Pensamiento Crítico

EEUU: los frutos del miedo

None | 23 Febrero 2006

A comienzos de los 50, el pueblo americano era sistemáticamente sometido al terror por los dirigentes del país –sus propietarios, según Gore Vidal–, que magnificaban deliberadamente la amenaza soviética. El presidente Truman había restablecido la llamada a filas, algo desconocido en Estados Unidos excepto en tiempo de guerra (aún no había estallado la de Corea). El impuesto sobre la renta subía fuertemente para pagar el presupuesto de defensa. Entonces, la acusación de comunista comenzó a arruinar las carreras de muchos que habían pertenecido al partido comunista y de otros tantos que se habían limitado a sostener opiniones no convencionales sobre política, sexo, raza o religión. El propio Truman oficializó la desconfianza, al exigir el juramento de lealtad a los empleados federales.

Es difícil determinar si esta histeria colectiva se debió a un error de cálculo acerca de la efectiva potencia del Estado soviético, o a una interesada mentira compartida por políticos y señores de la industria de defensa, que no deseaban perder los vastos ingresos provenientes del departamento de Guerra, luego rebautizado como de Defensa. Hay indicios fundados de que más bien se trató de esto último. Así, el senador republicano Vandenberg le dijo a Truman que, si pretendía la ayuda de su partido para militarizar la economía americana, "tendría que aterrorizar al pueblo americano".

En cualquier caso, la semilla del miedo estaba echada y sus frutos no tardaron en aparecer: el senador Joseph R. McCarthy nunca hubiese surgido de no haber sido por el voto de lealtad que Truman había exigido a todos los empleados del Gobierno, porque venían los rusos y debían extirparse sus agentes. Esta conciencia dramática de estar en guerra fría, frente a una ideología totalitaria todopoderosa que aspiraba a eliminar la libertad, cristalizó en el Comité de Actividades Antiamericanas y propició las actuaciones de Joe McCarthy, iniciadas con el anuncio al Club de Mujeres Republicanas de Wheling, en Virginia Occidental, de que tenía en su mano una lista de agentes comunistas infiltrados en el Departamento de Estado. Hasta entonces, McCarthy había sido un político mediocre del Medio Oeste con problemas con la bebida: la capacidad de "bajarse tres cuartos de litro de bourbon" era garantía de virilidad en su círculo.

A PARTIR DE su anuncio, se desató el pánico moral en Estados Unidos. Por poner un ejemplo, más de 250 personajes influyentes de la industria de Hollywood entraron en la lista negra. Elia Kazan se convirtió en delator, concitando el desprecio de su amigo Arthur Miller. Éste denunció el oscurantismo de la comisión y de los delatores en su obra El crisol, a partir del episodio de la persecución de las brujas de Salem. Kazan construyó su autojustificación en La ley del silencio, que fue contestada más tarde por Miller en Panorama desde el puente.

Fue en esta época cuando algunos investigadores europeos huidos del nazismo y refugiados en Estados Unidos temieron que este país pudiera convertirse en un estado fascista. Pero no fue así porque el núcleo más profundo de la sociedad americana ha sido y es –aunque en ocasiones se eclipse– la tolerancia. En efecto, los Estados Unidos fueron creados, en buena parte, por europeos que emigraron en nombre de la tolerancia religiosa o, mejor dicho, en nombre de la oposición a la intolerancia religiosa. Y, por ello, los rasgos esenciales de su pensamiento son el pragmatismo, la concepción pluralista de la cultura y el respeto por la libertad de expresión.

No es extraño, por tanto, que en nombre de esta libertad de expresión se alzara, frente a McCarthy, el periodista televisivo Edward R. Murrow, quien –con la colaboración de su productor Fred Friendly y de Joe Wershba al frente del equipo de la sala de redacción de la CBS– se enfrentó a las presiones corporativas y de los patrocinadores, para denunciar las mentiras y las tácticas alarmistas del senador. Éste reaccionó acusando al presentador de ser comunista. Pese a ello, el equipo de la CBS perseveró en su denuncia. Como es sabido, todo terminó cuando –tras fracasar en su intento de investigar la CIA– McCarthy se volvió contra el Ejército. Fue su final. El general Eisenhower –ya presidente– bloqueó su intento. Entonces, el acusador fue acusado. Sus aliados en la Cámara de Representantes, en el Senado y en los medios de comunicación –que también los tenía– le abandonaron y, por fin, el 2 de diciembre de 1954 el Senado votó en su contra. Murió, hundido, tres años después.

ESTA HISTORIA es la que cuenta con buen pulso Buenas noches y buena suerte, una excelente película de George Clooney, con un exacto David Strathairn en el papel de Murrow y una sugestiva fotografía en blanco y negro. Una historia que transmite, sin maniqueísmos, unos valores permanentes que quizá hoy conviene reforzar, cuando de nuevo se intenta sembrar –fría y deliberadamente– la semilla del miedo.

Porque, si bien el historiador Paul Johnson sostiene que "el maccarthismo fue la última ocasión en que la presión histérica del pueblo americano por conformarse vino desde la derecha", pues a partir de entonces "fueron los liberales y los progresistas los que, durante las cuatro décadas posteriores dirigieron este tipo de inquisiciones tales como el caso Watergate y el caso Irangate", debe recordarse una y otra vez que la cruzada antiterrorista y la guerra preventiva contra un enemigo magnificado y demonizado es el sucedáneo que la élite neoconservadora opone –en interés propio– a la construcción de un orden internacional fundado en la justicia. Siempre fue así: la ley estorba a los fuertes.