El dióxido de carbono que ya hemos puesto en la atmósfera hace que sea casi una certeza que nuestros océanos serán cada vez más ácidos, destruyendo finalmente los arrecifes de coral y la vida marina. Los glaciares continuarán derritiéndose año tras año, amenazando eventualmente el suministro de agua de hasta un 25 por ciento de la población humana. Los niveles del mar ya están aumentando y continuarán aumentando durante cientos de años.Todavía es posible salvarnos a nosotros mismos y a las generaciones venideras de un clima tan inestable que ya no pueda mantener la civilización tal y como la conocemos. Pero no podemos dejárselo a nuestros líderes para que lo arreglen; la posibilidad sólo existe si nos organizamos y actuamos ahora.
Para casi cualquier catástrofe—natural, económica o militar—hubo un momento en que la tragedia pudo haberse evitado.
En la última década, los expertos advirtieron que una burbuja de hipotecas de alto riesgo podría conducir al colapso financiero y que un huracán podría devastar a Nueva Orleans. Pero nuestros líderes fracasaron en evitar el desastre, y el público supo muy poco hasta que fue demasiado tarde.
Ahora nos enfrentamos al mayor Katrina latente que el mundo jamás haya visto, una catástrofe inminente a la que nos referimos como "cambio climático". Ni tu alcalde, ni tu senador, ni sin duda, tu Presidente han declarado la emergencia climática. Pero desde el momento en que pudiste haber visto An Inconvenient Truth (Una verdad incómoda), las emisiones mundiales han empeorado, y las predicciones científicas se han vuelto mucho más aterradoras.
El dióxido de carbono que ya hemos puesto en la atmósfera hace que sea casi una certeza que nuestros océanos serán cada vez más ácidos, destruyendo finalmente los arrecifes de coral y la vida marina. Los glaciares continuarán derritiéndose año tras año, amenazando eventualmente el suministro de agua de hasta un 25 por ciento de la población humana [1]. Los niveles del mar ya están aumentando y continuarán aumentando durante cientos de años.
En muchas partes del mundo, la emergencia climática ya ha llegado. Se estima que 26 millones de personas ya han sido evacuadas por el aumento de los huracanes, las inundaciones, la desertificación y la sequía, provocados por el cambio climático [2]. En el Atlántico Norte, los huracanes de categoría 5, los más destructivos, se producen tres a cuatro veces más a menudo que hace una década atrás [3].
Si bien ningún evento meteorológico individual puede vincularse directamente al calentamiento global, las sequías, las tormentas de polvo y los incendios forestales se hacen cada vez más comunes en todo el mundo, y los modelos climáticos predicen que esta tendencia se acelerará. Los incendios forestales del sur de California, los peores en 30 años, quemaron 80 kilómetros cuadrados [1] durante la primavera pasada. Y en septiembre, Sydney, Australia, se ahogó en su propia versión del Dust Bowl (Cuenca de Polvo): más de 5.000 toneladas de tierra naranja se arremolinó alrededor de la ciudad durante una de las peores sequías de la región.
Ya no estamos hablando de las generaciones futuras; se trata de nosotros.
¿Por qué nuestros líderes no han respondido? Ellos han estado confiando en estimaciones antiguas y conservadoras acerca de los efectos del calentamiento global. Las proyecciones del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de 2007 utilizaron escenarios de referencia de la década de 1990, cuando los científicos y los líderes del gobierno suponían que, para ésta época, el apoyo popular y político nos habría llevado a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero [4]. Esto significa que los políticos y la gente que ellos representan han estado considerando proyecciones optimistas basadas en mejoras que no sucedieron.
De hecho, los combustibles fósiles y las emisiones industriales de carbono a nivel mundial han crecido un 3,5 por ciento anual desde el año 2000, más rápido que el peor de los escenarios pronosticados por el IPCC, galardonado con el premio Nobel [4]. Las concentraciones de dióxido de carbono atmosférico están ahora en sus niveles más altos de los últimos 15 millones de años, desde antes de que los seres humanos caminaran sobre la tierra [5].
Luc de Gnacadja, alto funcionario de las Naciones Unidas, dijo recientemente a la prensa que para 2025, el 70 por ciento de los suelos del planeta podría estar sufriendo de sequía [6]. En Estados Unidos, un informe elaborado por Union of Concerned Scientists dice que en sólo un par de décadas los veranos en Illinois, el granero del país, podrían ser más calientes que la ola de calor de 1988 que acabó con cultivos por un valor de 40.000 millones de dólares [7]. En los próximos 12 años, hay una probabilidad del 50 por ciento de que una combinación de cambio climático y sobreexplotación sequen los lagos Mead y Powell, dicen los científicos de Scripps Institution of Oceanography [8]. Estos lagos suministran el 90 por ciento del agua de Las Vegas, junto con el riego y el agua potable para más de 20 millones de personas en Los Angeles y a lo largo de Nevada y Arizona.
La gran mayoría de los científicos coinciden en que si evitamos que la temperatura de la Tierra aumente 3,6 grados Fahrenheit (2° C) por encima de los niveles preindustriales, tenemos una posibilidad de evitar los impactos del cambio climático que más sacudirían a la civilización. Los líderes del G8 estuvieron de acuerdo con este objetivo en su reunión de julio.
Si cruzamos más allá de este límite, los ecosistemas del planeta pueden entrar en un punto de no retorno. Estamos empujando a la Tierra hacia círculos viciosos de retroalimentación que hacen las cosas aún más calientes. El hielo marino se derrite y el océano abierto oscuro absorbe más calor. La selva amazónica se quema y libera más gases de efecto invernadero hacia la atmósfera. Los patrones climáticos como El Niño se transforman de ocasionales eventos a fenómenos anuales capaces de generar huracanes [1]. Los cultivos de grano fallan [4]. De mil a tres mil millones de personas enfrentan escasez de agua. Los sistemas básicos que nos sustentan, nuestras sociedades y la vida sobre el planeta, comienzan a quebrarse.
Tenemos los medios necesarios
Debemos tomar una decisión. De acuerdo al consenso de centenares de científicos del clima, podemos evitar que el planeta se desplome sólo si hacemos un fuerte viraje en U a nivel mundial para 2015: estabilizar las emisiones en todo el mundo y reducirlas en las próximas décadas [4].
Para ello, debemos cambiar a medios de transporte, de fabricación y construcción mucho más eficientes, y a energía solar, eólica, de mareas y de biomasa. La agricultura debe realizar una rápida transición hacia las prácticas orgánicas y ecológicamente racionales. El Worldwatch Institute estima que el ganado es responsable de más de la mitad de las emisiones de gases de efecto invernadero en todo el mundo. Debemos detener la destrucción de bosques para construir ranchos ganaderos, plantaciones de palmeras para aceite, y pasta de papel, para así poder preservar su capacidad para absorber carbono.
Necesitamos que los gobiernos del mundo lleguen a acuerdos ambiciosos y vinculantes en Copenhague y más allá. Estos acuerdos deben regular y poner un alto precio a las emisiones, y crear incentivos para una transición hacia una economía de energía limpia. Los acuerdos deben incluir ayuda para los países del tercer mundo para hacer la transición hacia una economía ecológica.
Tenemos los recursos económicos para hacerlo. El artículo The Economics of 350 (La economía de 350), publicado recientemente por Economics for Equity y Environment Network, dice que el costo de reducir el CO2 a 350 partes por millón—la cantidad necesaria para evitar que la temperatura aumente 3,6 grados—estaría entre el 1 y el 3 por ciento del PBI mundial. Costará mucho menos que el 3,3 % del PBI destinado mundialmente a los seguros, o menos que el 4 por ciento o más del PBI que Estados Unidos gasta en sus fuerzas armadas. Y hará más que cualquiera de ellos para aumentar nuestra seguridad.
Las inversiones en energía renovable, remodelaciones edilicias, y transporte público eficiente llevaría a las personas a trabajar y a crear industrias nuevas, poniendo en marcha una recuperación económica que inmediatamente beneficiará a los ciudadanos.
La cultura de bajo carbono que necesitamos para evitar una catástrofe climática no es una cultura de privación. Podemos alejarnos de la cultura de "consumir por consumir", ganando tiempo para disfrutar de nuestras vidas más plenamente, y creando un mundo donde nuestros hijos y nietos tengan la oportunidad de prosperar.
¿Qué nos detiene?