Pensamiento Crítico

Juárez y Rulfo, dos mexicanos imprescindibles

None | 24 Enero 2006

En el bicentenario del nacimiento de Benito Juárez

Por Carlos Monsiváis, texto leído en San Pablo Guelatao, Oaxaca, en el acto de campaña del candidato a la Presidencia de México, por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), Andrés Manuel López Obrador, el sábado 21 de enero. Tomado del diario La Jornada, de México.

Señor Andrés Manuel López Obrador, señoras y señores, amigas y amigos, espíritus de la Reforma liberal, ánimas de la reacción:

Me siento profundamente honrado al hablar aquí, en el pueblo de San Pablo Guelatao, habitado hace dos siglos por veinte familias y hoy el centro de un vasto homenaje nacional. No necesito decirles a los habitantes de Guelatao lo que saben considerablemente mejor que yo, la manera de acudir a la carga simbólica de este lugar para olvidar de inmediato los problemas de sus habitantes. En este lugar por más de un siglo las promesas han hecho las veces de tarjetas devisita.

Juárez, el paisano de paisanos, ha sido demasiadas veces el pretexto del turismo político-electoral. De todos nosotros, y muy especialmente de ustedes, depende que se interrumpa para siempre la celebración del ritual con sus características fatales: rutina, indiferencia, derroche provisional, demagogia. A casi dos siglos de su nacimiento, Juárez, los habitantes de Guelatao y el país entero merecen el homenaje más preciso: el análisis de su herencia y de su significado histórico.

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Juárez, uno de los grandes creadores de la nación, no es un mártir ni un prisionero de su tiempo. Al cabo de tantos hechos trágicos y épicos, y de las conjuras y las traiciones, él es un vencedor insólito, mucho más un contemporáneo de vanguardia que un precursor. Vence al racismo ancestral, a las imposibilidades y dificultades de la educación en un país y una región asfixiados por el aislamiento, a los problemas de su carácter tímido y cerrado, a las divisiones de su partido, a la ira y las maniobras del clero integrista y los conservadores, a la intervención francesa, a las peripecias de su gobierno nómada, al imperio de Maximiliano, a la oposición interna de varios de los liberales más extraordinarios, a sus terquedades en el mando. Se le persigue, encarcela, destierra, calumnia, veja y ridiculiza; y sus enemigos quieren hacer de su encono el sinónimo de la adversidad; no obstante todo esto, permanece por la congruencia de su ideario y vida, y por defender con razón y pasión las ideas cuyo tiempo ha llegado.

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A Juárez, el conservadurismo le dedica la campaña de linchamiento moral más feroz de la historia de México. Los ejemplos son interminables, y entre ellos se cuentan los cuentos de fantasmas que la derecha confesional quiere ofrecer como Historia de México. Allí Juárez resulta literalmente "la Bestia Apocalíptica", "el esbirro de los norteamericanos", "el Anticristo". En la colección de "Ultimos Momentos de los Réprobos" debe incluirse un relato predilecto de las parroquias: Juárez en su agonía dice al demonio: "No me lleves antes de que me convierta a la verdadera fe".

Hasta hace unas décadas se calificaba a Juárez de enemigo personal de Dios, y las señoras decentes, al extremar su pudor y desdén, en vez de advertir "voy al baño", musitaban: "Voy a ver a Juárez". En los colegios particulares, durante casi un siglo, se entonan cancioncitas pueriles: "Muera Juárez que fue sinvergüenza", y en las reuniones se le satiriza: "Benito Juárez/ vendía tamales/ en los portales/ de La Merced". Antes de la revolución de 1910, en los pueblos manejados por los conservadores y sus confesores de planta, lo primero que se exige a los presidentes municipales es tirar el retrato de Juárez a la basura o ponerlo de cabeza. Y en 1948, por ejemplo, la Unión Nacional Sinarquista, organismo inspirado en la Falange franquista, convoca a un mitin en el Hemiciclo a Juárez, que consiste en una larga cauda de insultos a don Benito. (La derecha sí que se toma en serio las estatuas.) En la histeria, un orador le dice al Benemérito: "No eres digno de ver las caras de hombres honrados", y le escupe al producto marmóreo, al que se venda de inmediato con tal de cancelar la mirada deshonesta. Todavía en 1993 unos obispos, al rechazar la posibilidad del pago de impuestos de su iglesia, argumentan: "No nos toca pagar. Que nos abonen algo de lo que nos quitó Juárez". Eso para no mencionar las andanadas de la derecha del siglo XXI, que ha pretendido un tanto vanamente hacer a un lado a Juárez para remplazarlo con las ambicioncitas de Iturbide. Como le dijo a unos diputados al parecer sarcásticamente un político encumbrado a principios de este sexenio: "Sí, sí, sí, jóvenes, Juárez, Juárez, Juárez, Juárez". Y con esta muestra de memoria onomástica creyó clausurar un mito y promover la revancha histórica. Me lo imagino cantando: "Juárez sí debió de morir".

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¿A quién extraña en América Latina y en el mundo entero, a propósito de los héroes tutelares de cada país, la sobreabundancia de recordatorios de su fama? Esto ha sido la norma, no lo deseable, sino lo inevitable. En el siglo XIX, en el proyecto de secularizar a la sociedad y de puntualizar las exigencias de la nación soberana, se requiere el canje de lealtades. Donde había santos, hay héroes; a las peregrinaciones se añaden los días de fiesta cívica, y a los patriotas culminantes "de primero, segundo y tercer nivel" se les otorga la titularidad de los nombres de ciudades, avenidas, calles, plazas, instituciones, medallas, premios, películas, alegorías, consignación en murales y cuadros, en grabados y portadas de libros. Y el resultado de la ubicuidad de Juárez ha sido la implantación muy eficaz de un patriota excepcional y el olvido o el relegamiento de lo específico de una lucha y del sentido de su liberalismo radical, de su intransigencia, de su anticlericalismo tan cristiano. Homenaje mata mensaje, podría decirse, y algo así podría ocurrir en esta celebración del bicentenario. Por eso conviene agradecer a la derecha en sus diferentes tamaños el que se abstenga de estos actos y el que mantenga su encono, su desprecio y su visión fantasmal de Juárez: es uno de sus mayores certificados de la vigencia del Benemérito de las Américas, el epíteto que fue muy probablemente su nombre de pila.

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En la era de Santa Anna, Juárez se forma profesional y políticamente contra la corriente, desde la humildad, el estudio, el silencio, la forja del carácter, todas las virtudes personales anteriores a la Auto-ayuda. Santa Anna, que lo odia y lo destierra, lo recuerda con desprecio escénico: "Nunca me perdonó (Juárez) haberme servido la mesa en Oaxaca, en diciembre de 1829, con su pie en el suelo, camisa y calzón de manta, en la casa del licenciado Manuel Embides... Asombraba que un indígena de tan baja esfera hubiera figurado en México como todos saben". Este autorretrato del racismo se origina en el desconocimiento del temple del ser menospreciado. A Juárez ni lo humilla ni lo ensombrece su origen. El racismo insiste en considerarlo inferior, y él convierte en estímulos las cargas del desprecio. Si Juárez no apoya explícitamente la causa indígena y es a momentos muy severo con los suyos, su mero arribo a la Presidencia exhibe la abyección de los prejuicios. Un indígena Presidente de la República envía a todos los racistas a dar vueltas como presos dantescos en los círculos de la incomprensión y la rabia.

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Panorama sumario de las condiciones del país hasta 1857, un tanto telegráfico: Ingobernabilidad. Escasas nociones de lo nacional. Patriotismo intenso en algunos sectores, casi inexistente en otros. Miseria y pobreza intolerables. Erario sin fondos. Comunicaciones muy escasas. Corrupción extrema en el sistema judicial. Ejércitos muy precarios. Minorías que luchan por imponer a las masas el proyecto nacional. Analfabetismo generalizado. Gran influencia del pensamiento de la Revolución Francesa y del federalismo norteamericano. Clero y conservadores que insisten: Si se permite la existencia de otra fe religiosa, la nación se condena al oprobio.

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El Congreso Constituyente de 1857 funda la nación moderna en el orden teórico y revela la presencia de la mentalidad moderna (todavía masculina, la dictadura de género no se deja actualizar). Entonces la Ley Juárez es primordial, "piedra de toque, se ha elevado a la categoría de dogma entre los verdaderos republicanos, y sin ella la democracia sería imposible", se declara entonces. Pero la democracia es aspiración remota y lo concreto es la lucha por el fin de la teocracia y del sometimiento estatal a la Religión Unica. Hay que conseguirlo todo a la vez: implantar la tolerancia, proclamar los derechos del hombre, el derecho a la educación, las libertades de expresión y de reunión, el derecho al trabajo. El liberalismo, al principio, es más que nada una obstinación jurídica y una certeza ideológica y cultural. En el Congreso de 1857 se pierde la batalla por la libertad de cultos, pero en tres años se avanza con rapidez en la tarea de hacer pensable, y por tanto en muy buena medida necesaria, la tolerancia de cultos. El proceso lo indica con gran sagacidad Ignacio Ramírez, el más lúcido de los liberales de la Reforma: "Miguel Hidalgo, con sólo declarar la independencia de la patria, proclama, acaso sin saberlo, la República, la Federación, la tolerancia de cultos y de todas nuestras leyes de reforma". Ramírez tiene razón: Hay acciones que en sí mismas contienen detalladamente el porvenir según la lógica implacable del desarrollo de la comunidad nacional. Las Leyes de Reforma ya avizoran el ejercicio de los derechos humanos, la decisión de crear la ética republicana sin sobornos o amenazas del Más Allá, la defensa de los derechos de las minorías y, muy especialmente, la fuerza de convertir lo inimaginable en lo concebible por exigencias de la razón, que inicia uno de sus enfrentamientos con la desigualdad.

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Juárez, gobernador de Oaxaca. Desconocido por el clero, no se inmuta, toma posesión y prosigue con su vida republicana. En Apuntes para mis hijos recapitula:

A propósito de malas costumbres, había otras que sólo serían para satisfacer la vanidad y la ostentación de los gobernadores, como la de tener guardias de fuerzas armadas en sus casas y la de llevar en las funciones públicas sombreros de una forma especial. Desde que tuve el carácter de gobernador, abolí esta costumbre, usando de sombrero y traje del común de los ciudadanos y viviendo en mi casa sin guardias de soldados y sin aparato de ninguna especie, porque tengo la persuasión de que la respetabilidad del gobernante le viene de la ley y de un recto proceder, y no de trajes ni de aparatos militares propios sólo para los reyes de teatro. Tengo el gusto de que los gobernadores de Oaxaca han seguido mi ejemplo.

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Del 12 de julio al 11 de agosto de 1859 se promulgan las Leyes de Reforma, se nacionalizan los bienes del clero, hay separación de la Iglesia y el Estado, se exclaustra a monjas y frailes, se extinguen las corporaciones eclesiásticas, se concede el registro civil a las actas de nacimiento, matrimonio y defunción, se secularizan los cementerios y las fiestas públicas y, lo esencial, se promulga la libertad de cultos. Al desplegar su libre albedrío, los liberales de la Reforma localizan lo que Ignacio Ramírez considera la única significación racional de este término: "Excluir la intervención de la autoridad en los asuntos fundamentales personales".

En suma, se declara concluida la etapa feudal del país y se sientan las bases del pensamiento crítico. Se necesitarán más tiempo y numerosas batallas políticas, militares y culturales para implantar con efectividad la sociedad laica, pero desde el momento en que se le declara justa y posible crece y va arraigando, y tan sólo eso, el avance irreversible de la secularización modifica a pausas y cambia con sistema el sentido público y privado de la nación. Lo irreversible siempre es destino.

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Maximiliano acepta la corona el 3 de octubre de 1863, y le envía una carta a Juárez invitándolo a reunirse con él en la ciudad de México para buscar un entendimiento amistoso. Don Benito le contesta tajante: "Se trata de poner en peligro nuestra nacionalidad, y yo, que por mis principios y mis juramentos, soy el llamado a mantener la integridad nacional, la soberanía y la independencia ... Me dice usted que, abandonando la sucesión de un trono de Europa, abandonando a su familia, sus amigos, y sus bienes, y lo más caro para el hombre, su patria, se han venido usted y su esposa, doña Carlota, a tierras lejanas y desconocidas, sólo por corresponder al llamamiento espontáneo que le hace un pueblo que cifra en usted la felicidad de su porvenir. Admiro positivamente, por una parte, toda su generosidad y, por la otra parte, ha sido verdaderamente grande mi sorpresa al encontrar en su carta la frase llamamiento espontáneo porque yo había visto antes que, cuando los traidores de mi patria se presentaron en comisión por sí mismos en Miramar, ofreciendo a usted la corona de México, con varias cartas de nueve o 10 poblaciones de la nación, usted no vio en todo eso más que una farsa ridícula... Tengo la necesidad de concluir, por falta de tiempo, y agregaré sólo una observación. Es dado al hombre, señor, atacar los derechos ajenos, apoderarse de los bienes, atentar contra la vida de los que defienden su nacionalidad, hacer de sus virtudes un crimen y de los vicios propios una virtud; pero hay una cosa que está fuera del alcance de la perversidad, y es el fallo tremendo de la historia. Ella nos juzgará. Soy de usted, S.S., Benito Juárez."

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¿Cuál es la tradición ideológica de la izquierda mexicana en el orden del pensamiento frente al Estado? Todavía a principios del siglo XX al liberalismo radical se le combate pero se le estudia. Luego sobreviene el error histórico: la izquierda se somete a los esquemas de la URSS y sus versiones del marxismo, se desprende de sus raíces del siglo XIX. En México, y con sinceridad flamígera, la izquierda no duda: Surge a partir de instantes poderosos de la Revolución Mexicana (antes de su conversión al capitalismo) y se afirma y delinea con la Revolución Soviética. En tanto influencias mesiánicas, conceptos y vocabulario esto es innegable, pero el señalamiento se oculta el proceso fundacional en el que participan Fernández de Lizardi, Fray Servando Teresa de Mier, José María Luis Mora, Valentín Gómez Farías, y la deslumbrante generación de la Reforma, Ramírez, Otero, Ocampo, Prieto, Altamirano, Juan Bautista Morales, y, sobre todo, Benito Juárez. Por razones de fe súbita y de inmersión en los nuevos libros sagrados, por lo común mal traducidos, la izquierda mexicana renuncia a su gran herencia del liberalismo radical y, sin haber leído a estos intelectuales, nunca se considera juarista, porque, arguyen, el liberalismo económico es obstáculo y la Reforma representa básicamente la lógica del capitalismo. Cómo le habría beneficiado a la izquierda leer a los clásicos liberales ahora recuperados en su integridad por Boris Rossen, Nicole Giron, José Ortiz Monasterio y Enrique Márquez.

Es mala o inexistente la lectura ideológica o política de la Reforma liberal, y en rigor, a quien dibujan con sus ataques es al grupo en torno de Porfirio Díaz. Los liberales no son -me sumerjo en la obviedad- marxistas, pero sí captan con clarividencia su momento histórico y su legado debe juzgarse a partir de este hecho múltiple. Hacer caso omiso del pensamiento y la acción de los liberales radicales ha sido una de las causas de la eterna fundación de la izquierda mexicana.

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Se repite hasta el hartazgo: "El respeto al derecho ajeno es la paz". Esto es irrefutable, pero sí requiere precisiones. Hasta el momento lo usual es depositar el énfasis de respeto tal y como lo proyecta la clase gobernante. Para ellos el respeto ha consistido en una noción desdeñosa: No hay tal cosa como "el derecho ajeno", y a lo más a que pueden aspirar las mayorías es a que se tome nota de su existencia. Así, y por ejemplo, ¿cuál es el "derecho ajeno" en materia salarial? Si algún sentido tiene la celebración del bicentenario de Juárez, es examinar los significados del respeto y verificar el contenido de los derechos ajenos, los de la población ante el gobierno y los empresarios, los de las mujeres ante el machismo y el patriarcado, los de los indígenas ante la ilegalidad a nombre de la ley y la explotación, los de las minorías religiosas ante la interpretación exterminadora de los usos y las costumbres, los de las minorías sexuales ante la homofobia. Si no se precisan en cada caso el derecho ajeno y el respeto, el apotegma y la paz que traiga consigo quedan a la disposición del vacío, así esté muy cubierto por las letras de oro en el Senado.

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A 200 años del nacimiento de don Benito Juárez, o 100 como quiso el presidente Fox para regalarle juventud al pasado de la nación, lo más profundo de su legado es la certidumbre del laicismo, iniciado con las Leyes de Reforma y proseguido con la Constitución de 1917. El laicismo garantiza la actualización permanente del conocimiento, la certidumbre de una enseñanza no afligida por los prejuicios y la exigencia de sometimiento a un solo credo, el respeto del Estado a las formas distintas de profesar una fe o abstenerse de hacerlo, la discusión libre de los avances científicos, las libertades artísticas. Por tolerancia se entendió en el siglo XIX el aceptar las extravagancias o los disparates incomprensibles de las minorías; hoy tolerancia, y eso proviene del ideario juarista, es el intercambio de aceptaciones, la convicción de que hay más cosas en el cielo y la tierra de las que sueña la filosofía de cada persona.

Juárez, el impasible, sigue siendo uno de los rostros más vitales y generosos de la nación en la globalidad. No obstante ser una legión de bustos y estatuas sigue siendo el ejemplo más vivo. Concluyo mi intervención con sus palabras: "Mi fe no vacila nunca. A veces, cuando me rodeaba la defección en consecuencias de aplastantes reveses, mi espíritu se sentía profundamente abatido. Pero inmediatamente reaccionaba. Recordando aquel verso inmortal del más grande de los poetas, ninguno ha caído si uno solo permanece en pie, más que nunca me resolvía entonces a llevar hasta el fin la lucha despiadada, inmisericorde para la expulsión del intruso".

Si Juárez, en San Pablo Guelatao y en la ciudad de México y en Tijuana y en León, no es nuestro contemporáneo, no lo es de nadie.

Hace veinte años moría Juan Rulfo, el autor del monumental "Pedro Páramo"

Otra mirada, otras voces, otro infierno

Tomado del diario Página/12, Buenos Aires

Es uno de los padres de la literatura latinoamericana. En su obra, Rulfo les dio voz a personajes que estaban hundidos en lo más profundo de la tierra mexicana. Rescató escenas invisibilizadas y lo hizo con una prosa que fue escuela. Escriben sobre él Elena Poniatowska, Mempo Giardinelli y Juan Villoro.

Por Silvina Friera,

Quizá Juan Rulfo sea "un rencor vivo" –como dice el arriero al hombre que llega a Comala para buscar a su padre– de la literatura universal, o un "zorro sabio" que escribió un buen libro y después otro mejor, y cuando las hienas del mundillo literario esperaban el traspié –que publicara un libro malo–, el zorro se negó a caer en la trampa con su mejor risa de hiena. A 20 años de su muerte, la novela Pedro Páramo y los cuentos de El llano en llamas se impusieron con creces ante el mito de la esterilidad y de la brevedad. La obra rulfiana no fue el producto de "un burro que un día tocó la flauta", como señalaron algunos maliciosos críticos mexicanos. El zorro, más sabio y silencioso, expresó como nadie las voces ásperas y lacónicas de los campesinos hundidos en la pobreza más miserable, esa que también supo examinar el norteamericano Erskine Caldwell. Cómo olvidar el comienzo del cuento Es que somos muy pobres: "Aquí todo va de mal en peor". A la muerte de la tía del chico que cuenta sus desgracias cotidianas, se añade un aguacero repentino y prepotente que arrasa con todo; ni Serpentina, la vaca de su hermana, se salva del naufragio. En los márgenes de la modernización urbana y del capitalismo industrial, pero sin enredarse en el folclorismo ni en el costumbrismo ramplón, Rulfo mostró la angustia y la desdicha de un puñado de seres que, sartreanamente, parecen condenados en el mismo momento en que fueron concebidos. En esos infiernos provincianos la ilusión se da un golpe duro contra la tierra y se desmorona como "si fuera un montón de piedras". Pocos escritores consiguen que lo que dicen o sienten sus criaturas quede adherido a esa membrana tan frágil y dispersa que suele ser la memoria de los lectores. En El hombre, uno de los personajes desgrana sus pensamientos, que acaso coincidan con los que el propio Rulfo experimentaba: "Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno". Al escritor mexicano, cuyo nombre completo era Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, lo aplastaban los fantasmas de sus propios muertos. Su padre fue asesinado cuando Rulfo tenía 7 años, en 1923, y casi toda su familia fue masacrada en lo que llamaron "La guerra santa", cuando el clero lanzó al pueblo contra el gobierno, poco antes de la contrarrevolución cristera. Y como si no le faltaran muertos, a los 12 perdió a su madre. Alberto Vital, investigador de la Universidad Nacional de México (UNAM), y autor de Noticias sobre Juan Rulfo, sugiere que Pedro Páramo –considerada por Borges como una de las mejores novelas de la literatura– probablemente empezó a gestarse la noche en que mataron al padre del escritor. Esta hipótesis, un hilo demasiado delgado entre vida y obra, fue desmentida por Rulfo. "Jamás he usado nada autobiográfico en mis obras. Muchos creen que un libro sólo muestra una historia real, que narra hechos que pasaron con personajes que existieron. Se equivocan: un libro es una realidad en sí, aunque mienta respecto de la otra realidad." No sorprende, entonces, que –según Gabriel García Márquez– el escritor compusiera "los nombres de sus personajes leyendo lápidas en los cementerios de Jalisco". Los personajes existieron –Damiana Cisneros, Susana San Juan, Justina Díaz, Fulgor Sedano, Juan Preciado y tantos otros–, los relatos fueron creados por obra y gracia de la imaginación rulfiana. En el magnífico ¡Diles que no me maten!, acaso el mejor cuento desde la construcción formal, el condenado Juvencio Nava pide clemencia ante su ejecución. Esgrime que está viejo, que vale poco, pero mató a su compadre porque "le negó pasto para sus animales" y, desde el crimen, estuvo escondido durante 40 años. Con eficacia narrativa, Rulfo va desplegando los ángulos que pintan el alma humana de víctimas y victimarios. El coronel, el único que podría perdonarlo, es el hijo del hombre asesinado por Juvencio. Y el militar le dice al condenado una de esas frases rulfianas imposibles de olvidar: "Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podernos agarrarnos para enraizar está muerta". No hay salida ni esperanza, no hay redención, sólo condena; los personajes se percatan del fracaso ineludible de su lucha. La cara de Juvencio parece comida por un coyote de tantos tiros de gracia que le dieron. Al final triunfa la justicia por mano propia, igual que en Pedro Páramo. La estrategia rulfiana, para Vital, "fue mostrar como nadie y como nunca ese México inconsciente e irracional que es también sinécdoque de América". Cuántos libros salen del horno de las editoriales con tanta premura que parecen crudos y dejan la sensación de que hubiera sido mejor no haberlos leído. ¿Para qué publicar más, si la contundencia y la calidad de la obra de Rulfo estaba destinada a perdurar como los buenos vinos que cuanto más añejos resultan mejores? Su negativa a publicar no se tradujo en un retiro definitivo. Siguió escribiendo y se dedicó a la fotografía, "para señalar los caminos y precipicios de su escritura", como propone Nuria Amat en la biografía Juan Rulfo, el arte del silencio. El escritor mexicano puso en circulación las voces trágicas y desarraigadas de los desposeídos del pasado, pero esos ecos rebotan en el presente de un mundo que funciona como una máquina de gestación de excluidos. La tierra que debería acoger a sus hijos los rechaza, los convierte en huérfanos. Rulfo construyó la riqueza de su universo desde este paisaje desolador que cada vez se incendia y se hunde más, como "un rencor vivo".

Como Pedro por su casa

Por Elena Poniatowska, escritora mexicana

Para sacarle provecho a Rulfo hay que escarbar mucho, como para buscar la raíz del chinchayote. Rulfo no crece hacia arriba sino hacia dentro. Más que hablar, rumia su incesante monólogo en voz baja, masticando bien las palabras para impedir que salgan. Sin embargo, a veces salen y Rulfo entrega entonces menos de cuatrocientas páginas, dos libros que son joyas universales: El llano en llamas y Pedro Páramo. Por algo Pedro Páramo se llamaba primero Los murmullos porque eso es lo que se oye en toda la novela, un rumor de ánimas en pena que vagan en las calles de Comala, el pueblo abandonado. Rulfo se parece a esos hombres temerarios que aceptan la cita del fantasma y se ponen a hablar con él a media noche: "En el nombre de Dios te pido que me digas si eres de este mundo o del otro" y que luego amanecen medio atarantados todavía con el temblor del miedo sacudiéndoles el cuerpo y sin ganas de conversar con los vivos.

El propio Rulfo tiene mucho de ánima en pena y sólo habla a sus horas, en esas horas de escritor serio y callado, rencoroso y triste, tan distinto de todos aquellos que no dejan escapar la menor oportunidad de mostrar su inteligencia. Rulfo siempre tuvo un aire de poseído y se percibía en él la modorra de los mediums, andaba a diario como sonámbulo cumpliendo de mala gana los menesteres vulgares de la vida despierta. Dejaba pasar todos los ruidos del mundo en espera del mensaje preciso, de la palabra que otra vez habría de ponerlo a escribir como un telegrafista siempre en espera de su clave. En sus cuentos han hablado muchas almas individuales, pero en Pedro Páramo se puso a hablar todo un pueblo, las voces se revuelven una con otra y no se sabe quién es quién. Mas no importa, las almas comunicantes han formado una sola: vivos o muertos, los hombres de Rulfo entran y salen por nuestra propia alma como Pedro por su casa.

La voz del viento

Por Juan Villoro, escritor mexicano

En 1982, Juan Rulfo llegó al Festival Horizonte, en Berlín Occidental, y descubrió que no llevaba anteojos. Una variopinta multitud –simpatizantes de América latina vestidos como antropólogos ante la etnia equivocada– lo aguardaba para su lectura con Günter Grass. El autor de Pedro Páramo le pidió sus lentes a Grass y dijo que leería con los ojos de su maestro. Se hizo el aturdidor silencio que campea en los pueblos rulfianos. En un tono susurrante, de viento arenoso, Rulfo confirmó el misterio de su escritura: la invención de una naturalidad, el acento vernáculo filtrado por una técnica que se sirve de anteojos ajenos. En 1955, año de la aparición de Pedro Páramo, Carlos Blanco Aguinaga señaló que en el ámbito rulfiano "nadie escribe: alguien habla". No es casual que el título de trabajo de la novela fuera Los murmullos. El protagonista llega a Comala en busca de su padre y descubre que todos sus interlocutores son espectros. De manera emblemática, muere en la página 73. En un giro maestro, la historia continúa sin él, como coro de voces independientes.

Rulfo procura que las palabras lleguen sueltas, como arrastradas por el viento. Los cuentos de El llano en llamas (1953) derivan su fuerza de lo que se revela de modo casi indeseado. Los personajes suelen ser arrepentidos en su última hora, hombres parcos a quienes la vida arrincona hasta hacerlos elocuentes. Vencidos por una violencia atávica, dicen frases que los comprometen. La acústica rulfiana es la de lo escuchado por accidente. Por un favor del aire, alguien oye una confesión en "la noche entorpecida y quieta". En un texto para la película La fórmula secreta (1964), Rulfo confirma el poder oral de su idioma: "Ustedes dirán que es pura necedad la mía, que es un desatino lamentarse de la suerte y cuantimás de esta tierra pasmada donde nos olvidó el destino". Este calculado trabajo de la palabra se ha confundido con una taquigrafía documental. La primera edición de El llano en llamas informa que el autor se sirve "de su experiencia personal, de las charlas familiares, de los relatos escuchados en boca de los hombres de su provincia". Con etnológico entusiasmo, se enfatiza su valor testimonial, telúrico. La hazaña de Rulfo es muy superior. Lejos del costumbrismo, crea una manera simbólica de referirse a los pueblos "donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio".

A propósito de Borges, Beatriz Sarlo observa que la universalización de su literatura corre el riesgo de borrar sus vínculos con la cultura vernácula. También Rulfo funda una "modernidad en las orillas", pero ha sido víctima de la lectura opuesta. Sus estructuras y su artificioso empleo del habla "natural" suelen ser vistos como resultados accidentales de una realidad tan poderosa que produce a su testigo. La fama cosmopolita de Borges lo desarraiga de sus fervores locales; la de Rulfo lo asimila en exceso a una cultura que superó con creces, la ilusión de localidad que el autor podía leer sin problemas con los lentes de Günter Grass.

Monterroso se inspiró en Rulfo para la fábula del Zorro en La Oveja Negra. El Zorro escribe una obra maestra. Su segundo libro es aún mejor. Entonces la República de las Letras le exige un tercero, con el secreto afán de que fracase. El Zorro detecta la estratagema y deja de publicar. Como el personaje de Monterroso, Rulfo calibró hasta dónde llegaba la voz del viento, y guardó silencio.

Queríamos tanto a Juanito

Por Mempo Giardinelli, escritor argentino

Aquel enero de 1986 en que Juan murió, yo me encontraba circunstancialmente en México y lo visité un par de veces en su casa de la Colonia Guadalupe Inn, al sur de la ciudad y cerca del llamado Desierto de los Leones. Los Rulfo vivían en un tercer piso que yo conocía muy bien, y allí habían dispuesto su lecho de enfermo en una habitación pequeña, junto a la sala. Era un cuarto despojado y semioscuro, al menos durante las visitas, y Juan estaba acostado en la cama de una sola plaza con cabezal de madera arqueado, alto y oscuro. Solamente parecían brillar las sábanas blancas y la mirada siempre encendida de ese hombre menudo, delgado, que era mi maestro y mi amigo. Había una mesa de luz a su derecha y sobre ella unos papeles en los que había escrito algo, con su letra desgarbada y el siempre infaltable lápiz amarillo, de mina 2B, que eran los que prefería. Hacía tiempo que ya no escribía con lapiceras ni bolígrafos, ni con máquina de escribir. Solamente utilizaba esos lápices flacos, coronados por gomitas de borrar sucias de tanto trajinar. Algún tiempo atrás había comenzado a regalar sus plumas y a mí una tarde del ’84, en la librería El Juglar que estaba a cuatro cuadras de su casa, me regaló su Pelikan a cartucho con tapa metálica diciéndome, con el aparente desinterés con que descomprimía sus emociones, "quizá te sirva ahora que regresas a tu país".

No leí esos apuntes que él escribía, pero imagino que fueron los mismos que un vecino del edificio vendió (luego se supo que hurgaba en la basura de los Rulfo y extraía los papeles que Juan descartaba) y se publicaron una o dos semanas después de su muerte, creo recordar que en el suplemento "Sábado" del diario Unomásuno y no sin escándalo. Ya he contado que la noche del día en que murió lo acompañé, en silencio, desde un rincón de la Funeraria Gayosso de la avenida Félix Cuevas. Ahí estaban sus viejos y queridos amigos: Juan José Arreola, Tito Monterroso de la mano de Bárbara Jacobs, Edmundo y Adriana Valadés, Elenita Poniatowska, Agustín Monsreal y mucha gente anónima, de evidente origen humilde. Algunos lloraban quedito, como se llora en México cuando se le teme a la muerte, y hacía frío y creo que llovía. Escribí entonces una breve nota necrológica y después, por años, no quise escribir nada sobre él hasta que hace poco empecé a evocarlo como quien escribe la larga y fragmentaria semblanza de un padre amado. Quizás este breve texto, a veinte años de su muerte, sea una parte de ese todo.