Pensamiento Crítico

Egipto: un caso de falsificación mediática

Por José Luis Vega Carballo | elpais.cr | 09 Marzo 2011
Veamos seguidamente un ejemplo de cómo la caída de una de las satrapías más represivas y sangrientas de Oriente medio, protegida por el "Muro del Pétro–dólar" levantado por Washington, fue tergiversada y manipulada por la gran prensa internacional, sus agencias y cadenas globalizadas, y por aquellos medios de comunicación locales que reprodujeron sus informaciones y reportajes. La estrategia seguida fue la de transformar informaciones de alta relevancia que eran de enorme interés público global, en un amasijo de informaciones que por ellas mismas no conducían a los televidentes y lectores a comprender correctamente lo que sucedía antes y durante la insurrección popular egipcia. Las informaciones fueron manipuladas a diario, por una parte, para emitirlas incompletas, recortadas y empobrecidas porque dejaban de lado otras noticias que debían ser dadas, pero se descartaban y no se trasmitían (juego de la "sub–información"); y por otra, simplemente eran adulteradas y falsificadas, distorsionando y sesgando sus contenidos para engañar a los receptores (juego de la "des–información"). Claro está, que generalmente se entremezclaron esos dos juegos tenebrosos y maquiavélicos, en un afán de los comunicadores por esconder o falsear ciertas realidades históricas y actuales de tal modo que la opinión pública internacional pudiera ser manejada en sus percepciones y opiniones. Se trató de que no tuviera acceso, o no pudiera darle la debida importancia, a factores o actores y procesos presentes en las situaciones objeto de las noticias transmitidas a diario; en este caso el escenario de la sublevación contra el régimen fallido de Mubárak, curiosamente muy reducido a lo que acaecía en una plaza del Cairo. Dicho lo anterior, lo primero a apuntar sobre las masivas difusiones de información y reportajes supuestamente "objetivos" relacionados con los recientes acontecimientos en Egipto de las fuentes aludidas (a saber, por ejemplo desde CNN Internacional, Fox, DW, TVE y Al–Jazeera, pasando por las hemisféricas como CNN en español, NTN 24, Univisión y Televisa, hasta llegar a las locales como el Grupo Nación, Telenoticias, Noticias del 11 y Noticias Repretel), es que se reportaba como si fuera solo una rebelión de las jóvenes generaciones de estudiantes, profesores y profesionales "twitteros" de la clase media deseosa de democracia y libertad de tipo occidental, quienes actuaban por un "efecto dominó" de contagio masivo inter–fronterizo originado en Túnez. Muchos de ellos aparecían como miembros de hermandades o grupos islamistas o integristas moderados actuando a la par de laicos educados. La protesta se presentaba como llevada a cabo desde Internet por redes que aplicaban las modernas tecnologías de la información, como las facilitadas por Facebook. No aparecían a los efectos las aportaciones a la insurrección de líderes ni de organizaciones seculares de amplia base popular; mucho menos las de iniciativas o movilizaciones provenientes de otros estratos o clases sociales ubicadas más hacia abajo en la pirámide social, ni los pobres y marginados. Está claro que la juventud participó en los eventos finales y sufrió, al igual que muchos otros sectores de la resistencia, la represión y la tortura en las cárceles, incluidos en ellas miembros de organizaciones islamistas moderadas y radicales. Pero esa versión mediática era y sigue siendo parcial, limitada y torcida; fabricada con una visión muy acoplada al interés de altos círculos locales y globales por esconder a uno de los más importantes agentes de la caída del régimen: la clase trabajadora egipcia de distintas extracciones y ocupaciones, que ha estado en fuerte lucha contra éste en los últimos años y que surge de la revuelta como la más poderosa fuerza social de Egipto. Y no es por casualidad, ni generación espontánea que tal acontecimiento sucede. Ignora que en el país se produjo un auge de la organización sindical y la protesta obrera, especialmente cuando a partir de 2004 se radicalizó la aplicación de políticas neoliberales de reforma y ajuste estructural impuestas por Washington, el Banco Mundial y el FMI; y acogidas con entusiasmo por Mubárak, cuyo hijo Gamal fue puesto al frente de su aplicación compulsiva. Ahora se viene a recoger su cosecha; y sucede en medio de una abierta lucha de clases que se libra en varios frentes y que desde el G–8 y el G–20 se desea contener a todo trance por sus repercusiones regionales y mundiales, al inscribirse en la agenda de la globalización neoliberal y de la profunda desigualdad y malestar de masas que produce, atizada por la una gran recesión a punto de volverse la mayor depresión económica internacional nunca vista, como ya lo han advertido muchos economistas, incluidos varios neoliberales. Tales políticas "modernizadoras" aceleraron los procesos de privatización, los despidos en las empresas estatales que son claves en la economía interna de Egipto, y la reconcentración de los ingresos en favor de la clase dominante y los círculos más cercanos al poder, de manera muy semejante a como ha sucedido en otros países, incluido el nuestro. Mientras, desde hace 26 años, se mantuvieron congelados los salarios mínimos, no obstante una gran escalada de precios, especialmente de los alimentos y las materias primas, agudizada desde inicios de este año en medio de la gran recesión mundial del capitalismo. Una situación harto explosiva que no fue pasada por alto por muchos analistas y centros de investigación (entre ellos el "Egyptian Center for Economic Studies", del cual hemos obtenido valiosa información para este artículo); pero que los poderosos Mass Media globalizados han tratado de ignorar. Además de ocultar la participación de la clase trabajadora, tanto obrera como por cuenta propia y de sus organizaciones que venían desde rato atrás golpeando al espurio régimen respaldado por todas las potencias capitalistas mundiales, hicieron aparecer los últimos hechos adicionalmente como si sólo hubieran tenido lugar en la Plaza Tahrir del Cairo y un poco en Alejandría, cuando lo cierto es que la sublevación se esparció por todo el país; entre ellas algunas zonas campesinas de las cuales proviene la mayoría de la nueva clase obrera de las ciudades, incluida la que trabaja para la burocracia estatal y que venía sumándose progresivamente a las protestas desde tiempo atrás. Hay que destacar el aporte dado a la lucha insurreccional y popular egipcia por el llamado a huelga general, al paro y cierre de fábricas, comercios e instituciones públicas. La caída de Mubárak no hubiera sido posible sin el concurso de todo un movimiento obrero–popular y de una central sindical clandestina que lo dirigió exitosamente y que aún se mantiene en pie para garantizar que los cambios no sean cosméticos y el régimen termine de desaparecer. Desde los inicios de la insurrección, decenas y luego cientos de miles de trabajadores de cuello azul y de cuello blanco se sumaron al paro: médicos y enfermeras, abogados, empleados del correo y las comunicaciones, maestros y profesores del sector público, obreros de la industria de armas del ejército y de los centros industriales, textileros, del cemento, la electricidad, el petróleo y el gas, químicos y farmacéuticos que cerraron sus puertas, como Asyut y Sohag. Fueron notables los casos de los ferrocarrileros, pescadores y productores de caña de Luxor así como de los mineros en minas como Bahariya y Edsu; y de grandes empresas como Arafa, Dumyat, El–Mahalla, Damanhour, Al–Kubra, Sharm el–Sheik incluidas muchas turísticas, entre otras, donde además del paro los trabajadores y trabajadoras en huelga lograron que muchos gerentes y administradores afectos al régimen fueran removidos de sus puestos, como fue el caso en la línea aérea EgyptAir y Casa de la Ópera. Se paralizaron los bancos, los sectores del gas y el petróleo, el hierro y el acero en Amiron, los transportes y el Canal de Suez. Miles de policías se unieron a las protestas demandando alzas de salarios y mejoras laborales. Nada o casi nada de esto se vio en pantallas, ni se mencionó en los periódicos. Solo un periodista aislado de la BBC se atrevió a decir: "Parece que hay toda una serie de mini–revoluciones produciéndose en el despertar que llevó a la remoción de Mubárak". La consigna de CNN y otras cadenas es ocultar esa realidad que tiene relación con una verdadera lucha de clases y contra las políticas económicas de ajuste y apertura impuesta por las élites autoritarias del Norte de África en alianza con el FMI y el Banco Mundial; o bien minimizarla y hacer creer que no había confrontación clasista, ni movilización alguna en contra de los desastrosos efectos sociales de esas políticas desde que, en 2004, se aceleró su implementación. Menos se mencionó que solo en 2009 hubo en Egipto 478 huelgas de corte político declaradas ilegales y fuertemente reprimidas, las que llevaron al despido de 126.000 trabajadores, de los cuales 58 se suicidaron. El proceso insurreccional era presentando, a partir de Túnez, como una reacción mecánica en cadena o por "contagio" a partir de actos aislados de protesta e inmolación de jóvenes desesperados por la falta de libertades civiles y por violaciones de derechos humanos. No se veía la importante y decisiva participación de los sectores organizados e independientes de las clases trabajadoras asalariadas, profesionales, técnicas y por cuenta propia de la clase media, así como de los más pobres y explotados. Los protagonistas que sí destacaban eran los estudiantes y jóvenes profesionales "twitteros", quienes aparecían demandando solo cambios políticos y formales de tipo constitucional. O sea, poco profundos y hasta cosméticos, muy en consonancia con lo que los voceros de los gobiernos europeos y gringo, aglutinados en el G–8 y los controladores del G–20, deseaban y tratan todavía de imponer como la pauta seguir para la salida de la crisis de acuerdo a sus intereses y su visión neoliberal; respaldándose, para tal fin, en sectores de la burguesía y pequeña burguesía egipcia – como los partidos Wafd, Tagammu, los nasseristas, el centrista al–Wasat Party y grupos moderados como Alianza Nacional para el Cambio de Mohamed El–Baradei y la Hermandad Musulmana –, y por supuesto en los altos mandos "sénior" del ejército. Pequeños detalles: para financiar a estos sectores de confianza en la "transición", la Casa Blanca giró $150 millones y la UE ha prometido $1.000 millones. Al mismo tiempo, los grandes medios hacían (y prosiguen haciendo) abstracción o disimulan las pasadas responsabilidades del G–8 y la OTAN y de la "ayuda" anual de $1.300 del Pentágono para el montaje y sostenimiento del protector Muro del Petro–dólar alrededor del régimen dictatorial, que ahora se viene cayendo a pedazos como el "Estado Fallido" que era y es en el fondo. Aún tratan desesperadamente de apuntalarlo con ayuda de los militares egipcios leales a ellos y también temerosos de que se produzca una verdadera revolución social encabezada por una beligerante clase obrera; la misma que, luego de la salida del dictador, continúa presionando al gobierno militar en medio de la insurrección popular por demandas que van más allá de la democracia electoral y formal de tipo occidental. Aunque aún lo hace sin llegar a ubicarse en una perspectiva social y política revolucionaria, para lo cual no se vislumbra un liderazgo, partido o grupo capaz de ejecutarla y conducirla. Ya veremos si en medio de la oposición que le montan las fuerzas reformistas y del continuismo (el "progresismo" egipcio), las masas trabajadoras movilizadas logran satisfacer sus objetivos, al menos de corto plazo, en particular los relacionados con la liquidación de los aparatos represivos y de inteligencia, revertir y acabar con las privatizaciones y, ante todo, lograr mejoras reales en su nivel de vida y en las condiciones de trabajo, tanto en el sector privado como en el público, para lo cual no deben cesar las presiones y movilizaciones desde abajo. Tampoco deberían descuidar el escenario político, puesto que sería fatal para los intereses de los trabajadores si lo dejan en manos de los militares – cuyo poderoso aparato está intacto y sigue interviniendo para preservar la estructura del decadente régimen y ganar tiempo, aunque ahora sin Mubárak al mando y en condición de "Estado Fallido"– , así como en las de otros sectores complacientes con la gobernanza castrense, deseosos de cambios cosméticos, oportunistas y tolerantes de la intervención foránea del G–8. Todos esos actores pro status quo verían con sumo gusto que los trabajadores hagan reclamos solo en el terreno salarial y económico, mientras más allá de las fábricas y oficinas se dejan engatusar por algunas concesiones y una fraseología pseudo–democrática, dejándoles así a ellos las manos sueltas en ese otro escenario clave, donde precisamente se juega el liderazgo y control del Estado, y se barajan las posibles salidas de la grave crisis egipcia. Todo un rompecabezas, pues, para los cuadros de la izquierda egipcia, los socialistas revolucionarios, la intelectualidad radicalizada y la clase trabajadora. Lo que sí sabemos es nos hallamos ante un reto para toda la izquierda anticapitalista del mundo, consciente de que las condiciones para su avance son ahora más globales que nunca y de que, en el fondo de casos como el egipcio, está la enorme polarización y desigualdad social producida por la acumulación de capital en beneficio de una minoría de ricos y poderosos quienes incluso hacen su agosto con la crisis. Y en el otro extremo de esa realidad, el creciente empobrecimiento y deterioro laboral de las grandes mayorías trabajadoras en una escala internacional sin precedentes y al interior de todos los países afectados por la globalización neoliberal. No perdamos de vista que el creciente desempleo, la pobreza y una gran carestía alimentaria, son procesos acelerados por la gran recesión económica que se desató desde el 2007 y sigue incontrolada hasta hoy día, lo cual hace peligrar la precaria estabilidad que reina en otros países de la periferia capitalista, como los de América Latina y en especial los más frágiles de Centroamérica. Así que, élites y clases dominantes a poner las barbas en remojo y a mirarse en el espejo egipcio, no vaya a ser que los impactos de la gran insurrección árabe les tomen –como siempre les sucede con estos eventos– por sorpresa.