Pensamiento Crítico

Si quieres la paz, prepara la paz: retazos de Euskal Herria

Por Alfonso Sastre. Diario Gara. (*) | 22 Junio 2009
Por Alfonso Sastre. Diario Gara. (*) Entre septiembre y octubre de 2008, Alfonso Sastre, uno de los intelectuales más destacados de Europa, publicó en el diario Gara un conjunto de cinco artículos sobre su visión de la situación de Euskal Herría y su larguísimo y sangriento conflicto con Euskal Herria. Quienes, como Alfonso Sastre, desean la paz para Euskal Herria, ven con preocupación la situación actual. Sastre denuncia que quienes apuestan por la vía policial «no desean la paz, puesto que saben -¿y cómo van a ignorar una realidad tan evidente?- que sus puntos de vista nos alejan criminalmente de ella». Frente a ellos es importante reivindicar la auténtica noción de paz, puesto que «no hay paz al margen de la justicia y de la libertad».

Es un crimen contra la paz (si vis pacem, para pacem!)

Por Alfonso Sastre
Crimen: 1) Delito grave. 2) Acción indebida o reprensible (DRAE).
Todo lo más terrible que pudiera ocurrir hoy en Euskal Herria, para quienes somos fervientes partidarios de la paz en este pueblo, está sucediendo en este país durante los últimos años. ¿A qué me refiero? A los efectos de la aplicación en nuestra vida de la llamada Ley de Partidos, que es, digámoslo con sencillez y precisión, un verdadero crimen contra la paz, como lo atestigua la cascada de ilegalizaciones y encarcelamientos bajo la teoría de que «todo es ETA», sin más rigor que la consideración de que cualquier vecindad ideológica (en este caso el independentismo) nos sitúa en su entorno, y que esas vecindades nos colocan de pleno, sin más formalidades, en el campo de la delincuencia y probablemente en la cárcel como presos «comunes», pues, como se sabe, «en España», como decían en su tiempo los franquistas en el poder, «no hay presos políticos». Estos apresamientos e ilegalizaciones que viene provocando el Gobierno español, con la colaboración del conjunto de sus aliados, vienen siendo legalizados, que no legitimados, claro está, por una corte judicial a su servicio, en la que verdaderamente nos extraña no hallar algunas opiniones que fueran disidentes en virtud de la lealtad debida, por ellos, a los principios de una justicia rigurosa e independiente; de manera que esa legalización de lo injusto e ilegalización de lo justo es ya un bochorno casi cotidiano entre nosotros, que vamos sufriendo duros golpes no sólo a la razón o al «derecho natural» sino también a la propia legislación vigente en España; y así se ha implantado una grave situación en la que lo que ocurre no sólo es injusto, sino además es claramente ilegal desde un punto de vista meramente democrático, aunque ello no se reconozca y se ignore olímpicamente. El último tramo de esta cascada viene siendo particularmente inquietante, aunque unos hechos tales fueran de esperar -y de temer- en el panorama actual, generado por la promulgación de la antes citada Ley de Partidos; así, las impresentables ilegalizaciones son sin embargo presentadas, y ello sin vergüenza alguna, por notables juristas y jurisconsultos: así, las de Acción Nacionalista Vasca, el Partido Comunista de las Tierras Vascas, las Gestoras Pro Amnistía y Askatasuna, organizaciones ante las que yo me quito hoy respetuosamente la gorra. El desarrollo de esta situación es verdaderamente terrible, en la medida en que está tratando de imposibilitar, con toda la fuerza del poder, el paso a la apertura de un proceso de paz que pudiera conducir a ella en Euskal Herria. Por mi parte yo, que no soy nadie, me dirijo en este momento a los políticos españoles -tanto a los que se dicen (y acaso sean en otros campos) de izquierda, como a quienes se saben y lo proclaman, aunque a veces vergonzantemente, de derecha y son (no pueden ocultarlo) herederos claros del franquismo-; me refiero, claro está, a los militantes del PP, en el que hay algún brillante superviviente de aquellos tiempos, como Manuel Fraga Iribarne, ministro que fue del dictador, y a quien se puede recordar con su sahariana blanca y su camisita azul (pero sobre todo en sus hechos, como durante las huelgas mineras de 1963 y otros, tristemente notorios); a los que ha seguido una corte de más o menos jóvenes herederos fieles a su legado, todos ellos superespañoles, para quienes España es una idea descendida del Cielo y, por tanto, ajena al curso de la Historia. «Eterna metafísica de España» llamaba Primo de Rivera (hijo) a este monstruo de la epistemología. Así es que hoy me dirijo a ustedes, que probablemente no leerán este artículo, que aparece -¡claro!- en el «entorno de la banda terrorista», para informarles, aunque sea irónicamente (porque es imposible que lo ignoren), de que la llamada «izquierda abertzale» es aquí la expresión política del «ánimus» de independencia que «anima» (valga la redundancia), como claro está en los acontecimientos de cada día, a una muy buena parte, quizás la mayoría, de la población que habita en estos territorios... vascos. Son ya muchos los encarcelados sin otro delito a su cargo que el amor a su patria y haber tratado de expresar ese amor suyo a través de los campos de la política y de la cultura. En una situación como ésta no pueden ustedes actuar como hicieron los dirigentes de Alemania e Italia, cuyos estados pudieron acabar con movimientos armados como la RAF y las Brigatte Rosse, respectivamente; porque aquí la mirada menos aguda advierte la existencia de un serio problema político y de un no menos serio apoyo social, y ve la necesidad de la acción pública de organizaciones políticas de la izquierda patriótica, capaces de promover eficazmente la apertura de una mesa de negociaciones (única vía para la paz), en la que ETA se sentara para iniciar y llevar a cabo esas negociaciones. Para tal eventualidad, esas organizaciones políticas no pueden formar parte del coro de las condenas formales, cuya inanidad, por otra parte, está suficientemente mostrada y demostrada. Poner esa condición para la legalidad de tales organizaciones patrióticas muestra que no se tiene un verdadero deseo de paz, sino una clara voluntad de que la violencia continúe. Yo, que, como he dicho, deseo, desde mi insignificancia, fervientemente la paz (y que ya me he ofrecido varias veces como señora de la limpieza de la mesa en la que las conversaciones se realizaran), estoy, a estas alturas, seguro de que quienes apuestan por una vía policial «pura y dura», como ellos mismos dicen, no desean la paz, puesto que saben -¿y cómo van a ignorar una realidad tan evidente?- que sus puntos de vista nos alejan criminalmente de ella. Si vis pacem para bellum, decían los antiguos; pero nosotros, que queremos la paz, tenemos que prepararla, y situarnos en ese camino, empezando por distinguirla de una imposible y además indeseable pacificación que comportara que los enemigos se pongan de rodillas y acepten ser sometidos a las mayores humillaciones y a abandonar a sus presos en las mazmorras. Sabido es que no hay que confundir la paz con el orden público, y hemos de clamar, si queremos seguir con el latinajo, Si vis pacem, para pacem. ¡Si queremos la paz, preparemos la paz! Naturalmente, lo que está en cuestión es la misma noción de paz. Nosotros pensamos que esa noción, teóricamente, es un problema resuelto por lo menos desde la publicación de la obra de Emmanuel Kant «La paz perpetua». No hay paz al margen de la justicia y de la libertad. La paz es, justamente, lo contrario de la tranquilidad de los sepulcros. ¿Y se podrá llamar paz democrática a una situación en la que ciento cincuenta mil ciudadanos o más no podrán expresar, de hoy en adelante, sus opiniones en las urnas? ¿Condenar? ¿No condenar? Al parecer, y en parte seguro que es así, una de las claves de que hoy nos encontremos en una especie de callejón sin salida -cuya salida hay sin embargo que buscar- que impide, hoy por hoy, la vida legal de determinadas organizaciones políticas patrióticas de izquierda, reside en que éstas rehusan condenar las acciones militares o terroristas según quien las defina en cada caso, de ETA. ¿Militares? ¿Terroristas? Ya oigo el reproche que se me puede hacer desde una u otra parte, según las defina de una manera o de la ora; y otra vez aquí tendría que recordar lo que he dicho aproximadamente mil veces en el pasado, atendiendo a la importancia de la semántica en nuestras relaciones (asunto éste de la semántica que he de considerar en un artículo que ha de seguir a éste que estoy escribiendo ahora): que se suele definir como «militares» las acciones terroristas de los poderosos (opresores), y como «terroristas» las acciones militares de los débiles (oprimidos); pero ahora estamos tratando de ocuparnos, puntualmente, del tema de las condenas o no de la violencia de ETA por parte de determinadas organizaciones. Sobre este punto, hemos de decir que se puede «condenar» a «los terroristas de ETA» como hace el señor Ibarretxe con gran entusiasmo siempre que se le presenta la ocasión, y ello con fuertes dosis de «desprecio» (creo que es su palabra) y otros sentimientos vehementes contra los autores de tales atentados, a quienes considera ciertamente como unos hijos de puta (aunque ésta no sea su palabra), y que le «dan asco» (estas palabras sí lo son), y no por eso consigue desembarazarse de la sospecha, y hasta de la acusación, de darles el oxígeno preciso para que respiren. Poco menos que un cómplice de ETA es, para esas gentes, el señor Ibarretxe, y hasta podría temerse que cualquier día acaben ilegalizando al PNV y, desde luego, a EA, y no digamos a Aralar, por no condenar de modo debido (¿será eso?) las acciones a las que nos estamos refiriendo. ¡Ay, Señor! ¡Así nunca llegaremos a ninguna parte! ¿El españolismo metafísico está cegando las vías de toda solución? ¿No habrá algún dirigente de una izquierda verdadera en las filas de la izquierda española? (Porque tampoco con Izquierda Unida se puede contar para una tarea de esta envergadura, la de la paz). ¿Estamos, pues, en un callejón sin salida? Yo pienso que un problema más grave que el que nos plantea la inanidad de declaraciones como las de Ibarretxe, tan evidentemente condenatorias, acaso resida , es cierto, en que hay organizaciones que «no condenan», ni poco ni mucho ni nada ni de una manera ni de otra, esas violencias. Condenar, no condenar; ahí, decíamos, se suele afirmar que está la clave del problema. Nosotros acabamos de ver que no abre caminos a una solución un tipo de condenas, ni siquiera las más fervientes. ¿Y ello por qué? Porque son condenas pronunciadas por partidarios, aunque sean «moderados», de una cierta soberanía para su país (Euskadi). Lo cual quiere decir, en definitiva, que la clave de la cuestión no está en que se condene o no se condene sino en que se sea o no sea partidario de una férrea «unidad de España». Si la clave no está, pues, en que se condene o no se condene, ¿qué hay, sin embargo (o no queda nada), de verdad en que tal condena o no condena pueda seguir estimándose como esa clave para que unas organizaciones sean arrojadas a la muerte civil de la ilegalidad, y decenas de miles de ciudadanos sean desprovistos de sus derechos políticos, que se suponen sagrados en un «estado de derecho»? (¿Será cierto lo que el analista belga Jean Claude Paye afirma de que estamos viviendo «el final del estado de derecho»? Ver su obra de este título en Hiru, 2008). Seamos claros y vayamos hacia el corazón del tan reiteradamente debatido problema; y entonces nos encontraremos con que la negativa a «condenar» las acciones de ETA puede explicarse por dos muy concretas razones: 1.- Porque quienes «no condenan» están de acuerdo con esas acciones. 2.- Porque quienes «no condenan» piensan que «condenar» tales acciones les haría caer en un coro de «condenantes» que los convertiría en impresentables ante los interlocutores con quienes se desea establecer la paz; y esto es sabido, desde luego: que nunca una mesa de negociación se forma llamando asesinos a los virtuales interlocutores, ni exigiéndoles que se pongan de rodillas y que besen las suelas de los zapatos de quienes los convocan. No sé cuál es el caso de las organizaciones que no condenan hoy las acciones de ETA; pero si el problema se refiriera a mí mismo, que nunca he publicado condena alguna al respecto ni he suscrito las que otros hayan formulado, diré claramente, como lo he hecho otras veces, que los dramaturgos pertenecemos a la estirpe de quienes en Grecia reflexionaban sobre los grandes horrores, como el de Medea (una madre que mata a sus hijos), tratando, en este caso, de descubrir y revelar la responsabilidad de tan atroz hecho. La noción de tragedia nos sitúa en estos territorios que en ningún caso son dispensadores de condenas o absoluciones, es decir, de sentencias judiciales. Los dramaturgos podemos ser acusadores pero en ningún caso somos jueces. (Si algo detesto con todas mis fuerzas es la tortura policíaca, y nunca he publicado una palabra de condena a esta ominoso práctica. ¿Condenar? ¿Para qué?). El otro día, en un programa de radio, oí a un contertulio responder a otro que acababa de «condenar» no sé a quién ni por qué: «Te prohíbo que condenes», y añadir que «nadie se puede erigir en juez supremo». ¡Bravo!, exclamé yo para mis adentros. Y ahora añado yo que: Sea cual sea la relación que haya entre la izquierda abertzale política y cultural -y yo soy de la opinión de que sólo hay una, eso sí, muy importante: la identidad del objetivo estratégico, la independencia de Euskal Herria-, es preciso, para la paz, que las posibilidades de una relación respetuosa entre los unos y los otros no se rompan , lo cual sucedería en el caso de que esa izquierda pasara a cantar en el coro de las «condenas», en el que tantas personas impresentables cantan. Es por eso por lo que opino que la izquierda patriótica no debe «condenar» esa acciones, sea cual sea su opinión sobre ellas. Semántica para la paz «Pacificar» Euskadi! ¡«Normalizar» Euskadi! ¿Está bien desear eso? ¿Es «una simple cuestión semántica»? Muchas veces he oído emplear en un sentido peyorativo y con acento desdeñoso, o, al menos, para restarle importancia a la cuestión de que se trate, la palabra «semántica». Con ello se comete, digámoslo aquí pues ya lo hemos dicho en otras partes y no parece haber sido leída nuestra opinión, un gran error, que además puede acarrear funestas consecuencias al pensamiento implicado en tal error, porque, precisamente, para que las personas se comuniquen y se entiendan, sobre todo en el caso de que no estén de acuerdo en algo, es preciso partir de un «acuerdo semántico», por llamarlo así, que no es otra cosa que un acuerdo sobre el significado de las palabras que se emplean y se ponen en juego, porque si no, ¿cómo vamos a entendernos sobre las cuestiones de que se trate y sobre la posibilidad de que los problemas que esas cuestiones generan se solucionen? Esto es particularmente grave cuando se trata de una cuestión como la de la posibilidad de que una guerra termine sin que ello sea porque una de las partes haya sido puesta fuera de combate a golpes y desmoralizada mediante humillaciones sin fin (es el caso de la «paz de Franco» en 1939, pero hay otros muchos que podrían recordarse, y no es el menos importante la llamada «paz de Versalles», que fue la base de lo que años después sería la Segunda Guerra Mundial; o la «pacificación de Indochina» por los franceses, que albergó en su seno lo que había de ser la llamada «guerra de Viet Nam»). Todavía escucho hoy a algún líder de la izquierda que considera deseable la «pacificación de Euskadi» y su «normalización». Ello me produce escalofríos pensando en lo horribles que son las «normas» que rigen oficialmente nuestras vidas, y los caracteres militaristas y policíacos que comporta toda empresa de «pacificación»; y dándome cuenta de que todavía suena escandalosa la afirmación, que yo vengo haciendo desde hace aproximadamente mil años -es broma, como decía aquel humorista-, de que la pacificación de Euskadi es una empresa indeseable, además de imposible. En fin, en mi opinión, sería bueno que quienes se dedican a la política se ocuparan también un poco de no ser ignorantes y culturalmente retrasados, y en verdad que algunos son gente culta, pero yo hablo de la generalidad y emito un juicio así mismo general, que es como una regla confirmada (como se suele decir) por sus excepciones. Así pues, mi consigna sería golpear con un bastón en la cabeza, como García Lorca aconsejaba para castigar a los actores «exageraos» (que es otro tema), a todo aquel político, ya fuere de izquierda o de derecha, que arrugue el ceño y diga con soberano desprecio por el lenguaje: «¡Ah, eso es una cuestión semántica!». Sea como sea, establezcamos, pues, la significación de las palabras que nos disponemos a emplear, cuando haya alguna duda sobre esa significación, en nuestros discursos y debates. Ello nos situará en una vía en la que el entendimiento entre los interlocutores sea posible. Pero hoy contentémonos con exclamar frases como las siguientes: ¡Viva la paz en Euskal Herria! ¡Muera la pacificación! ¡Rechacemos que nos normalicen! ¡Adelante por unos nuevos caminos, hoy por explorar, en el magno proyecto de lo que los venezolanos llaman «un socialismo del siglo XXI»! Y empecemos por reflexionar qué queremos decir cuando estimamos deseable «una república» frente al arcaísmo de las instituciones monárquicas, y «el socialismo» frente a las muchas desventuras que comporta el capitalismo. El tema de la república -¿qué queremos decir cuando empleamos esa palabra?- es el que vamos a intentar en los próximos encuentros que hemos de celebrar en noviembre sobre este tema, ¡tan «semántico»!: «¿República para qué?». O mejor dicho: «¿Qué república?». Así espero que sobre la mesa de esos encuentros los ponentes y los coloquiantes nos aclaren algo sobre cuestiones como éstas: ¿Qué se propone Venezuela cuando sus dirigentes actuales se muestran partidarios de «un socialismo del siglo XXI»? O ¿qué es una «república bolivariana»? O ¿qué piensa nuestra izquierda abertzale cuando se proclama independentista y apuesta por «una república vasca y socialista»? Independentista es un término que sí entendemos; pero, ¿qué habrá dentro de esa independencia, o sea, en el espacio creado por la independencia -la afirmación de un nuevo, pequeño, Estado- que se postula? Soberano, vale; pero, ¿socialista? Cómo sería o será, social y económicamente hablando, esa nueva república? ¿Qué habrá dentro de ella? ¿Cómo serán las relaciones económicas entre sus ciudadanos? La ambigüedad de la palabra «república» es muy evidente, hasta el punto de que ya puede significar tantas cosas y cubrir tantos hechos diferentes que ha llegado a no significar absolutamente nada: no llega a ser una palabra maldita, como «pacificación» o «normalización», que significan precisamente lo contrario de lo que pretenden generalmente sus usuarios, y, en ese sentido, ya no tendrían que engañar a nadie aunque sigan intentándolo, o sigan engañándose a sí mismos algunos de los que usan estas palabras. Ténganse en cuenta, lo que será fácil a poco que se reflexione sobre ello, que en el mundo de hoy existen monarquías republicanas («constitucionalistas»), en las que los reyes «reinan pero no gobiernan», y repúblicas monárquicas («presidencialistas»), en las que de hecho se ejercen dictaduras sobre los ciudadanos gobernados o administrados. Ello no puede llevar a lo que condujo en su día a plantear a los comunistas españoles, o a muchos de ellos, empezando por su secretario general, Santiago Carrillo, que el dilema República o Monarquía era secundario e insignificante, lo que abría la puerta otra vez a la dinastía borbónica aunque fuera dando un salto sobre el heredero de Alfonso XIII, que era Juan de Borbón, el padre del actual rey de España. Pero ser republicano no puede significar simplemente ser antimonárquico, porque la palabra «república» está pidiendo a gritos un replanteamiento precisamente «semántico». Es lo que vamos a intentar en nuestros pequeños encuentros de Noviembre, a los que ustedes quedan invitados y en los que serán muy bien recibidos. Dramaturgia y paz Muchas veces he dicho -a mi edad la mayor parte de las cosas que se dicen se han dicho ya muchas veces-, y nunca en broma, que a quienes escribimos dramas se nos debería reservar al menos una silla en torno a las mesas de negociación que se abren para la resolución de los grandes conflictos, y sobre todo a las que se celebran con el magno objetivo de conseguir la paz en aquellos que han desembocado, ya en guerras entre Estados de la índole que sean, ya en guerrillas populares contra Estados opresores: guerrillas armadas a veces con bombas caseras frente a grandes policías y ejércitos dotados de los mayores adelantos para producir la muerte. (En cuanto a las bombas caseras, con frecuencia empiezan matando a quien las emplea de una manera que podría llamarse «suicidio patriótico», o bien, «patriotismo suicida», que son, en fin, signos de una gran desesperación en cuanto a la eficacia del uso de la palabra en el planteamiento de las reivindicaciones justas de muchos pueblos). Naturalmente que nunca me he referido a cualquier escritor teatral como merecedor de tales honores, sino que siempre he pensado en aquéllos que había en el teatro cuando aún existían «los grandes autores», y he pensado al hablar así nada menos que en Ibsen, Chejov, Bernard Shaw, Pirandello, O'Neill, O'Casey, Toller, Lenormand, Sartre, y hasta en más recientes como Bernhard y, claro está, yo mismo (es también broma, pero sí es cierto que quien esto escribe es un vestigio, entre otros pocos, de aquella «grandeza» intelectual y poética que hubo algunas veces en los escenarios: «grandeza» a la que ha sucedido la dramaturgia como taller de guiones al servicio de cualquier propósito de los grupos «teatreros»). En cuanto a las «mesas para la paz», por volver a este importante tema, parece que ha nacido una «especie de especialidad» que sería la de los «expertos en conflictos». Y si es así, ¿en qué consiste, me pregunto, esa «expertise»? Por lo que he leído, esos «expertos» parten generalmente de unas bases acertadas: las de que un conflicto no puede ser resuelto, primero, si no ha sido previamente bien planteado, y, segundo, si no se da una cierta «imparcialidad» en las conversaciones. Yo estimo que hay antecesores en este tipo de trabajo, y que habría que buscarlos en figuras como las siguientes, históricamente visibles para cualquier no ya estudioso sino simple lector de Historia: 1.- Era aquel «tercero» a quien se acudía por «las partes» en litigio para que interviniera, a petición de ellas, en «la discordia» en cuestión. 2.- Era aquel «hombre bueno», así llamado, al que se convocaba para que pusiera una cierta «cordura» en los conflictos; quiere decirse, una cierta «objetividad» en lo que era, sobre todo, un enfrentamiento entre posiciones hipersubjetivas. 3.- Era «el noruego», que no es sino una variante de las figuras anteriores, y que puede ser llamado así (atribuyéndole esa nacionalidad) en recuerdo de un noruego real que intervino en unas conversaciones de paz históricas. (Por cierto que se puede suponer que aquel noruego ha muerto a estas alturas, y, ay, es cierto que el conflicto que se trataba de resolver continúa hoy produciendo intensos sufrimientos, ¿y hasta cuándo será?). 4.- Era también -ahora en el plano de lo imaginario: de la literatura- Sancho Panza, como un modelo de ese «buen sentido» necesario para que las grandes pasiones no impidan mirar y ver algunos datos necesarios para que la solución de no sólo los grandes sino también los pequeños conflictos encuentre una puerta de salida. ¿Sancho Panza? Sí. Reléanse, si ya fueron leídos, los pasajes del «Quijote» en los que el famoso escudero, nombrado por los Duques gobernador de una fantástica «ínsula», dicta sabias sentencias ante los conflictos que se le plantean. 5.- Y, en fin, podrían ser, y aquí llego a mi propia ocurrencia, los dramaturgos. Es, digo, mi ocurrencia, o acaso mi idea, y a mí me toca explicarla. ¿Qué quiero decir con ella? Muy sencillo: que los dramaturgos -como he aclarado: los grandes dramaturgos- son verdaderos expertos en conflictos, y que pueden poner esas experiencias al servicio, por ejemplo, de la paz, si es que alguna vez son invitados a ello. Pero yo quiero aclarar un poco el sentido de esta idea, empezando por desvanecer la imagen de que los dramaturgos han de ser neutrales en el campo de las ideas y de que, si acaso, sería esa presunta neutralidad lo que tendrían que poner ellos al servicio de, en este caso, la paz. La función de las ideas en el trabajo de los dramaturgos ha sido objeto de debate desde los antiguos tiempos de la «Poética» de Aristóteles. Éste ponía las ideas en tercer lugar, al enumerar así los seis componentes de una obra dramática: La fábula, los caracteres, las ideas, el lenguaje, el escenario y la música. S obre la función de las ideas en la creación de una obra de teatro, ha habido opiniones muy diferentes, desde la que afirma que ellas son la fuente de los dramas, y que éstos deben estar al servicio del pensamiento (teatro de tesis), a la opuesta: la de que las ideas deben de ser desechadas del teatro. Yo estoy tan lejos de lo uno como de lo otro; y es desde esta posición desde la que apuesto por la posibilidad de que los dramaturgos intervengan en los grandes conflictos, sin tener en cuenta la ideología de los escritores a quienes se convocara, dado que éstos -si son «grandes»- tendrán sus ideas pero las pondrán entre paréntesis cuando acepten sentarse en esa peligrosa silla, frente a la mesa de negociaciones. Porque así es: que los dramaturgos, incluso los menos «grandes», ponemos nuestras propias ideas entre paréntesis cuando nos enfrentamos a los conflictos que tratamos en nuestros dramas; y que, así, sin perder de vista nuestro propio superobjetivo (Stanislavski) y, con él, nuestra implicación personal en los temas (pues no somos neutrales), no condenamos a ninguno de los interlocutores y dotamos a todos ellos de la misma libertad de expresión , lo que -eso es cierto- nos pone en el trance de sufrir los efectos de una presunta o cierta ambigüedad. Esta es precisamente nuestra carta y por eso reclamo esa silla, en la que yo, desde luego, no me atrevería a sentarme. ¿Una causa perdida? La verdad, llegados a este punto, es que hay razones fundadas para caer en el pesimismo más desolado cuando se trata en serio de acometer un proyecto de paz en una situación como la nuestra; proyecto de paz que sólo sería viable en una verdadera democracia, de la que nos hallamos ciertamente muy lejos, de manera que habría que recorrer un gran camino antes de llegar a considerar la posibilidad cercana de planteamientos que tendrían que partir de una reforma de la Constitución Española. El que un modesto proyecto, como el de Ibarretxe, de celebrar una mera consulta popular a los vascos sobre su destino, haya topado con las barreras, infranqueables al parecer, de las instituciones españolas, hasta convertir dicho proyecto en imposible y casi delictivo, forma parte de esas razones para el pesimismo, dado que la paz, efectivamente, sólo sería posible en una situación democrática, en la que la «unidad de España» no fuera un fetiche ahistórico «garantizado» por el Ejército. ¿La paz es, pues, imposible para nosotros? ¿O (y a ello vamos, a plantear las cosas tales como en nuestra opinión son) está imposibilitada, hoy por hoy, pero las cosas pueden cambiar? Entre las razones más generales que existen para el pesimismo está, desde luego, las que aporta la experiencia histórica de que cuando en las urnas de las «democracias» se produce un resultado «revolucionario» -como lo fue, entre otros muchos ejemplos, el triunfo de la Unidad Popular en Chile, y hoy lo son los casos de Venezuela o Bolivia, procesos ya muy amenazados-, ese resultado es inmediatamente puesto en entredicho por los pretendidos demócratas, y, desde luego, por el imperialismo norteamericano, y, en definitiva, se procede a intentos de demolición que, por seguir con el ejemplo de Chile, pueden cristalizar en golpes de Estado; o en guerras civiles, como fue el ejemplo memorable de la destrucción a sangre y fuego de la segunda república española. (Hoy la Constitución, al poner el Ejército en la posición de garante de la «Unidad de España», ahorraría a las fuerzas armadas el papel de «alzarse» contra el sistema político vigente, la monarquía «juancarlista», o sea, posfranquista. Las cosas quedaron, ciertamente, «atadas y bien atadas» por el Caudillo Franco). ¿Así pues, estaríamos ante «una causa perdida»? Veamos, veamos. Muchas veces he defendido yo causas perdidas (que yo sabía perdidas). Por ejemplo, intenté hacer un teatro antifranquista -¡un Teatro de Agitación Social!- en pleno franquismo, haciendo como si la censura no existiera. ¿Pero hoy cuál es realmente la situación? Esta, en la que ahora me considero implicado, de la libertad de Euskal Herria, ha tenido desde siempre todo el aspecto de ser no sólo una causa perdida sino una causa de perdición para quienes se ponen a su lado. ¿Y qué? Vale, vale: aceptemos dialécticamente que ésta fuera «una causa perdida», dado que los «efectos» de esta causa (la paz, la independencia) no se pueden conseguir, y eso parece estar claro, ni con armas ni sin ellas; o sea que de ninguna forma. Pero valga también que se acepte que el hecho de que yo haya sido defensor de causas perdidas no implica que acepte ser masoquista, amante del sufrimiento y de la angustia. ¿Qué es lo que ocurre entonces, lo que me explica a mí mismo mi propia posición, aunque ésta sea la de «un ciudadano sin importancia», como ha dicho de sí mismo Antonio Álvarez Solís en este mismo periódico? Pues lo que ocurre, aunque parezca contradictorio, es que las causas perdidas también pueden ser ganadas, lo que en este caso no creo que sea una contradicción sino que me parece una de esas paradojas de las que está llena la realidad. ¿Y cómo es eso? En virtud -respondo con convencimiento- de los giros cualitativos, de las sorpresas a veces gratas y de las inflexiones inesperadas que se dan alguna que otra vez en la Historia. (Un escritor dijo, exagerando un poco las cosas, que «siempre ocurre lo inesperado»). Así pues, el mensaje, que podría expresarse con la frase: «No seamos pesimistas ni optimistas sino todo lo contrario» consiste en decir «no» tanto al pesimismo desolado como al optimismo convencional propio de muchos políticos; pero sobre todo contra aquella expresión tan demoledora que dice que «un pesimista es un optimista bien informado». Pero, ¿qué es verdaderamente un pesimista? Alguien lo definió como aquella persona que sujeta sus pantalones con un cinturón y unos tirantes, y aún teme que esos pantalones se le caigan. Algo de eso hay, pero es un entendimiento superficial; también es superficial decir, como se dijo en el 68, que hay que ser realistas, «o sea, exigir lo imposible». Yo, en otros tiempos, fui tan superficial en mis propias reflexiones al pedir, como pedía, que «no seamos optimistas, porque sabemos que todas las cosas no son óptimas, ni pesimistas, porque también es cierto y lo sabemos que no todas las cosas son pésimas». ¿Se puede decir por fin algo que sea un poco más serio? Pienso que sí, y ello sería con referencia a un nuevo entendimiento de la noción de utopía que formara parte de un nuevo pensamiento socialista. Según este nuevo entendimiento, moderno, que nos alejaría venturosamente de las polémicas del siglo XIX, nuestra utopía a la altura del siglo XXI, se podrá resumir en la siguiente forma: «Posibilitemos lo imposibilitado hoy, ya por el nivel actual de la ciencia y de la tecnología, ya por los intereses propios del sistema capitalista a la altura de nuestro tiempo». La independencia de Euskal Herria con relación a sus metrópolis no es una realidad imposible sino una realidad, hoy por hoy, imposibilitada. Nuestro programa para la paz es la primera fase de este programa, tan difícil como hemos tratado de explicar sucintamente. La independencia vendría -o no, si los vascos no lo desearan- después. (*) Alfonso Sastre (Madrid, 20 de febrero de 1926), escritor y dramaturgo y uno de los intelectuales de mayor prestigio de Europa, es un revolucionario de toda la vida y uno de los principales portavoces del derecho del pueblo vasco a su autodeterminación.