Pensamiento Crítico

Terremoto, tsunami y explosión nuclear

Varios autores | Varias fuentes | 15 Marzo 2011
El investigador japonés Yoko Akimoto, de la red ATTAC de Japón, escribió este martes de marzo que "es evidente que los reactores nucleares de Fukushima están fuera de control". Y luego reflexiona: «Hace cuarenta años nuestros mayores se oponían a la construcción de centrales nucleares porque habían comprendido el peligro que entrañaban en un país propenso a los temblores de tierra. ¡Lamentablemente lo que temían acaba de convertirse en realidad! En esa época, el gobierno expropió las cooperativas de pescadores y las comunidades locales para construir las centrales nucleares. Destruyó la fuente de subsistencia de esa gente para dar paso a esas centrales, afirmando que la energía nuclear no era peligrosa. Actualmente, el gobierno y la empresa de electricidad de Tokyo, TEPCO, repiten hasta el cansancio que un temblor de tierra de amplitud inusual ha golpeado el norte de Japón. Sin embargo, el profesor asociado a las investigaciones sobre energía nuclear de la Universidad de Tokio Hiroaki Koide ha declarado que "puesto que el Japón es uno de los países en el que los temblores de tierra son más frecuentes, ningún temblor de tierra sería imprevisto si el gobierno apoya la energía nuclear". Muchos ciudadanos lo considerarán, acertadamente, responsable del accidente. El lunes, la empresa TEPCO ha comenzado a efectuar cortes programados en Tokio y en otros municipios que continuarán hasta fines de abril, explicando que el accidente nuclear ha provocado falta de electricidad. Muchos trenes saldrán de servicio. Ayer circulaban normalmente menos de la mitad de las líneas Los negocios y los supermercados de la región metropolitana no tienen suficientes alimentos para los clientes. Escasean la leche, el agua, el pescado, el pan, el arroz. Algunas estanterías están vacías. La explicación la dan los problemas de distribución. Las autopistas se hallan bloqueadas y los camiones no pueden trasladarse. Los habitantes de Tokio se habían acostumbrado a un cierto confort. Podíamos adquirir cualquier alimento sin darnos cuenta de los centenares de kilómetros recorridos. No nos preocupaba quién lo había producido y cómo. Ahora el terremoto y la fusión del corazón de los reactores nos recuerdan que la distribución es aleatoria y que existen otras formas de vivir. Como la sobreproducción, el sobreconsumo y el derroche producen consecuencias serias en el planeta acompañadas del efecto invernadero y de la destrucción de la Madre Tierra. Nuestra mayor tarea hoy en día sería redefinir una manera de vivir sin destruir el ambiente. Han pasado cuatro días desde la tragedia. Se suceden y se juntan alarmantes informaciones. No nos han llegado aún noticias de nuestros parientes en las zonas siniestradas. La contaminación por radiación se expande. Parece que ya llega a Tokio. Estamos rodeados de invisible angustia».

Los cabilderos de la energía atómica en su porqueriza

Por Reiner Metzger
Tageszeitung. Traducción Ángel Ferrero Cinco reactores atómicos en Japón se encaminan actualmente hacia una catástrofe. Los cinco han sido cerrados con carácter de emergencia y están sin enfriamiento. Lo que ocurre exactamente no lo saben ni los residentes ni el mundo, y ello sólo dos días después de un devastador terremoto. Un reactor ha explotado ya, lo que los cabilderos de la energía atómica admiten, pero que no sin cierta vacilación atribuyen en parte a una probable explosión de hidrógeno sin consecuencias graves. Ninguna comparación con Chernobil, se dice. Estos encubrimientos y demoras en la información suponen un enorme escándalo. Y no es ninguna consecuencia del caos tras el terremoto, no: es el método habitual. En cada accidente atómico ha sido ése el caso. Primero intentar dejar la fachada intacta. Mejor poner en peligro la salud de decenas e incluso cientos de miles de personas que arriesgarse a tener mala prensa. Puede que los expertos en el terreno recuperen el control o que la población no se dé cuenta. Afortunadamente, la radiación atómica es invisible e inodora. Los miles de millones que se obtienen en este negocio no hieden. En cualquier caso en Japón, una de las zonas más propensas a los terremotos del planeta, funcionan más de cincuenta reactores atómicos. Cada unos cuantos años una central atómica resulta dañada en un terremoto. Ahora, además, aparentemente han sido inundados por el tsunami. No tenemos suficiente información. Sólo nos resta escuchar los pronósticos de que la cosa no irá a peor. Sobre todo aquí, en Alemania. Pero irá peor. Está en la propia naturaleza de la cosa. En todas las instalaciones industriales ocurren accidentes, ya se trate de refinerías, centrales nucleares o plataformas petrolíferas. Los técnicos pueden minimizar con precauciones la probabilidad de que un accidente ocurra. Pero en ningún caso se pueden tener precauciones para todos y cada uno de los tipos de daño posibles. El peor terremoto en la historia de Japón, sumado a la ola de diez metros de altura del tsunamini ni siquiera se encontraban entre las probabilidades de los especialistas. Tan poco como aquí en Alemania se piensa en un terremoto en la concesión de permisos o incluso en un ataque terrorista a un avión del tipo de un enorme Airbus A380. Menos aún en la construcción de las centrales nucleares en los años sesenta o setenta, durante la cual nadie podría prever lo que ocurriría en el mundo en el 2011. Los riesgos de la técnica no pueden eliminarse. Pero en el mundo de los negocios todo cambia. Ningún estado debería construir instalaciones como las centrales nucleares, que conducen a daños impredecibles. Y quienes ganan dinero con semejantes instalaciones, como nuestro apreciado sector atómico, han de ser etiquetados claramente como cabilderos irresponsables. En su discurso siempre tienen la situación controlada, mientras detrás vuelan ya en todas las direcciones pedazos del reactor. Se aclaran los frentes aquí en Alemania: los conservadores de la CDU y los liberales del FDP son quienes promueven en nuestro país la energía atómica. Mientras lo hagan, no son fuerzas a tener en cuenta en las elecciones. De ello somos nosotros, los alemanes, responsables. Cómo se desarrollará la situación en Japón podríamos nosotros, no menos que los japoneses, juzgarlo de una vez si finalmente se pone la verdad sobre la mesa. Pero esta situación parece cada vez más difícil, como cualquier activista anti-atómico podría temer. (*) Reiner Metzger es el jefe de redacción del diario alemán Tageszeitung.

Fukushima: el precio de la energía atómica

Por Philip Grassman
Freitag. Traducción Ángel Ferrero 25 años después de la catástrofe de Chernobil, se repite la historia en Japón, en la periferia de Tokio. El suceso demuestra concluyentemente que los riesgos que comporta la tecnología atómica --criminalmente minimizados en los últimos años por un recrecido lobby pronuclear-- son de todo punto inasumibles. Un devastador terremoto de la escala del sucedido nadie podía preverlo. Ni siquiera Japón, una nación que ha aprendido a convivir con ellos, una sociedad altamente tecnificada que creía haber comprendido tanto como era posible los riesgos que comporta y con tantas precauciones de seguridad como parecían necesarias. Pero fue un error. El país afronta ahora, unas horas después del peor terremoto desde que se cuenta con registros sísmicos, una catástrofe aún mayor. El reactor de Fukushima está tan gravemente dañado que a pesar de haber sido rápidamente desactivado cuando el terremoto comenzó, planea sobre él el riesgo de una fusión del núcleo. Se trataría de un nuevo Chernobil, casi exactamente veinticinco años después de la catástrofe que tuvo lugar en aquella región de Ucrania. Aunque en esta ocasión la magnitud no sería comparable, porque el reactor se encuentra en una región mucho más habitada que Chernobil. Y aunque en esta ocasión no ha sido un error humano la razón inmediata para la catástrofe, la política japonesa tiene indirectamente, no obstante, una gran responsabilidad en lo ocurrido. En Japón existen 55 centrales nucleares en activo que generan un tercio de la electricidad del país. Japón emplea desde hace décadas, impertérrita, la energía atómica. Pero, una vez más, se ha demostrado que las centrales atómicas son bombas de relojería. Obvio es decirlo: seguras según los cálculos humanos. Pero hay condiciones que la medición humana no puede concebir. Así ocurrió en Chernobil, cuando un técnico pulsó el botón equivocado y desató la catástrofe. Y ahora amenaza con ocurrir también en Fukushima, donde nadie había calculado que la central estaría desabastecida de electricidad durante tanto tiempo y los niveles de los tanques de agua fría descenderían tan rápidamente. Quien se apoya en la energía atómica acepta estos riesgos. Tan improbables como se quiera pretender, pero no se los puede excluir. Hace 25 años tuvieron lugar en una región que afectó a cientos de miles de personas. Ahora el mundo se enfrenta a una situación semejante. Vivimos en una época en la que los cálculos de riesgos no están en el discurso oficial de las eléctricas. Se trata siempre solamente de probabilidades que podrían llegar a convertirse en una realidad dentro de un millón de años. La realidad nos da ahora una lección. El precio que posiblemente habremos de pagar por la energía atómica es demasiado alto.