funciones, Christian Herter, era lo que ocurriría si Batista abandonaba el poder y este pasaba a su sucesor electo en noviembre o se creaba una junta. Ante la observación del Presidente de que era difícil entender cómo las fuerzas rebeldes habían ganado fuerza tan rápidamente, se produjo el comentario de que se decía que 95% del pueblo apoyaba a Castro (21). En los criterios de Dulles se reflejaba el informe especial de la Inteligencia Nacional de dos días antes, en el que se afirmaba que, debido al dominio rebelde en Oriente y el incremento de sus actividades en Camagüey, Las Villas y Pinar del Río, "Castro puede pronto tomar el poder con desastrosas consecuencias para Cuba" (22).

Al día siguiente, el embajador Smith informaba sobre el interés sostenido todavía por el Nuncio Papal de obtener una solución pacífica, y solicitaba autorización para hacer sugerencias, en las que incluía un programa para ser presentado por el Cardenal en el cual se planteara un gobierno provisional que llamara a elecciones bajo la supervisión de la OEA y con apoyo palpable de Estados Unidos. Con esto, decía, sería más difícil el triunfo de los Castro (23). Mientras el embajador seguía empeñado en elaborar planes desde Cuba para una "transición pacífica" cuando el avance revolucionario era ya incontenible, el Departamento de Estado y la CIA acercaban sus posiciones para desarrollar acciones coordinadas ante la inminencia de la caída de Batista. Todas las variantes en esta dirección coincidían en impedir el triunfo de Fidel Castro y sus fuerzas.

El memorando de Herter al Presidente, de 23 de diciembre, es categórico: aunque consideraba que no había suficiente evidencia para el cargo de que existía influencia comunista en los rebeldes, afirmaba que "el Departamento no desea ver a Castro conseguir el liderazgo del Gobierno" (24).. Ese mismo día se producía la 392 reunión del Consejo de Seguridad Nacional en la cual el Director de la CIA dijo que "si Castro toma posesión en Cuba, puede esperarse que los elementos comunistas participen en el Gobierno". Allí se expresaron ideas como que "Castro era el mayor de los dos males representados por Castro y Batista", que "Castro estaba respaldado por los elementos radicales extremistas", "que parecía unánime lo indeseable de un régimen de Castro" y, al final, el Presidente expresó su esperanza en el crecimiento, en fortaleza e influencia, de una "tercera fuerza" (25).

Mientras tanto, se había puesto en marcha el plan para la eliminación física del líder de la Revolución. El 28 de diciembre de 1958 fue descubierto y detenido por fuerzas rebeldes en la Sierra Maestra, el norteamericano Aller Robert Nye, a quien se le ocupó un fusil Remington calibre 30.06 con mira telescópica, con esa arma pretendía asesinar al Comandante en Jefe.

Nye era agente del FBI y el Gobierno de Estados Unidos se lo facilitó a Batista y a su cúpula militar para que lo contrataran para esa misión. Esta historia fue revelada en enero de 1959 en la revista Carteles. Se disponen de algunas notas diplomáticas que la Embajada de Estados Unidos en La Habana envió a las autoridades revolucionarias intercediendo por dicho agente.

Todavía el día 31 de diciembre, en una conferencia en la oficina de Herter, a las cuatro de la tarde, se estaba discutiendo la participación de la OEA en una intervención pacífica en Cuba, los antecedentes de Raúl Castro y Ernesto Guevara, la posibilidad de calificar al movimiento de Fidel Castro de comunista, la afirmación presidencial de que el Gobierno estaba unido contra Castro y la necesidad de una tercera fuerza para derrotar políticamente a Castro (26). Esa misma noche, Herter enviaba un telegrama a su embajada en Cuba reconociendo el esfuerzo que venía realizando y afirmando que "el Movimiento 26 de Julio ha mostrado poco sentido de responsabilidad o habilidad necesaria para gobernar a Cuba satisfactoriamente y su línea nacionalista es un caballo que los comunistas conocen bien cómo cabalgar"(27).

Los acontecimientos que se desencadenarían en las horas posteriores, incluida la huida del tirano Batista y el intento de golpe de Estado, eran parte de la solución inmediata a la crisis que tenía ante sí el gobierno de Eisenhower.

Ante el poder revolucionario

Los sucesos del Primero de enero de 1959 dieron un viraje total a la situación cubana y ya el día 5 se discutió y aprobó la sustitución del embajador Smith por Philip W Bonsal. El 7 de enero se reconocía al nuevo gobierno cubano, pero comenzaba entonces otro momento en las relaciones bilaterales que Estados Unidos enfrentó dentro de sus concepciones tradicionales: se planteó en lo inmediato la negociación para empujar al Movimiento 26 de Julio contra "los elementos radicales y contra el posible crecimiento de la fuerza de los comunistas", a partir del reconocimiento de que Castro era "incuestionablemente el jefe en Cuba" (28). Para ello se enviaba a un nuevo embajador que sí era un diplomático de carrera, con experiencia en los asuntos de América Latina y que había estado en servicio diplomático en La Habana entre 1938 y 1939. Philip Wilson Bonsal viajaba a La Habana el 19 de febrero y el 3 de marzo presentaba sus cartas credenciales ante el nuevo presidente, Manuel Urrutia.

El nuevo embajador también concibió su misión a partir de las posiciones tradicionales de dominación. A su juicio, el sistema con los políticos que se habían opuesto a Batista, los "capitalistas", "la emergente clase media" y los sindicatos tendrían un papel principal y podían confinar al nuevo gobierno y los líderes de la Sierra Maestra dentro de los tradicionales "patrones democráticos" de conducta. Confiaba en que "Washington era el líder no solo de los activistas directamente responsables de la caída del dictador, sino de muchas de las fuerzas potencialmente dinámicas en la vida cubana". De manera que, independientemente de la "filosofía de Castro", tendría que actuar a partir de estos patrones (29).

Sin embargo, en las nuevas circunstancias se hizo más apremiante aún la clasificación ideológica de Fidel Castro y la necesidad de alentar el predominio de los grupos "moderados" frente a los que calificaban de "extremistas". A medida que transcurría el año 1959 se hizo evidente que el derrotero revolucionario del nuevo poder era irreversible, con lo cual también se esclareció la imposibilidad de esperar el predominio de una línea "moderada" como habían aspirado.

Las tensiones crecieron rápidamente a lo largo del primer año de poder revolucionario en Cuba, y el gobierno estadounidense definió su posición hostil tempranamente. Las acciones enemigas se iniciaron desde los primeros momentos del poder revolucionario, pero a fines de ese año, un memorando de Rubottom al subsecretario de Estado, Dillon, puede servir para entender la lógica de la definición de la política hacia Cuba. Este documento, de 28 de diciembre, tenía como asunto "Programa de acción sobre Cuba" y, entre los argumentos, señalaba que "aunque nuestra actitud de paciencia y tolerancia en la conducción de nuestras relaciones con Cuba ha ganado aprobación en América Latina y en la prensa de Estados Unidos de modo general, se cree que en el enfrentamiento de estas continuas provocaciones ha llegado el tiempo para que el Gobierno de Estados Unidos asuma una postura más abiertamente crítica" y añadía que esa actitud no podía ser considerada "un signo de debilidad que diera estímulo a los elementos comunistas-nacionalistas en todas partes de América Latina que están tratando de promover programas similares a los de Castro".

Para Rubottom, tales programas podían "socavar el prestigio de Estados Unidos" y exponer a los propietarios norteamericanos a un tratamiento igual. A partir de estas consideraciones proponía un programa de acción para ejecutar de inmediato, que contemplaba medidas diversas de presión diplomática, económica a partir de la cuota azucarera de Cuba en el mercado de Estados Unidos, acciones continentales desde los países latinoamericanos y otras (30).

El 30 de diciembre Dillon aprobó el programa con ligeras modificaciones. Sin duda, el conflicto bilateral iba más allá a partir del impacto de la Revolución cubana en el continente, lo cual significaba un debilitamiento de la posición hegemónica norteamericana, que no podía permitirse.

Por eso había que evitar un triunfo de estas fuerzas y, cuando ya esto fue imposible, en la necesidad de neutralizar el carácter revolucionario de la nueva dirección. En la medida en que esto no se lograba, se fue definiendo una política de hostilidad como defensa de los intereses globales del imperio. Fue una oposición a las fuerzas revolucionarias desde antes de que llegaran al poder que tuvo continuidad con el inicio de las transformaciones revolucionarias en Cuba. Estados Unidos no podía tolerar la ruptura de su dominio, la quiebra de su hegemonía.

(***) La autora es doctora en Ciencias Históricas

Notas

1. Citado en Foster Rhea Dulles, America's Rise to World Pawer 1898,1954, Harper & Row Publishers, The University Library, Nueva \brk, 1963, p. 271. (Todas las citas de textos en inglés han sido traducidas por la autora.)

2. FbreignRelatiansofthe UnitedStates, 1955-1957. Vol. VIAmerican Republics: Multilateral; Mexico, Caribbean, United States Government Printing Office, Washington, 1987, p. 847.

3. J Ibídem, pp. 870-876.

4. Reproducido por Roberto González Gómez, Estados Unidos: doctrinas de la Guerra Fría 1947-1991, Centro de Estudi(js Martianos, La Habana, 2003, pp. 48-49.

5. Earl E. T. Smith, The Pburth Floor: An Account 01 the Castro Communist RevolutiDn, Random House, Nueva Ybrk, 1962. Smith ofrece aquí una visión permeada de su posición alineada con Batista y dentro de la retórica anticomunista de la Guerra Fría, pero muestra también las contradicciones que tuvo con otras instancias, incluyendo el Departamento de Estado.

6. Lyman B. Kirkpatrick, Jr., Thc Real CIA, 2a. ed., The J\fcJ\lillan Company, Nueva York, 1968. Entre las páginas 166 y 177 describe su tercera visita y las contradicciones con el Embajador, así como hace referencia a contactos con la oposición, de manera general.

7. Ver Luis Buch: Más allá de los códigos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1995, pp. 112-118.

8. Foreign Relations 01 the United States, 1958-1960, .vol VI. Cuba, United States Government Printing Off¡ce, WÕshington, 1991, pp. 10-12.

9. Ibídem, pp. 6-18.

10. Ibídem, p. 36.

11. Ibídem, pp. 77- 78.

12. Ibídem, pp. 84-85.

13. Ibídem, pp. 216-217.

14. Ibídem, pp. 52-53.

15 Ibídem, pp. 55-56.

16 Ibídem, pp. 68-70.

17. Philip W Bonsal, Cuba, Castro, and the United States, 2a. ed ., University of Pittsburgh Press, 1972, p. 22.

18. Foreign relations... 1958-1960, p. 284.

19. Paterson consultó el libro de memorias inédito "William D. Pawley' s Bool\:" y revisó los documentos del Senado, "Communist Threat: TestimonyofWilliamD. Pawley", de septiembre de 1960, entre otras fuentes.

20. Thomas G. Paterson, Contesting Castro. The United States and the Triumph 01 the Cuban Re-volution, Oxford University Press, NewYork, 1994, pp. 207-209.

21. Foreign... 1958-1960, p. 300.

22. Ibídem, p. 295. 2.1 Ibídem, p. 301

24. Ibídem, pp. 304-307.

25. Ibídem, pp. 302-303.

26. Ibídem, pp. 323.329.

27. Ibídem, pp. 330-331.

28. Telegrama de la Embajada al Departamento de Estado, de 6 de enero, en Foreign... 1958-1960, pp. 345-346.

29. P.W, Bonsal, ob. cit., pp. 5 Y 28-29.

30. Foreign... 1958-1960, pp. 716-720.

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