Pensamiento Crítico

Pueblo judío: ¿de víctima a victimario?

None | 14 Septiembre 2005

Por Marcelo Colussi, Rebelión

En el campo de las ciencias psicológicas existe un principio que dice: "ahora se repite activamente lo que antes se padeció pasivamente". En términos epistemológicos las transpolaciones no siempre son recomendables; a veces, incluso, pueden producir monstruos teóricos. Las realidades sociales no pueden explicarse en virtud de conceptos válidos para el ámbito individual. La psicología social, sin embargo, es uno de esos campos donde lo micro puede revelar el universo macro.

El pueblo judío ha sido, desde el legendario éxodo bíblico, un colectivo marcado por la exclusión, la persecución, el escarnio. Proceso milenario que concluye con el Holocausto a manos de la locura nazi, donde murieron seis millones de sus miembros, es decir, alrededor de una tercera parte de su población mundial en ese entonces. Sin ningún lugar a dudas, su historia como pueblo ha sido una de las más sufridas en la humanidad.

Hoy día el Estado de Israel lleva a cabo una política de terrorismo y agresión pavorosa; nada, absolutamente nada lo puede justificar, y las tropelías que comete contra el pueblo palestino son tan atroces como las que sufrieran los judíos en los campos de exterminio de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué ha pasado ahí? ¿Cómo puede explicarse esta mutación tan asombrosa en tan poco tiempo? ¿Es cierto que se repite activamente lo que se padeció pasivamente? "Los árabes", ha expresado el ultraderechista actual mandatario israelí Ariel Sharon, "sólo entienden la fuerza, y ahora que tenemos poder los trataremos como se merecen"; "y como solíamos ser tratados", agregó con mucha perspicacia el politólogo palestino-estadounidense Edward Said.

El Premio Nobel José Saramago dijo recientemente que "Israel está haciendo perder el capital de compasión, de admiración y de respeto que el pueblo judío merecía por los sufrimientos por los que pasó. Ya no son dignos de ese capital". Afirmación fuerte, excesiva quizá. No se puede decir que "el pueblo judío" está llevando adelante esta política (política de Estado que pretende consolidar una ocupación permanente sobre los territorios palestinos que Israel ilegítimamente anexionó con violencia en 1967 y que, pese a una enorme cantidad de resoluciones de Naciones Unidas, se niega a abandonar. Política que se ha profundizado con los programas de asentamientos de colonos israelitas en el territorio ocupado, con la construcción de un muro para asfixiar la viabilidad futura de Palestina y, finalmente, con la sistemática comisión de asesinatos selectivos a los que cada vez nos tiene más acostumbrados, donde campea exultante la más odiosa impunidad). Es el elenco gobernante el respon sable de todo esto. Y se podría agregar que lo es, en el marco de una connivencia del imperialismo estadounidense, que hace de Israel su punta de lanza en Medio Oriente. También hay voces judías que piden terminar con esta locura militarista, con la política anexionista, sectores que buscan una paz genuina. Una visión tendenciosamente simplificada –y maniquea– de la situación de esta región del planeta pretende hacer ver la lucha entre judíos y árabes como consustancial a la historia. Pero en verdad este conflicto no es religioso, ni tampoco racial, por cuanto los palestinos son tan semitas como los judíos y durante siglos han convivido en paz. Es un conflicto de proyectos estratégico-militares, internacional y territorial, con grandes intereses económicos de por medio, y que se anuda con vericuetos psicosociales muy complejos donde no está ausente algún mecanismo por el que las históricas víctimas juegan ahora el papel de victimarios (¿su venganza como pueblo?)

Desde su nacimiento como estado independiente el 14 de mayo de 1948, la historia de Israel no ha sido sencilla. En realidad, si bien amparándose en el deseo histórico de un pueblo paria de tener su propio territorio, surge más que nada como estrategia geoimperial de las grandes potencias occidentales, Gran Bretaña y Francia entre las principales, con los intereses petroleros como trasfondo. La vergüenza, la admiración y el respeto que hizo sentir el Holocausto de seis millones de judíos, preparó las condiciones para que ese nacimiento pudiera tener lugar. Una "compensación histórica", podría decirse.

En un primer momento Israel no jugó el papel que actualmente se le conoce; por el contrario, trató de mantener una política de neutralidad entre los bloques de poder. Pero ello duró poco; para comienzos de los 50 comienza a alinearse con una de las potencias que libraban la Guerra Fría: los Estados Unidos, y la doctrina de la neutralidad es desechada. En 1951 el premier israelí David Ben Gurión propuso secretamente enviar tropas de su país a Corea del Sur como ayuda a la guerra librada por Washington contra la pro soviética Corea del Norte. Pero durante la década de 1950 Estados Unidos no estaba interesado en fomentar la inestabilidad del Medio Oriente, cuyas principales zonas de interés coincidían con los intereses inmediatos del mayor grupo petrolero norteamericano en el Golfo Pérsico y en la Península Arábiga. Por eso en esa época los aliados estratégicos del militarismo israelí fueron Francia y Gran Bretaña.

Luego de la Guerra del Sinaí de 1956 la situación regional empezó a preocupar a la administración de Washington, con Eisenhower a la cabeza. Para ese entonces comienzan a caer los regímenes monárquicos apoyados por Gran Bretaña, y en su lugar se da el ascenso de proyectos militares antioccidentales que acudieron a la ayuda militar soviética. Kennedy fue el primer presidente estadounidense que le vendió armas a Israel, y a partir de 1963 comenzó a forjarse una alianza no oficial entre el Pentágono y los altos mandos del ejército israelí. Esta supeditación de los intereses nacionales a la lógica del enfrentamiento entre las por ese entonces dos superpotencias globales por zonas de influencia y control en el Medio Oriente no sólo reprodujo la lógica del conflicto árabe-israelí, sino que echa mano –sin saberlo seguramente– de esa trágica historia del paso de víctima a victimario: "ahora que tenemos poder los trataremos como se merecen". Si se quiere –la psicología lo dice y la h istoria lo confirma-, es muy fácil encontrar enemigos y fantasmas a la vuelta de la esquina (¿nuestra trágica condición humana?)

Desde ese momento el joven Estado de Israel pasa a ser la vanguardia estadounidense en esa convulsa región, importantísima para los intereses estratégicos del Tío Sam (reserva petrolera y zona de contención de su archirival, la Unión Soviética).

Para inicios de los 70 Estados Unidos ya había alcanzado su techo de producción petrolera doméstica, por lo que las reservas de Medio Oriente pasan a ser, cada vez con mayor empeño, de importancia vital para su proyecto hegemónico. En esa lógica –lamentable para los judíos, importante para la estrategia expansionista israelí, que no es lo mismo– Tel Aviv entrará a desempeñar un papel decisivo en la lógica estadounidense. Tanto, que comienza a ser –y lo sigue siendo hasta la fecha– su "niño mimado".

No es ninguna novedad que Israel vive, en muy buena medida, de la "cooperación" estadounidense: 3 mil millones de dólares al año (el 17 % de la ayuda externa mundial entregada por Washington). Por un complejo anudamiento de intereses, el lobby hebreo de la super potencia –con un gran poder de cabildeo, sin lugar ha dudas– ha conseguido que tanto la administración federal como importantes sectores de la iniciativa privada, destinen ingentes recursos al país mediterráneo. La inversión, por supuesto, no es gratuita. Israel, más allá de sectores pacifistas de los que también hay, como estado nacional cumple a la perfección su mandato, no muy oculto por cierto, de defender intereses extraregionales: es el gendarme armado hasta los dientes que la geoestrategia estadounidense destina a la región. Esta operación militar-policial en gran escala que las fuerzas israelíes efectúan con la más campante impunidad no tiene por objeto –como pomposamente se declara– impedir atentados terroristas (de hecho, de ser ése su objetivo, ha fracasado estrepitosamente), sino aniquilar la militancia palestina –"todos los palestinos son sospechosos de terrorismo"– como paso necesario para disciplinar a este pueblo, al que se pretende seguir ocupando y controlando, y a toda la región en definitiva. En otros términos: sirve como mensaje.

La inestabilidad, los conflictos y las guerras periódicas son el medio funcional para el florecimiento de los negocios de las corporaciones de la industria de armamentos y de las grandes empresas petroleras. Lo trágico en este anudamiento de intereses complejo es el papel al que se destina a un pueblo tan sufrido como el judío. Por supuesto que la generalización a que nos invita Saramago puede ser peligrosa: no todos los judíos son Ariel Sharon. Pero no hay dudas que los preceptos de la psicología obligan a seguir la reflexión: dadas las circunstancias todos podemos pasar del Dr. Jekill a Mr. Hyde. El Estado de Israel nos lo recuerda patéticamente.

La zona desconocida, hogar arrasado

Por Gideon Levy, Haaretz. Traducido para Rebelión por Germán Leyens

Una casa con dos techos de tejas rojas, dos entradas, un lujuriante césped al frente, una hilera de árboles en ciernes, cielos azules y humo que brota de la chimenea. Es como la joven Ashwaq Atrash pintó sus sueños hace unas pocas semanas sobre los muros de su casa familiar. Su familia también fue "evacuada" de su casa por orden administrativa, pero su hogar se encontraba sobre tierra privada que había pertenecido a su familia durante generaciones. La casa a la que se mudaron también fue construida con medios públicos, como los edificios temporales construidos para los colonos que salieron de Gaza, pero sin recibir la ayuda de la Administración de la Desconexión. En el caso de los Atrash, algunos vecinos donaron ladrillos y cemento y Yusuf Atrash – que ha estado discapacitado desde que fue herido por golpes de los soldados durante una de las "evacuaciones" de su casa, cuando sufrió una ruptura de vértebras en su nuca – la construyó él mismo.

Esta casita consiste de una habitación sin terminar, con una entrada, un techo de hojalata que gotea y un baño. Cada noche, toda la familia Atrash duerme en esta pieza. (Son 12 personas, sin incluir a los nietos – los hijos de Manal que está en la prisión, que también duermen aquí de vez en cuando.) En el verano algunos duermen a cielo abierto para reducir el insoportable hacinamiento en el interior. Durante el día, la misma habitación sirve de cocina.

El domingo pasado, una de las muchachas de la familia estaba allí lavando platos: En una fuente de lata sobre el piso de la habitación, metida entre los colchones, echó un poco de jabón y agua, después de enjuagar los restos de la comida del día anterior. La cocinilla a gas está sobre una mesa destartalada en el rincón. A los visitantes los reciben en el vestíbulo de entrada, que también sirve de toilette; sobre el lavabo fijado a la pared, cuelgan los cepillos de dientes de los Atrash. La ventana de la pieza está quebrada por piedras lanzadas por los soldados, al parecer para divertirse, hace algunas semanas. En este sitio ha estado viviendo la familia Atrash desde que Israel demolió su hogar por tercera vez.

Habíamos estado con los Atrash durante una de sus "evacuaciones". En marzo de 1998 fuimos a ver las ruinas de su segunda casa. Entre los escombros tomamos té. Los Atrash habían construido entonces una carpa temporaria, y un cálido sol primaveral caía sobre un paisaje de montañas, viñedos y asentamientos. De repente, un convoy de jeeps emergió del valle. Iban a evacuar civiles con "determinación" y "sensibilidad". Dentro de pocos minutos, el lugar pareció un campo de batalla. Zuhur, la madre, fue brutalmente arrastrada por el suelo, lo que llevó a que su vestido fuera arrancado, exponiendo su cuerpo, que fue magullado y rasguñado por las rocas. Cuatro soldados y policías armados la golpearon sin piedad. Pasó después de que se reclinó contra el capó de uno de los jeeps, tratando de detener la evacuación con su cuerpo – su propio acto de "Stalingrado". Pero nadie la abrazó.

Su hija Manal apareció en la escena, tratando de salvar a su madre maniatada de los golpes de los soldados, y los gritos de la madre y la hija desgarraron la tranquilidad del valle. Nadie se preocupó por explicarles por qué habían llegado a expulsarlos. "Tírenlos cerca de los árboles" ordenó el oficial de la Policía Fronteriza, después de que también lograron controlar por la fuerza a Manal, que había resistido vigorosamente. Gritando, las dos fueron colocadas – esposadas y boca abajo – entre los olivos. Wa’ad, la bebé de un año, fue dejada sola, llorando y aterrorizada, a la sombra de la carpa. Ra’ad, que entonces tenía tres años, también lloraba. El oficial de la Policía Fronteriza, Zehavit Ben-Abu agarró a Manal por los cabellos y la haló vigorosamente. Manal gritó de dolor. Hussam, entonces de 18 años, miró desde la carpa y también lo golpearon y esposaron. "El niño tiene asma", gritó la madre, pero no le hicieron caso.

Yusuf, el padre de la familia, que observó toda la desgarradora escena, vio impotente como sus seres queridos eran atados y cruelmente golpeados. También fue esposado y golpeado alrededor del cuello. Los padres y dos de sus hijos, Manal y Hussam, fueron detenidos mientras la fuerza completaba su misión. Habían ido a confiscar el minúsculo mezclador de cemento que Yusuf había llevado al sitio junto a su carpa, para que no tratara de reconstruir su casa demolida.

Los soldados eran los mismos soldados, la Policía Fronteriza era la misma Policía Fronteriza, y la policía era la misma policía. En lugar de abrazos fueron palizas, en lugar de lágrimas fueron ladridos, en lugar de preparación mental e interminables negociaciones, hubo patadas, en lugar de que una familia empaquetara sus pertenencias, hubo la demolición de la casa con todo lo que contenía, en lugar de una generosa compensación, hubo el estallido de violencia relacionada con la confiscación de una mezcladora de cemento. Las mismas IDF [Ejército Israelí], la misma Policía Fronteriza, la misma policía, el mismo gobierno. En aquel entonces, los soldados no necesitaron, de alguna manera, psicoterapia rehabilitativa después de una evacuación "traumática". Arrasar una casa con todo su contenido y abusar de todos sus ocupantes, incluyendo niños y bebés, no deja cicatrices en sus tiernas almas, al parecer. Pero en este caso, las víctimas eran palestinas.

Los Atrash sí sufrieron cicatrices. Yusuf quedó discapacitado en un 70 por ciento por el daño a sus vértebras. Esta semana volvió a viajar a Jordania para recibir tratamiento médico. También perdió su trabajo, después de que tuvo que vender su taxi para conseguir dinero para mantener a su familia. Este hombre descarnado y tranquilo se ha vuelto nervioso y amargado, a veces hasta violento. Su hijo Hamzi tuvo que abandonar la escuela secundaria para ayudar a mantener a su familia cuando su padre dejó de trabajar. Zuhur fue arrestada a la entrada de la Cueva de los Patriarcas en Hebrón en septiembre de 1999, aproximadamente un año después de la segunda evacuación de su casa, con un cuchillo de comandos en su posesión. Sólo gracias a los esfuerzos fervorosos de su abogada, Leah Tsemel, que explicó al tribunal las circunstancias especiales de su vida, y el excepcional grado de humanidad demostrado entonces por el juez militar Netanel Benishu y el fiscal militar Daniel Cohen, fue liberada después de una semana.

Su hija Manal también conservaba sus aterradores recuerdos cuando, el 15 de mayo de este año, fue igualmente sorprendida mientras amenazaba con un cuchillo a miembros de la Policía Fronteriza en la entrada de la Cueva de los Patriarcas. Está casada con un israelí beduino y ahora su matrimonio anda muy mal. Sus tres hijos corren ahora por la nueva casita, dividiendo su tiempo entre la casa de su padre en el Negev y la de su abuela. Es su cuarta demolición de su hogar.

Esta semana, después de la evacuación en Gush Katif, volvimos a la casa de los Atrash en la región sureña del Monte Hebrón, cerca del asentamiento de Beit Haggai. Camiones y coches suben cuidadosamente a lo largo del camino para no caer al rocalloso abismo. Es la ruta alternativa para los palestinos que quieren llegar de alguna manera a Hebron en sus vehículos.

Los escombros de tres casas anteriores siguen esparcidos por la propiedad de los Atrash – cañerías, restos de pedazos de hormigón con vetas de hierro, trozos de la caldera. La nueva casa aún no ha sido terminada y puede ser que nunca llegue a serlo. Los muros están revocados pero sin pintar, algunos han sido cubiertos por afuera con mármol donado por los vecinos y otros siguen desnudos, una vez que se acabó el mármol. La puerta del frente, que fue dañada durante las demoliciones, ha sido reinstalada. La electricidad fue conectada clandestinamente después que la municipalidad la cortó por las deudas de la familia.

Por dentro, la casa es una combinación de pobreza y limpieza. No hay muebles aparte de dos armarios que fueron salvados de las palas de las aplanadoras. Y unas pocas sillas plásticas gastadas. Su televisor fue enterrado, y lo reemplazaron con uno viejo que costó NIS [nuevos shekels israelíes] 50. El ventilador fue donado por un conocido. Un grupo de judíos y árabes les ayudó a construir esta casa, pero esa buena gente desapareció desde entonces, dejando a Zuhur que dice amargamente:"Latif Duri prometió traernos muebles".

Es una mujer fuerte y determinada, de complexión robusta. Los eventos de los últimos años, en los que su familia normal pasó a ser una nave destrozada, se notan apenas en su agradable cara. La mujer que fue arrastrada gritando de terror por esta tierra habla ahora con tranquilidad. Sus ingresos mensuales de NIS 465 de la asociación local de asistencia social fueron cortados recientemente, y por lo tanto sus fuentes de dinero han desaparecido casi por completo. Hussam, que se casó desde entonces, ayuda un poco. Vive con sus niños en la segunda ala de la casita, y Hamzi, que abandonó la escuela busca trabajos ocasionales en Hebrón.

Ayer, Zuhur se encontró por casualidad con el propietario del almacén de comestibles. Le debe 500 NIS desde hace dos años, y él le lanzó una mirada dura. No tiene donde ir para conseguir el dinero para pagarle. Vivieron en una carpa durante un año y medio hasta que reconstruyeron este rudimento de casa, que Zuhur describe como un "refugio temporal del calor y el frío". Pero el techo y las endebles paredes gotean en invierno. La administración civil ya no los molesta con sus órdenes de demolición. Tal vez se resignó, o tal vez vuelvan por cuarta vez a demoler esta "estructura ilegal" en un país lleno de asentamientos ilegales.

Ra'ad, que tenía tres años cuando ocurrió la última demolición, anda dando vueltas ahora con su gorra roja de béisbol. Después del incidente con la mezcladora de cemento, dice su madre, quedó tan asustado que no pronunció palabra durante tres semanas. Hamzi, que tenía un año cuando la primera casa fue demolida, nueve cuando ocurrió la segunda demolición, y 15 durante la tercera, ha crecido hasta casi convertirse en un hombre. Todos los niños se ven bien arreglados; no comprendo bien cómo Hamzi dice que todos sus libros de texto se perdieron en los escombros; los soldados no se los empaquetaron. ¿Qué más recuerda?

"¿Qué puedo recordar? Recuerdo que traté de llegar a la casa, para salvar los libros, y los soldados me pegaron y les pegaron a mis padres. ¿Qué más? Y le pegaron a Manal, y mi padre estuvo en la cárcel durante 15 días hasta que lo soltaron bajo fianza."

Zuhur suspira suavemente: "Éramos una buena familia. Una familia ordinaria. Niños buenos. Ahora no tenemos ni casa, ni trabajo y Yusuf ya no es el mismo, tampoco. Hemos luchado por esta casa durante 18 años. No tenemos donde ir. En el verano, es aguantable, los niños duermen afuera. ¿Pero qué ocurrirá en el invierno?"

¿Ha visto las fotos de la evacuación en Gaza? La voz de Zuhur repentinamente se eleva y ríe amargamente. "¿Qué puedo decir? Es imposible comparar. Ví a los soldados dando palmaditas en el hombro a los colonos, abrazándolos calurosamente y dándoles una llave para su nueva casa. Los ví dándole 250.000 dólares a cada familia. ¡A mí me tiraron al suelo mientras golpeaban a mis niños! No tenía agua para beber y a ninguno de ellos les importó. Pero a pesar de todo, por mi propia experiencia, y aunque sean colonos, por un momento sentí que me identificaba con ellos, porque sabía por lo que estaban pasando, porque sé lo que significa que te demuelan tu casa.

"Es más importante saber que la tierra sobre la que construiremos nuestra casa está registrada en nuestro nombre en el catastro de propiedades. No es su tierra. Les permitieron que sacaran sus muebles y todo lo que me quedó a mí es un armario roto. El mismo armario durante 27 años. La aplanadora nos quitó todo. Recuerdo nuestra lavadora. Ahora lavo a mano y me cuesta mucho trabajo. Hay mujeres con suerte cuyos maridos les compran una lavadora. Tal vez no sea nada comparado con la ruina de la vida de mi esposo. No puede trabajar por su herida.

"He tenido una dura experiencia y siento compasión por los colonos que fueron evacuados, pero las dos cosas no son comparables. Ellos tienen agua y dinero y una casa nueva y sus niños no sufrirán. Sugiero que los colonos vuelvan al sitio más seguro para ellos y se establezcan en Israel. No los traigan aquí. Aquí habrá sólo problemas. Si el gobierno me evacuara y me mudara a un sitio seguro, lo aceptaría. ¿Por qué voy a causar problemas? Si me ofrecieran una casa en Israel, no iría, porque no es mi país. Israel es su país y ellos deberían establecerse allí. Es el sitio más seguro para ellos.

"Vi a soldados llorando. En mi caso no lloraron. Sólo me golpearon. Vieron como me arrastraban por el suelo después de una operación cesárea y me patearon. Ni uno de ellos se identificó conmigo. Ni uno de ellos sintió compasión. Sé que esos colonos no son gente buena, pero hay un momento en el que me identifiqué con ellos, el momento en el que demolieron su casa. ¿Pero qué motivo tienen ellos para llorar? Si yo sólo estuviera en su lugar. Sí, un hogar es un recuerdo, incluso una carpa es un recuerdo, pero todo lo demás es diferente a nuestro caso. Esta es la tierra de nuestros abuelos y ¿qué crimen hemos cometido? ¿Qué crimen cometieron mis niños?"

Hamzi escucha en silencio. También él quiere decir algo. "Si yo fuera el hijo de un colono, me llevarían en un coche a la escuela. Fui un estudiante destacado durante 10 años, hasta el 10º año y cuando demolieron mi casa, toda mi vida cambió por completo".

Zuhur vuelve a la imagen de los colonos que lloran, y dice: "Soy la que debería llorar de aquí a la eternidad".

Las casas del alma

Por Joan Barril, El Periódico de Catalunya

Dicen los militares que ahora ya no hay guerras como las de antes. Y tienen razón. Ahora hay más muertos civiles que soldados y hay mucho más miedo que puntería. Pero algo continúa estando en la base de la indeseable acción guerrera. Y ese algo es el compromiso de los soldados de ambos bandos de retirar del campo de batalla los cadáveres de sus compañeros y darles tierra. A veces incluso se llega a pequeñas treguas sólo para esa labor. Los ideólogos de la guerra deben creer que el cuerpo de un soldado caído conserva en su interior el alma de los combatientes. Y en las guerras se puede perder la vida, la bandera, el territorio, las armas y los recursos naturales. Pero el alma de los luchadores se ha de preservar del expolio enemigo.

En la franja de Gaza hemos visto estos días cómo las pulsiones más primitivas se desataban en lo que había de haber sido un motivo de reconciliación. El Ejército de Israel, tras 38 años, abandona ese pequeño territorio. En su retirada de conveniencia, el Gobierno israelí se enfrenta con algunos de sus propios ciudadanos, que hace años fueron llevados allí como cabeza de puente de lo que había de ser la asfixia de Palestina. En su marcha se derriban las casas de los antiguos colonos en una particular visión de la política de tierra quemada. Ante todo, que el enemigo no pueda beneficiarse de ningún bien israelí abandonado. Aquel dormitorio, aquel jardín, aquel huerto que justificó el usufructo de una tierra ajena han de regresar a la condición de erial para poder ser reocupados. La lógica de la guerra es inhumana. Pero a veces la lógica de la paz acaba siendo el fermento de una nueva guerra.

Pero los destructores de los edificios israelís no acabaron su trabajo. Las sinagogas que habían servido de culto a los hebreos de Gaza no podían ser derribadas. Tal vez hubiera bastado un poco de dedicación arquitectónica para desplazarlas piedra a piedra hasta el interior de Israel. No hubiera sido muy difícil. Al fin y al cabo, la maestría de los ingenieros israelís se está demostrando día a día en la construcción del gran muro que ha de aislar a Cisjordania. Pero se dejaron las sinagogas en Gaza, solas y erguidas como único elemento en el que los palestinos liberados podían ejercer el consuelo de su fanatismo iconoclasta. Una vez más, la religión y sus edificios del alma eran atacados para poder justificar el odio ancestral entre los pueblos. No hemos avanzado nada desde la prehistoria. También el templo de Jerusalén fue saqueado en los albores de la era cristiana. Y la cruzada contra los cátaros acabó con sus iglesias. Y los musulmanes hicieron suya Santa Sofía. Y los cristianos edificaron su catedral en plena mezquita de Córdoba. Y el napalm cayó junto a Angkor Vat. Y los budas del valle de Bamiyán fueron dinamitados por los talibanes.

Las casas del alma conservan la fortaleza de su gente, pero son frágiles ante la manipulación de las religiones únicas y excluyentes. Israel ha dejado sus templos para que el rencor se perpetuara. Y la pequeña Autoridad Palestina no ha visto que el gesto que la podía dignificar era precisamente la defensa del alma de sus invasores. Seguimos como siempre.