Pensamiento Crítico

Che, el rosarino

Por José Steinsleger | Diario La Jornada, México. | 07 Octubre 2009
Buenos Aires, Argentina, estación de trenes de Retiro, 7 de julio de 1953. A sus afligidos padres y hermanos, el joven médico Ernesto Guevara (25 años) exclamó: –¡Aquí va un soldado de América! Guevara (a quien nadie aún llamaba Che) registró el momento: "El nombre del ladero ha cambiado. Ahora, Alberto (Granados) se llama Calica (Ferrer); pero el viaje es el mismo: dos voluntades dispersas extendiéndose por América sin saber precisamente qué buscan ni cuál es el norte" (Otra vez, Diario del segundo viaje por América Latina, 1953-56). Cinco años después, uno de los jóvenes encuentra el norte: la revolución cubana. El 8 de agosto de 1960, la revista Time dedica su portada al Che. En el centro, aparece su imagen socarrona y colorida. Más atrás, sobre sus hombros, con grises desdibujados, dos rostros malencarados del socialismo mundial: Nikita Kruschev y Mao Tse Tung. La Higuera, aldea del departamento de Santa Cruz, Bolivia, 9 de octubre de 1967: A su asesino: –Póngase sereno… usted va a matar a un hombre. Si entre ambas despedidas da vértigo calcular el suspiro de vida que al Che le llevó virar de raíz los presupuestos de la revolución mundial (14 años, tres meses y menos de dos días)… ¿qué decir de las tres décadas y media que a la conservadora sociedad rosarina le tomó reconocerlo como gloria nativa? Lo cierto es que a su paso por aquel large town del río Paraná (1832), ni Charles Darwin ni el matrimonio formado por Ernesto Guevara y Celia de la Serna un siglo después imaginaron que tras su precipitada escala en Rosario la cigüeña les dejaría a uno de los exponentes más dignos de la especie humana. En Che, el rosarino, el investigador y periodista José Andrés Coco López observa: "… la ciudad de Rosario no estaba en ninguno de los ejes de la vida cotidiana del matrimonio… Vivían en Caraguatay (Misiones) y viajaban por el Paraná rumbo a Buenos Aires" (Ed. Fundación Ross, Rosario, 2008, p. 85). Pero como dicen los cubanos, "la vida es un vacilón". En junio de 1928, navegando de norte a sur por el Paraná, el Che llegó a Rosario en las aguas de Celia. Y 79 años después, en sentido inverso, desde Buenos Aires, el monumento que honra su memoria fue desembarcado en la ciudad natal que en 2002 lo declaró "ciudadano ilustre post mortem". Tarea larga, penosa, burocrática, que, a juzgar por lo que Coco López narra en su libro, resultó difícil de concretar. Orgullosos de sus Libertad Lamarque, Fito Páez, Fontanarrosa, Lionel Messi, los rosarinos bienpensantes suelen alzar la ceja cuando los extranjeros les hablan del Che con entusiasmo. Por ejemplo, el famoso canciller de Cuba, Isidoro Malmierca (1976-92), visitó en 1993 la casa natal del Che y le comentó a Coco López cómo era que en Rosario no había siquiera una placa que recordara al guerrillero heroico. Cosa que no deja de ser paradójica, si se toma en cuenta que a más de artistas, músicos, pintores, escritores y futbolistas famosos, Rosario fue cuna del movimiento anarquista en el primer tercio del siglo pasado y de un combativo proletariado peronista en los decenios siguientes. El término "paradoja", en todo caso, encierra su lado guevarista, pues significa "contra la opinión general". Y, como es sabido, de las paradojas pueden salir grandes verdades y grandes sistemas. Porque las paradojas, al estar en relación con el porvenir de la vida humana, son como las utopías. En la entrevista de Coco López con el cubano Enrique Oltuski (colaborador del Che) aparecen las claves de la devoción universal por el guerrillero heroico: "Tenía un sentido de la honestidad tan grande, que decía siempre lo que pensaba. Cuando te dicen lo que piensan de uno y no es algo agradable, duele. Pero por otro lado es bueno que tu amigo, y hasta tu jefe, como él lo era de nosotros, siempre diga lo que piensa de ti. Nunca guardaba reservas. Tú siempre sabías dónde estabas parado" (p. 158). La ley de la Municipalidad de Rosario data del 9 de octubre de 2002, y dice así: Considerando: Que Ernesto Guevara es sin duda el rosarino que mayor trascendencia internacional ha alcanzado; Que más allá de coincidencias o diferencias ideológicas, es universal el reconocimiento de la coherencia entre su discurso y su accionar; Que independientemente de las opiniones diversas que sus métodos de lucha pueden merecer, es un hecho histórico innegable que el Che no dirigió jamás sus armas contra ningún gobierno elegido democráticamente; Decreto: El Honorable Concejo Municipal de Rosario decide declarar post mortem a Ernesto Guevara, ciudadano distinguido de la Ciudad de Rosario (nota: que luego se cambió por "ilustre"). Rosario cuenta hoy con un museo de sitio en la casa natal del Che (Entre Ríos 480), la popular placita del Che (Tucumán y Mitre, que incluye un mural espectacular del legendario dibujante y grabador Ricardo Carpani) y, en el bulevar 27 de Febrero, una escultura de metal de cuatro metros de altura, hecha con 75 mil llaves fundidas y enviadas por gente de todo el país, América Latina, Europa, Estados Unidos y Australia.