Pensamiento Crítico

Islandia en el Támesis

Por Michael R. Krätke | Revista SinPermiso. Traducción: Amaranta Süss | 09 Febrero 2009
La patria del capitalismo se halla en estado de schock: el primer ministro de la Gran Bretaña reacciona con hiperactivismo. Pero tampoco el segundo plan de rescate alterará demasiado las cosas. El Royal Bank of Scotland (RBS), hasta ahora número dos del sector financiero británico, bate con unas pérdidas rayanas en los 31 mil millones de euros todos los registros de la historia económica nacional. Se zascandileó alegremente con la especulación a escala planetaria con derivados hipotecarios y se entró en la operación de toma de control del banco holandés ABN–Amor. Las consecuencias no son menos destructivas que las que tuvo que arrostrar Barcalys, otra estrella extinta en el firmamento bancario: sólo en el mes de enero ha perdido cerca del 70% de su valor en bolsa, regresando a los niveles de 1985. Amarga pero no menos cierta verdad: el grávido paquete de rescate estatal que por valor de 37 mil millones de libras esterlinas se puso por obra el pasado octubre se ha evaporado sin apenas efectos. El gobierno de Brown suelta ahora 500 mil millones más, Y eso en circunstancias que no pueden ser más desgraciadas: la economía británica viene encogiéndose a un ritmo acelerado desde hace seis meses, el desempleo se dispara, los trabajadores inmigrantes polacos abandonan por millares el país. Cuando estallan huelgas salvajes –ya sea en una refinería en Lindsey, en la Inglaterra septentrional, o en la central atómica de Sellafield—, se pone proa a los trabajadores inmigrantes de la Europa del Este, de Portugal y de Italia. Las gentes apuntan expresamente al primer ministro Brown y al slogan que él mismo acuño en el Congreso del Partido Laborista en 2007: "Puestos de trabajo británicos para trabajadores británicos". Precisamente esta consigna es la que aparecía esta semana en las pancartas levantadas en centenares de puestos huelguísticos en la Isla, que no sin razón creen estar librando una batalla social poco menos que a vida o muerte. En las pasadas décadas, han desaparecido en Gran Bretaña demasiadas industrias, viejas y nuevas, para ser reemplazadas por unos "servicios financieros" que apenas quiere nadie ya. De manera que un sector financiero sobredimensionado arrastra consigo al país entero al abismo. Para la Isla, es la peor recesión desde 1990, y puede llegar a ser peor. Único alivio: la inflación pierde mordiente, caen los precios de inmuebles, alimentos, gasolina y gas. El paquete que han pergeñado ahora Brown y su ministro de finanzas, Darling, se funda en una aseguración. No se fundará ningún "banco malo" (bad bank) que se limite simplemente a comprar títulos tóxicos y a atesorarlos a costa del contribuyente. En cambio, el Estado quiere poner en práctica un seguro de morosidad. Eso significa que, a cambio de unos honorarios no despreciables –pagaderos en efectivo o en acciones—, el Estado británico asegurará un máximo del 90% de las pérdidas. Quien se acoja a esa ayuda, tendrá que comprometerse a reabrir el grifo del crédito. Gordon Brown juega aquí con mucho riesgo: el valor de los títulos basura en las carteras de los bancos británicos se estima en más de 200 mil millones de libras esterlinas; el valor real no lo sabe nadie. Lo que inquieta a los caballeros de la City es la redonda negativa del gobierno a hacer públicos los detalles de su plan de rescate antes de fines de febrero. Eso tiene en parte motivaciones técnicas, pero también razones políticas. Gordon Brown tiene quiere evitar dar la impresión de entregar bajo mesa dinero a los quebrados. Esta vez, quiere, tiene que ver contrapartidas de unos bancos que, hasta ahora, y a pesar del continuo apoyo público recibido, no han hecho sino esperar sentados sobre su dinero y sobre sus créditos tóxicos, remisos al mercado de dinero. De aquí que cada vez se haga oír más, y más articuladamente, la exigencia de que el Estado actúe allí donde los bancos o fracasan o se niegan a colaborar. Cachivaches ideológicos Es urgente, dice John McFall, presidente de la comisión presupuestaria de la Cámara Baja: un banco como el Royal Bank of Scottland, en el que el gobierno posee ya participaciones públicas de entre el 58% y el 70%, ha de ser estatalizado completamente, como se hizo con el Lloyds Baring Group, en el que el Estado actúa ya con un 43% de participación. En tal caso, según McFall, habría posibilidades de proceder a la limpieza del estercolero en que los han convertido, tan arrogante como incompetentemente, los honorables hombres de negocios privados. Nada nuevo bajo el sol: sin un Estado fuerte, sin un sistema bancario estatalmente organizado y estatalmente controlado, es manifiesto que el buen y viejo orden capitalista no puede funcionar. A todo eso, los Tories no se cansan de levantar el amedrentante espectro de la bancarrota del Estado y de repetir, al estilo de los "expertos económicos" alemanes el uno por uno del famoso pacto de estabilidad de la Unión Europea. En efecto, es previsible que el nuevo endeudamiento británico represente a fines de 2009 entre el 8% y el 9% del PIB y que al Estado británico la deuda le salga más cara, porque los intereses de los empréstitos públicos a diez años tendrían que subir del 3,3% al 3,5%. El diferencial de intereses con, por ejemplo, los empréstitos públicos alemanes crece rápidamente: ya ahora es de más de medio punto porcentual. Pero la Gran Bretaña no está todavía, ni por mucho, en bancarrota, aun si el ficticio "patrimonio popular" se visto drásticamente reducido gracias a la caída de los precios inmobiliarios y al desplome de los valores en la bolsa. Mientras que hasta los cruzados neoliberales de la Comisión Europea se han percatado ya, en plena crisis económica planetaria, de que las normas del Tratado de Maastricht son poco más que cachivaches ideológicos, los conservadores de todos los partidos se revelan como auténticos rehenes de sus marchitos dogmas: el endeudamiento público es malo y dañino, independientemente de la forma que cobre y del propósito al que sirva. La mentira del "lastre para las próximas generaciones" se repite una y otra vez. No ofrece duda: el hiperactivismo del primer ministro británico tiene mucho que ver con la política, y mucho más todavía con el miedo a la cólera del electorado. Brown era un reconocido neoliberal. Por activa y por pasiva, durante años, no se ha cansado de repetir que la dinámica cíclica de auge económico y crisis se había acabado, haciendo votos por una "regulación ligera". Permitió el crecimiento metastásico de la "industria financiera" y el hundimiento de la industria británica. Hasta hace dos años, cuando todavía se celebraban en Londres las tasas de crecimiento más elevadas de la Unión Europea, la cosa parecía ir bien.. ¿Por qué nadie vio venir el desastre?, pregunta ahora hasta la Reina. Gordon Brown, cabizbajo, repone que él no podía ni imaginarse tamaño fracaso de unos mercados financieros continuamente alabados por su extremada eficiencia. Lo que intenta ahora es reestructurar el otrora loado modelo anglosajón. Y si no queda otro remedio, con medidas aparentemente tan radicales como la estatización de los bancos. El primer ministro es lo bastante espabilado como para coger el balón que le ha lanzado Obama con su programa de 800 mil millones de dólares para la creación de puestos de trabajo verdes. Se han pergeñado a toda prisa paquetes de estímulos para la industria británica y se multiplican las inversiones públicas. Eso costará miles de millones más, pero en Downing Street se espera que aliados y rivales se convencerán en la cumbre del G–20 el próximo abril del sentido de una acción concertada contra las amenazas deflacionarias que se ciernen sobre la economía mundial. ¿Bastará para contentar a los inversores extranjeros? Algunos observadores dibujan ahora el fantasma de un rescate por parte del Fondo Monetario Internacional (FMI): maligna amenaza para los británicos, para quienes sería incluso preferible acelerar la entrada en la Eurozona. Los paquetes nacionales de rescate de los Estados miembros de la UE desbaratan el pacto de estabilidad de la UE. En 1992, la UE acordó en el Tratado de Maastricht unas normas destinadas a evitar el endeudamiento explosivo: en tiempos normales, había que lograr unos presupuestos públicos más o menos equilibrados; en tiempos de crisis, había que mantener un margen de maniobra para estabilizar la economía mediante un aumento del gasto público. El valor máximo para el nuevo endeudamiento quedaba fijado en el 3% del PIB, mientras que el límite de la deuda global quedaba fijado en el 60% del PIB. El Comisario de Asuntos Económicos y Monetarios de la UE, Joaquín Almunia, ya ha anunciado la generosa ampliación del margen de endeudamiento. Pero a partir del 3,5% se activará la vigilancia del déficit: según las últimas estimaciones, al menos nueve Estados miembros de la UE rebasarán ese margen. Ya este mismo año, el endeudamiento de Irlanda se acercaría al 11% del PIB. Claramente por encima del margen establecido se hallarían también España (6,2), Francia (5,4), Portugal (4,6) y Alemania (4,0). Más dramáticas se pondrán las cosas cuando, en 2010, al menos 13 países de la UE podrían rebasar el límite fijado por Almunia. Normalmente, la Comisión Europea está obligada a intervenir cuando no se cumplen los criterios de déficit. Tal obligación, dimanante del Tratado de Maastricht, rige también en el caso de que, aun siendo de iure respetados los criterios, la Comisión constatara un peligro de déficit excesivo. La decisión última de proceder a sanciones contra un Estado miembro de la UE por violar el Tratado y endeudarse por encima de los límites establecidos la tiene el Consejo Europeo, es decir, los jefes de gobierno. Y a tenor de las circunstancias, los Estados que incumplan el Tratado se arriesgan a penalizaciones dinerarias elevadas.
(***) Michael R. Krätke, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam, investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad y catedrático de economía política y director del Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de Lancaster en el Reino Unido.