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Cuatro opiniones sobre Venezuela

Por Varios Autores | Rebelión | 28 septiembre del 2010

Antes de concretarse la elección de la Asamblea Nacional en Venezuela, casi todos los voceros políticos coincidieron en la importancia de estos comicios y en que el resultado sería un parlamento más plural. Y es que estas elecciones legislativas de este domingo en Venezuela ya eran significativas por cuanto en la pasada convocatoria, celebrada en 2005, la oposición se retiró argumentando una supuesta falta de garantías democráticas. Aquella decisión, posteriormente, sería reconocida por los opositores como un error político que los autoexcluyó del escenario del debate político por excelencia en cualquier país.

Pero estas elecciones también rompieron el paradigma de los comicios que tradicionalmente no movilizan el interés de la ciudadanía, dado que por segunda ocasión se realiza en forma separada de la elección del presidente de la república. En las elecciones parlamentarias del año 2005 la participación apenas fue del 25,26%. En esta oportunidad, estando convocados 17 millones de venezolanos y venezolanas, la participación fue masiva, una cifra récord superior al 65% de participación, es decir, aproximadamente un 35% de abstención.

Estas son cuatro opiniones, desde la izquierda, sobre los resultados electorales en Venezuela.

Las causas de una victoria relativa

Por Modesto Emilio Guerrero

El triunfo electoral del chavismo en las elecciones legislativas de anteayer es indudable si lo medimos por los 98 diputados bolivarianos sobre los 67 opositores. Pero es una victoria relativizada, o limitada funcionalmente, en dos vertientes. La primera respecto del objetivo propuesto de los dos tercios. La segunda deriva de la primera: el gobierno no podrá adelantar leyes de grueso calibre, llamadas orgánicas, ni modificar la Constitución. Ahí nace la diferencia y la novedad respecto de lo que existía.

Este retroceso respecto de lo que existió entre 2005 y el 26 de septiembre de este año, aun siendo parcial, es el punto de partida de cualquier diagnóstico o pronóstico del curso del proceso revolucionario bolivariano, de su relación de fuerzas internas, así como de sus relaciones de Estado en el continente.

Las causas del resultado laten ocultas bajo la montaña de votos, 11 millones sobre 17 del padrón, con una abstención de apenas 26 por ciento, suficiente para legitimar la gobernabilidad hasta nuevos avances significativos. Las principales señales del retroceso se encuentran en el carácter no presidencial de la elección y el sustrato local instalado en el ánimo de los electores. Aquí, parafraseando una conocida sentencia de Marx, la existencia cotidiana determinó la conciencia del votante. La suma de la crisis eléctrica, la devaluación, la inflación y la gestión deficiente en unas seis gobernaciones chavistas determinaron el estado de humor.

El universo chavista, compuesto por 14 millones de personas y 11 millones de votantes potenciales, entendió que no se jugaba el destino inmediato del proceso en su conjunto, ni el Presidente, sino su poco sentida expresión parlamentaria y, en ese terreno, no encontró los mejores candidatos. Alrededor del 70 por ciento de ellos fueron percibidos como "desconocidos", "no representativos", "no queridos" o directamente "rechazados", como el ex ministro Diosdado Cabello y sus adláteres en las listas, entre otros. Estos parámetros me permitieron avizorar una semana antes, con acierto, los resultados más probables, y así los publiqué en un artículo del domingo pasado en el diario Tiempo.

El chavismo recuperó un millón de votos retraídos en anteriores contiendas, pero no fue suficiente para superar el entusiasmo del voto escuálido que acudió entusiasta bien temprano a las mesas, como no lo hacía desde 2004.

El gobierno, con 98 votos, tendrá la capacidad de formar las autoridades del Parlamento y el diagrama funcional de las comisiones, y aprobar leyes ordinarias, sin la obstrucción del voto desquiciante de la derecha. O sea, el gobierno de Hugo Chávez podrá mantener su gobernabilidad, o equilibrio institucional, aunque sea sobre una base legislativa más endeble.

Esta novedad institucional explica la euforia opositora nacional e internacional, y lo manifiestan con nombre propio en los proyectos legislativos que presentaron: la "ley Candado" y la "ley de propiedad", con las que apunta a desmontar los proyectos centrales de política exterior latinoamericanista y de desarrollo económico endógeno del gobierno.

Sería un error pensar que allí, en las alturas de una de las instituciones y en los titulares de prensa, se decidirá el curso del proceso. En Venezuela, el curso de las revoluciones se define fuera del Parlamento.

Una nueva fase crítica para la revolución bolivariana

Por Gustavo Fernández Colón

El no haber alcanzado la meta anunciada por el presidente Chávez de la mayoría calificada de dos tercios en las pasadas elecciones de diputados a la Asamblea Nacional, va a colocar al proceso revolucionario venezolano, en los próximos años, en una situación de congelamiento -y ojalá no de franco retroceso- en la transición hacia el socialismo, puesto que las transformaciones legales más profundas y la conformación del resto de los poderes públicos (Judicial, Electoral y Ciudadano) estarán sujetas al consentimiento de la oposición derechista.

Ya concluyó el período de seis años de holgura legislativa, en el que las fuerzas revolucionarias pudieron contar con un control (casi) total de la Asamblea Nacional, gracias a la torpe decisión de la oposición de no participar en las elecciones de diciembre de 2005. Las reformas estructurales no concluidas durante esta última fase, se verán ahora irremediablemente postergadas (al menos durante seis años) en vista de la nueva correlación de fuerzas en el Parlamento.

El presidente Chávez acertó, durante la campaña electoral, al establecer como meta la mayoría calificada de dos tercios a fin de impulsar las transformaciones necesarias para garantizar el avance del proceso revolucionario, en un contexto de agudización de la crisis del sistema capitalista mundial y de exacerbación de las apetencias imperialistas de los Estados Unidos. Pero por otra parte, no fue tan acertada su estrategia propagandística de ligar los resultados de esta elección parlamentaria a las votaciones presidenciales del 2012. ¿Por qué digo esto? Porque si bien aún el CNE no ha señalado oficialmente las cifras de los votos brutos obtenidos, a nivel nacional, por las distintas fuerzas políticas, la oposición ya se ha adelantado a proclamar que obtuvo el 52% del total de la votación del día domingo, a pesar de que logró colocar sólo el 42% de los diputados, aproximadamente. Según los argumentos de la oposición, esta falta de correspondencia entre el número de votos y el número de diputados se debería al modo como el CNE distribuyó los circuitos electorales, haciendo que el número de diputados elegibles por cada circuito no guardara relación directa con el tamaño de la población votante de cada circunscripción.

Si analizamos los resultados de la elección de los diputados al Parlatino, por ejemplo, donde la derecha obtuvo la mitad de los diputados, la cifra del 52% de los votos globales a favor de la oposición no luce descabellada. Y esta posibilidad contribuye a hacer creíble, ante los ojos del pueblo en general, la consigna oposicionista de que la holgada mayoría con la que contó el presidente en el pasado ha venido esfumándose en los últimos meses.

Por otra parte, observando "in situ" el comportamiento del electorado por estratos socio-económicos en las elecciones del día domingo, fue posible apreciar que las clases medias y altas salieron a votar masivamente, movidas por su anticomunismo visceral; mientras que en los sectores populares –donde radica el llamado "voto duro" del chavismo- la abstención fue más alta. Esta mayor abstención de los sectores económicamente menos favorecidos respondió, en mi opinión, a dos causas fundamentales. La primera, las fuertes lluvias del fin de semana que provocaron inundaciones y derrumbes, sobre todo en muchas barriadas pobres de Caracas. Y la segunda causa (pero no la menos importante), fue el descontento acumulado en las comunidades populares por la ineficiencia y la corrupción de los organismos públicos, manifestadas en los últimos meses en las fallas del servicio eléctrico, la descomposición de grandes volúmenes de alimentos de las cadenas de distribución estatal como PDVAL y MERCAL, la agudización de la inseguridad y la criminalidad, el deterioro de la vialidad pública y de algunos servicios de transporte colectivo como el metro de Caracas, la alta tasa de inflación, etc.

Todos estos elementos nos llevan a pensar que para garantizar la continuidad del proceso revolucionario, la política de choque frontal contra la oposición (o "demolición", como se dijo en la campaña) deberá ser postergada para no entrabar por completo el funcionamiento de la Asamblea Nacional y el resto de los poderes públicos (incluido, indirectamente, el Ejecutivo), puesto que este entrabamiento podría contribuir a erosionar el respaldo popular al liderazgo del presidente. En otras palabras, cabe esperar ahora que la política bolivariana se desplace más hacia el centro, forzada por el peso de la oposición en el Parlamento, en un contexto de disminución de la renta pública a causa de la crisis capitalista mundial y, por lo tanto, de menos disponibilidad presupuestaria para atender las Misiones Sociales.

Un viraje táctico de este tipo probablemente no será factible sin una renovación del gabinete ejecutivo, que le permita al presidente contar con actores de confianza capaces de dialogar y negociar con la oposición en este nuevo escenario. Pero la disposición a renovar cuadros y la capacidad de diálogo con la oposición derechista, no han sido hasta ahora las cualidades más notables en el estilo de conducción del comandante.

Por otra parte, la oposición está consciente de que sus posibilidades de derrotar a Chávez en 2012 son directamente proporcionales al fracaso de la gestión del presidente en los próximos dos años, así que la derecha dedicará todas sus fuerzas a torpedear las acciones del gobierno nacional desde su nueva posición estratégica en el Parlamento.

Este panorama nos hace prever que el resultado de la elección del domingo marcará el inicio de una fase crítica para la Revolución Bolivariana, en la que se verán seriamente restringidas -e incluso amenazadas- las posibilidades de adelantar las transformaciones estructurales requeridas para avanzar hacia la construcción de una sociedad más justa e inclusiva. Y en un escenario crítico de esta naturaleza, no es descartable que la "derecha endógena", instalada en las entrañas de la burocracia bolivariana, acceda a pactar con la derecha oposicionista para preservar sus cuotas de participación en la distribución de la renta del Estado, incluso al precio de una derrota del comandante Chávez en las elecciones presidenciales del 2012.

¿Cómo satisfacer las expectativas populares, ya parcialmente desilusionadas por la ineficiencia y la corrupción, y al mismo tiempo negociar consensos inevitables con una derecha fortalecida a raíz de su retorno al cauce de la institucionalidad democrática? He ahí el enorme desafío que tienen por delante, desde el pasado 26 de septiembre, el presidente Chávez y la Revolución Bolivariana.

Triunfo con sabor a derrota

Por Marcelo Colussi

"No se puede servir a dos señores. O sirves a Dios o al Diablo"

Lucas 16:1-13

Digámoslo con una metáfora futbolística: si el Barça, hoy por hoy el equipo más poderoso del planeta, gana un partido jugando de local con todos sus astros internacionales contra un cuadro de tercera división de Panamá por uno a cero con un agónico gol de penal a los 44 minutos del segundo tiempo… sin dudas triunfa. Pero, ¿triunfa? Es decir: eso es un triunfo tan cuestionable que pierde toda emoción. Triunfo pírrico, triunfo que no es triunfo.

Se podrá decir que en el fútbol lo que interesa son los resultados, y aunque sea con ese regalo de un penal, lo importante es ganar. Y punto. Ahora bien: en política las cosas no son equivalentes. Se puede ganar una elección, sin dudas, pero eso muy lejos está de dar legitimidad.

En Venezuela acaban de realizarse las elecciones legislativas. Más allá de la gastada parodia de decir que "triunfó la democracia, que triunfó el país", es importante hacer una lectura profunda de lo que significa esta nueva justa electoral.

En todas las elecciones que durante los ya casi 12 años de gobierno bolivariano han tenido lugar, prácticamente siempre se dice que son las más importantes para la continuidad del proceso, que son cruciales. Más allá de las exageraciones del caso, quizá las de ayer sí lo fueron.

Y, fundamentalmente, deberían ser un campanazo de alerta para la salud de la revolución.

Según como se quieran –o se puedan– ver las cosas, lo de ayer fue una victoria o una derrota. Así es la realidad siempre: la botella ¿está medio vacía o medio llena? Si queremos quedarnos con la idea que una vez más el bravo pueblo venezolano dijo sí a su líder y que apoyó masivamente su convocatoria de profundizar la revolución bolivariana, podríamos responder que efectivamente, así fue. Pero ¡cuidado!: no se consiguió lo que se buscaba, las dos terceras partes de la Asamblea Nacional. Incluso la población votó más a los candidatos no chavistas: 52%. En ese sentido, es como la metáfora futbolística del inicio: se ganó la mayoría simple del Congreso, pero quedan profundas dudas.

La derecha festeja los escaños obtenidos con sabor a triunfo; pero el movimiento bolivariano, más allá de las casi 100 diputaciones conseguidas, queda con un sabor amargo. Es un triunfo que obliga a repensar la marcha del proceso: luego de la otra derrota electoral sufrida estos años, cuando no ganó el referéndum por la nueva constitución el 2 de diciembre del 2007, se habló de las 3 R (Revisión, Rectificación y Reimpulso) como el paso inmediato e imprescindible para reflotar el proceso. ¿Dónde quedaron?

El problema fundamental es ver por qué no se ganó con la contundencia que se esperaba. Lo cual lleva a otras cuestiones más de fondo. Quedarse con el discurso que la derecha –nacional e internacional– hace lo imposible para frenar el proceso bolivariano, si bien es cierto –¡absoluta y contundentemente cierto!– no termina de explicar el resultado. Por supuesto que el enemigo de clase hará todo lo que esté a su alcance en esta despiadada lucha. ¿No es eso acaso la política? ¿Es posible seguir esperando que las luchas de clase puedan dirimirse en elecciones "limpias y transparentes" donde "gana el país"? ¿Es remotamente posible pensar en conciliación de clases? ¿Es posible pensar que el imperio desista de las reservas petroleras venezolanas sólo por buena voluntad?

Lo importante a rescatar luego del resultado de ayer son las causas estructurales que están operando. Como bien lo dice Martín Guédez: "En Revolución, no poder alcanzar la aceptación fluida y serena de al menos el 80% de nuestros compatriotas –todos los que no son burgueses y para los cuales es la Revolución– tiene que ser una seria advertencia. No hacerlo podría ser suicida. No podemos conformarnos con "triunfos" que sólo garanticen una cierta hegemonía pero que en cualquier momento pudieran revertirse. La Revolución Socialista hay que garantizarla hasta colocarla a salvo de los sustos propios del juego eleccionario burgués.

Dicho de otro modo, lo que debe revisarse muy en profundidad es lo que se está construyendo en Venezuela. Ahí es cuando cobra sentido el epígrafe (¡una cita bíblica! justamente): o se construye el socialismo (del siglo que sea), o se continúa con un capitalismo de "rostro humano" (como si ello fuera posible…) Pero las dos cosas al mismo tiempo no son posibles. O, en todo caso, se construyen productos híbridos que, en los momentos críticos, dejan ver su verdadero rostro.

Si la población votó en tan alta medida por la propuesta de la derecha tradicional impidiendo el triunfo mayoritario del Partido Socialista Unido de Venezuela –PSUV– ello no habla del "atraso" político de las masas, sino lisa y llanamente de otras dos cosas: por un lado, que pasó factura al oficialismo por el deterioro real de la calidad de vida, y por otro, que en el país no se está construyendo una verdadera cultura socialista, que se sigue "sirviendo a los dos señores" (o se es socialista o no se lo es; posiciones intermedias tienen las patas cortas, irremediablemente. Ahí están las evidencias con las elecciones de ayer).

La clase trabajadora, la verdaderamente sufrida en todo el proceso de crisis capitalista internacional que también golpea en Venezuela, se vio llevada a tener que elegir según el patrón de democracias representativas, pero no está caminando hacia la profundización de un genuino poder popular desde abajo. Esto, en definitiva, llevó a que ahora el parlamento pavimente la posibilidad de un "bipartidismo" donde todo tendrá que negociarse al clásico estilo de las democracias dizque representativas. Dicho de otro modo: la derecha política avanza sobre las conquistas de la revolución. Las leyes que ahora puedan tratarse no aseguran el avance del socialismo.

Todo esto, en definitiva, abre interrogantes más de fondo: ¿es posible construir socialismo con los moldes del capitalismo? La figura carismática del conductor del proceso, Hugo Chávez, hasta ahora funcionó como reaseguro de esa propuesta equilibrando las fuerzas contrarias. Lo de ayer debería profundizar esa pregunta: ¿es posible construir socialismo amparándose en la figura omnipresente del presidente, o eso es un límite insalvable?

Si vienen nuevos ajustes en la economía venezolana, ¿será nuevamente el pueblo trabajador quien deberá pagarlos, como ha estado ocurriendo recientemente? Si así es, ¿quién asegura que en las elecciones presidenciales del 2012, más allá de todo su carisma, vuelva a imponerse Chávez?

En definitiva: ¿qué se está construyendo a futuro? El socialismo es más que una suma de consignas, o camisetas rojas para una marcha multitudinaria. ¿Puede haber un socialismo "petrolero", como se llegó a decir? ¿Qué pasa si Hugo Chávez no triunfa en las elecciones dentro de dos años: se termina el proceso revolucionario?

Todas estas preguntas –si queremos decirlo de otro modo: tomarse en serio aquello de las 3 R, hoy por hoy caídas en el olvido– debería ser el paso inmediato luego de las elecciones del domingo. La derecha podrá ver en ello un síntoma de debilidad, de fisuras en el proceso revolucionario. Pero sin autocrítica genuina no puede haber revolución socialista. Lo de ayer debe ser una alarma urgente. En Argentina, muchas décadas atrás, el movimiento peronista, tan popular y masivo como el chavismo y con un líder igualmente carismático, tuvo la posibilidad de construir alternativas reales al capitalismo; pero esto de "servir a dos señores" funcionó como freno, y se terminó construyendo un híbrido. Años después fue el partido heredero de ese histórico movimiento el que terminó rematando el país privatizando todo lo inimaginable, y de los ideales populares no fue quedando más que el recuerdo. Esperemos que no se repita la historia.

Un análisis preliminar

Por Reinaldo Iturriza López

Exactamente a las 2 de la mañana de este lunes 27 de septiembre, la Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Tibisay Lucena, comenzó a ofrecer los resultados prelimares de las elecciones parlamentarias. Con una participación global del 66,45%, el chavismo ha alcanzado 95 diputados, la oposición 64, quedando 6 cargos en disputa. Aún no están disponibles las cifras oficiales globales de la votación para cada fuerza política, a menos que se tomen como tales los datos (que es necesario verificar) referidos al Parlatino: 5 millones 222 mil 354 del PSUV contra 5 millones 54 mil 114 de la MUD (una diferencia de 168 mil 240 votos).

Despejada la duda sobre los resultados electorales, descartados el peor escenario (victoria opositora) y la mayoría absoluta del PSUV (dos tercios o 110 de un total de 165 diputados), lo primero que hay que decir es que el objetivo principal se alcanzó: el chavismo se mantiene como la fuerza política mayoritaria del país (con el 57,5%, hasta ahora, de la nueva Asamblea Nacional).

Esta situación le permite asumir con mayor holgura y capacidad de maniobra el siguiente objetivo: repolarizar la sociedad venezolana. Mucho especularon los voceros opositores sobre la necesidad de "derrotar" al chavismo, impidiendo que alcanzara los dos tercios de la Asamblea Nacional, porque esto implicaría la "radicalización" del proceso venezolano. El problema es que en el discurso opositor, como lo sabemos de sobra, esta "radicalización" significa la consolidación de un sistema "totalitario" y "comunista", que cercana las libertades políticas del pueblo venezolano. Tocará a las fuerzas opositoras evaluar la pertinencia y sobre todo las falencias de un discurso que le ha impedido, una y otra vez, granjearse el apoyo de las mayorías. Cantarán victoria, sin lugar a dudas, pero la procesión va por dentro (un proceso incipiente de recomposición de su clase política). Pero éste es un asunto que no nos compete. Dicho sea de paso: el peor error que puede cometer la vocería oficial del chavismo es enfrascarse en una polémica estéril con la partidocracia, intentando "demostrarle" que no ha vencido. Lo otro es evitar el triunfalismo acrítico, que en estas circunstancias es el peor de los consejeros.

Repolarizar significa precisamente esto: avanzar en el proceso de radicalización democrática de la sociedad venezolana. Sí, radicalización democrática. Ésta implica recuperar y afinar "los mecanismos de interpelación mutua entre Chávez y la base social del chavismo, buena parte de la cual está hastiada de la cortedad de miras estratégica del chavismo oficial, que insiste en comportarse como minoría". Implica recuperar lo que hizo grandioso al chavismo: si éste "significó la progresiva politización del pueblo venezolano, fue porque hizo visible a los invisibles y dio voz a los que nunca la tuvieron". Significa, de igual forma, una lucha sin cuartel contra "burócratas, corruptos, dirigentes mediocres, oportunistas, estalinistas", ninguno de los cuales "es hegemónico en el chavismo. Su existencia está lejos de ser aceptada de manera cómplice o resignada por el resto, y en cambio es fuente permanente de malestar y conflicto". Significa, también, saber leer los signos, donde los hubiere, de "hastío por la política" en las bases sociales del chavismo.

Entre otras cosas (puesto que la definición de una agenda tendrá que ser obra colectiva), lo anterior implica revisar la relación entre el partido/maquinaria y la amplia base social del chavismo, que están lejos de significar lo mismo. Allí donde el partido está alienado del chavismo popular, mal puede pensarse que funciona como "vanguardia". Ejemplos sobran de luchas, dinámicas y formas de organización popular en peligro de ser cooptadas (o cooptadas ya, con el saldo de la desmovilización popular) por el partido. Implica también un amplísimo debate sobre la necesidad de relanzar el objetivo de crear una nueva institucionalidad (derrotando al Estado burgués), lo que pasa por reducir la distancia que media entre el socialismo en tanto que horizonte estratégico, y las formas de gobierno propiamente socialistas. Esto quiere decir que es necesario preguntarse: ¿qué significa gobernar socialistamente? ¿Qué distingue a un gobierno socialista (en la práctica, en el cómo del gobierno) de las formas de la vieja partidocracia y los métodos de la burguesía parasitaria? Esto es: en lugar de la "gestionalización" de la política, "repolitización" de la gestión, subrayando, por supuesto que sí, su carácter de clase. Educación, salud y alimentación seguirán siendo las principales áreas donde será posible continuar ensayando la construcción de esta nueva institucionalidad, defendiendo los logros obtenidos pero sopesando y corrigiendo las fallas.

Un dato en particular, y ya habrá tiempo de analizarlo con mayor detenimiento, refuerza la hipótesis de la necesidad de la repolarización: la derrota aplastante de las fuerzas políticas (y en particular del PPT) que hicieron de la "despolarización" la bandera de su campaña.

El propósito de este análisis preliminar, que puede resultar incómodo para algunos, no es hacer leña del árbol caído. A menos que, efectivamente, los haya quienes se asuman caídos, derrotados o en desventaja e intenten ocultar su derrota con discursos triunfalistas. Tanto el triunfalismo como el derrotismo son pasiones tristes, y lo que está en juego es algo muy serio como para encarar las nuevas circunstancias de manera vacilante o con ínfulas de superioridad. Sobreestimar la propia fuerza es la vía más fácil para perderla. Quien la subestima, está perdido de antemano.

Considero que el escenario que se abre a partir de los resultados del 26-S hace absolutamente pertinentes todas estas reflexiones e interrogantes (entre otras). Por eso, estoy convencido de que la revolución bolivariana ha sido la gran vencedora. Es tiempo de deliberación, de revisión, de invención. Es el tiempo de las oportunidades: de la posibilidad infinita de imprimirle mayor vitalidad y fortaleza a un proceso que, doce años después, aún es capaz de alcanzar una "sólida victoria", lo suficiente como para avanzar en la creación de las condiciones que hagan posible su radicalización democrática. Son tiempos de revitalización política. Bienvenidos sean.

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